Colombia ante el espejo

Escribimos este editorial a 25 de septiembre, el día previo a la firma de Los Acuerdos de Paz entre el Estado colombiano y las FARC-EP en Cartagena de Indias. Posteriormente, el 2 de octubre, se culminarán 4 años de negociación con el mecanismo de refrendación establecido en forma de plebiscito que busca legitimar los citados Acuerdos ante la sociedad colombiana.

Tras tantos años de guerra, si hay algo que pone de acuerdo a los sectores sociales y políticos a favor y en contra de los Acuerdos, es la desconfianza. Y es que la sociedad colombiana necesitará mucho tiempo para hacer desaparecer las dinámicas del conflicto armado. De hecho, siendo conscientes de que las raíces del conflicto aún persisten, casi todos los sectores que han apoyado o se han sumado a estos Acuerdos durante las distintas fases de negociación, denominan Post Acuerdo a la etapa posterior al 2 de octubre y no Post Conflicto.

El conflicto colombiano no termina con la firma de la paz porque las causas profundas que están en la naturaleza del mismo aún no se han abordado. Estamos ante un ejercicio clásico de paz negativa, es decir, el cese de la violencia directa entre dos actores armados. Para alcanzar la paz positiva es necesario abordar una agenda clara y contundente que se encamine a deconstruir la violencia estructural que, mediante la explotación y la represión, ha condenado a enormes sectores de la población colombiana a la pobreza, a la desigualdad y a la opresión. De igual modo, habría que extender este proceso de deconstrucción hacia la violencia cultural y simbólica, la cual ha legitimado el ejercicio de la violencia estructural y directa para exterminar a cientos de miles de personas y desplazar a millones en el país.

No hay que olvidar que el Estado colombiano no se sentó a negociar para cambiar absolutamente nada del modelo neoliberal que da continuidad al despojo que ha sufrido el país a manos de unas pocas familias y de grandes corporaciones nacionales y extranjeras. Más allá de la retórica, sabedor de ello, las FARC han conseguido el compromiso del Estado para ejercer la acción política y que no les maten por ello. Cuestión que no es menor si tenemos en cuenta la trayectoria de incumplimiento por parte del Estado de todos y cada uno de los Acuerdos para desmovilizar a las guerrillas. Este incumplimiento y la incapacidad del Estado para garantizar la seguridad de excombatientes, en el que en no pocas ocasiones ha sido cómplice de su aniquilación, ha sido la nota común de varios procesos de dejación de armas.

Por otro lado, los sondeos sobre la intención de voto para el 2 de octubre muestran resultados muy volátiles de semana en semana. Grandes sectores de la población ven con rechazo o desconfianza este Acuerdo con las FARC. Y no es tanto por haber sufrido la violencia directa del conflicto. En muchos casos son amplios sectores urbanos alejados de las zonas de guerra. Y es que no hay que olvidar que la extrema derecha, plagada de fundamentalistas cristianos y seguidores uribistas, tiene un gran peso en este país. A pesar de todo, las encuestas muestran un apoyo mayoritario al “Sí” al Acuerdo. La mayor parte del arco parlamentario, exceptuando el uribismo y algún sector conservador, apoya el “Sí”. Cuestión similar ocurre con los sectores populares. Aunque en algunas zonas muy castigadas aún por la guerra y donde persiste la actividad de actores armados, se percibe con absoluto temor las consecuencias que tendrán la implementación real de estos Acuerdos de Paz. En este sentido, los datos sobre asesinatos en lo que va de año de líderes y lideresas sociales es dramático, muestra de que el paramilitarismo y aquellos sectores que se han beneficiado por la guerra no están dispuestos a perder poder político y económico con la paz, y muestra de que el Gobierno, aunque quisiera, no puede garantizar la seguridad de las personas que están amenazadas en este país por proteger los ecosistemas, por luchar por la permanencia en el territorio o por estar al frente de procesos sociales basados en los derechos humanos y en la vida.

El próximo 2 de octubre Colombia se mirará al espejo y quedará retratada una sociedad cuya identidad ha sido construida a base de sangre y fuego. La violencia en este país es parte de lo cotidiano, una forma de ser y de resolver los conflictos. El aumento del control paramilitar en amplias zonas del país, el estancamiento del proceso de paz con el ELN y la presencia aún activa del EPL augura un escenario de altas dosis de violencia en los próximos meses. La palabra paz es un vocablo muy grande. Los Acuerdos de La Habana son insuficientes para hablar de una paz justa, duradera y transformadora, pero, sin duda, deberían ser un paso necesario para alcanzarla.


Editorial del nº71 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2016.


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