Visiones alternativas al “infierno” de Zimbabue

Para muchos analistas, los meses entre mayo y agosto se han convertido en los más emocionantes de los últimos tiempos en Zimbabue. Las redes sociales han creado una plataforma nueva e importante para la crítica política, el debate, el activismo y la movilización que se ha ejemplificado con la crecida de manifestaciones (la de los operadores públicos de transporte, funcionarios y comerciantes transfronterizos) y hashtags de repercusión internacional como #Tajamuka o #Thisflag. Pero no constituyen en sí mismo una revolución. Son marcadores significativos de la lucha de Zimbabue por la democracia y el cambio político. Se puede argumentar que este despertar incluye mini revoluciones hacia la autoexpresión en los asuntos económicos y políticos.

Un paso decisivo fue la apropiación de la bandera nacional por la ciudadanía como un símbolo de protesta con #Thisflag. Es posible que desde la década de 1980 después de la independencia y unido a los grandes eventos deportivos, la bandera de Zimbabue no haya sido tan popular entre una muestra tan representativa de los ciudadanos y ciudadanas. No solo muchos tienen en sus redes sociales imágenes de perfil con los colores nacionales, sino que la bandera en sí, se ha convertido en un instrumento de la libertad de expresión donde encapsular los dolores, las quejas y los sueños de la ciudadanía. Por primera vez en mucho tiempo, muchos zimbabuenses están orgullosos de llevar la etiqueta de “patriotas”, pero de una manera contra hegemónica. No obstante, la repercusión mediática habría distorsionado elementos necesarios para entender el devenir de la nación. Y como se apuntará, la cobertura de los últimos meses y, por agregaduría de los últimos 16 años, es esencialmente sesgada y unidireccional.

Entendiendo al “enemigo”

Un despropósito. Interpretar un opus de Chopin con el instrumento nacional de Zimbabue: la mbira. Pero Tatenda lo intenta mientras saca lustre al sonido metálico y puntiagudo con sabor a madera añeja en su 16 cumpleaños. Acaba de recoger su joya musical de una caja procedente de los importadores, esos hombres de negocios especializados en no mover nada y casi todo hacia las zonas más empobrecidas de Zimbabue. Ellos tienen vehículos de todas las formas y tamaños, incluyendo camiones viejos, pick-up, furgonetas, semirremolques, incluso motocicletas. Cada uno está cargado con mercancías que absurdamente corren el peligro de hacer volcar el transporte. Pero arriesgar es comer caliente.

Juan Fender.
Juan Fender.

Las importaciones precariamente apiladas van desde lo mundano a lo exótico: enormes pilas de papel higiénico y muebles usados ​entran lentamente en Zimbabue, al igual que las cubiertas de teléfonos celulares, escobas, ropa usada, neumáticos para automóviles de segunda mano, piezas de chatarra, unas cuantas bicicletas, armarios de mala calidad, latas de aluminio, incluso triturados y vodka ruso barato. Dependiendo de la cantidad, la espera en la frontera puede dilatarse entre diez minutos y cinco días. Esta es la economía moderna de Zim, el nombre local con el que se conoce a Zimbabue.

La fotografía descrita tiene una razón. Este no es el primer país que se encuentra bajo sanciones económicas de Estados Unidos, pero es uno de los más singulares. El Gobierno no limita el acceso y la libertad de movimientos como en Cuba, Corea del Norte, Myanmar y otros países. Las autoridades estadounidenses defienden esta política impuesta al país africano al afirmar que las sanciones no son contra el país en su conjunto sino contra un pequeño grupo de 154 personas e instituciones que socavan los procesos democráticos en la nación del cono sur africano. A pesar de la retórica oficial norteamericana que subraya que son “sanciones selectivas”, la realidad es que en un país donde el gasto público de los últimos años ha sido del 98 por ciento del producto interno bruto es, de facto, una sanción contra el país.

Precisamente, en la 71 asamblea general de las Naciones Unidas celebrada en Nueva York el 21 de septiembre el presidente Mugabe comenzaba su intervención aludiendo a esta situación: “Estamos siendo castigados por ejercer el principio cardinal de las Naciones Unidas: poseer y ser propietarios de los recursos naturales y escuchar los intereses fundamentales del pueblo. Los que han puesto las sanciones preferirían que nos doblegáramos. Mientras existan, la capacidad para aplicar la agenda 2030 se verá limitada”.

¿El origen de todo? Las relaciones hostiles de los EEUU, Gran Bretaña y la UE con el gobierno de Robert Mugabe comenzaron a finales de 1990, por tres razones fundamentales:

  1. El envío de tropas a la República Democrática de Congo para defender al joven gobierno de Laurent Kabila de una invasión por las fuerzas de Ruanda y Uganda, respaldada por los EEUU y Gran Bretaña.
  2. Después de comenzar a cumplir con las recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI), fueron rechazadas las demandas de la aplicación de medidas económicas contrarias a los intereses de los acreedores occidentales, los inversores y las empresas.
  3. Se embarcó en un programa de democratización de la tierra que se encontraba en manos de los blancos y que culminó con un alto crimen: la expropiación de la propiedad privada sin compensación.

De manera unísona decidieron que el mandato como presidente debía terminar y para justificar un programa de cambio de régimen, la imagen de Mugabe se comenzó a presentar como la de un dictador que ganaba elecciones manipuladas y atentaba contra la seguridad de la nación. Fue en 1999 cuando Gran Bretaña proporcionó el capital inicial, a través de la Fundación Westminster para la Democracia, para crear el Movimiento para el Cambio Democrático (MCD) del que Morgan Tsvangirai, ahora con un reciente cáncer de colon diagnosticado, es el líder y principal opositor del país. La función real del MDC era revertir las políticas de Mugabe y se hizo evidente cuando la élite blanca abandonó el Frente de Rhodesia y abrazó el MDC como su nuevo vehículo electoral. El nombre del MDC fue elegido con suma atención: no se definen como un partido político, sino como un “movimiento”, y Tsvangirai es el mesías.

Entre los años 2000 y 2009, Zimbabue experimentó los peores problemas socioeconómicos y políticos de su historia desde la independencia. Durante este período se produjo una caída en espiral de la economía en medio de un paisaje político cada vez más inestable. Como resultado del deterioro del entorno económico y de un empeoramiento de los derechos humanos, los donantes de ayuda tradicionales y socios comerciales de Zimbabue comenzaron a desvincularse del país, retirando su apoyo político y comercial. En medio del aislamiento y las sanciones de Occidente, China aumentó sus participaciones en Zimbabue con su política de no interferir en los asuntos internos de sus socios, desairando la cólera de las cancillerías de Europa y Norteamérica que llamaron a ejercer más presión sobre el Gobierno de Mugabe para que se aplicaran las reformas políticas y económicas.

El papel de los medios en la demonización

Analizar Zimbabue desde un posicionamiento ponderado es complicado debido a que es uno de los países africanos que más titulares suscita. Podría resultar atrevido acudir a espacios comunes asentados sobre narrativas cosidas con alevosía desde Occidente. Porque sí, todos conocemos al demonio de 92 años que prende la mecha en una parrilla en la que vierte declaraciones abusivas servidas vuelta y vuelta para azarosos corresponsales que (a miles de kilómetros) firman crónicas detalladas sobre el país.

Juan Fender.
Juan Fender.

Cada vez más, la opinión pública y los medios de comunicación se han convertido en elementos críticos en la comprensión de la política internacional. Como ha señalado Piers Robinson vivimos en un mundo donde la comunicación es instantánea gracias a tecnologías como Internet y basado en satélites, así como la irrupción de los canales globales de noticias 24 horas tales como CNN, FOX, BBC o Al Jazeera. Estos medios de comunicación globales son utilizados por los Estados con más peso en el tablero internacional ampliando de esta forma su poder blando. Cuando Zimbabue expropió las granjas a los agricultores blancos la Cable News Network (CNN) y la British Broadcasting Corporation (BBC) ayudaron a enmarcar el tema en todo el mundo como algo injusto, en lugar de como un intento para revertir la injusticia justificada de la época colonial.

Es decir, en la era de la información, la crisis de Zimbabue y su cobertura internacional han demostrado que la presentación de la información de noticias influye en cómo la gente ve problemas específicos. En general, la imagen mediática sobre la violación de los derechos humanos en Zimbabue ha dado la victoria propagandística a Occidente. Hay que actuar con sanciones (o como sea). Una lástima que esa información sesgada no muestre cómo el Gobierno compensa a los granjeros blancos, electrifica 4.000 escuelas rurales u ofrece asistencia médica gratuita en barrios pobres con población sin ingresos. Noticias todas de los últimos meses y a pesar de las sanciones.

Repercusión internacional

La negativa cobertura sobre los acontecimientos en Zimbabue ha contribuido a enfatizar la crisis política y económica en curso. No es sorprendente que la presencia de los medios de comunicación occidentales es alta en el país, ya que parece que Zimbabue ha despertado más pasión en Occidente de lo que hacen los otros Estados africanos con una presencia de población blanca limitada. Como ha señalado Willems, “los países con una gran población blanca como Zimbabue generan mucho más interés en los países occidentales, en comparación con otros como Ruanda, donde no hay población blanca significativa”. Por lo tanto, plataformas como BBC, CNN, The New York Times y The Telegraph habrían escalado en sus campañas de difamación contra el régimen del ZANU-PF y de la economía de Zimbabue.

Desde hace más de diez años, como ya se ha mencionado, la prensa diaria y las cadenas de televisión en los EEUU, Europa y Australia se han unido a sus gobiernos para superarse en denigrar al presidente Mugabe y a su gobierno ZANU-PF. La consigna es subrayarlo como un “dictador sin escrúpulos”, “loco” y, en general, como un “enemigo de la democracia”. Con notable unanimidad, los medios de comunicación occidentales se han superado a sí mismos con historias de horror acerca de la situación del país. Y bajo este panorama es una verdadera utopía que aquellas noticias que aportan datos para matizar, argumentar, contrarrestar o que, simplemente sean positivas para la población puedan hacer frente a tal maquinaria informativa ni, tampoco, a la narrativa que ya se encuentra asentada en la opinión pública internacional.

Las biografías del “tirano”

Otras campañas sesgadas incluyen las publicaciones de biografías sobre Mugabe. Los autores y autoras laureados escriben sus historias a partir de un análisis psicosocial de la historia y de las interpretaciones citadas como la avaricia, el poder, la lujuria, la corrupción y la incompetencia. Desde el año 2000, se han publicado varios psicoanálisis del líder de Zimbabue con la vista puesta en el público general, pintando el retrato de un hombre que ha ayudado a que una nación africana vaya en un rápido declive siguiendo el curso de Idi Amin, en lugar de, por ejemplo, Mandela. En 1981, Mugabe estuvo en la lista corta para el Nobel de la Paz por su postura inicial sobre la reconciliación tras la independencia de Zimbabue y su elección como primer presidente del país. Su discurso fue: “Nuestra gente, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, blancos y negros, vivos y muertos se unen, en esta ocasión, en una nueva forma de unidad nacional que les hace a todos zimbabuenses”.

Algunos ejemplos de éxitos de ventas son los libros de Martin Meredith con Our Votes, Our Guns: Robert Mugabe and the Tragedy of Zimbabwe o Mugabe: Power, Plunder, and the Struggle for Zimbabwe; David Blair con Degrees in Violence: Robert Mugabe and the Struggle for Power in Zimbabwe; Andrew Norman con Mugabe: Teacher, Revolutionary, Tyrant; Stephen Chan con Robert Mugabe: Life of Power and Violence; y Heidi Holland con Dinner with Mugabe.

El impacto en Zimbabue

Un elemento a tener en cuenta es el impacto económico en el país debido a la cobertura mediática internacional sesgada. El turismo, un sector clave en la economía, se ha visto gravemente afectado. Así lo demostraba el Informe de la Misión de Investigación de Zimbabue para evaluar el alcance y el impacto de la “Operación Murambatsvina”, firmado por la enviada especial de las Naciones Unidas sobre cuestiones de los asentamientos humanos en el país, Anna Tibaijuka. El trabajo sugería que las sanciones occidentales habían contribuido a la “polarización de los medios de comunicación nacionales e internacionales y del medio ambiente político interno”. No obstante, no se puede negar que la élite gobernante en el país tiene mucha culpa de no haber gestionado bien el malestar de la población.

En la teoría de la dependencia de medios aplicada a los países en situaciones de crisis o inestabilidad como Zimbabue, las ciudadanas y ciudadanos dependen de ellos para obtener información y como tales son más susceptibles a sus efectos y más propensos a ser influenciados. Esto refuerza la idea de que en los períodos de crisis, los medios de comunicación pueden servir como una fuente de información para ayudar a comprender los acontecimientos políticos o actuar como desestabilizadores.

Pero al mismo tiempo, los medios de comunicación occidentales han desempeñado un papel muy importante en Zimbabue visibilizando situaciones de injusticia económica y social que el propio gobierno estaba tratando de encubrir. También fueron los medios los que hicieron un seguimiento de la desaparición de activistas y del secuestro de los derechos humanos factores que, sin duda, han elevado considerablemente la conciencia política de una gran cantidad de zimbabuenses.

A modo de conclusiones

La cobertura de las noticias relacionadas con Zimbabue por los canales de comunicación occidentales demuestra cómo la atención de los medios ha llevado a la comunidad internacional a definir la situación del país como una de las más importantes cuestiones políticas en la última década en África. Sin embargo, el flujo informativo sobre Guinea Ecuatorial, Marruecos o Ruanda, por citar solo tres ejemplos de Gobiernos africanos represivos, no suscitan ni una cuarta parte de este interés. Los medios de comunicación fijan en su agenda setting el orden del día y dirigen a la opinión pública hacia sus intereses o ajuste de cuentas históricos.

Los fogonazos de luz sobre el país se centran de forma exclusiva en los asuntos políticos y socioeconómicos negativos, de forma que no es sorprendente que este encuadre de las noticias haya tendido a aumentar el desdén sobre el régimen de Robert Mugabe en Occidente. Además, esta visión habría dañado la imagen de Zimbabue de cara al turismo y a la Inversión Extranjera Directa (IED), ahora liderada por China. Pero estos mismos medios habrían desempeñado un papel positivo al visibilizar campañas como #Tajamuka o #Thisflag posicionándose como garantes democráticos y evitando los abusos de poder por parte del Gobierno y de una posible violencia no justificada. Es probable que la actual situación en Zimbabue tenga una mejor oportunidad de ser resuelta si se coloca bajo un mayor escrutinio tanto local como internacional; sin miedo, ni favores.


Sebastián Ruiz es periodista e investigador especializado en medios de comunicación y cine en el África subsahariana. Doctorando por la Universidad de Sevilla. Coordinador de la sección Cine y Audiovisuales en el portal sobre artes y culturas africanas www.wiriko.org. Analista político sobre actualidad africana en la revista Mundo Negro. Forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.


 

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *