Los microcréditos como fracaso de otro gran dogma neoliberal

Desde que a principios de la década de los ochenta del siglo pasado comenzaran a extenderse por todo el mundo, los microcréditos se han presentado como uno de los dogmas más exitosos en la lucha contra la pobreza, repletos de aparentes bondades, impostados éxitos y engañosos beneficios. Sin embargo, estos no han cumplido las numerosas promesas que organismos internacionales y ONG hicieron, hasta el punto de que representan uno de los mayores fracasos en las políticas de cooperación al desarrollo, siendo utilizados en no pocas ocasiones de forma fraudulenta para impulsar políticas e intervenciones neoliberales radicalmente contrarias a sus supuestos beneficios. De hecho, las microfinanzas viven en todo el mundo un proceso de cuestionamiento y desmoronamiento muy profundo, tanto por algunos sucesos de enorme gravedad que han alimentado, como por el resultado de investigaciones, evaluaciones y publicaciones de relevancia, prácticamente desconocidas en España.

Un cuestionable papel en la cooperación

Los microcréditos se han visto sacudidos por un buen número de sucesos que han evidenciado su fragilidad instrumental, sus elevados riesgos y sus no pocos peligros como herramienta de la cooperación al desarrollo. Todo ello se ha acompañado de una amplia batería de evaluaciones, libros e investigaciones académicas aparecidos recientemente que, con sólidas evidencias empíricas, coinciden en demostrar numerosos problemas poco conocidos en el funcionamiento de las microfinanzas e incluso el carácter fraudulento en algunos de sus componentes instrumentales, así como en el comportamiento de relevantes instituciones que han venido trabajando en su expansión.

Por si fuera poco, los graves problemas de sobreendeudamiento en al gunas de las poblaciones sobre las que se han extendido los microcréditos durante las últimas décadas han originado amplias contestaciones sociales. Las prácticas especulativas que se han conocido (protagonizadas por importantes instituciones microfinancieras), los procesos regresivos que han generado en las economías de muchos países y comunidades y los graves problemas instrumentales y estructurales que han demostrado en numerosos proyectos e intervenciones, han sumado argumentos concluyentes para revisar a fondo buena parte de las intervenciones que se han financiado con este instrumento.

Los microcréditos representan uno de los mayores fracasos entre los instrumentos de la cooperación mundial que se han impulsado en las últimas décadas, siendo utilizados en no pocas ocasiones de forma fraudulenta para impulsar políticas e intervenciones neoliberales radicalmente contrarias a los supuestos beneficios que con frecuencia se publicitan sobre sus destinatarios. Bien es cierto que, como en otros importantes debates de la cooperación internacional, España parece vivir ajena a este proceso de contestación mundial que atraviesan los microcréditos, e incluso se siguen impulsando campañas, mensajes y proyectos muy costosos basados en estos cuestionados elementos, en lo que parece ser una huida hacia adelante de espaldas alconocimiento y a la experiencia.

Estableciendo un paralelismo con algunos de los instrumentos financieros tóxicos que en España se utilizaron para extraer de forma delictiva ahorros de numerosos ciudadanos por parte de bancos y cajas de ahorros, se puede afirmar sin exageración que los microcréditos han sido las preferentes de la cooperación al desarrollo, al succionar importantes recursos de la cooperación internacional para enriquecer, en no pocas ocasiones, a las instituciones que recibían estos fondos y a sus dirigentes, agravando, por el contrario, el sufrimiento y la vulnerabilidad de sus destinatarios. Naturalmente que hay ejemplos puntuales en sentido contrario, de la misma forma que también encontramos a ahorradores que obtuvieron notables rentabilidades gracias a su dinero invertido en preferentes, cuotas participadas o deuda subordinada, si bien a estas alturas se puede afirmar que en ambos casos son la excepción.

Por ello, podemos hablar de un colapso generalizado en el sistema de mundial de microfinanzas y particularmente de su producto estrella, los microcréditos a los pobres desde las políticas de cooperación al desarrollo, en coincidencia con la crisis de la deuda que vivimos. Todo esto viene de la mano de sucesos de alcance mundial de un importante calado que se han multiplicado en diferentes países y continentes, especialmente allí donde los microcréditos han tomado más fuerza y han tenido más extensión sobre la población más desheredada en los últimos años.

Mª José Comendeiro.

Así las cosas, pocos han sido quienes se han atrevido a cuestionar la eficacia real de estos instrumentos crediticios entre la población más pobre del planeta, a riesgo de ser tachados de inconformistas, radicales o trasnochados. Mientras los microcréditos se imponían como un moderno icono de la solidaridad, las mismas instituciones que los impulsaban carecían de investigaciones empíricas de relevancia que demostraran los muchos dogmas que sobre ellos han ido difundiendo, tales como el papel que están teniendo en los países donde más impulso han disfrutado, su eficacia desde las políticas de cooperación al desarrollo o su impacto entre los sectores más pobres y vulnerables en los países empobrecidos.

Tres décadas de microfinanzas

A nivel mundial se puede hablar con toda propiedad de la industria de las microfinanzas, creada en las últimas décadas más como un paso en la expansión del capitalismo global que como una respuesta a la reducción de la pobreza. En este caso, el proceso tiene la virtualidad de dirigirse hacia los sectores más pobres y vulnerables del planeta, habitualmente alejados de la globalización neoliberal, al no ser potencialmente atractivos para las corporaciones bancarias y financieras, introduciéndoles así en el proceso de bancarización a través de un producto diseñado específicamente para ellos, pero huyendo de cualquier consideración sistémica que permita comprender, actuar y eliminar las causas de la pobreza en la que malviven.

Las microfinanzas están muy lejos de ser la fórmula milagrosa que de forma interesada se ha querido difundir. No se puede negar que los microcréditos facilitan unos recursos económicos que suministran liquidez temporal con la que afrontar gastos, generar consumo o poner en marcha alguna pequeña iniciativa de emprendimiento para la subsistencia; pero por sí solos no proporcionan una mejor posición social o económica para reducir la pobreza, ni ayudan a redistribuir la riqueza ni reducen o eliminan la exclusión social o la discriminación. Al mismo tiempo, si estos pequeños créditos no se acompañan de un adecuado estudio de sostenibilidad financiera y capacidad de carga, se convierten en un factor que profundiza todavía más la pobreza y la vulnerabilidad, en ocasiones a muy largo plazo y con enormes costes sociales, personales y familiares, en lo que algunos autores denominan “trayectorias de desarrollo adversas”.

En el caso de las mujeres, las microfinanzas tratan de aprovecharse de elementos específicos de discriminación por razón de género, como el proporcionar el sustento familiar, el atender el cuidado de los hijos o su dimensión grupal, por lo que con frecuencia generan un aumento de la carga laboral, una reproducción de patrones sexistas y un mayor absentismo escolar en los hijos. Todo esto no se traduce automáticamente en un mayor empoderamiento, con el agravante de que muchas de ellas no controlan las condiciones financieras del préstamo o el destino final del dinero recibido.

De manera que proporcionar microfinanzas a colectivos vulnerables en condiciones y situaciones inadecuadas aumenta todavía más la exclusión social y financiera de estas personas, incrementando su desprotección y vulnerabilidad, quedando así desamparadas en manos de instituciones microfinancieras que amplían su presión sobre ellas para que hagan frente a unas deudas crecientes de las que no salen con facilidad.

Las microfinanzas, por sí solas, no pueden contribuir a reducir la pobreza, aumentar el ingreso, incrementar los activos económicos, mejorar la educación, la cobertura sanitaria o social, disminuir la desigualdad o la vulnerabilidad, dar un mayor empoderamiento, eliminar la privación o la desprotección, si todo ello no se acompaña de los adecuados procesos que otorguen reconocimiento, participación, acceso, financiación e intervención sobre las personas más vulnerables. En colectivos pobres y sin acceso al crédito, el elemento que determina su situación de exclusión y privación es la falta de reconocimiento social e institucional para optar a dispositivos y recursos públicos, no la falta de crédito, como con frecuencia se ha afirmado.

El modelo de microfinanzas alimenta mecanismos de dependencia regresivos, no contribuyendo a generar elementos sostenibles de desarrollo y deteriorando otros factores económicos y sociales necesarios para generar impactos positivos. No menos importante es el hecho de que la filosofía del microcrédito se basa en desplazar desde las instituciones y poderes públicos a los propios individuos la responsabilidad sobre el desarrollo y la supervivencia misma de las personas más pobres, perpetuando así la desigualdad, la exclusión y la discriminación de un orden mundial manifiestamente injusto, en línea con los postulados económicos y sociales neoliberales dominantes en el marco de la globalización.

Su papel en la extensión del proyecto neoliberal

Buena parte de los microcréditos se han diseñado como herramientas de un mercado neoliberal y global avanzado, como instrumentos pensados por los más poderosos, capaces de generar espacios clientelares, de dependencia y control sobre grupos vulnerables. También, como fórmulas nuevas de financiación para ONG y grupos de poder que vacían toda la carga de injusticia e iniquidad, convirtiendo a sectores marginales en culpables de su situación por no haberse entregado a un capitalismo global que convierte a las personas en endeudados, generando un darwinismo social que lleva a suponer que quien mantiene su situación de pobreza es porque quiere, al no haber solicitado un crédito.

Tampoco pueden dejarse de lado las tramas de dependencia y control que se tejen sobre la población solicitante de muchos de estos “nanocréditos”, especialmente por parte de las instituciones financieras internacionales y las ONG, para asegurarse el pago de las deudas. En estos momentos la extensión de los microcréditos entre la población más vulnerable plantea como prioridad no solo reducir la pobreza, sino también disminuir la gigantesca deuda que han alimentado y que en numerosas comunidades y poblaciones se ha convertido en un auténtico lastre.

Así las cosas, los microcréditos se presentan como un peaje más que tienen que pagar los pobres por serlo, ofreciendo una respuesta estrictamente monetaria a un problema que no lo es. Tal y como se han ido configurando, parecen más la constatación del fracaso de las políticas y compromisos mundiales en materia de cooperación al desarrollo, al tiempo que fortalecen la construcción de un tipo de relaciones sociales y económicas basadas en el crédito, el dinero y el endeudamiento permanente para dar réplica a la avaricia desmedida de unos pocos. Es necesario explorar la búsqueda de fórmulas nuevas para generar riqueza, desarrollo y bienestar que no pasen por el endeudamiento y el empobrecimiento generalizado como único designio.


Carlos Gómez Gil es doctor en Sociología y profesor de la Universidad de Alicante, donde imparte clases en el Máster Interuniversitario en Cooperación al Desarrollo. Investigador asociado de la Universidad Internacional Tierra Ciudadana (UITC) de París, ha publicado El colapso de los microcréditos en la cooperación al desarrollo, La Catarata / IUDC / OMALPaz con dignidad / UITC, Madrid, 2016. www.carlosgomezgil.com.

Artículo publicado en el nº74 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2017.


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