Solidaridad con el pueblo saharaui. ¿Alimentando una esperanza?

A principios del siglo pasado, Mohammad, el abuelo de Lalia, recorría el Desierto del Sáhara con su caravana de dromedarios para conseguir vender la sal y el oro que transportaban desde el Golfo de Guinea a las costas del Norte de África. Hoy, en el siglo XXI, Lalia espera las caravanas de alimentos que miles de personas solidarias del Estado español envían cada año a los campamentos de refugiados saharauis en Tindouf (Argelia), ciudad a la que llegaba el abuelo de Lalia para vender sus mercancías. Terrible condena para un pueblo cuyo único delito es haber querido ser sólo saharauis, en su tierra (la que sobrevive en los mapas de su memoria, en la geografía de sus sueños), el Sáhara Occidental, ilegalmente ocupado por el Reino de Marruecos tras el vergonzoso abandono de España, que dejó a su colonia al albur de las rapiñas.
Fotografía de Laura Toledo Daudén.
Fotografía de Laura Toledo Daudén.

Lalia es el título de un cortometraje dirigido por Silvia Munt que cuenta como es su país, el Sáhara. Nos va introduciendo en su mundo, un mundo de sueños perdidos, de recuerdos no vividos, para acabar despertando en su realidad. Una realidad terrible de la que quiere escapar: su exilio en un campo de refugiados en Argelia. Este corto lo hemos utilizado en numerosas charlas, conferencias y actividades de sensibilización, porque también nos introduce en otro mundo, el mundo de la solidaridad con la causa saharaui.

Wilayas y sueños

Son El Aaiún, Dajla, Ausserd, Smara y Bojador, los que no salen en los mapas, las cinco wilayas (campamentos) en las que sobrevive desde hace más de 40 años la mayor parte del pueblo ciudades más importantes del Sáhara Occidental. Estas wilayas están en la parte del desierto conocida como hamada: un lugar inhóspito donde vivir es casi imposible. Las condiciones son tan extremas en la hamada que todas las personas que visitan los campamentos vuelven sobrecogidas. La fuerte voluntad de un pueblo unido y la ayuda internacional han permitido a las y los saharauis sobrevivir estas décadas.

Durante todos estos años y de forma voluntaria y espontánea la sociedad civil se ha venido articulando en diferentes asociaciones de ayuda o amistad con el pueblo saharaui; gente desinteresada movida por la grave injusticia que sufren los y las saharauis en el exilio pero que, una vez visitados los campamentos, son conscientes de la capacidad del pueblo saharaui para sobrevivir con dignidad. Desde los inicios de la lucha por la liberación de Saguia el Hamra y Río de Oro, el Frente Polisario ha apostado por la educación porque cree en un futuro para sus hijos e hijas; ha cultivado la esperanza y espera cultivar sus frutos.

Lalia, de 10 años, espera poder pasar su verano con una familia española en el marco del programa Vacaciones en Paz que desde 1991 se viene desarrollando principalmente en el Estado español. Un programa que pretende acoger durante los meses de verano a los niños y niñas saharauis con el objetivo de realizar chequeos médicos, tener una buena alimentación y escapar de los más de 50 grados del verano de la hamada argelina.

Aunque la situación económica de miles de familias españolas se ha visto dañada por la crisis financiera, aún son las personas que menos tienen, las más humildes y solidarias, las que abren sus casas para acoger a estos niños y niñas que, lejos de ser huérfanos o estar faltos de cariño, vienen de un lugar que no es su tierra, la tierra que no les ha visto nacer ni crecer. Una tierra rica en recursos naturales y bañada por el Atlántico, un mar que Lalia nunca ha conocido ni podrá conocer, al igual que a su familia, como Mahfud, su primo segundo. Y es que los campamentos de refugiados y el Sáhara Occidental están divididos por un muro de más de 2.000 kilómetros construido por el Reino de Marruecos y sembrado con más de dos millones de minas antipersona.

Solidaridad, lucha y represión

Todos y todas somos ya un poco saharauis desde que nos abrieron su casa, nos dieron de comer y beber (té), y nos sentamos como hijos-hermanos en el suelo a compartir su amargo presente (amargo primer té). Y es este amargo presente el que no hemos podido cambiar ni con caravanas de alimentos ni con el programa Vacaciones en Paz. No dudo que estas iniciativas sean el mayor exponente de la solidaridad con el Pueblo Saharaui, pero esta solidaridad debe ser internacionalista, pues es desde la articulación entre pueblos oprimidos y la acción política desde donde podemos transformar la situación de dominación del pueblo saharaui.

Desde 2005, en los Territorios Ocupados del Sáhara Occidental, Mahfud viene participando en las manifestaciones y protestas junto a centenares de saharauis, en lo que han llamado la Intifada, un levantamiento popular contra la ocupación y dominación al que es sometida la población nativa del Sáhara Occidental y que se fundamenta en la resistencia civil no violenta. Desde entonces, miles de saharauis han sido detenidas, desaparecidas, torturadas, asesinadas y privadas de libertad de movimiento por Marruecos, al que todas las potencias occidentales definen como democrático y garante de los derechos humanos.

Todas y todos conocemos a Aminetu Haidar, activista saharaui y premio de derechos humanos por la Fundación Robert F. Kennedy, que realizó una huelga de hambre de 32 días en el Aeropuerto de Lanzarote tras ser expulsada ilegalmente de El Aiún. Conocemos también a Takbar Haddi, saharaui de nacionalidad española que fue asesinado por las fuerzas de ocupación marroquíes, y también a su mamá Haidala, que hace poco realizó una huelga de hambre para recuperar el cuerpo de su hijo. O nos es familiar el campamento Gdeim Izik, donde en octubre del 2010 se agruparon 20.000 saharauis para pedir mejoras en su nivel de vida y viviendas dignas, por lo que 24 jóvenes han sido juzgados por un tribunal militar y condenados, algunos de ellos, a cadena perpetua, como Hassana Alia.

Los ejemplos citados son violaciones de derechos humanos que se perpetúan ante la pasividad y connivencia de la comunidad internacional, así como ante la atenta mirada de la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (MINURSO), creada hace más de 23 años, prorrogada cada 6 meses y la única misión de la ONU que no tiene entre sus mandatos la vigilancia de los derechos humanos en el territorio.

La MINURSO tiene, entre sus cometidos, supervisar el alto el fuego firmado por Marruecos y el Frente Polisario, tomar medidas con las partes para asegurar la liberación de todos los prisioneros políticos o detenidos, y hacer efectivo el programa de repatriación (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados). Exceptuando las tímidas visitas programadas por la ONU entre familias saharauis de los campamentos de refugiados en Tindouf con sus familiares de los territorios ocupados, el resto es papel mojado.

Fotografía de Laura Toledo Daudén.
Fotografía de Laura Toledo Daudén.

Marruecos ha violado sistemáticamente el alto al fuego utilizando violencia contra la población ocupada y armando a los colonos marroquíes del Sáhara Occidental. Ha aumentado sus tropas en el territorio y su maquinaria bélica gracias, entre otros, al Estado español, que desde 1995 hasta 2012 exportó material a Marruecos por valor de más de 250 millones de euros. Marruecos ha seguido deteniendo arbitrariamente a la población saharaui, principalmente estudiantado universitario, activistas de derechos humanos, intelectuales, etc., por el mero hecho de ser saharauis y no aceptar la ocupación marroquí.

Profundizar la solidaridad

Continúan siendo los casos coyunturales, lamentablemente, los que nos siguen moviendo a actuar de manera puntual, sin una estrategia clara de incidencia y acción política contra quienes siguen perpetuando la injusticia del pueblo saharaui, como el gobierno del Estado español.

No es fácil conseguir que algo que ocurre en los territorios ocupados llegue a nuestras pantallas o rotatorios de periódicos. El bloqueo informativo hace inviable informar de lo que pasa, siendo expulsadas sistemáticamente delegaciones, observadores y periodistas que visitan el territorio. Pero hoy en día, las tecnologías de la información y comunicación facilitan la búsqueda y difusión de lo silenciado. Estudios como los de Western Sáhara Resource Watch (Observatorio de Recursos Naturales del Sáhara Occidental) revelan el expolio y saqueo de los fosfatos, bancos pesqueros y gas del territorio ocupado, violando el Derecho Internacional, pues la potencia ocupante no puede enriquecerse con los recursos naturales de la población ocupada. Las asociaciones de derechos humanos saharauis como la Asociación de Víctimas de Violaciones Graves de Derechos Humanos (ASVDH) o la Asociación para los Familiares de Presos y Desaparecidos Saharauis (AFAPREDESA), entre otras, también emiten comunicados y acciones urgentes ante agresiones, amenazas, detenciones y desapariciones de personas saharauis en el territorio ocupado. Y las delegaciones internacionales que se vienen organizando a los territorios ocupados, algunas de ellas en forma de brigadas internacionalistas, también son una fuente importante para conocer lo que está sucediendo en el Sáhara Occidental.

Quienes verdaderamente se están jugando el pellejo y tratan de contarnos lo que está pasando son un grupo de jóvenes comprometidos con romper el bloqueo informativo en los territorios ocupados por Marruecos, arriesgando cada día sus vidas para que el mundo conozca la grave violación a los derechos humanos cometida por el régimen de Mohamed VI. Se llaman Equipe Media (Equipo Mediático) y publican audiovisuales, imágenes y denuncias de lo que acontece en las manifestaciones y protestas que está realizando la población saharaui en los territorios ocupados.

El movimiento de solidaridad con el pueblo saharaui ha conseguido una legitimidad que se fundamenta sobre todo en la acción humanitaria (caravana) y el asistencialismo (proyectos asistenciales en vez de desarrollo y el programa Vacaciones en Paz). La ciudadanía todavía se mueve, sobre todo, ante las catástrofes y el conocimiento de situaciones dramáticas. La imagen miserabilista y el protagonismo del “blanco” mueven más fácilmente las conciencias que una explicación compleja y completa de la realidad. Por tanto, hemos de continuar esforzándonos para crear una nueva legitimidad basada en la reciprocidad de una solidaridad internacionalista. Hemos de conseguir que, además de apoyar al pueblo saharaui en la lucha por su autodeterminación, se produzcan transformaciones en nuestra sociedad para conseguir sumar a más gente y organizaciones, y pasar de la solidaridad a una activa militancia en el tejido asociativo.

La esperanza no se alimenta, se cultiva. Lo que debemos alimentar es la resistencia del pueblo saharaui por la liberación de su territorio. Ellas y ellos mismos son una esperanza para quienes aún creemos en el ser humano.


Eneko Calle forma parte de Paz con Dignidad y del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº67 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2015.


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