Eterno resplandor de una izquierda sin memoria: el efecto Trump o cómo la New Left se convirtió al neoliberalismo

El fascismo es un recurrente espectro en el imaginario progresista. Su uso y abuso daría para una enciclopedia del pánico moral, pero lo fascinante del asunto es que, una y otra vez, el pueblo de izquierdas parece angustiarse lo suficiente para votar por el mal menor (o un representante de las élites neoliberales) con el fin de evitar la llegada al poder de algún torrencial demagogo que destruiría las pequeñas cosas que el Estado mínimo de nuestros días ofrece a las personas desvalidas: protección, por ejemplo, a los refugiados de Oriente Miedo que escaparon, justamente, de las guerras provocadas por los promotores del imperialismo humanitario1.

La amenaza fascista se recicla, una y otra vez, en una trama discursiva que justifica las recurrentes obsesiones de nuestros intelectuales públicos y de un espacio académico vinculado al magma ideológico de la Nueva Izquierda, este difuso movimiento internacional que entre finales de la década de 1950 y mediados de la década de 1980 buscó una tercera vía entre el socialismo soviético y el capitalismo occidental. Varias oleadas de jóvenes activistas “no sectarios, eclécticos y antiburocráticos”2 se opusieron “a la explotación de clase, a la alienación, a la deshumanización y el racismo” a través de movimientos sociales extraparlamentarios o acciones directas (armadas o pacíficas) cuyo objetivo era la democracia participativa en un horizonte de cambio radical basado en las comunidades horizontales y la autogestión obrera y estudiantil. Han pasado ya treinta años del ocaso de aquel fenómeno de alcance mundial, así que es tiempo de preguntarnos cómo se convirtieron aquellos jóvenes radicales en compañeros de viaje del proyecto neoliberal en el viejo y el nuevo continente.

Fusión de fuerzas progresistas y capitalistas

La lacerante paradoja de la movilización contra Trump es que los herederos de la New Left estadounidense se juntan, sin rubor alguno, con los popes del neoconservadurismo republicano mientras jalean el linchamiento mediático de la prensa liberal en su campaña de rusofobia permanente. Esta cruzada moral llena de ruido y furia no se sustenta en el carácter regresivo y brutal de su programa de choque sino en la fantasía conspirativa de que el magante inmobiliario es un agente de Moscú. Tal arranque de macartismo xenofóbico y patriotero hubiera sido impensable hace años, pero hoy la cacería de brujas es la bandera más sólida de la denominada resistencia. Como bien señala la intelectual feminista Nancy Fraser3, la última elección presidencial puso en jaque al neoliberalismo progresista o la “alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ)” con los “sectores de negocios de gama alta ‘simbólica’ y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood)”.

El mínimo común denominador que un día uniera las fuerzas del trabajo y la cultura con los nuevos sujetos revolucionarios (del pacifismo al ecologismo pasando por las minorías sexuales) desapareció en aras de una política identitaria que deconstruye el trabajador blanco, masculino y heterosexual como el reverso degenerado del progresismo neoliberal (o multicultural), cuyo sesgo moralista convierte a las mayoritarias clases bajas en enemigos naturales del progreso.

Iñaki Landa.

Ante tal desaguisado, concluía Adolph Reed Jr., uno de los más lúcidos críticos de las políticas de la identidad, que “la política de raza no es una alternativa a la política de clase; es en sí misma una política de clase o la política de la izquierda neoliberal. Es la expresión y la enérgica acción de un orden político y una economía moral en la que las fuerzas del mercado capitalistas son tratadas como naturaleza inatacable. Un elemento integral de esa economía moral es el desplazamiento de la crítica a los odiosos resultados adversos producidos por el poder de la clase capitalista hacia categorías de identidad naturalizadas que nos clasifican en grupos supuestamente definidos por lo que esencialmente somos más que por lo que hacemos4.

