Angola: El heavy metal que sana

Después de escuchar un buen rato a Beatrice llegas a pensar que efectivamente la muerte puede ser uno de los estados más placenteros. Soltera. Violada desde que tenía quince años. Tres hijos y una hija. Preciosos. Pero desconcertados a las 8 de la mañana en la frontera sudafricana con Lesotho. Sin desayunar. Mendigan en el día a día entre vendedores, turistas y la suerte de la propina. “Debe ser realmente agradable disfrutar de esa tranquilidad. Debe ser tan maravilloso ser tan privilegiado…” Delante se detiene una furgoneta desde la que emana heavy metal. No le desagrada. Me mira, sonríe y baila un código sonoro que, en otras condiciones, provocaría espasmos, rabia y furia. Pero no a ella. Beatrice lo ha descodificado. La música le habla de algo que conoce bien: la fractura social en la que le ha tocado vivir.
Fotograma del documental Death Metal Angola (2012), de Jeremy Xido.

 

Este retrato de julio de 2017 mientras entrevistaba a esta joven de 27 años me hizo recordar el trabajo del director de Detroit Jeremy Xido y su Death Metal Angola (2012). Un documental que examina la subcultura del heavy metal que surgió de las calles destrozadas por la guerra de Angola, una República que aún se tambalea y se reconstruye después de una guerra civil que duró 27 años. Sudáfrica y Angola tienen lazos de conexión, de lucha política, de fronteras que romper, y esta película es, en última instancia, un testamento afirmativo del poder de una forma de arte que puede unir y solidificar una cultura fracturada.

El estilo se encasilla como supuestamente peligroso, guitarras huérfanas de melodía, voces melladas y tambores agresivos que suenan como ataques aéreos auditivos. Una perspectiva curiosa, pero resulta ser inmensamente gratificante. Death Metal Angola es profundamente envolvente y refrescantemente inusual. La película gana fuerza a través de su hábil percepción de cuán primordial puede llegar a ser esta música que, en última instancia, sirve como una salida para las nociones conflictivas de la identidad nacional.

Los propios músicos cuando son entrevistados reflejan simpatía con una sonrisa de oreja a oreja. Destilan una especie de alegría jocosa que está muy lejos del modelo estereotípico de personas antisociales. Simplemente es un recordatorio refrescante de la brecha saludable entre el arte y el artista. Una muestra de que estos jóvenes inteligentes y dotados están ejerciendo una agresión saludable que de ninguna manera refleja algún tipo de estado interno torturado. Y, sin embargo, eso no es para sugerir que las canciones de la película carezcan de justa furia. La ira socialmente motivada detrás de estas canciones surge de profundas convulsiones sociales y políticas. No, no es accidental.

La guerra civil que siguió a la independencia de Angola de Portugal finalmente le costó al país unas 500.000 vidas. Es por eso que la película de Xido muestra canciones que narran historias de cadáveres que quedaron en las calles de las ciudades para pudrirse porque nadie podía seguir el ritmo del creciente número de muertos: los cuerpos se acumulaban demasiado rápido. Los perros callejeros a menudo comían la carne en descomposición de los muertos caídos. Ciertamente, este es el tipo de imágenes espantosas e indescriptibles que a menudo se asocian con la música heavy metal. No obstante, también aquí florece la belleza natural innegable que logra deslizarse a través de las grietas. La sensación primaria que obtenemos de estas improntas fantasmales es la de un pueblo entero que lucha en las condiciones más duras imaginables: la vida durante tiempos de guerra. ¿Cómo se puede mantener una mente y un cuerpo sólidos mientras vivimos en circunstancias que romperían a los más débiles entre nosotros? ¿Cómo perseveramos?

Death Metal Angola está bastante cerca de responder esas preguntas de una manera satisfactoria, porque la música se puede ver como una declaración reaccionaria en contra de la propia cultura que la alimenta: Los Ramones transgredieron trincheras con su rock incisivo, los raperos N.W.A. devolvieron la lucha del colectivo afroamericano a las calles, y, en Angola, bandas como Before Crash reflejan que la ira inherente a sus letras se puede interpretar como un esfuerzo por reescribir su propia historia nacional.

Algunos pueden llamarlos ingenuos, algunos excesivamente sinceros, pero estos jóvenes están haciendo música porque creen que pueden cambiar el mundo. Y quizás lo estén haciendo porque Beatrice a miles de kilómetros los entiende y les responde una verdad que solo puede expresarse a través del arte.


Sebastián Ruiz-Cabrera es periodista e investigador especializado en medios de comunicación y cine en el África subsahariana. Doctorando por la Universidad de Sevilla, coordina la sección Cine y Audiovisuales en el portal sobre artes y culturas africanas www.wiriko.org. Es analista político sobre actualidad africana en la revista Mundo Negro y forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.  


 

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