Una postal de San Francisco

La gentrificación y el turismo de masas transforman la identidad de uno de los barrios con más solera de Bilbao. En el mismo palmo de realidad donde unos se frotan las manos, otros se las echan a la cabeza: apenas un puñado de céntricas calles en la margen izquierda de la Ría han pasado de sobrevivir ignoradas, a la sombra de estigmas como la prostitución, la pobreza, la delincuencia y la drogadicción, a convertirse en el destino de moda de la ciudad.
Miguel Cuba.

 

Cinco trolley se arrastran por San Frantzisko kalea; dirige la marcha una maleta de color amarillo napolitano, seguida por dos equipajes fucsias no identificados y después un bulto verde sinople; algo más rezagada, la valija en tonos azules cobalto. Van al tran-tran, seguramente al ritmo que marcan unos auriculares tamaño XL que aíslan plenamente del exterior y que, como en un dos en uno, impiden al tiempo que la brisa cantábrica remueva los flequillos más respingones sin perder frescor en el rostro. Todo primeras marcas, incluidas las gafas de sol con un filtro polarizador que protege los ojos de los recién llegados.

A izquierda y derecha de esta misma postal bilbaína en movimiento, gente que sale viniendo de dentro y gente que entra llegando de fuera del kebab-pizzería-pollería halal, del estudio de arquitectura que según se lo mire es ecléctico o vintage, de la peluquería subsahariana junto al paso de cebra, del retro-pub de moda de la esquina, del restaurante bereber-vasco y de cualquiera de las tiendas de fruta y verdura latinas, de la peluquería subsahariana “de jóvenes” y del ciberlocutorio paquistaní. Un par de grafitis, una verja echada y varias cartulinas de ‘se vende’ recuerdan que por aquí también hubo un bar más para la hora del café. Los habituales del lugar, que parecen gozar de un mediodía constante, siempre están donde más se les espera: sentados en alguno de los bancos con incómodas láminas de madera que decoran la plaza del Dr. Fleming.

La escena se repite a cualquier hora, sin importar el día, todas las semanas del año, 24×7, en el céntrico barrio de San Francisco, algo más de 7.000 habitantes censados, a la vera izquierda de la Ría de Bilbao y atravesado de costado a costado por unos rieles ferroviarios, supervivientes a cielo abierto de un pasado fabril maquillado con el tiempo. Vivir en el código postal 48003, distrito de Ibaiondo, experimentarlo aunque solo sea por unas horas, es adentrarse en un crisol de culturas agrupadas en apenas un puñado de calles. No en vano, al menos tres de cada cuatro de sus moradores (el 34,1 por ciento) tienen un origen extranjero, frente al 10,2 por ciento global que registra la capital vizcaína, según el Observatorio Urbano de Barios de Bilbao[1].

Otrora conocido como el SoHo bilbaíno, tampoco es difícil cruzarse por aquí con coches patrulla peinando uno de los rincones citadinos con más pretérito de la Comunidad Autónoma Vasca y que todavía figura en el imaginario colectivo como un foco de problemas. Concretamente, aparece con frecuencia asociado a la prostitución (Gorte kalea o calle de Las Cortes era hasta hace relativamente poco el edén de los proxenetas), la pobreza (según el último Anuario Socioeconómico de Bilbao publicado, con 12.207 euros de renta personal es el cuarto barrio con menores ingresos de la Villa, apenas superado por Iturrigorri- Peñascal, Otxarkoaga y Uretamendi), y la ignorancia (la misma fuente confirma que presenta índices porcentuales de analfabetismo, 2,6, y de personas sin estudios, 9,2, muy superiores a la media en esta ciudad, del 0,4 y 3,1, respectivamente).

Tampoco se libra de la delincuencia (Ibaiondo es el distrito donde más delitos de llevan a cabo, confirma la Memoria de Actividad 2016 elaborada por la Policía Municipal y la Ertzaintza, cuyos datos registran un aumento del 11,7 por ciento de los casos) ni de la droga (el pasado febrero fue desarticulada la mayor banda de traficantes del norte de España, tras varios registros domiciliarios practicados en San Francisco y Santutxu). Por cierto, en este mismo mes fue detenido un argelino acusado de adoctrinamiento yihadista; la operación se desarrolló a escasos metros, en Castillo Jeneralaren kalea. “Sigue siendo un barrio empobrecido y con graves problemas sociales. El deterioro y el abandono institucional ha provocado que mayoritariamente sean las clases más desfavorecidas las que se han quedado. Casi nadie que no fuese de aquí quería cruzar los puentes para venir a esta parte de la ciudad”, explica desde el laboratorio, situado en este barrio, de innovación urbana Urbanbat[2] Gorka Rodríguez.

Una transformación polémica

Fue a finales de los años 90 cuando la dejadez por parte de las administraciones dio paso a un plan de recuperación urbanístico cuyas consecuencias más visibles se conocen como ‘efecto Guggenheim’: nuevas viviendas; alumbrado, adecentamiento y limpieza de calles; además de la consolidación de alternativas culturales como el edificio BilboRock (una antigua iglesia convertida en lugar de conciertos). Paralelamente a la transformación física de los espacios públicos y privados, pero de forma más invisible, el precio de la vivienda animó a que outsiders con posibilidades económicas decidieran comprar inmuebles o locales en la zona. Así fue como, sin prisa pero sin pausa, a San Francisco le impusieron dejar de ser marginal y convertirse en el destino cool del Botxo (agujero, en euskera), como llaman los lugareños a su Bilbao natal, en referencia a las montañas que lo rodean creando una sensación de sumidero.

El desembarco de artistas, profesionales liberales, estudiantes, emprendedores y especuladores con alto poder adquisitivo en un espacio que hasta entonces había crecido ignorado, a la sombra de los focos, en el cruce formado por las calles Bajos Ingresos e Inmigración a la altura de la plaza Conflictos Sociales, cambió la postal de San Francisco. Todos miran los mismo, pero donde unos ven expectativas de regeneración, un caramelo para los mercados de las viviendas y del ocio, otros denuncian un excluyente aburguesamiento que expulsa a los tradicionales inquilinos de estas arterias, entre asfixiados por el vertiginoso crecimiento de los precios y asqueados por la homogeneización de los hábitos de vida. En el mismo palmo de realidad donde unos se frotan las manos, otros se las echan a la cabeza.

“Gentrificación” (del inglés gentry, nobleza, gente de bien) es el tecnicismo que describe todo un proceso dividido en cuatro fases, degradación, estigmatización, resignificación y mercantilización, por las que ya han pasado destinos como Malasaña en Madrid, Alfama en Lisboa o el Bronx en Nueva York. Nada nuevo en el patio urbano, si bien el modelo presenta las abstracciones de toda teoría y en San Francisco se debate hasta qué punto la gentrificación es un hecho consumado e irreversible o bien el fracaso palpable del penúltimo empuje bohemio a golpe de cartera.

Gentrificado o no, lo que está claro es que este rincón de contrastes por antonomasia, mezcolanza de intereses, orígenes y culturas, refleja a la perfección lo que se entiende cuando se piensa en la ciudad como ese espacio de construcción y desarrollo de ciudadanía. Es decir, la manera que tienen sus habitantes, fijos o temporales, de intervenir en la vida social que les rodea, de construir lazos sociales y relaciones de confianza además de compromiso cívico.

Pero al mismo tiempo y de manera no excluyente, San Francisco también irradia ese concepto de urbe que condensa “la fragmentación socio-cultural, espacial y política; no solo espacio de relación, encuentro y comunicación, sino de confrontación y de lucha por la reivindicación de derechos”, escribe Patricia Ramírez, en su artículo “La reinvención de la ciudadanía desde el espacio público en la ciudad fragmentada”. En este sentido, el contrapunto de lo urbano como espacio de desigualdad, inseguridad, violencia y ruptura. Todo un “desafío a la ciudad, a la sociedad y al Estado, de crear derechos complejos que respondan a las nuevas realidades”, completa Ramírez.

San Francisco, en Bilbao. Fotografía: Jairo Marcos.

 

Turismofobia

La vertiginosa colonización de inquilinos en estado crónico festivo es la última etapa de un proceso muy complejo, la gentrificación. Ahora que tanto se habla del turismo y de los miedos que genera, la turismofobia es el apéndice más doloroso de un trasiego estetizado bajo los estrictos cánones de la moda. Nunca antes pernoctar en Sanfran aseguraba tantos likes y RT en las redes sociales. El monocultivo turístico no alcanza la extensión de otras urbes, pero basta un vistazo a las diversas plataformas digitales que gestionan el alquiler de viviendas para hacerse una idea de la tendencia alcista.

“El hecho de que en Europa los cascos urbanos sean también centros históricos favorece estrategias de atracción que priorizan a la industria del turismo frente a otras formas de emprendimiento”, indica Gorka Rodríguez. Así es como, por ejemplo, los servicios de proximidad ceden protagonismo a las iniciativas orientadas a satisfacer las demandas de viajeras y viajeros, aunque poco o nada pueden tengan que ver con las necesidades del vecindario. “En algunos casos llegan grupos de inversores, suben los precios de la vivienda y de los locales comerciales, y los vecinos y vecinas se ven abocados a desplazarse. Son procesos especulativos en los que la ciudad se convierte en una mercancía más”, concluye el miembro de Urbanbat.

Pegados en fachadas aledañas, varios anuncios de grupos inversores interesados en adquirir inmuebles ofrecían hasta 100.000 euros en mano hace apenas unos meses. La polémica ante una posible pérdida de identidad vecinal llegó al pleno municipal, en boca de la portavoz de EH Bildu Aitziber Ibaibarriaga, quien expresó la preocupación por los comerciantes de toda la vida “que se ven abocados a subcontratar parte de su escaparate para instalar cajeros automáticos y así poder seguir subiendo la persiana”. Un extremo que fue negado por parte del Gobierno municipal: “La gentrificación supone la expulsión de la gente del barrio por otra con mayor poder adquisitivo y eso, en Bilbao, no se está dando”, subrayó el concejal de Planificación Urbana, Asier Abaunza (PNV), en declaraciones recogidas por los medios de comunicación.

Precisamente el departamento de Turismo del Gobierno Vasco inició este verano la revisión de las inscripciones de viviendas para uso turístico tanto en Bilbao como en San Sebastián y Vitoria, de acuerdo con el protocolo acordado con la asociación de municipios Eudel. Y es que, hasta el primer cuatrimestre del presente ejercicio, en la capital vizcaína apenas se habían registrado 179 alquileres turísticos. Con esta exigua cosecha sobre la mesa, que contrasta con la frugalidad de cualquier búsqueda en portales como Airbnb y Wimdu, el Ejecutivo autonómico está llevando a cabo diferentes acciones informativas sobre la obligatoriedad del registro de casas para estos menesteres, recordando a las personas arrendadoras la Ley de Turismo, aprobada en el estío de 2016.

Tejido asociativo

A la vuelta de la esquina, un grupo de visitantes ávidos de consumir experiencias se cruza con tres personas de tez negra que conversan siempre en voz alta y siempre con la sonrisa puesta. Un poco más arriba, un vecino abre la puerta de su portal, mientras sujeta con el antebrazo el periódico del día plegado en torno a una barra de pan. Enfrente se cruzan dos mujeres y hacen como que no se ven, aunque ambas giran la cabeza cuando han rebasado por unos metros a la otra. Tras el semáforo esperan pacientes tres jóvenes, el de menor estatura montado en una bicicleta fixie con las llantas del mismo color que su camiseta y a juego con el manillar. La luz verde da el paso a un sinfín de coches que se pierden a ambos lados de la calzada, no sin antes avisar a violento golpe de claxon a un anciano que cruzaba con mucha prisa por donde mejor le convenía. En el plano corto, una pareja analiza minuciosamente los precios de un restorán de comida mediterránea recién restaurado.

“El comercio tiene un papel muy importante. Cuando a estos barrios llega un tipo de negocio que nada tiene que ver con dar servicio a sus habitantes hay que estar atentas a lo que viene detrás”, advierte Rodríguez, en clara referencia a que, “durante los últimos años, algunos locales comerciales y hosteleros han hecho la apuesta de abrir aquí. En muchos casos han sido proyectos con muy poca relación con el barrio que ofrecen servicios y precios poco adaptados a la realidad de la población local. Se han convertido en lugares de moda que atraen a gente de dentro y de fuera de la ciudad”. Para muchos, la transformación del consumo local es la antesala al desembarco de las franquicias, las grandes cadenas, los locales de ocio nocturno e incluso los centros comerciales.

Para frenar este proceso, a medio camino entre los intereses económicos y la especulación urbanística, entre los márgenes de la multiculturalidad y la novedad, tienen que darse varias condiciones, señalan desde Urbanbat: una vez identificado lo que está sucediendo, hay que “contar con una sociedad civil bien organizada y comprometida con el territorio, que desarrolle estrategias de visibilización del problema y que articule propuestas concretas de resistencia”.

San Francisco cuenta con la fortaleza de un tejido asociativo y vecinal coordinado que, bastante arraigado entre sus moradores, propone y genera alternativas de producción, convivencia y apropiación del entorno. La ciudadanía reaccionó ante la gentrificación creando espacios de mediación que proponen otro tipo de regeneración urbana: frente a la expulsión de la población autóctona, trabajar con ella hacia su empoderamiento y mejora de la calidad de vida.

“El conjunto de estos movimientos organizados en red puede suponer una seria dificultad para la implantación rápida, fácil y sin contratiempos de las políticas de gentrificación”, avanza Gorka Rodríguez, quien sin embargo no cree que sea “suficiente para frenar las dinámicas de un poder económico muy consolidado. Hay que construir alternativas que superen la escala del barrio y ganen influencia municipal, regional y estatal”. Cita como ejemplo la plataforma ciudadana ¡Vivir la ciudad en Europa![3], una red de asociaciones vecinales por la defensa de la calidad de vida en las metrópolis del viejo continente.

Derecho a la ciudad

En pleno corazón de San Francisco, plaza Corazón de María, está Sarean[4]. Concebido como espacio de encuentro vecinal abierto a todo tipo de expresiones, la asociación cultural Espacio Plaza gestiona esta iniciativa lúdico-pedagógica a través de una programación sociocultural diseñada participativamente por las y los vecinos, y cuenta con un bar-restaurante de cuya cocina salen los aromas diversos que integran el barrio. El modelo se corresponde a la colaboración de un tridente público-comunitarioprivado: la coordinación de Espacio Plaza se complementa con la cesión del espacio físico titularidad de Viviendas Municipales, mientras la empresa Bilbao3 explota la parte hostelera, ingresando una décima parte de sus ingresos a la asociación. El círculo se cierra, “como forma de asegurarla generación de recursos de forma permanente para la actividad cultural”, explican desde la página web.

Entre las iniciativas autoorganizadas que han nacido de Sarean destaca Gau Irekia (Noche Abierta), una especie de ‘noche blanca’ invertida, es decir, la cultura gratuita y universal, pero no desde arriba sino desde abajo. Casi un centenar de actividades exprimidas en una sola tarde-noche son ofrecidas cada año gracias a la implicación cómplice de buena parte del tejido social, comercial y asociativo.

Pero bajo el paradigma de la gentrificación nada es sencillo, por muy alternativo, diverso y representativo que sea. “También entran en juego y en contradicción la singularidad del espacio, el atractivo que generan las actividades, la multiculturalidad de la zona, nuestra propia actividad como agentes de proceso de innovación social… Puede ser más o menos doloroso, pero hay que aceptar que alguna de las soluciones que se proponen para luchar contra la gentrificación son a la vez parte del problema”, incide Gorka Rodríguez, que tiene claro, por otra parte, la necesidad de voluntad política para atender las necesidades de la población más desfavorecida, “en vez de aplicar recetas para atraer a una nueva población y a nuevos sectores económicos que desplacen a los ya existentes”.

Vecindario, el puñado de personas que puebla el entorno. Ciudad, el espacio público que “nos acerca a las formas de desigualdad social, de inseguridad, de violencia y de ruptura de lazos sociales; pero también a la comprensión de los referentes comunes entre grupos diferentes” (Patricia Ramírez). Ciudadanía, El Derecho a la ciudad que escribió Henri Lefebvre como reapropiación política de la urbe para devolverle su capacidad de Buen Vivir para todos. Barrio, la sensación de estar en casa con independencia de la geografía. San Francisco, San Francisco.


M.A. Fernández y J. Marcos son periodistas freelance, especializados en temática internacional. www.desplazados.org

Artículo publicado en el nº75 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2017.


NOTAS:

  1. Ver: www.bilbao.eus/observatoriobarrios/inicio.html.
  2. Ver: http://urbanbat.org.
  3. Más información en: www.vivre-la-ville.fr.
  4. Ver: http://sarean.info.

 

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *