Las políticas públicas locales como herramienta de transformación. Sembrando soberanía alimentaria para otros modelos de vida en Euskal Herria

El modelo alimentario actual, basado en el concepto de alimentación como mercancía y no como derecho y estructurado en torno a los intereses de las grandes empresas del agronegocio, genera vulnerabilidad alimentaria, ecológica, social y económica. Frente a esto, la soberanía alimentaria, como enfoque integral, abierto y alternativo construida desde los movimientos campesinos y sociales, se nos presenta como una propuesta contrahegemónica de primer orden, los territorios como ámbito estratégico para desarrollarla, y las políticas públicas como una de las herramientas tractoras para transitar hacia otros modelos de organización sociales, políticos y económicos que coloquen la sostenibilidad de la alimentación y la vida en el centro.
Fotograma del documental “Bide Berriak: Soberanía Alimentaria en Euskal Herria”. Fuente: Bideberriak.eus.

 

Resulta más que evidente que nos encontramos en un momento de crisis profunda del modelo capitalista neoliberal, momento que nos coloca ante grandes debates sobre qué sociedad, qué trabajos, qué instituciones, qué políticas públicas, etc., queremos y necesitamos, para hacer frente a las dinámicas actuales de privatización y profundización de las desigualdades, idear y construir alternativas que nos permitan avanzar en términos de justicia, bienestar y sostenibilidad.

En este sentido, el movimiento campesino internacional organizado en La Vía Campesina (LVC) lleva décadas denunciando las grietas de este sistema (crisis alimentaria, crisis climática, crisis social) y proponiendo alternativas para su superación. Frente a quienes ante esta crisis están proponiendo una intensificación del desarrollismo, de la privatización y de la acumulación, LVC y todas las organizaciones y personas que conformamos el movimiento por la soberanía alimentaria, vemos la situación actual como de oportunidad y urgencia para hacer propuestas transformadoras, viables y reales en nuestros territorios para transitar desde lo local hacia nuevos sistemas globales.

El modelo agroindustrial actual está controlado por grandes empresas transnacionales, y utilizando múltiples estrategias en las diferentes fases de la cadena alimentaria determinan qué y cómo se produce y también qué vamos a consumir. Este modelo, profundamente dependiente (de los bienes naturales, del mercado global y de las relaciones desiguales nortesur), que necesita del patriarcado para su funcionamiento y despoja a las comunidades tradicionales de sus saberes y recursos (tierra, semillas), entiende la alimentación como un negocio. Así, la soberanía alimentaria se construye colectivamente como una propuesta política que, frente a esta visión, defiende la alimentación como un derecho.

Defendemos la soberanía alimentaria como un enfoque integral, abierto y alternativo que se basa en el derecho de los pueblos a establecer su propio sistema alimentario. Frente a un modelo único basado en la centralidad de los mercados, la privatización de la vida y la generación de desigualdades, este enfoque propone colocar la vida y la alimentación en el centro y construir colectivamente otros modelos sociales y económicos que respondan a esta apuesta.

Integral, porque partiendo de la defensa de la alimentación no como mercancía sino como derecho fundamental, es un enfoque que aborda de manera crítica las relaciones y dinámicas que se dan en el resto de ámbitos sociales y económicos. Así podemos decir que no se trata solo de transformar lo que comemos, sino sobre todo de transformar la realidad en la cual está inserta esta producción y ese consumo de alimentos desde la base del derecho a decidir. Entendemos los pueblos como sujetos soberanos con capacidad y legitimidad para construir alternativas adecuadas a sus realidades.

Es una agenda también abierta, que nace y se construye desde el movimiento campesino, pero que está en permanente construcción y diálogo con otras propuestas políticas, como la economía feminista, el ecofeminismo, la economía social y solidaria, la economía ecológica, el decrecimiento, la economía del bien común o el Buen Vivir, entre otras.

Y por último, se trata de una propuesta alternativa, porque frente a ese modelo hegemónico que genera pobreza, exclusión, superación de los límites del planeta, desigualdad, etc., este enfoque propone un modelo social y económico alternativo basado en la sostenibilidad ecológica, económica y social, necesariamente ligada a los territorios y a las vidas de las personas.

Para la soberanía alimentaria por tanto es central la tierra, el territorio, lo local, como ámbito estratégico para la construcción colectiva y la puesta en marcha de alternativas de vida. Debemos aclarar que entendemos lo local no desde una perspectiva localista ni reduccionista, sino siempre en necesaria interacción y relación con lo global. No podemos analizar nuestros contextos y realidades más cercanas sin entender cómo estas están afectadas por causas globales estructurales. Nuestras propuestas deben partir, tanto en el análisis del modelo hegemónico generador de múltiples desigualdades, como en las alternativas al mismo existentes, de esta idea de interdependencia. La Vía Campesina es, en sí misma, un ejemplo perfecto para entender esta propuesta de articulación local-global.

Así mismo, entendemos lo público como un espacio del que apropiarse colectivamente y las políticas públicas como una herramienta que puede promover la transformación que, desde los diversos ámbitos, debemos ir concretando y construyendo para articular un proyecto alternativo que responda a esa necesaria mirada integral.

Desde estas premisas surge la propuesta del enfoque de intersección de soberanías, que trata de responder a las siguientes cuestiones: si quisiéramos construir una propuesta alternativa desde la soberanía alimentaria, ¿qué ámbitos incluiría? ¿Cuáles de estos ámbitos son claves para poder construir un modelo alimentario que favorezca la construcción de ese otro modelo de sociedad que ponga las personas y la vida en el centro? Para responder, identificamos cinco ámbitos imprescindibles (aunque no exclusivos) sobre los que debemos construir soberanía:

Soberanía sobre los bienes naturales

Tierra, bosques, agua, semillas, etc., resultan fundamentales para la soberanía alimentaria. Frente a la actual privatización y especulación con los mismos, la soberanía alimentaria defiende que son fuente de diversidad y sostenibilidad, y por tanto, hay que ponerlos al servicio del bien común y no de los intereses del mercado. En este sentido, debemos promover una visión de nuestros territorios no sólo desde su perspectiva productiva o económica, sino también ecológica, cultural y política, y abordar desde esa mirada la ordenación de los mismos.

Soberanía energética

Frente a la actual crisis climática y energética, la soberanía alimentaria es una alternativa real. No se trata de tomar medidas puntuales dirigidas a producir más energía desde fuentes alternativas para seguir aumentando el consumo. La transformación del modelo de consumo, reorganizar la energía con criterios de eficiencia, promover la autonomía energética y las energías de fuentes alternativas y renovables, reducir residuos, reutilizar, reciclar, y avanzar hacia un modelo público de producción, gestión y distribución de energía pueden ser alguno de los caminos. La relocalización de la producción y el consumo de alimentos y la producción agroecológica pueden, sin ninguna duda, ayudar a reducir el consumo energético.

Soberanía sobre los sistemas alimentarios locales

Las personas productoras y consumidoras de alimentos debemos ser capaces de decidir dónde y cómo se producen, transforman y comercializan los alimentos, priorizando los territorios, lo local, la producción ecológica, las relaciones de cooperación y los canales cortos de comercialización, entendiendo el consumo como una herramienta de transformación, compartiendo responsabilidades y construyendo relaciones de cercanía entre personas productoras y consumidoras, entre el ámbito rural y el urbano.

Soberanía y autonomía de las mujeres

Debemos fomentar procesos de visibilización y reconocimiento de la realidad, situación y posición de las mujeres agricultoras y rurales, desde su diversidad, y el establecimiento de las medidas necesarias para mejorar ésta; dar valor a sus conocimientos y saberes para la construcción de la soberanía alimentaria y su papel fundamental para otro modelo de agricultura sostenible; promover procesos de empoderamiento de las mujeres campesinas, entendidos como la toma de conciencia individual y colectiva de su situación de desigualdad, de las causas que la generan, y de su organización para superarlas; hasta potenciar el trabajo en redes y alianzas de mujeres, siendo necesario establecer vínculos entre mujeres urbanas y rurales para luchar por objetivos comunes.

Soberanía sobre la organización de lo común y conocimiento libre

Entendemos que no será posible construir esos otros proyectos de vida alternativos sino se aborda desde la generación de conciencia crítica de las personas y pueblos, y la comprensión de la centralidad de apropiarnos de la organización de lo colectivo. Por tanto, conocimientos libres y diversos y el acceso a la información resultan fundamentales. Resulta central ampliar y redefinir los marcos en los cuales se han insertado los procesos de toma de decisiones, priorizando la construcción y el debate colectivo sobre las posibles alternativas; y promoviendo espacios y relaciones basadas en la solidaridad y el intercambio.

Este enfoque alternativo implica grandes retos y desafíos, y serán necesarias innumerables herramientas para desarrollarlo. Desde nuestro punto de vista, las políticas públicas locales son una de esas herramientas: un elemento tractor fundamental para ir avanzando en la transición hacia esos otros modelos deseados. Debemos aproximarlas al bien común, alejarlas de la creciente privatización de las vidas, de los derechos o de los bienes naturales.

Esto supone asumir que no podremos hablar de transformación real si la administración va sola, es imprescindible la participación y visión de las personas y colectivos directamente implicados; que la administración puede tener un papel importante para facilitar y promover los cambios; que debemos tratar de dar respuesta a las urgencias, a las necesidades reales e inmediatas, y ser capaces de valorar cómo esas respuestas nos alejan o acercan de ese horizonte de transformación; que hay experiencias autónomas, que seguirán siendo eso, autónomas, pero de las cuales tenemos mucho que aprender; que existen riesgos evidentes de burocratización de los procesos a los que tendremos que hacer frente; y que aterrizar un enfoque como la soberanía alimentaria, en propuestas concretas, requiere aunar esfuerzos y entender que es una tarea en permanente construcción.

Para ello, las administraciones públicas también deben asumir los retos que supone llevar a la práctica un enfoque de este calado, asumiendo riesgos y potencialidades inherentes al proceso y aceptando cierto grado de incertidumbre. Frente a los márgenes muchas veces estrechos de las competencias, de las limitaciones presupuestarias, de las normativas, etc., necesitamos ir construyendo estas propuestas desde otros parámetros y miradas, asumiendo que el camino es en sí mismo parte del proceso de aprendizaje.

Debemos replantearnos integralmente lo que entendemos por participación y construcción colectiva, revisando las formas actuales, delegadas y de bajo perfil, hacia otras políticas construidas desde otras metodologías, herramientas y espacios.

Resulta imprescindible construir y mantener una visión holística, integral y transversal en la definición de los planes y propuestas a nivel local, frente a la sectorialización de las actuales políticas públicas. Aterrizar y concretar en cada contexto y realidad particular los enfoques de soberanía alimentaria e intersección de soberanías. Para ello nos parece importante no olvidar que dentro de la propuesta de la soberanía alimentaria la alimentación juega un papel fundamental. Por lo tanto, es central aumentar, potenciar y proteger al campesinado y la producción de alimentos en nuestros territorios, garantizando su acceso para toda la población. Sin esto difícilmente podremos avanzar en la alimentación como derecho fundamental.

Muchos son los retos a los que nos enfrentamos, pero también sabemos que ya existen caminos que se están definiendo junto con otras y otros. Es por ello que queremos finalizar recordando que esta propuesta, además de un marco, es una realidad que se está construyendo en nuestros pueblos y ciudades, de la mano de nuestras baserritarras y en todos los ámbitos de soberanía presentados. Actuaciones que consideramos importantes porque nos permiten poner en marcha toda esta propuesta y seguir construyéndola y mejorándola desde la práctica, de la misma forma que la agricultura ha ido evolucionando durante siglos de la mano de las pequeñas campesinas.


Bizilur es una asociación asamblearia que acompaña al movimiento campesino en el marco de la lucha por la soberanía alimentaria.

Artículo publicado en el nº72 de Pueblos – Revista de Información y Debate, primer trimestre de 2017.


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