Las Universidades africanas del s.XXI

Las preguntas centrales a las que se enfrenta hoy la educación superior en África tienen un común denominador: ¿qué significa enseñar humanidades y ciencias sociales en el actual contexto histórico y, en particular, en el contexto del África poscolonial? ¿Qué significa enseñar estas disciplinas en un continente donde los paradigmas dominantes intelectuales son productos no de la propia experiencia de África sino de la particular experiencia occidental?

1510_africa-universidad_juan-fender¿Dónde estos paradigmas teorizan sobre una historia occidental específica y se refieren en gran parte a ensalzar las virtudes de la Ilustración o exponer sus críticas? Y ¿dónde, como resultado, cuando estas teorías se expanden a otras partes del mundo, lo hacen principalmente sumergidas en orígenes particulares y preocupaciones específicas con términos de objetividad científica y neutralidad como bandera?

No malinterpreten las líneas anteriores. No hay ningún problema con la lectura de textos de la Ilustración en África, es más, algunos son necesarios. Pero el problema es el siguiente: si se dice que la Ilustración es un fenómeno exclusivamente europeo, entonces la historia de la Ilustración es la que excluye a África como lo hace la mayoría del mundo académico. ¿Puede entonces ser la base sobre la que construir la educación universitaria en África?

El salacot en las aulas

En el siglo XIX las universidades europeas desarrollaron tres estadios diferentes de producción de conocimiento: las ciencias naturales, las humanidades y las ciencias sociales. Cada uno de estos estadios se subdividieron en disciplinas. Y a partir de 1850 y hasta la Segunda Guerra Mundial se convirtió en el patrón dominante ya que se institucionalizó a través de tres formas organizativas diferentes:

  • Dentro de las universidades: las aulas, los departamentos, los planes de estudios y los títulos académicos para los y las estudiantes.
  • Entre las universidades y fuera de ellas: diferentes asociaciones nacionales e internacionales de personas académicas y sus revistas específicas.
  • En las grandes bibliotecas del mundo: éstas se convirtieron en la base para la clasificación de los trabajos académicos.

La organización de la producción de conocimiento en la universidad africana contemporánea está basada en esta modalidad disciplinaria desarrollada en las universidades occidentales durante los siglos XIX y XX. Pero las primeras universidades coloniales eran pocas y distantes entre sí: Makerere (Uganda) en el África del este; Ibadan (Nigeria) o Legon (Ghana) en el África occidental; o la de Ciudad del Cabo (Sudáfrica).

Frederick Lugard, probablemente el administrador colonial británico más importante del África británica, solía decir que Gran Bretaña debía evitar la “enfermedad de la India” en el continente, es decir, el desarrollo de una clase media educada, un grupo, según Lugard, más propenso a portar el virus del nacionalismo. Por ello, el desarrollo de la educación superior en África entre el Sáhara y el cabo de las Agujas (Sudáfrica) fue un desarrollo pos-colonial. Como muestra, un ejemplo: durante la independencia de Nigeria, había una universidad con 1.000 estudiantes, pero tres décadas más tarde, en 1991, había 41 universidades con un alumnado total de 131.000. Y Nigeria no es una excepción.

En todas las latitudes del continente, el desarrollo de las universidades fue una demanda nacionalista clave. Así, tras la cacareada independencia, cada país necesitaba mostrar elementos claves de su “nueva” identidad como prueba emancipadora: bandera, himno, moneda y universidad. En este contexto, se podrían identificar dos visiones diferentes del papel de la educación superior en el proceso pos-independencia. Una era la impulsada por el Estado y la otra, la impulsada por el mercado. Aunque los dos modelos tenían un defecto común: no previeron los programas de postgrados para seguir la carrera investigadora.

En general, se dio por asentado que estos programas tendrían lugar en el extranjero (al amparo de las antiguas metrópolis) y actualmente, el modelo dominante en las universidades africanas es el impulsado por el mercado.

Nuevos vientos universitarios

En términos generales, la agenda de la política actual ha tendido a centrarse en la asignación de al menos el 1% del PIB de cada país a la investigación y desarrollo (I+D). La cifra es políticamente atractiva y fácil de incluir en las campañas electorales e incluso en las estadísticas internacionales. Pero el foco en el 1% del PIB no tiene en cuenta la magnitud de algunas economías para las que este porcentaje es ínfimo e, incluso de esta forma, lo dan por bueno. En Nigeria, por ejemplo se necesitaría alrededor del 20% del presupuesto federal.

