Oriente, cultura emergente, novela gráfica y grietas

En la última década el nivel ascendente de consideración literaria, artística y también documentalista del tebeo y la novela gráfica han pasado a ocupar un espacio altamente preeminente dentro de la panoplia de registros culturales del momento. Este consolidado auge podría parecer casi un oxímoron en esta coyuntura donde el formato literario tradicional del papel se encuentra en lucha con el limbo tecnológico del libro electrónico; donde la forma y negocio de producción, exhibición y consumo del audiovisual está relegando las salas de cine a espacios cada vez más arrinconados por la aplastante impronta de inmediatez y portabilidad que conllevan las nuevas tecnologías y redes de comunicación; o donde el teatro y la danza pelean entre estertores por mantener su cuota de espacio, abolengo y dignidad mientras el modelo de negocio se acota y reduce de manera desgraciadamente inexorable.

Observamos, al mismo tiempo, cómo un vocabulario que hace unos años podría parecernos torticero y aguafiestas en el mundo de las artes (conceptos como cliente, usuario, ratio, mercado, entretenimiento, acontecimiento, producto, consumo, etc.) no solo vino para quedarse, sino que está siendo puesto en valor y aplicado sin anestesia en su estricto sentido semántico neoliberal. En el espacio endógeno de la cultura, todo ello anda derivando en un sordo pero creciente estado de frustración, clientelismos inexplicables, aguas revueltas, enrocamientos, “salvesequienpueda”, amateurismo sobrevenido y estados desquiciados varios.

Al fin y al cabo, observamos una especie de rara zozobra donde el instinto de supervivencia individual gana frente al poder de lo colectivo y donde el valor del compromiso socio-cultural que conlleva la producción artística en no pocas ocasiones aparece relegado a la necesidad de permanencia profesional en un espacio cada vez más empeñado en expulsar a quien no cumpla con los cánones de la industrialización creativa. Es aquí donde las majors y los suprasistemas, parapetados en sus planes estratégicos de mercadotecnia infalible para la distribución, son capaces de elevar a los altares del mainstream, a golpe de impacto, evento y like, cualquier unidad cultural o pseudo-cultural susceptible de ser del gusto de una cartera de consumidores cuyo requisito común se limita a ser “lo suficientemente sugestiva económicamente”, sin más remilgos ni cuestionamientos posteriores.

Y mientras… Por supuesto hay vida, y de la buena y de la profunda. Todas estas mutaciones culturales no pueden menos que esperar una serie de anticuerpos que no paran de recordar al supermodelo que no es invencible ni en la manera de llevar a cabo la producción cultural ni en el modo de distribución ni en su insaciable afán de domeñar los gustos de todos los públicos. Sobre esto hay unos cuantos cientos de ejemplos en todas las artes, aunque no nos lo parezca, y es allí donde el actual estado de gracia y ascendencia que tiene el cómic llama poderosamente la atención.

Se trata de un formato cuyos consumidores habituales (que crecen exponencialmente) huyen de cualquier propuesta de presentación formal que no sea en libro-papel; donde el concurso de los pequeños tebeos y fanzines casi autoeditados tiene un hueco de reconocido prestigio aunque sea minoritario; donde el modelo narratológico de representación gráfica, que parte de unos cánones muy tradicionales en buena parte provenientes del lenguaje audiovisual, adquiere un poder atractivo y una vigencia inusual en estos tiempos de realidad virtual y donde las líneas argumentales han experimentado una apertura de campos y espacios de acogida a historias no habituales en el cómic más ancestral.

Este arte ha recuperado públicos que lo abandonaron con las historietas, los superhéroes y los mortadelos de la adolescencia, a quienes el manga, Marvel y la omnipresente tira-cómica-satírica acabó de expulsar sin opción. Nos referirimos a un grupo de novelas gráficas cuyo origen argumental y narrativo parte del periodismo, el documentalismo socio-político y el relato histórico fruto de una clara y desinhibida evolución de ciertos autores y editoriales hacia el ensayo crítico y la denuncia contra las injusticias. La impronta más característica de estas novelas gráficas es el compromiso subjetivo del autor informando, poniendo en evidencia, implicando al lector y reconstruyendo-creando una historia con una clara vocación culturizante y artística de alto nivel.

Las referencias concretas a lo dicho tienen como uno de sus vértices y referentes principales a Art Spigelman y su extraoridinaria obra Maus, donde narra sin ningún remilgo la dura historia de su padre en los campos de exterminio nazis. Los personajes-animales que aparecen convierten el crudo relato no solo en un testimonio a la altura de los escritos de Primo Lévy, sino en un alegato socio-político con vocación de proyección a la actualidad y cuyo vigor no deja de sorprender con las constantes relecturas.

Al mismo nivel se encuentra otro de los faros de horizonte más preclaros e incontestables: Joe Sacco. Este autor, periodista, traspasa el rubicón del observador implicándose en carne y hueso en la realidad que muestra. Sacco instauró la segmentación geográfica en sus obras (en este artículo sólo hablaremos sobre los cómics sobre Oriente), estela continuada por varios autores, amén de poner interés en las numerosas obras sobre los escenarios de violencia (especialmente Palestina) en los que ha trabajado. Sus obras cumbre son Palestina, Gorazde y Notas al pie de Gaza.

En la línea de los dos maestros citados hay que señalar la obra de Guy Delisle (Pyonyang y Crónicas de Jerusalén) y también la reconocidísima e imperecedera Jerusalén de Bertozzi y Yakin.

También queremos destacar a la autora Marajne Satrapi y su obra Persépolis, que abrió una veta muy relevante y necesaria en este tipo de novela gráfica al añadir a la historia sobre la evolución-involución del Irán de los ayatolás su visión y denuncia como mujer. Además de por la impronta que ejerció su gráfica tan particular, la influencia de esta obra ha sido muy notable en las numerosas autoras que emergieron y ocuparon unos espacios artísticos eminentemente masculinizados en el cómic.

Esta apertura de Satrapi nos lleva a otras obras inexcusables y herederas de la anterior, por girar en torno a Oriente, donde destaca El árabe del futuro, de Riad Satuff, también de corte autobiográfico, o a otras con una mixtura estilística más personal aunque siempre determinadas por el suceso histórico (a veces reficcionado) y la clara implicación autoral, al estilo de Marajne Satrapi o Joe Sacco. Entre estas, cabe reseñar: Harvey Pekar (Not the Israel my parents promised me), Dauvillier&Chapron (El atentado), M. Le Roy (Saltar el muro), Folman y Polonsky (Vals con Bashir), Riera y Casanova (El coche de Intisar) o Asaf Hanuka (KO en Telaviv).

Queremos cerrar este artículo refiriendo una obra de gran calado recientemente publicada y a su antecesora por el modo y la manera de contar. Nos referimos a La Grieta (Astiberri, 2016), de Spottorno y Abril, que aparece como claro legado de El fotógrafo de Lefevre, Guibert y Lemercier. El fotógrafo narra la historia autobiográfica del periodista francés Didier Lefevre en su viaje de ida y vuelta acompañando a Médicos Sin Fronteras entre Pakistán y Afganistán. Su mérito no solo está en su implicación personal y en la manera de contar la historia, sino también en el elemento verité que aporta la sustitución de las tradicionales viñetas dibujadas por las fotografías que el periodista tomaba. La Grieta sigue el mismo patrón de narración fotográfica, basado en los continuos viajes que realizan los dos periodistas por el límite periférico de la Europa amurallada ante las supuestas invasiones de refugiados y refugiadas, especialmente de Siria, con el foco en el dilema de estas personas que anhelan asilo y dignidad. Estamos ante dos obras únicas no solo por el formato sino por la redifinición del oficio de contar imbricando el dibujo y el testimonio de la fotografía.

Hay vida en estos pequeños e imprescindibles espacios culturales, aunque en este caso nos hablen de desesperanza, frustración y muerte. Debemos recoger el guante de la invitación que nos hacen a reflexionarlos, en ningún caso a consumirlos.


José Alberto Andrés Lacasta es miembro del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº74 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2017.


 

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