Paisaje urbano en la Ciudad de México con David Harvey de fondo

Peatoniños: recuperar la ciudad para la infancia

“De acuerdo con los datos oficiales, la principal causa de muerte de niños y niñas entre cinco y catorce años en México, y la segunda más importante en la Ciudad de México, está relacionada con los incidentes viales”, explica Brenda Vértiz, coordinadora de 'Peatoniños'. Este proyecto, que inicialmente arrancó dentro del Laboratorio para la Ciudad de la Ciudad de México, con la cooperación de la Iniciativa de Humanidades Urbanas de la Universidad de California de Los Ángeles, y que se ha desarrollado gracias a la acción conjunta con el Centro de Investigaciones de Diseño Industrial de la UNAM, colectivos como el chileno Ludotopía o decenas de personas de diferentes vecindarios y voluntarias, coloca en el centro las ideas de una figura esencial: David Harvey.

Según explica Brenda Vértiz, que se incorporó al Laboratorio para la Ciudad hace un año y medio y prácticamente de inmediato se puso al frente de Peatoniños, “la idea surge a partir de la preocupación del equipo del Laboratorio por abordar el tema de cómo los procesos de urbanización afectan a la vida diaria de las casi 2,6 millones de niñas y niños que viven en la ciudad, con cinco millones en la Zona Metropolitana del Valle de México. El objetivo es integrar a la infancia al tejido socio-espacial de la ciudad a través del reclamo y la toma del espacio público en áreas con alta marginalidad. En estas hay muy pocos o ningún espacio de juego o áreas verdes que puedan usarse. Con Peatoniños queremos que los niños y niñas ejerzan al mismo tiempo su derecho al juego y, sobre todo, a la ciudad.”

David Harvey es autor de Ciudades rebeldes, entre otros muchos títulos de geografía, urbanismo y economía marxista. En la obra citada, reclamaba que un paso fundamental para aunar las “luchas y movimientos sociales urbanos” (que incluirían también a aquellos de la periferia rural, tan dependientes de la actividad metropolitana dentro de la lógica capitalista), sus reivindicaciones medioambientales, de integración y habitacionales, “sería el de concentrarse en estos momentos de destrucción creativa en que en la economía de acumulación de riqueza se transfigura violentamente en economía de desposesión, reivindicando abiertamente el derecho de los desposeídos a su ciudad, su derecho a cambiar el mundo, a cambiar la vida y a reinventar la ciudad de acuerdo con sus propios deseos.” Un derecho que ineludiblemente mantiene un vínculo estrecho con “la antiquísima cuestión de quién está al mando de la conexión interna entre urbanización y producción y uso del excedente.”

Y a esos excluidos, los niños y niñas de las zonas urbanas marginales, lanzados al asfalto y al tráfico incesante de la Ciudad de México, sin una plaza o un parque cercano en el que expresar sus necesidades lúdicas, a esos que son quizás los más desposeídos de todos, tanto por la vulnerabilidad de su edad como por la de su contexto social, se dirige el proyecto Peatoniños, desde la acción local y una dedicación humilde pero siempre reivindicativa.

Fotografía: Peatoniños.

 

El Laboratorio para la Ciudad
y sus ‘ciudades’

El Laboratorio para la Ciudad es la oficina de innovación social y creatividad urbana del Gobierno de Ciudad de México. Se trata de un órgano con autonomía de gestión que busca abordar y dar solución a las problemáticas más relevantes de la mayor megalópolis latinoamericana y que pone como recurso primordial la acción y la colaboración entre ciudadanía e instituciones públicas. Peatoniños es una de las múltiples iniciativas que se desarrollan dentro del Laboratorio. Este inició sus actividades en 2013 de la mano de Gabriela Gómez Mont y Clorinda Romo, con la idea de crear un espacio para repensar la cuestión urbana y elaborar ideas y acciones destinadas a delinear alternativas al pensamiento dominante sobre la misma. Durante esa época se organizaron para trazar un plan de acción social que apelara a las preocupaciones de una ciudadanía crecientemente absorbida por las dinámicas propias de una metrópolis capitalista, tan destructivas para la vida comunal.

Con esa tarjeta de presentación, el Gobierno de Ciudad de México decidió integrar el Laboratorio dentro de su organigrama, dotándolo así de carácter público, pero, a pesar del marco institucional, con la misma autonomía de acción que le había dado su significación social. “El Laboratorio para la Ciudad se convirtió así en el primer laboratorio de innovación cívica y experimentación urbana en Latinoamérica y el primero de este tipo en una megalópolis a nivel mundial”, dice Brenda. De acuerdo con su información pública, el Laboratorio se define como “un espacio de especulación y ensayo, donde lanzamos provocaciones que plantean nuevas formas de acercarse a temas relevantes para la ciudad, incubamos proyectos piloto y promovemos encuentros multidisciplinarios en torno a la innovación cívica y la creatividad urbana.” Con estas ambiciones, busca ámbitos para crear “diálogos y complicidades entre gobierno, sociedad civil, iniciativa privada y organizaciones no gubernamentales con el propósito de reinventar, en conjunto, algunos territorios de ciudad y gobierno.”

El Laboratorio se divide en cinco grupos de trabajo, llamados “ciudades”: Ciudad Abierta, Ciudad Lúdica, Ciudad Peatón, Ciudad Creativa y Ciudad Propuesta. Cada una de estas “ciudades” procura cubrir diferentes aspectos fundamentales de la cuestión urbana, su organización y práctica. En Ciudad Lúdica se plantea el juego como herramienta para la creación de interacciones no tradicionales entre las personas y el espacio público; mientras que en Ciudad Peatón se investiga cómo recrear la escala humana en la Ciudad de México repensar este canon en beneficio de las mayorías sociales. Es en estas dos “ciudades” donde se inscribe Peatoniños.

Peatoniños
para enfrentar la marginación

La primera intervención de Peatoniños tuvo lugar en la colonia Doctores, un barrio popular con alto grado de marginación próximo al centro de la ciudad. Durante una semana se rastrearon sus calles y estudiaron pormenorizadamente las condiciones de vida de sus gentes, en busca de las coordenadas adecuadas que pudieran dar un verdadero impacto a la iniciativa dentro de la comunidad. Se prepararon pósters y se colocaron en farolas y paredes, se informó a los comercios locales para que hicieran correr la voz y se habló con familias que cruzaban de acera sorteando la incesante circulación de los coches, que jamás frenan para dar paso en esa sucesión de calles sin semáforo que hay en la colonia. Cuando llegó el día, se cortó la calle y el pavimento se convirtió en un espacio de juego cerrado al paso habitual del tráfico. La colaboración con los vecinos fue fundamental para que los chicos pudieran pintar, decorar la calle o jugar al fútbol.

“La primera toma de la calle dio paso a una segunda en la colonia Buenos Aires. Al igual que en la anterior, se trabajó con los vecinos para organizar esta particular reivindicación del espacio público”, continúa Brenda. Sin embargo, a punto de iniciar la actividad, se complicó la situación: faltaban las patrullas de policía que se habían solicitado para responder a la necesidad, algo por otro lado habitual en las colonias marginales. Intervino un actor inesperado en un acto que puso en cuestión muchas de las asunciones comunes sobre la solidaridad ciudadana. “Los viene-viene, esos aparcacoches callejeros que subsisten encontrando espacios para aparcar y cuidar coches a cambio de unos pesos, apoyaron la iniciativa colocándose en las dos entradas de la calle”, desvela Brenda. A pesar de que el corte del tráfico durante cuatro horas afectaba notablemente a su modesto negocio, gracias a la autoridad que les daba su cercanía vecinal y su conocida actividad en la colonia, sostuvieron el ingreso de los coches al tramo para que durante ese tiempo los chicos y las chicas pudieran hacer del pavimento su espacio reivindicativo de juego.

Al acabar aquella primera iniciativa, la principal pregunta tanto de niños y niñas como de sus padres y madres no podía ser otra: ¿cuándo volvería Peatoniños a la colonia? Aquel interrogante daba una medida de la necesidad que existía por recuperar el espacio público, abandonado a la jerarquía contaminante de los coches. Sin parques o zonas peatonales donde poder jugar o relajarse, la experiencia de Peatoniños había despertado el hambre por el espacio público en la comunidad, un derecho despojado a través de la naturalización impuesta por el tráfico urbano. El éxito de aquella intervención impulsó el desarrollo de todas las siguientes, a razón de una por mes. “El objetivo era ir paulatinamente alejándose del centro y avanzar, colonia a colonia, hacia zonas cada vez más periféricas, de acuerdo a la lógica de marginación tan común a la urbe capitalista”, confiesa Brenda. Así, después de la Doctores y la Buenos Aires, se fue hasta zonas como Tepito o Iztapalapa, y en esta última el Sistema Para la Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA) planea adoptar Peatoniños como programa público, para llevar así las actividades del proyecto a cabo regularmente a la delegación.

“En promedio en cada calle han participado alrededor de 35 niñas y niños y aproximadamente la mitad de adultos”, continúa Brenda. “En cada calle de juego se ha experimentado con distintas actividades lúdicas que tienen como propósito acercar a las niñas y niños a conceptos como el derecho a la ciudad y al juego, así como a temas relacionados con la seguridad vial.” Además de todas las experiencias anteriores, el proyecto ha alcanzado recientemente uno de sus logros más significativos: la primera calle de juego autogestionada por un colectivo ciudadano de forma independiente. La toma se llevó recientemente a cabo en el callejón de la Amargura, ubicado a un costado de la plaza Garibaldi, plaza conocida en la ciudad por su incesante actividad de grupos de mariachis.

Fotografía: Peatoniños.

 

La infancia
ante los retos inagotables
de la megalópolis

Las dimensiones civiles de Peatoniños han crecido hasta niveles envidiables en un tiempo relativamente corto. Gracias a la cooperación con ámbitos de investigación académica y colectivos culturales y ciudadanos, Peatoniños ha trazado, en cada una de sus paradas, una serie de viñetas de resistencia inolvidables en comunidades subordinadas a la dominación de acero que ejercen los coches en la megalópolis, sometida a la lógica del transporte que impone el capitalismo desarrollado. Los niños pintan pasos de cebra con animales o lanzan el balón contra cartones en la pared descubriendo sus derechos ciudadanos. Se ha logrado colaborar con el Papalote Museo del Niño para que puedan llegar muchachas y muchachos de zonas marginales que jamás lo habrían podido visitar, y un grupo de chicos y chicas han hecho sus reivindicaciones públicas ante autoridades internacionales desde el centro de la lona del Arena México, considerada la catedral de la lucha libre mexicana, la misma lona donde todas las semanas caen sus luchadores preferidos.

Pero, sobre todo, Peatoniños, con sus limitaciones y adversidades, sigue su lucha por llevar al centro del debate urbano “la necesidad de recuperar el espacio público como ámbito comunal y resistir a su privatización, es decir, a la hegemonía del capital representado en la movilización privada e individual del coche, que afecta a toda la organización urbana”, sostiene Brenda. El proyecto trae al primer plano la resiliencia de las comunidades marginales, que no se conforman con hundirse en la contaminación que las rodea. En este sentido, el carácter pedagógico del proyecto le da una especial relevancia a la educación como herramienta de resistencia para todas estas comunidades, excluidas y desposeídas de sus derechos del espacio urbano más básicos. Se trata en definitiva de generar alternativas, de descubrir y redescubrir la fortaleza que habita en la esperanza, de la convicción de que la acción colectiva deviene en cambio: “de entender el espacio con carácter transformador y no conformarse”, puntualiza Brenda.

“Lo que se pretende es producir manifestaciones físicas de usos alternativos de las calles como espacios de juego, que demuestren el derecho a la calle para niños y adultos más allá de los paradigmas espaciales del modelo actual, centrado en el tránsito vehicular y regido por el aislamiento social.” Y concluye Brenda: “es necesario retomar y manifestar a través del juego una nueva condición urbana en las calles, que pueda proporcionar un momento de ruptura con la lógica convencional sobre el uso del espacio público que altere la percepción de las niñas y niños sobre su poder para incidir en el espacio físico que habitan.”

Estos son los retos urbanos que ya están aquí, que llevan ya mucho aquí y que siguen creciendo sin freno. Y nadie mejor que las niñas y niños para afrontarlos y resistirlos con la esperanza de que, en un futuro no muy lejano, ellas y ellos puedan cambiar este discurrir y quebrar la lógica capitalista que cerca nuestras vidas en las ciudades.


Alejandro Pedregal forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate. En 2017 ha publicado Mientras los hombres conquistaban la Luna y daban vueltas alrededor de la Tierra: Rodolfo Walsh, el pastor de Girón y, con Emilio Recanatini Méndez, La esperanza insobornable: Rodolfo Walsh en la memoria, ambas obras en la editorial Patria Grande. 

Artículo publicado en el nº75 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2017.


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