El anhelo de una vida más bella. El tono de la ciudad digital

En la ciudad de Leiden, el historiador de la cultura Johan Huizinga publicó en 1923 lo que en principio iba a conformar el marco contextual que diese sentido a las pinturas de los hermanos van Eyck. El otoño de la Edad Media comienza su estudio desde las bases de la cotidianeidad: el tono de la vida. Se trataba de hallar los patrones de comportamiento, las improntas de mentalidad que subyacían en los Países Bajos y Francia durante la Baja Edad Media.

Fue una época de fuertes contrastes. La espontaneidad y la emoción experimentada hasta el extremo se superponían con la rígida reglamentación de las conductas y una estructura jerárquica de la sociedad. Cada cual en su función y su papel. De un lado, libertad expresiva a la hora de mostrar alegrías y desgracias, toda la policromía que revestía las formas de la ciudad. De otro, la regimentación de lo que en aquella época se llamaba realismo: cada cosa es símbolo de ese idealismo ilusorio, encarnado por ejemplo en los valores caballerescos o los votos religiosos.

Los comportamientos cristalizan y las formas de vida esquematizadas pasan a ser instituciones divinas, en tanto conectadas directamente con lo eterno. Se borran los límites entre el aquí y el allá, entre lo sagrado y lo profano. Y cada acto, esculpido por la costumbre y las reglas de moralidad, deviene solemne. Leemos en el capítulo sobre el tono de la vida:

“Había un sonido que dominaba una y otra vez el rumor de la vida cotidiana y que, por múltiple que fuese, no era confuso y lo elevaba todo pasajeramente a una esfera de orden y armonía: las campanas. Las campanas eran en la vida diaria como unos buenos espíritus monitorios que anunciaban con su voz familiar ya el duelo, ya la alegría, ya el reposo, ya la agitación; que ya convocaban, ya exhortaban”[1].

Las campanas constituían un sistema de orientación para la vida urbana. Aportaban, en medio del caos y la miseria, un formalismo tranquilizador. Eran herramientas de sincronización colectiva que daban sentido a las menudencias de la vida corriente. Y a las campanas se las conocía incluso por su nombre: Jacqueline, Roelant… y nunca nadie hacía oídos sordos a sus voces.

Vivir en la amarga melancolía de una época siniestra, como ilustra el detalle del infierno en El juicio final de Jan van Eyck, hacía brotar con fuerza inusitada lo que Huizinga llamaba el “anhelo de una vida más bella”:

“Toda época suspira por un mundo mejor. Cuanto más profunda es la desesperación causada por el caótico presente, tanto más íntimo es este suspirar”[2].

Las campanas representaban el sueño de una vida más elevada, dotada de sentido y significación. Y eran también la guía para la formalización de comportamientos, como el reloj en la era moderna, que era la máquina fundamental del industrialismo para Lewis Mumford. Calabozos de aire, pequeños infiernos floridos, diría Julio Cortázar sobre el reloj.

Huizinga señalaba tres caminos que dirigen hacia esa lejana meta de un mundo más bello: la negación del mundo, puesto que la vida más bella sólo puede alcanzarse en el reino del más allá a costa de la renuncia al más acá; el perfeccionamiento del mundo y la aspiración de convertirlo en un lugar mejor, por encima de los fatalismos que entienden como inexorables los horrores del mundo; y por último, y es el propio de El otoño de la Edad Media, el del país de los sueños:

“Es el camino más cómodo; pero, marchando por él, se permanece siempre a la misma distancia de la meta. Puesto que la realidad terrena es tan desesperadamente lamentable y la negación del mundo tan difícil, demos a la vida un bello colorido ilusorio, perdiéndonos en el país de los ensueños y las fantasías, que velan la realidad con el éxtasis del ideal”.

Quizás pueda ser en lo más banal, en lo cotidiano, donde podamos advertir esos vestigios que nos indican con precisión el tono de la vida, no sólo en la ciudad medieval sino en la actual. No en vano, Ambrose Bierce decía que las costumbres son las cadenas del libre. Una vez desencantado el mundo y sus ciudades, donde ya las campanas no ofrecen esos lenitivos acústicos que nos sincronizan a un mundo ideal, tan ordenado y perfecto como irreal, cabe preguntarse por otras señales en la vida corriente que puedan cubrir esos vacíos de sentido.

La experiencia de la ciudad contemporánea del mismo modo trasluce la nostalgia de una vida más bella. Pero el camino para alcanzarla no es ni la negación eremita del mundo ni tampoco su perfeccionamiento. Al fin y al cabo, somos incapaces de imaginar otros mundos posibles, utopías concretas como las descritas por Ernst Bloch en Das Princip Hoffnung.

Va a ser la urbanidad digital la encargada de reemplazar la armonía y el orden de las campanas del medievo. Es lo que dicta los ritmos de nuestras vidas, sus cadencias y frecuencias. Será o ya es la nueva ilusión, el ideal al que se conforman nuestras mentalidades y comportamientos. La vida cotidiana en la ciudad estará dominada por los monitorios de los dispositivos digitales de sincronización. Lo que urge preguntarse es a qué miedos trata de responder el ideal de belleza, como promesa de felicidad, que trae consigo la ciudadanía digital. Y también si es ese mundo de urbanidad sin límites una ilusión que ciega, una forma vacía de contenido que se repite a modo de ritualismo estéril.

Soledad

El sueño de una vida más bella es refractario hoy a la soledad. Se entiende como un mal a evitar. Los dispositivos digitales enfatizan su poder socializador, el de enredar sin cesar. Son tecnologías para poner en contacto, para interconectar con los demás en cualquier momento y lugar. Representan el remedio para el anonimato de la soledad en muchedumbre que aqueja al ciudadano moderno. Si una de las grandes cualidades de la gran ciudad es ese sentir clandestino, el pasar desapercibido, como bien nos mostraba con acidez Poe en El hombre de la multitud, el smartphone resitúa al ciudadano en un entorno de familiaridad y proximidad.

Es la recreación de la Gemeinschaft que Ferdinand Tönnies oponía a la moderna Gesellschaft. La agenda de contactos y estar permanentemente in-between hacen de la experiencia de la ciudad un híbrido entre las comunidades neotribales cuyos miembros comparten biografías y motivos, deseos y memorias; y las sociedades dominadas por relaciones abstractas y puramente funcionales. Estar más cerca de los que reconocemos nos alivia de la soledad y el desarraigo. ¿O no es así?

Una de las primigenias defensoras de la vida digital, Sherry Turkle, ha dado recientemente un giro copernicano en sus apreciaciones. En dos monografías, tituladas Alone Together y Reclaiming Conversation, pone en duda las bondades de las comunicaciones digitales. El hecho de estar interconectados a través de las redes digitales no significa que nos hallemos más vinculados a los demás. Al contrario, bajo la ilusión de íntima conexión, lo que ocurre es que perdemos el contacto realmente afectivo respecto a los otros. O no lo perdemos porque ya carecíamos de él: nos perpetuamos en la ausencia, en la transitoriedad y fugacidad de afectos. Es el desencanto de las promesas que han desembocado en su contrario. Comprometidos con la forma de interconexión pero indiferentes en verdad a los demás.

Conectamos con lo distante y desconectamos de lo próximo. Una cosa a costa de la otra. Recontextualizamos nuestro alcance refiriéndolo al mundo ideal de las redes digitales pero dejamos que nuestras relaciones sociales pasen por el cedazo de las pantallas, de los mensajes de WhatsApp que nos distraen del curso de la vida. Para superar la soledad, nos encerramos en compañías ficticias, en burbujas digitales bajo reserva de derecho de admisión que purifican y castran por tanto la diversidad y riqueza polifónica de la ciudad. Cada cual en su propio mundo de destellos, juntos y en soledad. Y no nos beneficiamos ni de las alegrías de la compañía ni de las lindezas del apartamiento, de la soledad que es actividad tan provechosa para la edificación moral del individuo. Una soledad demasiado ruidosa en cambio.

Olvido

Las cámaras instaladas en smartphones son herramientas contra el olvido. El miedo a desaparecer, es decir, a dejar de aparecer proviene del ansia de ser visible, de reconocerse en la mirada de los otros e incluso de uno mismo como si fuese un otro. Vivimos bajo la obsesión de convertir nuestro acaecer cotidiano en una instantánea. Y es posible que nuestra vida toda se reduzca a esos fragmentos inconexos que tomamos por el todo. Siempre bajo la divisa de recordar el esto-ha-sido que nos sustraiga al está-siendo de la circulación incesante de mensajes en las redes. Y esas imágenes reflejan no sólo los momentos de excepción, sino en especial el día a día, la vida corriente objetivada y concebida como si fuese solemne.

En cierto modo, al transformarlas en objetos estéticos, se sacralizan e idealizan. Lo real es lo que se exhibe en las redes, lo que guardamos en nuestros terminales como vestigios de lo que hemos sido. Dicho de otra manera, para luchar contra el olvido, contra la cosificación que nos convierte en cosas entre cosas, no hacemos más que traducir el curso de nuestra vida en relatos vehiculados por imágenes. Es nuestra identidad, lo que somos y nos distingue: esa representación fijada y modélica a la que hemos de referir nuestra vida toda. Parecerse a la apariencia estetizada, a la imagen del Dios personal, al éxito por ser visible y a veces origen de envidias virales.

Pero ocurre que la saturación de imágenes acaba por relegar al olvido a esos destellos de vida. Como en la gran urbe descrita por Georg Simmel, el ciudadano cuya ciudad es él mismo, el que en lugar de contemplar los continuos estímulos exteriores de la ciudad hace lo propio con los generados por sí mismo, de igual modo se verá blasé por tal acumulación. Por sus brillos tanto como por los de sus competidores en la lucha por la atención, que nace de la carencia de ser reconocido como ser humano integral en el día a día. El exceso produce insensibilidad. El hastío y el aturdimiento: indiferencia por la propia vida. La delectación por la contemplación de la propia vida se torna forma vacía. Se repite el ritual sin que nada signifique. Y lo que venía a ser el remedio contra el olvido deviene causa de la extensión del Leteo. El dispositivo de memoria es dispositivo de amnesia.

Y también es un útil que nos ancla al pasado registrado por la cámara: dependientes de esas imágenes, la flecha del presente se ve parasitada por la promesa de generar recuerdos significativos. En lugar de disfrutar el momento, de dejarse llevar por el instante, nos penetra el deseo de positivar lo que ocurre, a riesgo de no vivirlo más que para la posteridad.

Aceleración

Miedo a la lentitud. Que es también miedo a la ineficacia. Miedo a quedar relegado. A ser sobrepasado. El sociólogo Harmurt Rosa nos ilustra con una metáfora sobre la aceleración que rige nuestras vidas: imagina que estás atrapado en una escalera mecánica descendente, a contracorriente, y tienes que esforzarte al máximo para siquiera permanecer en el mismo lugar. La estasis en la inercia de la velocidad supone descender sin remisión. Malvivimos en una carrera absurda, como Sísifo.

Lo que se necesita es el cambio constante, el movimiento perpetuo tan refractario a los ritmos pausados y lentos. Al buen vivir en definitiva. Tenemos miedo a no aprovechar lo suficiente la vida y sus posibilidades. Por ello, aumentamos ad náuseam la cantidad de episodios de vida por unidad de tiempo: cada vez deseamos realizar más cosas en el menor tiempo. Se impone el valor del multitasking y se deprecia el concentrar la atención, el sensorio, nuestro espíritu en una sola cosa, en una sola persona.

Y el smartphone nos da esa sensación de ubicuidad y productividad. Rentabilizamos más nuestro tiempo porque con este objeto sacralizado estamos en todas partes y en ninguna, bajo la divisa don’t waste your time! Sentimos temor a perdernos algo, en lo que en términos anglosajones, tan en moda en la ciudad digital, se viene a llamar FOMO (Fear of Missing Out). Desaparecidos, disueltos por el miedo a disolverse.

Libertad

En 1941, en el exilio en EEUU, el psiquiatra Erich Fromm publicó El miedo a la libertad. A medida que los vínculos primarios se disuelven, ya sea por estrecha reciprocidad con los demás (por ejemplo el orden jerárquico medieval) o con instituciones que proporcionan seguridad (al precio de la libertad) como la confesión religiosa, el ser humano se halla ante un espacio de libertad que puede resultar indeseable. El desarraigo que fue descrito por Karl Polanyi en La gran transformación como fuente de totalitarismos, en lugar de favorecer el libre desarrollo de las capacidades humanas, genera nuevos deseos de ser dominado. Así lo expresaba Fromm:

“El hombre, cuanto más gana en libertad, en el sentido de su emergencia de la primitiva unidad indistinta con los demás y la naturaleza, y cuanto más se transforma en ‘individuo’, tanto más se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador o bien de buscar alguna forma de seguridad que acuda a vínculos tales que destruirían su libertad y la integridad de su yo individual” .

En El otoño de la Edad Media, Huizinga nos enseñó cómo era ese mundo formalizado, con sus ideales religiosos y caballerescos, el que construía la ciudad como un espacio regimentado, de dominación ansiada por los propios ciudadanos. Una ciudad puede ser tanto el espacio que se abre a las libertades, a la disparidad contra la uniformidad, como el instrumento de coerciones y dominaciones que estandarizan a sus habitantes.

Queda por ver si la ciudad digital, con sus arquitecturas de control y sus refugios de distracción e indiferencia, no se convierte en el escenario para lo que podríamos llamar tecnofascismo. Ocurre que la libertad de, respecto a los vínculos tradicionales, no se acompaña de la libertad para expresarse con espontaneidad. Crece el impulso de sumisión a esos dispositivos que son más de control que de libertad.

En Anunciación de van Eyck se nos muestra ese mundo ideal con el libro abierto como dogma. Ceci tuera cela: Hugo anticipaba que el libro matará a la Catedral. ¿Y el dispositivo móvil? ¿Matará al libro y pasaremos de las religiones del libro a la religión del smartphone? ¿Son sus tonos y avisos las nuevas campanas de una edad de cínica brillantez, donde el realismo es engañifa e ilusión que ciega?


Antonio Fernández Vicente es profesor de Teoría de la Comunicación en la Facultad de Periodismo, Universidad de Castilla-La Mancha. Autor de Ciudades de aire: la utopía nihilista de las redes, Catarata, Madrid, 2016. 

Artículo publicado en el nº75 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2017.


NOTAS:

  1. Huizinga, Johan: El otoño de la Edad Media, Alianza, Madrid, 2005.
  2. Ibid.
  3. Fromm, Erich: El miedo a la libertad, Planeta-Agostini, Barcelona, 1985, p. 45.

 

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