Entonces, si el fascismo clásico brilla por su ausencia en nuestra líquida modernidad y el Estado de la Seguridad Nacional se refuerza con cada nuevo presidente de los EEUU, ¿por qué el antifascismo sobrevive como fantasía persecutoria mientras sus creyentes apuntalan, de facto, el orden neoliberal realmente existente?

El neoliberalismo como constructo

A riesgo de romper los delicados encajes de la corrección política, hay que decir que algo de culpa tiene la New Left, ese contenedor de contenedores que rediseñó el futuro del socialismo entre la década de 1960 y la década de 1980: desde la izquierda cultural británica, nacida del trauma original de 1956, hasta la erupción de la contracultura y la lucha por los derechos civiles (pero también contra la guerra del Vietnam) en Estados Unidos, pasando por la soñada fuga de la fábrica que promovía el joven operaismo italiano de Tronti o Negri, cuya influencia sigue siendo remarcable hoy en día con el curioso nombre de Italian Theory. Pero aquella protesta de alcance mundial terminó siendo funcional al sistema que un día retó.

Todos estos movimientos telúricos de larga duración sufrieron una severa derrota en el plano de la realidad histórica, pero dejaron una huella perenne que fortaleció el discurso cultural del capitalismo mediante el entierro académico del fordismo y la clase trabajadora5 y la exaltación de las TIC como tierra prometida del trabajo inmaterial tal cual imaginaban los apóstoles del autonomismo italiano.

Y es cuando debe uno llegar a la tesis que justifica este texto: más allá de su carácter privatizador, el neoliberalismo es un constructo idealista que pasa por eliminar las defensas colectivas (sociales o estatales) con el fin de establecer la primacía de lo privado sobre lo público, para lo cual busca la liberación de las fuerzas creativas del individuo (capitalismo y libre mercado) gracias al permanente flujo de capitales, mercancías, personas e ideas.

El neoliberalismo reemplaza y cuestiona el capitalismo patriarcal, racista, nacionalista y/o fascista, para ofrecer al mundo un corpus cosmopolita de grupos e individuos salvados de la sumisión colectiva (a la nación, al Estado o a la clase) cuyo objetivo común es el respeto a la diversidad de experiencias identitarias encauzadas en un capitalismo omnisciente que transfiere, deslocaliza y “desaparece” la explotación del trabajo. Esta ambición universal genera un imaginario social hegemónico fundado en una clase creativa que, merced a la fusión del capital financiero y la industria tecnológica, habita una red mundial de metrópolis para ciudadanos libres, consumidores activos y comunidades electivas. Una larga evolución/apropiación del imaginario de la New Left que rebasa la brutal simplicidad economicista de Mises, Hayek o Friedman o el conservadurismo social de Ronald Reagan o Margaret Thatcher.

Discursos, dicotomías y terquedad de los hechos

En este sentido, la dramática elección entre Hillary Clinton y Donald Trump concretó dos visiones del capitalismo estadounidense en una inédita contienda donde el programa electoral de la candidata demócrata incorporaba el discurso de todos los movimientos de liberación no estrictamente socialistas (del Black Power al feminismo) a la esfera del progresismo neoliberal y el imperialismo humanitario. Del otro lado, un engrudo de aislacionismo, proteccionismo y nacionalismo convertía al candidato republicano en portavoz de la nostalgia fordista de los altos sueldos y la aristocracia obrera de la Guerra Fría, con el sorpresivo añadido del pacifismo comercial que cuestionaba el injerencismo neoconservador, que está en la raíz del consenso bipartidista estadounidense.

En aquel inédito escenario, la supuesta dicotomía entre defensores de las minorías y paladines de la clase obrera blanca fue otra guerra cultural que tiñó de singular virulencia las redes sociales, la academia y la vida pública en su conjunto.Y en ese contexto, tanto en Estados Unidos como en Francia, el peligro del fascismo se enarboló con singular ligereza para establecer un frente popular cosmopolita basado en una coalición victimista (de personas migrantes a refugiadas, pasando por mujeres y afrodescendientes) cuyo fundamento era la fusión de los principios del libre mercado con el autonomismo en todas sus formas y expresiones.

