Identidades migrantes, ciudades rebeldes e imaginarios sin fronteras en el espacio mediterráneo

Con la humanidad como estandarte y la mirada puesta hacia el mar, el pasado 18 de febrero una multitud solidaria abarrotó las calles de Barcelona en favor de los derechos de las personas refugiadas y migrantes. La manifestación, en la que participaron más de medio millón de personas, fue la más grande de Europa por los derechos de los y las migrantes y ha tenido particular relevancia por haberse realizado en una ciudad símbolo del Mediterráneo, centro geográfico de la mal llamada “crisis migratoria”. Después de haber participado a la marcha, Ada Colau ha explicado que Barcelona quiere ser “la capital de la solidaridad y de los derechos humanos”. Un mes antes, en una entrevista para el periódico italiano Corriere della Sera, la “alcaldesa rebelde” había aclarado que las personas refugiadas “son el rostro de la nueva Europa” y que son las bienvenidas en la ciudad.

Es en este interesante contexto político que la plataforma promotora de la movilización, “Casa nostra es casa vostra” (Nuestra casa es vuestra casa) está protagonizando una inteligente campaña de sensibilización, especialmente a través de la comunicación y de la cultura. En el centro, la idea de que construir otro Mediterráneo, abierto y solidario a la migración, no solamente es necesario, sino que es posible, por coherencia con la Historia y la identidad mediterránea más auténtica.

Desde luego, en estos tiempos de “pensamiento único” neoliberal, es muy útil volver a producir relatos alternativos y contrahegemónicos que nos puedan dar otras perspectivas de la realidad que vivimos. Ya que la dimensión imaginaria es absolutamente central en el actuar del ser humano en el mundo, el capitalismo trabaja constantemente para amoldar el sentido común de las personas a sus necesidades. Sin esta captura del imaginario social por parte de las clases dominantes, en estos tiempos de desigualdades espantosas las clases populares no le verían ningún sentido o utilidad en el odiar al migrante pobre, en lugar de simpatizar con él. Por esta razón, a la hora de plantearse procesos de transformación social hay que darle la justa importancia a la creación de narraciones que tengan la fuerza para confrontar con los discursos hegemónicos.

Esta labor de rebeldía creativa es particularmente importante en el contexto del Mediterráneo y en relación con los flujos migratorios que atraviesan sus sociedades. A tal propósito, las reflexiones escritas sobre la historia, la cultura y la identidad mediterránea por el historiador francés Fernand Braudel y el ensayista bosnio-croata Predrag Matvejević son una artillería importante para enfrentarse al bombardeo cotidiano de los discursos xenófobos[1]. En efecto, si bien con dos estilos y formas muy diferentes, ambos intelectuales reflexionan sobre el Mediterráneo como espacio histórico y cultural, antes que geográfico, intrínsecamente vinculado con los flujos migratorios y humanos en general. En sus obras resaltan el lado más auténtico de las culturas mediterráneas, que analizan en clave histórica y geográfica, pero también poética, evidenciando como su riqueza es producto, antes que todo, del contacto y del encuentro entre la diversidad. Por eso, los dos intelectuales tratan de transmitir amor hacia el Mediterráneo; así, en las palabras de Braudel el mare nostrum se convierte en un apretón de manos entre culturas diferentes, y en la geopoética de Matvejevic la mediterraneidad se transforma en una cuestión relacionada con las decisiones que tomamos como seres humanos, en un destino que puede pertenecer a cualquier ciudadano del mundo, una identidad sin fronteras, inclusiva y abierta a la diversidad.

En efecto, a lo largo de la Historia, el mar Mediterráneo se ha consolidado como el mar de la intimidad entre culturas y del contacto entre diferentes pueblos y civilizaciones. “En los brazos de sus olas han desembarcado mercaderes y fundadores de ciudades, sembradores e invasores, religiones y músicas. Los mediterráneos somos el resultado de la más densa mezcla de sangres y estirpes”, ha escrito el intelectual napolitano Erri de Luca, invitado en Barcelona para debatir sobre este tema[2].

Ahora bien, para reflexionar sobre la mediterraneidad hay que empezar por una consideración clave: las personas que aquí buscan refugio, pero también las migraciones internas y, cómo no, los flujos turísticos han redefinido a lo largo de la Historia la identidad de las ciudades y de las sociedades del Mediterráneo. Es muy significativo el caso de Barcelona, donde reside una comunidad italiana de más de treinta mil personas. Pues, en esta ciudad símbolo del Mediterráneo, la población italiana conforma casi el diez por ciento de la extranjera en total; el italiano es el tercer idioma más hablado (después del castellano y del catalán). La comunidad italiana no solo tiene lugares, bares, calles donde encontrarse, también hay blogs y otros medios de comunicación escritos en idioma italiano para las personas que viven en la capital catalana. Una comunidad que vive y participa en las relaciones humanas, sociales y políticas que se desarrollan en la ciudad, sin perder el vínculo con la identidad de origen.

El alma de Barcelona, Nápoles y Marsella, como de otras ciudades mediterráneas, está fuertemente marcada por las comunidades extranjeras, pero estos lugares son también punto de origen de otras migraciones. Por ejemplo, según un estudio del instituto norteamericano Demographic, Nápoles no es la ciudad con más napolitanos en el mundo, en realidad tampoco es la segunda, la tercera, o la cuarta. El informe revela un dato significativo: Nápoles sería la quinta ciudad del mundo con habitantes de origen napolitano, antes están Sao Paulo, Buenos Aires, Rio de Janeiro y Sidney[3].  Así, se visualiza nítidamente como las raíces de la cultura napolitana abarcan el mundo entero. La identidad napolitana es fruto de una mezcolanza de diferentes formas de vivir, se expande a lo largo y ancho de la Tierra porqué tiene en su ADN la migración, el exilio y la promiscuidad cultural, sin que esto haya significado una pérdida de conexión entre los ciudadanos partenopeos y su territorio. Al contrario, en Nápoles habita una comunidad urbana que se caracteriza y se conoce por su fuerte vínculo con la ciudad y que, particularmente en los últimos años, se está haciendo protagonista de importantes manifestaciones de solidaridad. Precisamente en Nápoles, el pasado 28 de febrero (diez días después de la manifestación de Barcelona) el ayuntamiento ha organizado un concierto de música clásica en el teatro San Carlo (el más prestigioso de la ciudad y entre los más importantes lugares culturales de toda Italia) invitando a la actividad más de mil migrantes. “Una forma de construir con la cultura un puente entre los pueblos de todo el mundo”, ha explicado el alcalde, Luigi De Magistris, quien está liderando un interesante proceso de democracia participativa.

No es una casualidad, entonces, que Barcelona y Nápoles se definan “ciudades rebeldes” precisamente a partir de la voluntad de crear puentes entre las culturas del mundo, rechazando las políticas eurocéntricas, xenófobas y antihumanitarias que promueven la Unión Europea y los gobiernos neoliberales. En estos contextos urbanos marcados por la complejidad sociológica y cultural, la izquierda está rescatando desde abajo la identidad abierta y solidaria que pertenece a estos lugares, y es algo realmente significativo porque el Mediterráneo ha sido y sigue siendo un espacio geopolíticamente y simbólicamente relevante en las relaciones Norte-Sur. Por ejemplo, en las aspiraciones expansionistas de Benito Mussolini, el Estado italiano tendría que haberse impuesto militarmente en toda el área mediterránea, considerada “espacio vital” para el proyecto imperial del fascismo. En la actual etapa de capitalismo neoliberal, en donde las migraciones forzadas se han convertido en la otra cara del proceso de acumulación por desposesión y de las enormes desigualdades internacionales, la Unión Europea quiere convertir el Mediterráneo en un foso, una trinchera profunda a defensa de la Fortaleza Europa, considerada ahora como un nuevo “espacio vital” (vuelve el concepto) que necesitamos proteger y defender desde nuevas hordas de barbaros que nos invaden desde el Sur del mundo.

Sin duda, el primer paso (quizás el más difícil) para poder avanzar en clave emancipadora es la deconstrucción de este relato eurocéntrico y xenófobo, base del proyecto de la Unión Europea. De hecho, no se podría entender la esencia conservadora de la Unión Europea sin considerar que (se) ha construido (sobre) un imaginario que marginaliza (no solo económicamente) los países del área euro-mediterránea, y sobretodo les niega esta calidad de punto de encuentro entre el mundo occidental, oriental, árabe y cristiano. Pues, al mismo tiempo que adopta una política de expansión económica a través de las empresas transnacionales, la Unión Europea impone en las sociedades mediterráneas cerrar las puertas (físicas y simbólicas) al Sur del mundo y a la diversidad circundante.

Sin embargo, en el escenario mediterráneo, la única alternativa al choque violento entre las diferencias y al consolidarse la xenofobia no es el aislamiento y el cierre de las fronteras, sino más bien la construcción de una dimensión política para el encuentro armonioso entre la diversidad de culturas. Las sociedades mediterráneas ocupan un lugar crucial en la dialéctica entre el mundo occidental y oriental, así como entre el Sur y el Norte del mundo, y en esta dialéctica tanto la migración como la percepción que tenemos de ella son cuestiones de principal importancia.

Justo después de haber ratificado un pacto de cooperación con los ayuntamientos de Barcelona y de Lesbos para la acogida de migrantes, Giusi Nicolini, la alcaldesa de Lampedusa (pequeña isla al sur de Italia que se ha convertido en uno de los principales puntos de llegada de las migraciones hacia Europa) ha afirmado: “necesitamos crear otra visión del Mediterráneo, y cambiar la imagen que nos quiere imponer la Unión Europea del mar como frontera y no como punto de encuentro”. Una forma de sintetizar la importancia que tiene en el Mediterráneo trabajar para construir, también en lo simbólico, puentes entre culturas y pueblos.

En otros términos, frente a la política del miedo y de la xenofobia, hay que hacer propaganda de una idea del Mediterráneo como lugar en donde la humanidad manifiesta la belleza en toda (o casi) su diversidad cultural, estética, lingüística, etc. etc. Entonces, proteger y reconocer los valores mediterráneos significa seguir abriéndose al mundo, cuidando y no rechazando la diversidad. Tal como explicó Erri De Luca en la ya citada conferencia de Barcelona, transformar las perspectivas sobre las migraciones inicia por rechazar las palabras con las cuales el paradigma dominante quiere “dar un sentido” a la situación actual, ya que no estamos enfrente de unas “olas migratorias” que se pueden parar y limitar con un acantilado o una barrera; al contrario, en el Mediterráneo desde siempre los flujos migratorios han sido una energía capaz de regenerar las fibras (hoy más que nunca demográfica y culturalmente envejecidas) de sus tejidos humanos y sociales.

En los próximos años esta batalla entre relatos será decisiva. Seguirá agudizándose el discurso eurocéntrico de Europa como vanguardia de los “derechos humanos” en el mundo, que necesita vallas y fronteras para defenderse. Un discurso totalmente coherente con un nuevo “racismo cultural” que plantea la superioridad de la cultura europea en cuanto a valores de justicia y libertad, olvidándose su carácter colonial e imperial… en fin, explotador. Entonces, para enfrentase a este relato y a los vientos de xenofobia que proyecta en las sociedades, será crucial la creación de una narración insurgente, nueva, original, transformadora, capaz de rescatar la más auténtica y abierta identidad mediterránea.  Por supuesto, como cualquiera creación original no es fácil predecir las formas y contenidos de esta narración insurgente, sin embargo hay dos cuestiones que parecen estar bien claras. En primer lugar, el punto de partida: un imaginario contrahegemónico contundente podrá calar en el sentido común de las sociedades mediterráneas solamente si surgirá de un esfuerzo internacionalista, creativo, original, coordinado entre organizaciones, movimientos políticos, en un nivel transnacional (más allá de una dimensión inter-nacional). Por otro lado, el punto de llegada, ya que la rabia que nos provoca ver el mare nostrum convertido en cementerio de la migración solamente puede ser suplantada por la idea de un Mediterráneo sin fronteras, patria de la humanidad, bien común para los pueblos del mundo.


Davide Angelilli es periodista freelance.


NOTAS:

[1] A tal propósito, se aconsejan las obras El Mediterráneo. El espacio y la historia, de Fernand Braudel (Fondo de Cultura Económica, México, 1989) y Breviario Mediterráneo de Predrag Matvejević (Destino, Barcelona, 2008).

[2] “Mediterráneo mar de los pueblos”. Conferencia de Erri De Luca, 10 marzo de 2014.  http://www.cccb.org/es/multimedia/videos/ciudad-abierta-mediterraneo-mar-de-los-pueblos/210561

[3] “Napoli non è la città con più napoletani al mondo: l’indagine di Demographic la colloca solo al quinto posto.” 19 julio de 2014.  http://www.huffingtonpost.it/2014/07/19/napoli-citta-piu-napoletani-mondo_n_5601706.html


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