Entrevista a Diana, Tika: “Desde la concepción estado-nación se entiende la naturaleza como un procedimiento administrativo y en realidad habría que tratar de comprenderla más allá de las fronteras políticas”

Diana, más conocida como Tika, es licenciada en "Comunicación para el Desarrollo" por la Universidad Católica de Lima. Vive en Puno y es militante de la reconocida como criminalizada organización GRUFIDES, que trabaja por la defensa de los derechos humanos y el medio ambiente, entre otros. También es miembro del movimiento Sembrar, más reciente que la anterior.

¿Es GRUFIDES una organización de izquierdas?

Es más ecologista que zurda, aunque en la práctica siempre actúa acorde con la izquierda.

¿Puede que en política los conceptos teóricos de “ser de izquierda o de derecha” sean muy eurocéntricos?

Ser de izquierda” o “no serlo” es un referente importante, a mí me ha enseñado mucho, pero no debe tener el monopolio de la defensa y la lucha social. O sea, uno puede hacer algo que no se llame de izquierda y puede ser anti-capitalista. Yo creo que la defensa de los campesinos y campesinas, la defensa de querer vivir de forma distinta, de decir… bueno, “perdóname pero yo no aspiro a ser como la capital”, o “yo no aspiro a ser como Estados Unidos o como algunas capitales europeas”, es una posición, en muchos casos, anti-capitalista, ¿no? Reivindicativa y no necesariamente de izquierda. Además, porque la izquierda originalmente ha sido muy opresiva, con sus propios militantes y sus propias posturas, entendiendo solamente al proletariado, al trabajo o a la categoría económica como la principal forma de emancipación, cuando para nosotros no sólo es eso, es la vida, es la cultura,…. No basta emanciparse económicamente para “emanciparse”. Entonces a mí, eso me ha costado mucho; ahora sí me siento de izquierda, pero ha sido un proceso de reapropiación del término. De hecho, siempre lo he dicho: primero soy indígena y después soy de izquierda, o “pachamamista” si quieres decirlo.

Ahora, a mí sí me parece que, tal vez, podríamos construir un diálogo entre los distintos enfoques de emancipación. Por ejemplo, yo he descubierto que el feminismo es una perspectiva de emancipación muy poderosa. Siento que a mí el feminismo me está interpelando mucho, porque nosotros en las comunidades indígenas, las comunidades campesinas o incluso para los indígenas que nos hemos criado en vida urbana, efectivamente, la situación del machismo es un poco distinta a la occidental: existe opresión, desde luego, existe maltrato… pero también existe una valoración especial del rol que cumple la mujer: la mujer coloca la semilla y no es menospreciado su rol dentro del trabajo del campo. La mujer guarda saberes que los varones no saben. Entonces hay una valoración especial de las mujeres. Pero la interpelación que me hace el feminismo es que los movimientos indígenas han hablado mucho de complementariedad, que yo creo que es un concepto muy útil en muchas dimensiones de la vida, como por ejemplo, complementar los tipos de cultivos que tienes en el campo hace que tengas un ecosistema de campo armónico, no puedes sembrar todo igual; o complementar distintas funciones en la casa, etcétera. Lo que yo me he dado cuenta, es que, efectivamente, cuando hay complementariedad, los roles asignados a los géneros se entienden como inamovibles.

Por eso a mí me parece que podríamos dialogar varios enfoques: el de izquierda, el feminista, el anti-especista,… Me parece muy valioso.

En lo que se refiere a la emancipación de los pueblos originarios, ¿contemplas el concepto nación?

Me parece muy agresivo. Bajo ese concepto nos han maltratado, nos han invisibilizado y nos han vendido una idea de quiénes debemos ser. Cuando está acompañado de estado-nación es un concepto muy homogeneizante. Y la verdad es que a veces me gusta, porque siento que si se habla por ejemplo de la nación Aymara, puede tener un sentido colectivista muy valioso, de reivindicación de un territorio incluso pre incaico; porque los incas no siempre fueron tan democráticos para lidiar con los pueblos que se sumaron a ellos, ahí hay todo un debate histórico sobre si fue una confederación o un imperio; pero bueno, más allá de eso, nuestros recuerdos nos dicen que no fue tan horizontal. En ese sentido me gusta, pero lo que no me gusta es que, en Puno, por ejemplo, se ha relacionado mucho con el patriotismo. Y el patriotismo a mí no me gusta, porque siento que es una obsesión por las fronteras, por diferenciarte del otro y pelearte por si una costumbre pertenece a uno o a otro. En Puno tenemos la fiesta de la Candelaria, que para mí es la fiesta de la candela, en realidad, porque es un sincretismo, es una fiesta de unos ritos antiguos de fuego; yo bailo ahí y la gente se pasa horas y horas en los debates de Facebook discutiendo si tal danza y tal traje le pertenece a Bolivia o a Perú, o a La Paz o a Puno, o que si se creó en Oruro o en Puno… y a mí me parece que es absurdo. Finalmente, los dos trajes se van a poner frente a un pensamiento occidental, blanco, colonizador y van a ser maltratados. Entonces, estamos del mismo lado.

En ese sentido, la idea de nación no me simpatiza mucho, y además, porque siento que las personas nos hemos esforzado mucho por crear estructuras ficticias políticas, que si van a ser para nuestro bienestar y el bienestar de todas las especies, bien; pero a veces, son más perjudiciales, porque no tomamos en cuenta cómo funciona la naturaleza para hacer esas separaciones políticas y la mayor parte de los temas que se tienen en proteger, conservar la naturaleza, es por las administraciones peleadas entre sí, y entre sus jurisdicciones y competencias; entendiéndose la naturaleza como un procedimiento administrativo, y en realidad habría que tratar de comprenderla más allá de las fronteras políticas.

Digamos que la emancipación de los pueblos no tiene por qué venir a través del debate nación-no nación, ¿no? Se trata de una estructura política y en ese sentido tenemos que tomar distancia, ¿a eso te refieres?

Yo creo que depende del territorio. Si en algún lugar eso significa una reivindicación que marca una posibilidad de bienestar colectiva, podría ser una categoría de la que te apropies para darle un significado distinto. Pero en algunos lugares, eso más bien aumenta la xenofobia y la predisposición de dominar la naturaleza a cualquier costa.

En tu caso, ¿reivindicarías la nación Quechua-Aymara en vuestro territorio? ¿Te lo has planteado? Porque si ni siquiera te lo has planteado también es significativo.

Hace un par de años te diría que sí automáticamente. Porque culturalmente la reivindico, siento que hay heridas históricas que hacen necesario el ser un colectivo, un cuerpo colectivo. Pero me preocupa cuánto eso puede escapársenos de las manos y convertirse en una categoría, como ya he dicho, excluyente, obsesiva y antropocéntrica. Entonces, la verdad es que dudo. Lo que sí reivindicaría es lo que creo que es finalmente el sentido de una nación: queremos decidir cómo ser felices.

¿Cuándo y cómo empezaste a militar en GRUFIDES y en Sembrar?

Esos dos son recientes. En Sembrar llevo un año y unos meses, pero milito con la gente que es parte de Sembrar desde haces varios años, venimos todos de experiencias que no funcionaron o funcionaron a medias, y luego se ha confluido en Sembrar. En realidad no es tan nuevo, porque la mayoría nos conocemos y hemos hecho cosas juntos.

Entonces vienes militando en otras organizaciones. ¿Desde cuándo?

Cuando tenía ocho años formé parte de un colectivo que se llamaba Ecovida- su logo era un arbolito- y desde ahí hago activismo. Todo empezó porque vi cómo la gente maltrataba a los animales de granja, porque yo vivía al lado de granjas. En Perú hay muchísimos animales callejeros, que en realidad no lo son, están en abandono, creciendo y muriendo con enfermedades en las calles a vista y paciencia de todo el mundo. Eso sumado a la crianza en el campo que yo había visto en las granjas contiguas a mi casa; yo veía cómo a veces les pegaban y no me gustaba, ya exageradamente, y con las niñas del barrio -porque en realidad éramos puras mujeres- lo que hicimos fue armar un colectivo que se llamaba Ecovida para ir a hablar a las familias y contarles que no tenían que maltratar a sus animales, que los animales sentían, que eran parte de su familia… La verdad es que no teníamos tanto discurso, claro, pero era lo que veíamos y lo que sentíamos.

Y lo que nos dimos cuenta, que fue un descubrimiento genial, fue que, como éramos niños, la gente nos abría las puertas. Porque les parecía curioso, gracioso, o más inofensivo que abrirle la puerta a un adulto. En ese proceso hacíamos pequeñas campañas de ecología en nuestro barrio, con los papás, de que no fumen, que no maltraten las plantas,…; cosas así, muy espontáneas, en el barrio -porque no nos dejaban salir más allá del barrio. La verdad es que nos escapamos un par de veces a los barrios contiguos, pero no pasamos de ahí-. Y luego, algunos nos dimos cuenta de que el maltrato que pasaba con los animales también era con los niños y que muchas veces eran éstos los que maltrataban a las mascotas o a los animales en la calle, porque recibían violencia de sus papás. Entonces, a los once o doce años, yo me puse a militar en temas de defensa de los niños/as y adolescentes y me metí a colectivos, coordinadoras de defensa de los derechos de los niños, empezando a canalizar casos de maltrato infantil. Nos empezaron a invitar a programas de radio, otra vez nos dimos cuenta de que, como éramos niños, la gente nos escuchaba. Tal vez, equivocadamente, pero sentía que teníamos que hacer algo. Quizá un poco mesiánico también, ¿no? no sé. Pero sentía la obligación de hacerlo.

¿Qué te encontrabas detrás de esos casos de maltrato infantil?

Mierda. Que los papás maltrataban a los niños porque recibían maltrato en sus trabajos, en la ciudad; cuando faltaba el dinero había más maltrato. La violencia era la misma, la que recibían los animales, los niños y los propios papás. Por eso ya de grande me volví de izquierda. La violencia era parte del mismo paquete.

Y si la naturaleza era explotada así era porque había un afán de rentabilidad. Recuerdo que asistimos a una Comisión Ambiental Regional, que era así como una instancia gubernamental importante, a reunirnos con Shouthern Perú, que es una empresa minera muy contaminante; y cuando a Shouthern le daban la palabra hablaba sobre sus proyectos de educación ambiental, pero al preguntarles nosotros sobre cómo estaban logrando dejar de emitir tantos gases contaminantes, Shouthern no contestaba y se ofendía. Creo que ése fue uno de los momentos claves en que yo me di cuenta de que no bastaba ser “buena gente”, porque crees que las empresas pueden hacer algo bueno, tal vez, o crees que podrían colaborar un poco más, que podrían ser, ambientalmente, más fiscalizadoras, y de hecho lo pueden ser, pero mientras la lógica prioritaria sea la rentabilidad, lo demás va a ser secundario.

Al principio has dicho que te consideras de izquierda pero que fue un proceso de reapropiación del término.

La izquierda me generaba mucha desconfianza, mis compañeros y compañeras lo saben, lo han sufrido (ríe). Yo llegué a la universidad con mi postura ecologista y me encontré con gente de la provincia que tenía un discurso de izquierda, un discurso que me gustaba, pero cuando fui conociendo a dirigentes o jóvenes que aunque no ocupaban cargos tenían muchísima relevancia, me empezó a dejar de gustar la izquierda. Me acuerdo que algunas asambleas eran una tortura, porque siempre había gente diciendo al resto del país lo que tenía que hacer, diciendo que la lucha siempre estaba en las calles y que este rollo de lo participativo (nosotros intentábamos proponer metodologías distintas para dialogar y conversar entre nosotros en las asambleas) era un rollo de ONGs; o siempre que salías a hablar tenías que afirmar, nunca podías dudar, y tenías que hablar con una voz gruesa, con mucha autoridad. También nos decían hippies, porque yo y un compañero coincidimos en hablar de la empatía política como un valor político y creamos una organización que se llamó Acción Crítica que pretendía ponerte en el lugar del otro para comprender y construir políticamente.

Además, la izquierda cree que la naturaleza sigue siendo un recurso, que no está vivo, no respeta a los animales, cuando les hablo de los animales se ríen, les parece gracioso o secundario. En ese contexto, me salió una beca a México y me fui para allá, conocí el Zapatismo y reviví. Porque me di cuenta de que no sólo había una izquierda, que no sólo había esa izquierda sindical tradicional, homofóbica, machista, especista y, además, colonial. Una de las cosas que me impactó mucho del Zapatismo fue cuando las compañeras zapatistas en un evento decían que ellas habían interpelado a los compañeros de su comunidad, porque a ellas les atribuían roles que no siempre querían tomar. Es decir, había posibilidad de hacer crítica dentro de la organización y eso no significaba ser un revisionista o de derechas. Aunque no lo conozco tanto, yo sentí que en el Zapatismo había posibilidad de llevar a cabo un proceso en construcción, no una receta, y me di cuenta de que por ahí quería ir y que no tenía por qué renunciar a mi identidad, a ser indígena y creer en la luna, en el sol como padre y en la tierra como madre para hacer la lucha. Que podía seguir siendo yo.


Maddi Goikoetxea es colaboradora de Pueblos – Revista de Información y Debate.


 

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