El campesinado del Catatumbo alerta: No somos el problema, somos parte de la solución

En un momento de la historia en el que la humanidad se enfrente a la crisis climática, al agotamiento de los recursos para sobrevivir, a la pérdida del valor y el sentido de la vida misma, cuando todo se convierte en una mercancía desechable, cuando la riqueza infame de unos pocos es la principal enfermedad que mata millones de personas, nos preguntamos si existen alternativas al final de este camino o si, por el contrario, estamos condenados al exterminio.

Desde el Comité de Integración Social del Catatumbo (CISCA), en el Norte de Santander, Colombia, decimos que sí, que otro mundo es posible. La convicción la encontramos cada día al salir el sol, al escuchar el canto de las aves, al sentir el olor del café, el calor del fogón de leña en la cocina, la compañía de una familia que a partir de ese momento se apresta a cumplir el propósito de su existencia, producir los alimentos, proveer el agua, hacer práctica la solidaridad, la cooperación, la ayuda mutua para garantizar la existencia del colectivo.

Esto que parece simple, sencillo como la vida en el campo, es lo que está en disputa, es lo que se agota, es lo que la humanidad ve perderse, derrumbarse: la vida, los alimentos para sobrevivir, la naturaleza para proveer de finitos bienes y servicios, entre ellos la siempre sorprendente belleza.

Pero la vida en el campo no consiste en comprar una finca de verano en los alrededores de la ciudad, no, no se trata de eso. Se trata de aquella existencia no individual sino colectiva, no de personas sino de pueblos, indígenas, afrodescendientes y campesinos, que, después de siglos de intentar desaparecerlos, aún se levantan con valentía para gritar su existencia y para mostrar que otro camino es posible.

La economía campesina, desarrollada en el marco de un contexto de privación, marginación y dependencia, resiste a pesar de los duros embates por hacerla desaparecer. Su resistencia se fundamenta en varias cuestiones que abordamos a continuación.

Coevolución con la naturaleza

La economía campesina depende de la naturaleza, conoce sus ciclos, se provee de materias primas de diversos usos que le permite retroalimentar y fortalecer su base de recursos y sus medios de vida, se adapta a sus condiciones, no la destruye para construir otro mundo, sino que se acopla a ella, aprovechando toda su diversidad.

Paula Cabildo.

Es entonces indispensable construir una relación de respeto entre el campesinado y la naturaleza, en tanto se vive y se depende de ella. Sus modelos productivos deben integrar, recuperar y potenciar la diversidad natural como un componente central alrededor del cual se propicien flujos de materia, energía y especialmente información con otros componentes, como el agrícola y el pecuario. Cultivos con naturaleza, animales con naturaleza, implementados a partir de arreglos agroforestales, silvopastoriles, girando para conservar la flora, la fauna, el agua y los suelos, entre otros bienes.

Frente a un modelo que desprecia la naturaleza, la destruye, la explota sin pudor, la economía campesina propone recuperarla, hacerla su centro, girar en torno a ella, valorando desde lo que parece insignificante como el cantar de las aves, hasta lo que parece riqueza, los combustibles fósiles.

Diversidad cultural y socioeconómica

No existen en Colombia dos comunidades campesinas iguales, ni modelos productivos iguales. Conservan identidad en sus bases, pero, al habitar topografías, climas, suelos y vegetaciones diferentes, desarrollan modelos económicos, relaciones sociales y formas organizativas diferentes: de la alegría, la energía y calor del campesinado de zonas ribereñas, al candor, la nobleza y la paciencia de la familia campesina de los páramos, pasando por la creatividad, practicidad y diligencia del campesinado de montaña; de las fincas de frutales durante todo el año, a las pequeñas propiedades pletóricas de diversas hortalizas, de los cultivos transitorios de clima frío a los cultivos permanentes de los climas templados.

No es un solo modelo y una sola cultura, son múltiples modelos productivos que hacen de los suelos inmensas colchas de retazos, vinculando pasado, presente y futuro en un ejercicio cotidiano de darle vida a la cultura.

No maximiza ganancias, disminuye riesgos

Se fundamenta en una base de recursos, en una oferta ambiental, que controla y administra la familia buscando la supervivencia y otras perspectivas. Se participa de diversas actividades no agrícolas para compensar pérdidas, para superar las embestidas de las crisis económicas que generan las políticas gubernamentales que promueven la agroindustria, los cultivos para agrocombustibles, la gran minería. No busca la riqueza, no persigue el acaparamiento. Por tanto, su fin no es intermedio, acumular, su fin es último, es la vida.

Interactúa con el mercado

No es una economía aislada, sino que interlocuta con la economía rural y oferta mano de obra, pero decide cuándo entra y cuándo sale del mercado.

Si su producción genera pérdidas económicas, se retira del mercado, disminuye gastos y fortalece la producción para el autoabastecimiento local y familiar. Si encuentra un mercado favorable, produce para él, lo abastece, incluso por largos periodos, produciendo a pérdida a la espera de mejores precios. Se plantea el paradigma de aumentar la oferta cuando la demanda es baja, poniendo a circular una mayor cantidad a un precio menor para generar los mismos ingresos. Juega con las reglas del mercado y quien gana es el conjunto de la sociedad.

La familia es su cimiento

La proveedora de su principal fuente de fuerza de trabajo es la familia. Se construye un lazo indisoluble entre la familia y la finca, que se constituye en hogar, en referente de cultura e identidad. Se es de una familia, de una finca, de una vereda, de un pueblo. Este ser, este origen, se transmite de abuelos y abuelas a padres y madres, a hijos e hijas, a nietos y nietas.

La familia es el escenario de toma de decisiones, de planificación de actividades, de articulación laboral de todos sus miembros, desde los más pequeños hasta los más viejos. Las actividades se distribuyen de acuerdo al sexo, el conocimiento y la edad, partiendo de que el aporte de cada integrante es vital para sostener el modelo. La base de la visión colectiva comienza en la familia.

Su horizonte es la Soberanía Alimentaria

La economía campesina produce la no despreciable cifra del 60 por ciento de los alimentos que se consumen, lo que se traduce en beneficio inmediato para la familia en ingresos y nutrición.

Las características fundamentales de dicha producción son la pertinencia cultural y ambiental, el autoabastecimiento familiar y local, la autonomía para definir qué, cuándo, cuánto se cultiva y bajo cuál modelo, la disposición de semillas nativas y pies de cría criollos, así como la posibilidad de generar hacia el exterior de la finca redes de intercambio y comercialización que intenten controlar los mercados locales y regionales.

Construye conocimiento de manera permanente

La familia, hombres y mujeres, es depositaria de valiosos conocimientos ancestrales que se ponen a prueba, se mejoran, evolucionan, se transforman a través de la práctica diaria. Se persiguen de manera permanente innovadores conocimientos para resolver nuevas y más complejas problemáticas.

Después de cientos de años, después de muchas generaciones, se alcanza el conocimiento de los ciclos de la naturaleza, del régimen climático, y a partir de él se programan las actividades de preparación de semillas, adecuación de suelos, siembra de cultivos, labores agronómicas, recolección de cosechas, conservación de semillas. Alterándose el régimen climático se altera la vida productiva, el desarrollo de los cultivos, y ello obliga la producción de conocimientos para implementar alternativas.

Para la economía campesina, las soluciones al cambio climático no están en enterrar de forma masiva material vegetal, en la producción de hidrógeno o en convertirse en un país neutro en carbono pagando un mayor valor por lo que se consume; sino en la construcción local de conocimiento que busque disminuir la deforestación, incrementar la diversidad, proteger los suelos y las aguas, aumentar el consumo de lo producido localmente y disminuir la demanda de combustibles fósiles.

Los conocimientos más efectivos los producen quienes buscan soluciones día tras día para permitir todas las formas de vida, para garantizar su subsistencia, y no aquellas personas que persiguen cómo hacer más cómoda su vida individual con el menor esfuerzo.

Solidaridad, reciprocidad y mutua ayuda como estrategia

La economía campesina no es una decisión individual, es una opción colectiva, una apuesta de conjunto. Resiste, permanece, a pesar de la adversidad, gracias al complejo tejido social que la rodea y la hace posible, a través de préstamos de mano de obra, de semillas, del intercambio de productos, de la unión de esfuerzos para la autogestión de soluciones a problemas colectivos, carreteras, puentes, escuelas.

El compadrazgo, la tradición de la visita de los domingos o en las tardes cuando termina la jornada, el ejercicio solidario de compartir lo que se tiene, la celebración de festividades, el deber moral de acompañar cuando se presenta una pérdida familiar, esa capacidad de sentir y compartir la felicidad o el dolor de otra persona, es lo que permite que se trascienda de lo individual a lo comunitario.

Este conjunto de elementos se convierten en vía para una lucha constante por la autonomía de un pueblo que manifiesta su voluntad de vida, que se empeña en ser, que se disputa el tener y el gobernar. Hablamos del pueblo del Catatumbo, indígena y campesino, del CISCA.

Sin embargo, este valioso aporte de la economía campesina está en riesgo de desaparecer debido a políticas públicas como la Ley de Zonas de Interés de Desarrollo Rural Económico y Social ZIDRES, que, enfocado a los trabajadores agrarios y desconociendo la existencia del campesinado, busca la concentración ilegal de la tierra, quitándole su función social, y la implementación de un modelo inequitativo y asimétrico de asociatividad entre pequeños-medianos y grandes productores.

Las condiciones de concentración de la tierra en Colombia hoy ya son vergonzosas, el uno por ciento de las fincas de mayor tamaño concentra más de la mitad de la superficie agrícola, mientras las pequeñas fincas de economía campesina ocupan menos del trece por ciento de las tierras productivas. Esta situación se refleja en un Índice GINI de distribución de la tierra de 0,88, el tercero más alto de América Latina.

Como hace décadas, la tierra constituye la principal fuente de conflicto en los territorios. En este momento, en el que se inicia la fase de implementación de los acuerdos alcanzados entre las FARC y el Gobierno, y cuando se está desarrollando la mesa de diálogos con el ELN, preocupa el trámite de un paquete legislativo que profundiza cada vez más en la concentración de la tierra y no resuelve los problemas estructurales.

Nos sumamos, por esto, al clamor de la Vía Campesina para que sea reconocida por los Estados la  declaración para los derechos de las/os campesinas/os y otras personas trabajadoras del medio rural de Naciones Unidas, pues nos mueve la convicción de que no somos el problema del campo, sino que somos parte de la solución para la humanidad.


Las campesinas y los campesinos tenemos una relación directa con la tierra, cultivamos los alimentos, poseemos saberes propios basados en la experiencia, cuidamos y protegemos la naturaleza
y sus bienes, ordenamos el territorio para preservar el agua, las montañas, la vida misma.

Compartimos una identidad, una cultura, en donde la familia, los animales, las plantas, en fin, la naturaleza, juegan un papel importante, hemos construido prácticas que nos diferencian de otras culturas, la música, las bebidas, los alimentos y un conjunto de valores que nos ayudan a definir unas formas propias de organización social. Tenemos una cosmovisión propia, una manera de entender y sentir el mundo.

Cuando comprendemos la opresión, luchamos y resistimos por defendernos y permanecer en nuestro territorio.

Reflexiones de los Colectivos del Comité de Integración Social del Catatumbo – CIS CA. Municipio de El Tarra, Norte de Santander, Colombia.


María E. Ciro Zuleta forma parte del Equipo Político del Comité de Integración Social del Catatumbo -CISCA. cisca@redcolombia.org.

Artículo publicado en el nº74 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2017.


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2 pensamientos en “El campesinado del Catatumbo alerta: No somos el problema, somos parte de la solución”

  1. Es de vital importancia k personas como María E Ciro zuleta reitere de forma apremiante, la importancia de darle prioridad al campesinado,ya que es en el campo donde esta el potencial y riqueza, que hace posible la subsistencia.

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