La singular imbricación de antiestatismo, antinacionalismo y antirracismo con el complejo militarindustrial y el capitalismo semiótico se revela no solo como la cooptación de fuerzas antagónicas sino como la concreción natural de un zeitgeist, o espíritu de los tiempos, cuyas raíces se remontan al cambio histórico que se dio en el socialismo internacional a partir, sobre todo, de la década de 1960: un giro discursivo y cultural que inició la transición ya no al socialismo, entendida como eliminación del poder del capital sobre el Estado, sino a la democracia parlamentaria y la cooperación entre Estado y sociedad civil. Este horizonte final de la política reformista (en la escuela eurocomunista) acabó convirtiéndose en apología de las minorías, el tercer sector y los movimientos sociales como origen y destino de los nuevos sujetos revolucionarios (en una perspectiva obrerista, autonomista o libertaria).

De nuevo, los hechos son tercos. Si Podemos tiene como referente político a un general español que dirigió los bombardeos de Libia, el apartheid israelí promueve el pinkwashing mediante el activismo gay, la Fundación Ford apoya económicamente al Movement for Black Lives (M4BL) y nadie esconde los vasos comunicantes entre la Open Society Foundations y ciertas corrientes del 15M u Occupy Wall Street, así como la relación entre la USAID y algunas fracciones del indigenismo boliviano, no estamos ante una extraña conspiración de opuestos sino en una lógica plataforma de afinidades reales entre el nuevo capitalismo cosmopolita y el entramado de redes políticas y sociales surgidas de la implosión de la nueva izquierda en la década de 1980.

Pero la histórica derrota de la izquierda revolucionaria y el socialismo democrático no es la única explicación plausible a la conversión de lo alternativo en fuerza de choque del imperialismo humanitario y el capitalismo semiótico. La cooptación fue posible porque gran parte de las propuestas que sustentaron las izquierdas en su último embate contra el capitalismo sirvieron para dotar al liberalismo económico de una carga moral, ética y creativa que los adláteres de la privatización y la desregulación no tenían, no pensaban y ni siquiera imaginaban. El antirracismo, el feminismo o el ecologismo fueron algunas de las plataformas de cambio social que dotaron a esta tercera revolución industrial de una ideología ad hoc que convirtió la lucha contra la desigualdad en combate por el reconocimiento.

Y esta transición solo podía darse a partir de la patente de autenticidad aportada por las mismas fuerzas políticas y sociales que, tiempo ha, cuestionaban el sistema en su conjunto. El paso del activismo social al activismo moral determinó, junto al fin del consenso keynesiano y la propagación del discurso posmoderno, la alianza (no siempre explícita) entre universos simbólicos que dejaron de vivir en contraposición existencial.

La acumulación por desposesión puede ser el motor económico de este capitalismo acelerado que convenimos en llamar neoliberalismo, pero su fuerza no deriva de su verdad histórica sino del imaginario que heredó de todas las izquierda setenteras: desde el consenso antifascista del PCI al neoludismo de los obreristas italianos, del todo lo personal es político de la tercera ola feminista al separatismo negro de los Black Panters, de las luchas antinucleares de Los Verdes alemanes a la búsqueda de visibilidad de los movimientos LGTB, pasando por la experiencias lisérgicas de la contracultura o los espacios autogestionados de los okupas. En plata: la fuerza del neoliberalismo no se entiende sin la apropiación simbólica del campo cultural de la Nueva Izquierda, convertida, al final de su viaje, en fuerza de choque de esta nueva formación social.

El alineamiento incondicional de estas formaciones sociales con Hillary Clinton y Emmanuel Macron en las recientes contiendas presidenciales, así como la creación de un movimiento de resistencia política a Donald Trump basado en el liberalismo identitario (marcha de las mujeres) y el macartismo imperial (Rusia es culpable) representa la culminación de este largo proceso por el cual la nueva izquierda y el nuevo capitalismo confluyeron en un mismo proyecto histórico de larga duración fundada en una vasta coalición de grupos e intereses con perspectiva mundial.

