El colonialismo, esa ¿vieja? narrativa en África

Muchos historiadores han tendido a mirar el colonialismo francés en África de forma más condescendiente que el colonialismo británico o belga en lugares como Kenia y la República Democrática del Congo. No ha sido la cuestión del tamaño lo que lo ha determinado. Sí, entre otras causas, el poder blando, el entrar en vena inyectando unos principios que sobre el papel hacen desfallecer al mejor de los demócratas: libertad y las otras dos patas que conforman el tridente de la ilustración europea, igualdad y fraternidad. Hoy, todas desnudadas y violadas de sentido alguno.

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En el primero de los casos, los colonos británicos dedicaron sus esfuerzos a la apropiación masiva de tierras y a firmar brutalmente tratados con los que exigían la libertad de sus dominios una vez llevados a cabo los procesos de independencia. En la RDC, los belgas estaban más interesados ​​en el saqueo de los vastos recursos minerales y naturales del país que en la construcción de infraestructuras o en la implantación de instituciones. Los franceses no estaban tan interesados ​​en la opresión y la explotación de la población africana como lo fueron en su asimilación a la cultura francesa.

Una faceta no tan ampliamente conocida o reconocida es que por lo menos 14 países africanos de habla francesa, entre ellos Malí, Senegal, Costa de Marfil, Burkina Faso y la República Centroafricana, se mantienen todavía unidos por la cintura a su antigua colonia, su metrópolis, a través de un pacto colonial que les obliga a depositar hasta un 50 por ciento de sus reservas en moneda extranjera en el banco central de Francia.

Al parecer, el dinero se guarda “en fideicomiso” por el gobierno francés para garantizar la moneda común en los países francófonos del África, el franco CFA. De acuerdo con el Banco de Francia en su informe anual de 2012, la cantidad de efectivo que tiene de los países africanos es mayor que el PIB de todos excepto dos de los 14 países.

Es más, los países africanos sólo pueden acceder a un 15 por ciento de este dinero en un año determinado; si necesitan más, tienen que pasar por caja con intereses comerciales. En esencia, estos países pueden haber logrado la independencia política, pero todavía son dependientes económicamente de su antiguo colonizador. Esta información salió publicada recientemente en un artículo de Mawuna Remarque Koutonin.

De acuerdo con Koutonin, este pacto se basa en la premisa ridícula que los países africanos debían a Francia una “deuda” por la construcción de infraestructuras en esos países durante el período colonial. Las mismas carreteras, puentes y puertos no para el desarrollo de la sociedad sino para la extracción de la forma más rentable de las materias primas que estaban expoliando.

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La esclavitud moderna

El pacto asegura además que el Estado francés o las empresas francesas tienen prioridad cuando se trata de comprar o invertir en los recursos naturales de estos países. Negocio redondo. Que se independicen de las estructuras que les hemos impuesto y que después firmen unas condicionalidades severas. Francia también tiene el derecho exclusivo de suministrar a esos países los equipos militares y de intervenir militarmente en ellos. Esto explica por qué las tropas francesas son siempre las primeras en el suelo cuando un país africano de habla francesa experimenta un conflicto. Por este motivo y porque la operación Barkhane, lanzada el 1 de agosto de 2014 y dirigida por los ejércitos franceses, mantiene un enfoque estratégico con los principales países del Sahel: Mauritania, Malí, Níger, Chad y Burkina Faso.

Cualquier líder africano que ha resistido a esta forma de neocolonialismo, o que ha amenazado a desobedecer el pacto, ha sido derrocado mediante un golpe de Estado o ha sido asesinado. De los primeros en pagar por su rebeldía fue Sekou Touré, primer presidente de Guinea quien, en 1958, para salir del imperio francés colonial, optó por la independencia del país. La élite colonial se puso tan nerviosa que en un acto histórico de furia por parte de la administración francesa en el país destruyó todo lo que, según ellos, representaba los beneficios de la colonización gala. ¿El resultado? 3.000 franceses abandonaron el país y destruyeron todo lo que no podían llevarse consigo: escuelas; guarderías; edificios públicos como bibliotecas; coches; medicamentos; instrumentos de investigación; los tractores fueron aplastados y saboteados; los caballos y las vacas en las granjas fueron asesinados; y los alimentos en los almacenes fueron quemados o envenenados.

El propósito de este acto escandaloso era enviar un mensaje claro a todas las demás colonias de que si rechazaban a la madre patria las consecuencias serían muy altas. El lema de Touré dejó huella en el panafricanismo: “Preferimos la libertad en la pobreza a la riqueza en la esclavitud”.

Otro de los ejemplos es el del primer presidente de Togo, Sylvanus Olympio, quien estaba decidido a emitir una nueva moneda para el país e interrumpir el franco CFA, pero fue asesinado antes de ponerlo en práctica por un ex sargento del ejército francés, supuestamente por orden del gobierno francés. Una suerte parecida tuvo el primer presidente de Malí, Modiba Keita, quien intentó hacer lo mismo pero fue derrocado en un golpe en noviembre de 1968.

Ahora bien. La máxima organización en el continente, la Unión Africana (UA) se flagela ante discursos en los que se manifiestan dos denominadores comunes: el primero es que las naciones africanas son soberanas para hacer y deshacer sus políticas y, el segundo, es que deberían salir en bloque de la Corte Penal Internacional, un organismo que según afirmaba hace unas semanas “tiene estructuras impuestas y juzga principalmente a líderes africanos”. Pero hay una pregunta relacionada: ¿por qué los jefes de estado africanos no han exigido que Francia libere a estos 14 países africanos de lo que esencialmente equivale a la esclavitud económica? ¿Cómo se puede permitir que 14 de los miembros de la UA no tengan voz en su propia gestión financiera? ¿Cómo se puede permitir que Francia determine las economías de estos países?

El Gobierno de Francia argumenta que estas condicionalidades, heredadas de la colonización, son un “mal necesario” para estabilizar el franco CFA. Sin embargo, el pacto en sí es malo porque obliga a los países africanos a depositar miles de millones de dólares de sus propios fondos en el Tesoro francés cada año y que podrían destinar a inversiones en sanidad, educación o infraestructuras.

Epílogo

Hablando de las injusticias económicas, un informe publicado por Oxfam Internacional afirma que la brecha entre ricos y pobres ha alcanzado nuevos extremos. En 2015, sólo 62 individuos poseían la mitad de la riqueza del mundo. La riqueza de estas seis decenas de personas se ha incrementado en más de un 45 por ciento desde 2010, mientras que la mitad más pobre de la población mundial ha percibido sólo un 1 por ciento del aumento total de la riqueza mundial desde 2000. Oxfam afirma que esta situación ha sido impulsada por el “fundamentalismo del mercado y por una red mundial de paraísos fiscales que ha beneficiado a los ricos a expensas de los pobres”.


Sebastián Ruiz es periodista e investigador especializado en medios de comunicación y cine en el África subsahariana. Doctorando por la Universidad de Sevilla. Coordinador de la sección Cine y Audiovisuales en el portal sobre artes y culturas africanas www.wiriko.org. Forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate. Actualmente reside en Nairobi (Kenia).


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