En muchos países africanos las universidades no tienen departamentos de investigación y éstas se realizan principalmente en instituciones privadas. Este enfoque es disfuncional por dos razones principales: en primer lugar, las universidades no suelen utilizar los últimos hallazgos de la investigación para la enseñanza con el resultado de universitarios y universitarias con cosmovisiones obsoletas; en segundo lugar, los institutos de investigación no tienen creadas, en términos generales, redes para unir el mundo empresarial y el académico.

La buena noticia es que una serie de países africanos se están moviendo en esta dirección. Etiopía creó recientemente 29 nuevas universidades que se centrarán en la ciencia, la tecnología y la innovación. Se está alentando a las nuevas universidades a que se concentren en las prioridades de desarrollo de los países donde se encuentran. Por ejemplo, la Universidad de Ciencia y Tecnología de Addis Abeba ha puesto en marcha un curso de tecnología de cuero. ¿La razón? Etiopía es un productor líder de pieles y cueros.

Otro ejemplo. Los institutos nacionales de investigación de África proporcionan una sólida base sobre la que crear nuevas escuelas de posgrado y se necesitan enfoques creativos para agregar funciones de enseñanza. El Instituto de Investigación Agrícola de Kawanda, en Uganda, está en la vanguardia de la biotecnología agrícola.

Como se ha mencionado, el mercado, al igual que en Europa, ha penetrado también en la universidad africana por lo que los gobiernos deben mediar y dar el do de pecho sobre la mesa de las negociaciones. Pero no siempre es así. En Nigeria, la empresa Dangote Cement, propiedad de Aliko Dangote, uno de los hombres más ricos de África, está implicada en la construcción de bibliotecas universitarias en el país y está pensando en abrir un programa de investigación, invirtiendo parte de sus ingresos por la venta de fosfatos. En Kenia, la empresa Safaricom está financiando una academia del mismo nombre en la Universidad de Strathmore, propiedad del Opus Dei, ofreciendo un Máster en Ciencias en Telecomunicaciones Móviles y la Innovación.

El retorno pausado de los cerebros

Una de las realidades más acuciantes relacionadas con el ámbito académico africano es que una gran parte de estudiantes emigran fuera del continente para seguir su formación. Se estima que hay entre 20.000 y 25.000 académicos nacidos en África que trabajan en los colegios y universidades de Estados Unidos. De hecho, según un informe de 2013 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) 1 de cada 9 personas africanas con estudios universitarios (unos 2,9 millones de personas del continente) estaban viviendo o trabajando en América del Norte, Europa y otros lugares.

El número de inmigrantes africanos y africanas ha crecido más de un 50% en los últimos 10 años, más que cualquier otra región del mundo. Y las causas son complejas y variadas: regiones inestables y empobrecidas, atracción de mejores salarios o mayores oportunidades en el extranjero (puede ser en otro país africano). La Unión Africana durante la última década, a través del NEPAD, ha tomado medidas para revertir esta tendencia y ha tratado de alentar a profesionales del ámbito de la medicina, ingeniería, científico y otros sectores laborales que conforman la diáspora africana para que regresen a casa y pongan su talento a trabajar para ayudar a impulsar un renacimiento africano.

Sin embargo, la pérdida de estudiantado universitario cualificado no es de ninguna manera un fenómeno único en África (el caso Español es digno de estudio). En China, cientos de miles de profesionales que dejaron su tierra natal para estudiar y trabajar han regresado. Son los llamados sea turtles que han vuelto con habilidades nuevas, una red de contactos de negocios internacionales e ideas innovadoras para dinamizar la economía.

En la India, un país receptor de estas fugas de cerebros, las y los científicos indios están regresando a casa debido a los flujos positivos de la economía india y por las creciente oportunidades. De hecho, Elsevier, la editorial de revistas científicas, informó en 2013 que la India es ahora un importador neto de talento científico productivo.

Y en África hay señales esperanzadoras de que las tendencias están mejorando. La firma sudafricana Adcorp, informó en 2014 que desde que la crisis financiera mundial comenzara en 2008, 359.000 africanos y africanas altamente cualificados han regresado a sus países de origen. La afirmación de una inversión en las cifras de fuga de cerebros quizás no sea demasiado rigurosa pero sí que se está produciendo una desaceleración considerable. De forma que los esfuerzos de los gobiernos pueden ayudar a poner en práctica políticas que fomenten el regreso de estos expatriados africanos a casa. Pero parte de la solución está en los negocios de África para crear oportunidades que retengan el talento que ya existe en el continente.


Sebastián Ruiz es periodista e investigador especializado en medios de comunicación y cine en el África subsahariana. Doctorando por la Universidad de Sevilla. Coordinador de la sección Cine y Audiovisuales en el portal sobre artes y culturas africanas www.wiriko.org. Forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate. Actualmente reside en Nairobi (Kenia).


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