La solidaridad, el respeto y la compasión, aderezadas con la privatización de escuelas públicas (las charter school o escuelas libres concertadas), la mercantilización de la salud (el Obamacare como mercado regulado de seguros médicos) y las guerras de proximidad contra todo enemigo de Estados Unidos (la dictatorial Siria en la mira): este el futuro posible en el marco identitario que ofrecen los nuevos demócratas del clintonismo.

No se aleja demasiado de la retórica europeísta y ciudadanista de Emmanuel Macron en Francia, cuyo plan de choque antilaboral fue avalado por millones de votantes que creyeron conjurar el peligro fascista. Salgan o no a protestar en pleno estado de excepción, el voto útil habrá marcado su destino al igual que tantos intelectuales y activistas estadounidense liquidaron las opciones de futuro al aliarse con la campaña de Clinton y la posterior cruzada antirusa. Pero, al menos, en este cuestionado laberinto de las identidades excluyentes, son ahora posibles debates eternamente pospuestos en las izquierdas estadounidenses. Y eso es quizás el único legado que sirva para escapar del espejo victimista. Lo dice mejor el historiador Salar Mohandesi6:

“Separar el vínculo no mediado entre la identidad y la política significa abandonar la ilusión de que la gente inevitablemente será atraída por la política radical (y otros a la política reaccionaria) simplemente en virtud de su identidad. Esto dificulta siempre nuestro trabajo. Pero tener el coraje de romper con esta ideología reabrirá el espacio para la estrategia política, permitiéndonos inventar una nueva solución históricamente apropiada al problema de la unidad. Esta es la única manera de combatir eficazmente la política de identidad de los ideólogos del Partido Demócrata, como Palmieri, manteniéndose fiel al espíritu emancipador del Combahee River Collective”7.

Dicho a la gringa, stakes are high, pero resignarse a ser tropa de asalto (o carne de cañón) del progresismo neoliberal solo garantiza a las izquierdas el triste papel de solícitos capataces al estilo Syriza o de vigilantes de la moral en tierra de proletarios deslenguados. Igual es tiempo de pensar que un destino así suena demasiado triste para los que un día creímos que asaltar los cielos no era delito.


Oriol Malló es periodista, docente y ensayista.

Artículo publicado en el nº74 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2017.


Notas:

  1. Se entiende por imperialismo humanitario la “ideología que pretende legitimar la injerencia militar contra países soberanos en nombre de la democracia y de los derechos del Hombre” (Grégoire Lalieu, 27/03/2011, “Libia frente al imperialsimo humanitario. Entrevista”, en Sin Permiso, www.sinpermiso.info. Así describió Jean Brcimont esta ideología en un libro del mismo título: Imperialismo humanitario: el uso de los derechos humanos para vender la guerra, Vilassar de Dalt, Barcelona, El Viejo Topo, 2008.
  2. Boraman, Tony (2012): “A Middle-Class Diversion from Working Class Struggle? The New Zealand New Left from the Mid-1950s to Mid-1970s”, en Labour History, no. 103.
  3. Fraser, Nancy (12/01/2017): “El final del neoliberalismo ‘progresista”, en Sin Permiso, www.sinpermiso.info.
  4. Reed Jr., Adolph (15/06/2015): “From Jenner to Dolezal: One Trans Good, the Other Not So Much”, en Common Dreams, www.commondreams.org.
  5. Romero, Ricardo y Tirado, Arantxa (2016): La clase obrera no va al paraíso. Crónica de una desaparición forzada, Madrid, Akal.
  6. Mohandesi, Salar (16/03/2017): “Identity Crisis”, en Viewpoint Magazine, www.viewpointmag.com.
  7. Colectivo feminista lésbico afroamericano que funcionó en Boston entre 1974 y 1980.

Print Friendly, PDF & Email

Un pensamiento en “Eterno resplandor de una izquierda sin memoria: el efecto Trump o cómo la New Left se convirtió al neoliberalismo”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *