Antitrumpismo y nacionalismos en América Latina

Para poder vislumbrar la posibilidad de una significativa respuesta de izquierda en América Latina a la amenaza del trumpismo debemos tratar de desenredar una maraña de nacionalismos de distinto origen y orientación política.

I.

Con el objetivo de acotar el campo de análisis de esta breve reflexión, abordaré la dimensión ideológica y cultural de la amenaza encarnada por Donald Trump, una provocación ya instalada y operante en el escenario político desde el día en que fue electo, mientras que en el terreno geopolítico (en la línea intervencionismo-aislacionismo y en la política migratoria y volviéndose inteligible la exacta combinación de sus rasgos reaccionarios, demagógicos y pragmáticos.

La regresión político-cultural representada por el trumpismo en EEUU es parte de la tendencia a derechización del mundo que hemos padecido en las últimas décadas y conlleva una contratendencia de resistencia, así como incuba la posibilidad (por remota que parezca) de una alternativa. En efecto, la llegada de Trump ala presidencia implicó inmediatamente  un sobresalto tanto en las esferas del establishment como en sectores progresistas de la sociedad civil estadounidense. Habrá que medir la fuerza y el alcance de este sobresalto (si es equivalente, superior o inferior al empuje regresivo del trumpismo) y su dirección y calidad en términos de valores democráticos, libertarios y de justicia social.

Ahora bien, el desafío abierto por la presidencia Trump hacia América Latina también trastoca el tablero de las relaciones de fuerza al interior de cada país pero pasando, en primera instancia, por la cuestión nacional y antimperialista. El nacionalismo en América Latina ha sido históricamente un fenómeno polifacético (empuñado por militares y civiles, demócratas y dictadores, revolucionarios y reformistas, oligarcas y plebeyos), así que hay y habrá anti-trumpismo de derechas e izquierdas, de arriba y abajo.

Un fenómeno tan políticamente incorrecto como el trumpismo, así como rehabilita parcialmente a republicanos y demócratas en Estados Unidos, ofrece la oportunidad de un purificador baño nacionalista a todo el espectro de las derechas latinoamericanas, a las fuerzas políticas y los poderes mediáticos que representan a distintas fracciones oligárquicas, más tradicionales o más recientes y globalizadas. En efecto, además de franjas de liberales cosmopolitas que defienden la pureza de la casta, una tecnocracia presentable y políticamente correcta y se preocupan por las interferencias populistas inclusive de derecha, aparece un nacionalismo conservador y/o reaccionario de matriz y vocación oligárquica de viejo cuño, reactivado por el rechazo clasista al giro plebeyo que marcó el escenario político de la mayoría de los países latinoamericanos en los últimos tres lustros.

II.

El antitrumpismo de los gobiernos y partidos que protagonizaron el ciclo progresista desde el año 2000 cuenta con mucha mayor legitimidad que cualquier derecha por poseer credenciales antimperialistas y raíces ideológicas de izquierda o nacional-populares. Esto es cierto en particular en Venezuela, Ecuador y Bolivia, países marcados por una historia de sentidos agravios imperialistas y de secular dependencia en donde lo nacional-popular se condimentó con fuertes acentos antimperialistas, irrumpió generando crisis políticas y se tradujo en la reivindicación y el ejercicio de soberanía por parte de los gobiernos de Chávez Maduro, Correa y Morales. A lo largo de más de una década el antimperialismo se hizo, más de lo que ya era en el sentido común de las clases subalternas, discurso público y retórica de Estado. En la zona del Mercosur, donde el progresismo fue menos rupturista, el antimperialismo ocupó un lugar menos importante como pegamento políticoideológico. En Argentina y Brasil, el lulo-petismo y el kirchnerismo pasaron a la oposición y solo queda de pie el Frente Amplio en el Uruguay, donde el viraje interno entre Mujica y Tabaré Vázquez marca una inflexión interna hacia acentos más conservadores y menos antimperialistas. La dramática crisis venezolana, las apretadas elecciones ecuatorianas y el problema de la reelección de Evo Morales cierran el panorama de un fin de ciclo, del fin del momento de eficacia hegemónica, de una inflexión que (desde el impacto de la crisis mundial en el precio de las commodities) ya había llevado a un giro regresivo en la composición misma de gobiernos, partidos y programas progresistas en la región.

En todo caso, desde todo el haz del progresismo latinoamericano, de gobierno y de oposición, se anuncia una resistencia antitrumpista consistente y coherente con la matriz político-ideológica y de las bases sociales de las cuales surge. Se trata además de una oportunidad política en la competencia con las derechas en pleno ascenso. Enarbolar la bandera del nacionalismo antitrumpista podría permitir remontar una coyuntura crítica en términos de legitimidad, ofrecer una justificación más para relanzar una estrategia de frente popular, a pesar de que tantos partidos gobernantes o recientemente pasados a la oposición perdieron arraigo entre sectores populares organizados y politizados al fomentar prácticas de desmovilización y despolitización en el altar de una gobernabilidad progresista y de tácticas y estrategias meramente electorales, además de reproducir e inclusive profundizar prácticas y dinámicas autoritarias, caudillistas y burocráticas.

Iñaki Landa.

Sin embargo, hay que reconocer que estas experiencias que, recurriendo a conceptos gramscianos, hemos definido como revoluciones pasivas de cuño progresista, pueden jactarse de haber sostenido, en un grado variable y siempre relativo y discutible, posturas nacionalistas, latinoamericanistas, y haber sido contrapeso en términos geopolíticos. Un saldo a favor mucho menos objetable de su supuesto posneoliberalismo, que ha sido materia de debate y de confrontación en el campo de las izquierdas latinoamericanas respecto de los reales alcances en términos de capacidad de intervención estatal, redistribución de la riqueza, ampliación de derechos sociales y civiles o asistencialismoclientelismo, ausencia de cambio de matriz productiva, continuidad primario-exportatora y exacerbación del extractivismo.

III.

En general, al margen del espectro partidario del nacionalismo antimperialista, en el terreno de la movilización y la resistencia desde abajo, la respuesta al trumpismo podría darse en el terreno de un campo popular (o, si se prefiere, de una sociedad civil) en el cual conviven ciudadanos de a pie y formas de organización diversa como puede ser sindicatos, ONG y otras colectividades políticas de tipo comunitario o movimientista. En este archipiélago bastante disperso es donde reside el fiel de la balanza de la capacidad plebeya y de clase de remontar no solo el desafío del trumpismo, como fenómeno específico y puntual que marca la coyuntura, sino la derechización que le corresponde a nivel general. En las dinámicas de movilización, organización y politización que pudieran suscitarse radica la posibilidad de dar una respuesta no superficial, sino que por el contrario reactive y arraigue sentimientos y prácticas nacional-populares que se contrapongan al patriotismo simplemente retórico de las clases dominantes y sus portavoces, así como de las variantes progresistas a su izquierda, y que relance el latinoamericanismo como hipótesis de superación del imperialismo y de los límites de los nacionalismos realmente existentes.

Ahora bien, aun cuando se está abriendo un escenario nuevo, no se observan por lo pronto señales que autoricen mucho optimismo. Antes de que apareciera el factor Trump, en medio de la polarización entre revanchismo restaurador de derechas y progresismo en crisis de los últimos años, no  apareció una alternativa de salida hacia la izquierda, aun cuando se fueron acumulando coyunturas o experiencias de movilizaciones impulsadas por una constelación de organizaciones y espacios más difusos que se mantuvieron o surgieron a la izquierda de los gobiernos progresistas.

En suma, la bandera del antitrumpismo en América Latina está siendo y será muy disputada entre derechas e izquierdas en el filo de nacionalismos de distinto contenido y alcance.

IV.

Esta dislocación de fuerzas aparece bastante simétrica en México, un país que amerita consideración especial por encontrarse situado en un lugar particularmente expuesto a la intemperie trumpista. Expuesto no solo por la frontera, sino también por la deriva institucional y social que vivió en la última década, cuando otros países latinoamericanos transitaron por momentos mucho menos violentos y exasperados.

En las próximas elecciones presidenciales de julio de 2018, dependiendo del grado de agresividad de las políticas y la retórica trumpista, la competencia será entre quienes se presenten como la respuesta más viable a este desafío, además de otros puntos de disputa (en particular los de violenciaseguridad, corrupción-honestidad y cuestiones distributivas y laborales).

La amenaza Trump debería favorecer la candidatura más legítimamente nacionalista, de Andrés Manuel López Obrador y su Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), que drenó la base social-electoral y la esencia político-ideológica del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Ya en plena campaña, López Obrador está apostando a sumar a diestra y siniestra desdibujando el carácter reformista de su programa y levantando pacíficas banderas de honestidad y austeridad pública. Sin embargo, las clases dominantes mexicanas demostraron en el pasado poca o nula propensión hacia negociar y ceder cuotas de poder.

Al mismo tiempo, bajo la sombra amenazante de Trump, también el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tiene la oportunidad de refrescar, aunque sea en términos de simple fachada electoral, la retórica nacionalista que le dio origen en los años 20, ofreciendo además un paquete de seguridad y gobernabilidad que, aún con sus evidentes límites, resulte atractivo para sectores importantes de clases dominantes y clases medias. Por lo demás, el PRI cuenta con el servicio de los aparatos hegemónicos del Estado, controla la mayoría de los gobiernos locales, los principales sindicatos, los medios de comunicación masiva y, en su seno, se entretejen las redes entre mundo político, empresarial y delincuencia organizada.

A primera vista, el escenario mexicano, distorsionado por la narcopolítica, la violencia contra periodistas y activistas y la ilegalidad absoluta que reina en partes importantes del territorio nacional, no parece propicio para el surgimiento de un nacionalismo regenerador. Tampoco parece tener, en las condiciones actuales, empuje suficiente y condiciones favorables la campaña de la candidata indígena para las elecciones de 2018 propuesta por el Congreso Nacional Indígena (CNI) y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), cuya comandancia hizo explícitas declaraciones en contra de Trump. Al mismo tiempo, el nivel de hartazgo, la densidad de tradiciones de lucha y prácticas de resistencia, así como la recurrencia de episodios de extraordinaria movilización, de acontecimientos inesperados que suelen irrumpir en coyunturas electorales, no garantiza del todo la ordinaria administración de la reproducción del sistema político (véanse cuatro de las últimas elecciones presidenciales: 1988, 1994, 2006 y 2012).

Esta apertura de posibilidades vale también para el panorama latinoamericano en su conjunto. En más de una ocasión en décadas recientes, lo que era previsible en un momento dado ha sido desmentido por la capacidad de las clases subalternas de romper los límites institucionales de los sistemas políticos a partir del recurso a la lucha, a la movilización masiva como instrumento de acción política desde abajo.


*Massimo Modonesi es profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y director de la revista Memoria. massimomodonesi.net.

Artículo publicado en el nº74 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2017.


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2 pensamientos en “Antitrumpismo y nacionalismos en América Latina”

  1. Modonessi en este artículo realiza un interesante análisis, pues aborda los principales puntos del acontecer político latinoamericano, así como también las marcadas relaciones y distanciamientos de estos países con EEUU, gobernado por Trump. Totalmente recomendado para análisis y lectura

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