‘La vida es sueño’… y el Teatro del Temple es Teatro

Los festivales o certámenes veraniegos concentrados de teatro clásico se han convertido y consolidado en un particular y feliz fenómeno cultural con categoría de evento de importante repercusión cultural y casi sin parangón respecto a otro “tipo” de teatro. En primer lugar se encuentran los referentes absolutos del tema, los festivales de Mérida y Almagro, seguidos de un buen e interesante ramillete de convocatorias como Olite, Olmedo, Cáceres, Alcalá de Henares, Alcántara, Sagunto, Peñíscola, Toledo, Castillo de Niebla o Chichilla de Monte-Aragón, por citar algunos.
Marcos Cebrián: Segismundo rendido ante su padre, el rey Basilio.

 

Con el paso de los años y la fuerza con la que muchos han arraigado en sus lugares de exhibición, observamos por el contrario en las estadísticas que la repercusión y buena acogida de este género dentro de las parrillas de programación teatral de temporada, especialmente la periférica, en algunas ocasiones no tiene el grado de correspondencia en público, frecuencia y éxito que sí tiene en estos certámenes. El estado del teatro clásico, dentro de la endémica situación comatosa y alicaída de las artes escénicas tantas veces referida en estas páginas, digamos que es difícil de diagnosticar por sus altibajos.

Lo que sí resulta más fácil afirmar después de dos o tres atracones festivaleros al año y unos cuantos abscesos bulímicos de clásico que nos arrastran por esos teatros de Dios, incluida la Compañía Nacional de Teatro Clásico, es que la calidad, rigor y nivel de autoexigencia profesional e innovadora de los grupos y producciones que se meten en esta harina, en general, goza de una salud y de un estado de gracia fantásticos. El teatro clásico se sigue presentando, en ocasiones de manera algo injusta e interesada, como el cum laude de la profesión, por el que todo aquel o aquella que requiera cierto abolengo y reconocimiento, al menos en el gremio, debe pasar por el sable, la enagua y el recite a metralleta inmisericorde de sonetos del XVI, como sea.

Vaguedades aparte, ya sea por el requerimiento técnico y virtuoso o por un amor muy especial al oficio que este teatro conlleva; o ya sea porque estos festivales de canícula tienen aforos siempre repletos (en muchos casos muy superiores a las 500 sillas, a veces de las plegables) y poblados de un público exigente que lleva varios años viendo “fuenteovejunas” y ya no se traga milongas, es encomiable buena parte de las propuestas que se programan. De toda la placentera indigestión veraniega, que en alguna ocasión me ha producido mareos y estado de confusión por tal zurriburri de versículos, venganzas y chanzas de época, esta vez sí, me quedo con una, no hay duda: La vida es sueño, de Calderón de la Barca, producida y llevada a escena por el Teatro del Temple (que repiten en las páginas de Pueblos por segunda vez).

Una obra que Calderón, en su buen hacer dramatúrgico, dividió en tres jornadas (o actos) y que Teatro del Temple, de manera tan inmisericorde como genial, nos metió en casi dos horas con sus 120 minutos de espectáculo del tirón, sin pipí, y con buena parte del textazo casi íntegro de punta a cabo, excepto acotaciones. Y lo consiguió. Todos y todas clavados en la silla plegable con sus lamas gofradas en nuestro reseco trasero, sin pestañear, obnubilados, bamboleando con los estados y drama de Segismundo, absortos con los mercachifles y pillerías de unos Clarín y Rosaura inéditos y magistrales, y enmudecidos con la rotunda presencia de los inconmensurables Basilio, Clotaldo, Estrella y Astolfo. Un prodigio teatral para la incontinencia urinaria.

Calderón de la Barca (1600-1681), uno de los escritores y dramaturgos más brillantes del Siglo de Oro y referente de la literatura barroca, tiene datada La vida es sueño en 1635 y dentro del grupo denominado Comedias Serias. Esta obra se caracteriza por un registro dramático teológico-filosófico cuya temática redunda en la libertad del ser humano para configurar su vida sin dejarse llevar por el supuesto destino, estableciendo el tema del libre albedrío como uno de los ejes básicos que conformarían desde este momento buena parte de sus obras. Esto hace que todos los personajes, no sólo el principal, transiten en una dualidad delimitada por un predestino lleno de presagios y esoterismos vacuos que irremediablemente parece ser que hay que aceptar, y siempre en el precipicio del inevitable pecado; todo ello frente a una confrontación revolucionaria, terrenal y libertaria que insta desde la instrucción rigurosa a la emancipación.

Marcos Cebrián: Segismundo y Clarín encarcelados.

 

La vida es sueño es la peripecia trágica de un Segismundo cautivo por su padre Basilio, rey de Polonia, que se ve obligado a darle una oportunidad y demostrar su bonhomía frente a un infundado mal presagio que vaticinaba la tiranía en su forma de reinar, todo ello en un ambiente infecto donde Calderón retuerce al máximo esa noble, convencional y falsa impostura palaciega caracterizada por la podrida moral de los particulares contra la gran moral absoluta. Así, Basilio se acaba encontrando con la airada reacción en su contra de Segismundo, alimentada por una insaciable sed de venganza debida al maltrato de su encarcelamiento y que les lleva a enfrentarse, hasta que el rey vencido debe de rendirse ante su hijo, encontrándose a la postre con el perdón final.

Ante esta tradicional fisionomía dramatúrgica dual de los personajes calderonianos, que en el texto original aparecen con cierto desdibujo y en continuo proceso de crescen do, en este montaje el director (Carlos Martín) desde el principio los torna vitales y enérgicos, recordándonos mucho a los personajes de Shakespeare. Esto no resta poder a la obsesiva pasión de Calderón de dotar de grandeza a sus ideas y de jugar continuamente con la ambivalencia de lo tangible y lo intangible, lo real y lo ideal, la tierra y el cielo, el vicio y la virtud. El director, con la clara intención de mantener la complejidad propia en la evolución en la obra, nutre el desarrollo aportando de una manera fantástica numerosos recursos en la interpretación que van desde la dicción, la gesticulación y el vestuario al resto de la puesta en escena.

La dramaturgia comienza con la brillantísima reelaboración de un texto que, sin perder nada de integridad, aparece quirúrgicamente desbrozado y esclarecido por el bradomín Alfonso Plou, acompañado de un especial entrenamiento con los actores en la dicción y en la comprensión del texto atribuido al actor José Luis Esteban. Gracias a esto, el lenguaje y expresión de Calderón, pocas veces natural e incluso inhumano, religado a veces de una retórica barroca y falsa a base de metáforas y retruécanos, característica plaga del teatro de ese tiempo, se hace mucho más nítido. Los personajes pícaros, irónicos, sufrientes o contradictorios, cuyas ansias de venganza, instintos, pasiones o celos nunca aparecen francos y siempre disfrazados de falsas argucias, van desgranando el texto con una manera de interpretar que sin renunciar a resaltar algunas de las pintorescas y extravagantes audacias de lengua de Calderón, contrarrestan con una virtuosa modulación limpia y milimétrica de cada palabra y cada frase.

Todo se acompaña de una gestualidad y de unos movimiento en escena muy precisos que hacen que la verborrea pomposa de las silvas, quintillas, octavas reales, redondillas y décimas del autor, lejos de aborrecernos por la original fastuosidad del texto, nos conquiste a los espectadores desde el principio y nos acompañe pacientemente tanto en la construcción de cada personaje como en la trabazón argumental que la obra nos propone. Hay que unir la acertadísima música en directo que arroba, precede o remata las frases con sonidos provenientes de miles de cacharritos percutivos llenos de matices y texturas que suponemos serán algo así como crótalos, tejoletas, djembés, chekerekes, ristras, kutu-wapas, cascabillos, chiflos, güiros, pitos, shakers, castañuelas, darbukas, panderos, riqs, taconazos, palmas y silbidos. Finalmente, queremos remarcar la fantástica iluminación y la sorprendente y simple escenografía a base de telas nobles de brocados que extendidas hasta el suelo nos llevan al suntuoso palacio de Basilio, mientras que recogidas y trenzadas con el remate de grandes argollas nos llevan a la cárcel de Segismundo; todo ello acompañado de un simple biombo y unas pasarelas móviles que con el transcurrir de la obra van conformando tronos, pasarelas inclinadas, fines de trayecto, poyetes y ambones. El vestuario, los maquillajes y los postizos de pelo también resultan sorprendentes, pues apuntan a reminiscencias orientales pero también con un aire claramente premeditado de estética suburbana por los tatuajes, capuchas y botas que a mí me recordaron el underground sórdido de Blade Runner e incluso aportaban cierto aire Mad Max de los 80.

He de reconocer que cada vez que veo La vida es sueño hay un hito de juicio a final del primer acto que supone permanencia o evasión y que me genera cierta sobreatención y empoderamiento en la silla plegable porque me lo sé. Es el momento en el que Segismundo dice el reconocido soliloquio en siete décimas que algunos aprendimos a retahíla en el cole de los años 70 y soltábamos como loritos, entonces, en mi caso, para aprobar con nota la segunda evaluación de Lengua de 4º de EGB, ahora para seguir ratificando que aquellos sueños, sueños son:

/…/ Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Para afrontar al idealista Calderón y una de sus obras cumbre con una propuesta tan limpia y sagaz como compleja hay que tener mucha disposición y mucho fondo de armario de oficio, de anecdotario, de rango, de visión en la producción; pero sobre todo de gusto por unos textos comprometidos que van más allá, que son las antípodas de la neutralidad tanto en la forma como en el fondo y que llevan irremediablemente al riesgo de dar un paso adelante con poco recorrido de marcha atrás. Y allí nos quedamos, en nuestra silla plegable sin avistar las dichosas cabinas de baño químico tan típicas en estos eventos, despidiendo a palmotadas gustosamente descontroladas a un elenco magistral- magistral, a una compañía en bloque, muy solidaria en el escenario, disfrutona, de carretera y manta, con la escarapela bien reluciente de 20 años de oficio bien vividos, con Calderón como mascarón de proa en la furgoneta y un rastro de espectadores y espectadoras agradecidas por haber compartido y vivido un espectáculo inolvidable.

El Teatro del Temple amenaza ahora con El Criticón. Contamos los días con impaciencia y esta vez con almohadilla, ora para el asiento, ora por si hay que lanzar, para lo cual no habrá ni rubor ni inconveniente, como mandan los cánones del teatro clásico. Muchas gracias y larga vida.


José Alberto Andrés Lacasta forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº75 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2017.


 

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