Las urbes versus Trump

La llegada del magnate Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha generado movimientos de protesta y oposición desde diferentes ámbitos. Marchas ciudadanas, fundamentalmente lideradas por mujeres, han ocupado las calles desde el día siguiente a su toma de posesión. Pero la oposición al presidente republicano llega también desde el plano institucional. Alcaldes y alcaldesas de diversas ciudades norteamericanas plantan cara a las decisiones del Ejecutivo y fuerzan el bloqueo judicial a algunas de sus más controvertidas medidas. ¿Pueden ser las ciudades la cuna del contrapoder a Donald Trump?

Desde su victoria electoral, han sido numerosos los perfiles que se han escrito sobre Donald Trump. Hay, en ellos, una serie de adjetivos calificativos que se repiten de manera bastante frecuente: machista y misógino, narcisista, autoritario, caótico, inestable emocionalmente e imprevisible son solo algunos de ellos. En un libro publicado recientemente bajo el título Esperant els robots. Mapes i transicions polítiques: algunes idees sobre l’endemà (Icaria, 2017), los periodistas Roger Palà i Enric Juliana conversan, entre otras cosas, sobre el triunfo de Trump. Preguntado por la llegada al Despacho Oval del ex magnate, Juliana responde: “Trump es Twitter y Facebook (…) Trump es la victoria de este nuevo formato de la comunicación de masas, así como Berlusconi personificó hace ahora veinte años la capacidad de persuasión de la televisión comercial. Comparado con el estilismo perfecto de Obama, Trump es un bárbaro (leyendo alguno de los libros que se han escrito sobre él, también se puede llegar a la conclusión de que estamos ante un estafador compulsivo) que nos explica el mundo que viene”.

Tanto durante la campaña como en sus poco más de cien días al frente del ejecutivo norteamericano, Trump ha hecho gala constante de los adjetivos que se le atribuyen. Jan Martínez, describe en El País de manera contundente lo que va de presidencia: “Bajo su mandato, el universo se levanta cada día con leyes nuevas y lo único previsible es su imprevisibilidad”. Esta gestión política a base de impulsos difíciles de prever ha hecho bastante frecuente una secuencia a la que hacen referencia Lauren Gambino y Tom McCarthy en el artículo “Donald Trump, el gran desmentidor”, publicado en The Guardian y replicado en español por eldiario.es: “A menudo, el mensaje de la administración Trump es confuso, desordenado y contradictorio pero del patrón una regla se desprende clara como el agua: si los asesores de Trump dicen una cosa, su jefe probablemente va a decir la contraria”.

Iñaki Landa

Esta sensación de incertidumbre en la toma de decisiones preocupa incluso a quien, a priori, debería ser próximo a la línea política e ideológica de Donald Trump, caso de las personas y empresas que conforman el del Foro Económico Mundial de Davos. El pasado enero, uno de los últimos invitados al Foro fue Guy Standing, profesor de la Universidad de Londres, cofundador de la Red Mundial por la Renta Básica y, durante más de 30 años, miembro de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En una conferencia pronunciada en la Fira Literal (Fira d’Idees i Llibres Radicals) en Barcelona, Standing reveló algunas de las impresiones que, sobre Trump, le trasladaron personas asistentes a Davos: “Están preocupados por la elección de populistas neofascistas, por la inestabilidad económica… Quieren tener beneficios, quieren crecimiento económico y no quieren neofascistas autoritarios como Donald Trump”.

La oposición a Trump

Más allá de la preocupación de los asistentes a Davos, entre los cuales se encontraban figuras como la del ex secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, o Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional, Donald Trump encontró una fuerte y constante oposición a sus propuestas desde el momento mismo en que se conoció su victoria. Y para muestra, un botón. Al día siguiente de su toma de posesión como 45º presidente de la historia de los Estados Unidos, las calles de Washington acogían la “Marcha de las Mujeres” contra el recién investido presidente, una movilización política sin precedentes, con réplicas multitudinarias en otras ciudades del país y del resto del mundoque clamaba por los derechos de las mujeres y por el respeto a los derechos humanos ante los ataques sexistas y racistas de Donald Trump.

“El presidente Trump no es Estados Unidos. Nosotros somos Estados
Unidos y estamos aquí para quedarnos”, manifestó la actriz de raíces hondureñas America Ferrera, protagonista entre otras películas de Las mujeres de verdad tienen curvas, al término de una marcha cuyo símbolo, el gorro rosa, se convirtió en un emblema de las protestas de las mujeres en los EE UU. Las manifestaciones se repitieron con motivo del 8 de marzo, articulando la huelga “Un día sin mujeres”. “Las mujeres del mundo, junto con los hombres que apoyan su lucha, juzgan a Trump por sus acciones, no por sus palabras. Están comprometidas, están enfurecidas y se están organizando para abordar cada tema. Entre los carteles de las manifestaciones por el Día Internacional de la Mujer había uno que decía: ‘Nada de mordaza, nada de prohibición, nada de muro’. Otro decía: ‘El lugar de la mujer es la revolución’. Todos los días, Trump afecta los pilares de los logros progresistas por los que tantas personas han luchado, han sido encarceladas e incluso han muerto a lo largo de más de un siglo. Pero la resistencia está creciendo y brinda esperanzas en esta era de oscuridad”, señalaba Amy Goldman, conductora del espacio Democracy Now! en un artículo difundido por el periódico La Marea.

De manera paralela a las multitudinarias protestas encabezadas por las mujeres, ciudades estadounidenses como Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Seattle, así como otras de menor tamaño, plantan cara a las políticas del presidente de los EE UU. La primera reacción de las máximas autoridades de las principales urbes norteamericanas se produjo tan solo unas horas después de conocerse la victoria de Trump y ante la intención de este de llevar a cabo redadas contra la población inmigrante para proceder a su deportación. “Estáis a salvo en Chicago, estáis seguros en Chicago y tenéis el apoyo de Chicago”, clamó Rahm Emanuel en sintonía con su homólogo de Nueva York, Bill de Blasio. “Le reiteré (a Trump) que esta ciudad y otras ciudades harán todo lo posible para proteger a nuestros residentes y para asegurarnos que las familias no sean destrozadas”, afirmó de Blasio poco después de reunirse con el todavía presidente electo en noviembre de 2016. Precisamente Nueva York y Chicago son dos de las conocidas como Sanctuary Cities (Ciudades Santuario), una red de cientos de ciudades de todo el país que, de manera diversa, reducen o limitan su colaboración con las autoridades federales de Inmigración y Aduanas y dedican recursos humanos, económicos y materiales a no perseguir a personas migrantes a no ser que exista una orden judicial para ello. Además, ciudades como San Francisco o Nueva York (y se prevé que lo haga también Chicago) otorgan una tarjeta de identificación municipal incluso a las personas en situación irregular que permite acceder a diferentes servicios médicos, sociales, culturales, etc.

La reacción de Trump ante el desacato de los gobiernos de algunas de las principales urbes del país no se hizo esperar: retirar los fondos federales que se transfieren a los municipios. Pero su decisión sufrió un duro revés judicial en la víspera de la conmemoración de sus cien días en la Casa Blanca. Un juez federal en California bloqueó la aplicación de la orden ejecutiva firmada por Trump en la que se ordenaba retirar los fondos del gobierno a las Sanctuary Cities. El dictamen del juez, que esgrime que la decisión del presidente viola la Constitución al ser el Congreso (y no el Ejecutivo) quien debe aprobar el presupuesto por lo que Trump no tendría poder para retirar los fondos a las administraciones locales, deja en suspenso la orden hasta que se decida sobre su posible inconstitucionalidad.

#ThePlanetFirst y #Cities4Climate fueron las etiquetas a partir de las cuales se ha articulado la respuesta en las redes sociales a la decisión de Donald Trump de retirar a los EEUU del Acuerdo de París para hacer frente a los efectos del cambio climático. Durante el anuncio en que decidía descolgar a su país del acuerdo aprovechó para calificarlo de “injusto”, para recordar que “socava nuestra economía” o que “este acuerdo es menos sobre el clima y más sobre
otros países ganando ventaja financiera sobre nosotros”. Y aprovechó también para lanzar una proclama en forma de argumento que resultó girársele en contra: “Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París”. Precisamente fue el alcalde de Pittsburgh, Bill Peduto, uno de los primeros en reafirmar el apoyo de su ciudad al acuerdo de París: “por nuestra gente, por nuestra economía y nuestro futuro”, dijo. Al mensaje de Peduto enseguida se han sumado las alcaldías de Boston, Nueva York, Los Ángeles y Chicago, que han manifestado su compromiso en la lucha contra el cambio climático así como su intención de no acatar la decisión de Donald Trump.

Las ciudades como eje de contrapoder

Puede que sea todavía temprano para disponer de una afirmación contundente al respecto y que las acciones “rebeldes” llevadas a cabo desde el ámbito local no permitan trazar aún una sólida perspectiva de futuro sobre el espacio a partir del cual se articulará la principal oposición al mandatario republicano, pero sí hay elementos que indican que los municipios urbanos y las ciudades están llamadas a ejercer un papel fundamental en la construcción de una contrahegemonía a Donald Trump. “Con una mayoría republicana en el Congreso y en el Senado, las ciudades tendrán que ser la primera línea de la resistencia institucional”, apuntan Kate Shea Baird y Steve Hughes en “Los Estados Unidos necesitan una red de ciudades rebeldes que plante cara a Trump”, publicado en noviembre de 2016 en Sin Permiso.

Un repaso a la historia de las movilizaciones más destacadas desde
finales del siglo XIX hasta nuestros días permite observar cómo las ciudades, no solo en EE.UU, sino a lo largo y ancho del planeta, se han situado como espacios clave de protesta. Lo ejemplifica de manera bien detallada David Harvey en un libro de obligada lectura para entender la capacidad transformadora de los entornos urbanos: Ciudades rebeldes. Del derecho a la ciudad a la revolución urbana (Akal, 2013).

“Puede que el movimiento revolucionario de 1848 naciera en París, pero el espíritu de la rebelión se propagó en pocas semanas a Viena,
Berlín, Milán, Budapest, Francfort y muchas otras ciudades europeas. La revolución bolchevique en Rusia se vio acompañada por la formación de consejos obreros y soviets en Berlín, Viena, Varsovia, Riga, Munich y Turín (…); y en un momento asombroso pero muy subestimado de la historia mundial, el 15 de febrero de 2003, varios millones de personas se manifestaron simultáneamente en las calles de Roma (en la que fue, con alrededor de tres millones de personas, la mayor manifestación contra la guerra en toda la historia de la humanidad), Madrid, Londres, Barcelona, Berlín y Atenas, y en número bastante menor (aunque imposible de precisar debido a la represión policial) en Nueva York, Melbourne y casi doscientas ciudades de Asia (a excepción de China), África y Latinoamérica, en una manifestación a escala mundial contra la amenaza de guerra contra Iraq. Ese movimiento, descrito entonces como una de las primeras expresiones de la opinión pública global, se desvaneció rápidamente, pero dejó tras de sí la sensación de que la red urbana global esta repleta de posibilidades políticas que no han sido todavía aprovechadas por los movimientos progresistas”.

Juega a favor de esta emergencia de los entornos urbanos como espacios para la construcción de alternativas el papel de centralidad del que gozan las ciudades en nuestro tiempo. Y es que su peso demográfico a nivel global es cada vez mayor. Según datos del UNFPA (Fondo de Población de Naciones Unidas), el 54,5 por ciento de la población mundial vive en ciudades que superan los 300.000 habitantes, y en el caso de Estados Unidos este porcentaje se eleva al 82 por ciento. La tendencia a medio-largo plazo apunta a la consolidación de esta dinámica. Las cifras que maneja la UNFPA para el año 2050 sitúan la población mundial en entornos urbanos en un 70 por ciento. “El futuro será más global a la vez que más local
porque la urbanización en el mundo es imparable”, apunta el profesor de Ciencia Política Joan Subirats en un artículo publicado en el número 143 de la revista Carrer.

Otro elemento favorable a la situación de las ciudades norteamericanas como epicentros de contrapoder radica en que es en los núcleos urbanos en los que se concentra la oposición a Trump. En las elecciones de noviembre de 2016, el actual presidente solo ganó en una ciudad de más de un millón de habitantes (Phoenix) y en casos como Washington DC los apoyos demócratas fueron superiores al 90 por ciento y el voto a Donald Trump apenas superaba el cuatro por ciento. Según recogía Fernando Casado en un reportaje en El País, “de las 20 ciudades más grandes de los Estados Unidos, solamente Fort Worth (Texas), San Diego (California) y Jacksonville (Florida) tienen alcaldes republicanos”.

Herramientas de trabajo común y movilización social

Al margen de la cuestión demográfica, el peso creciente de las urbes en la geopolítica global guarda relación directa con la necesidad que estas tienen de articular respuestas a los problemas que afectan a la ciudadanía y cuya acción más inmediata se produce en el ámbito local. Es así como lo local adquiere tintes de global. En un artículo publicado en noviembre en The Nation, Benjamin Barber apunta que las ciudades norteamericanas de hoy en día hablan de derechos globales, de bienes comunes, de cambio climático, de inmigración, aspectos que los Estados-nación se han visto incapaces de abordar. Esta presión recae sobre los gobiernos locales, que han de ser capaces de dar respuesta a problemas relacionados con los derechos básicos de las personas (vivienda, servicios sociales, suministros, etc.). Los espacios políticos más cercanos se erigen, en palabras de Joan Subirats en su libro El poder de lo próximo. Las virtudes del municipalismo en un “escenario en que la proximidad emerge como poder capaz de articular soluciones adecuadas a los problemas concretos y reales de la ciudadanía”.

Problemas comunes que requieren de respuestas que van más allá de las relaciones convencionales entre Estado y ciudad que establece la legislación. Es aquí en donde cobra especial sentido la colaboración entre ciudades y la emergencia de herramientas y espacios de trabajo conjunto a escala mundial. Las redes de ciudades se erigen, pues, como una herramienta básica del nuevo orden global. Uno de los ejemplos más gráficos de este liderazgo urbano tiene que ver con las políticas ambientales. Han sido las ciudades las que han encabezado esta lucha, formando parte de espacios como el ICLEI (Consejo Internacional para las Iniciativas Ambientales Locales) o la red C40 Cities, una cumbre de ciudades de todo el mundo para el desarrollo de acciones climáticas.

Pero todo ello no se consigue solo desde la acción institucional. A pesar del papel determinante que puedan ejercer las ciudades ante los ataques y las intimidaciones de la administración federal, la generación de un verdadero contrapoder no será tal si no se logra articular una verdadera movilización social y cultural por la reclamación de derechos y contra las decisiones de Donald Trump. “Un renacimiento de las ciudades rebeldes en los Estados Unidos se nutriría de una tradición olvidada de municipalismo radical en América y se alinearía con la creciente red municipalista internacional. Ahora es el momento de aprovechar esta oportunidad y reclamar la democracia desde abajo”, apuntan Shea Baird y Hughes.

La configuración de una izquierda que sea capaz de convertirse en alternativa a Donald Trump es uno de los retos de los próximos años en la política norteamericana, como también lo es el saber aprovechar el poder de transformación que emana de los entornos urbanos para generar una contrahegemonía a los dictados del presidente republicano. Ello requiere ir más allá de los márgenes que pueda dibujar el tradicional universo del Partido Demócrata, profundizar en la radicalidad democrática de los poderes municipales y apostar por la conquista de espacios de soberanía desde el ámbito local.


Suso López (@Susolopez) es periodista  y especialista en gestión de la comunicación. Forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de información y debate. 

Artículo publicado en el nº74 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2017.


Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *