Limitaciones del sistema sexo-género para explicar la diversidad sexual

Como cada año, la fiesta reivindicativa del LGTB (colectivo de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales) ha visibilizado los derechos conseguidos y el trabajo que aún queda por hacer para la convivencia en tolerancia hacia la diversidad y equidad de derechos. Es un camino que exige un compromiso y también una responsabilidad estratégica, política y de rigurosidad, con el conocimiento y con lo que se quiere decir. Por ello, por un lado hay que diferenciar, aunque sea legítimo, el activismo, la política y el uso estratégico y menos preciso que se hace del lenguaje, y, por otro, la seriedad y precisión con lo que queremos conocer y nombrar.

Esto en el mundo académico referido al género suele confundirse. Por ejemplo, utilizamos la palabra “sexismo” con connotaciones negativas, cuando “ismo” no quiere decir más que “gusto por, tendencia a”. Comunismo, feminismo, laicismo… en todas la connotación positiva o negativa la atribuye la subjetividad de la persona interlocutora, pero no hay una predominante. Una traducción literal de “sexismo” sería gusto por las cosas del sexo. Y eso no es malo per se. Este concepto connotado en negativo fue introducido por el activismo en la academia, y adoptado por la misma. Un ejemplo más lo tenemos en la reivindicación de la “igualdad”. Hemos asumido el extraño silogismo que nos lleva a entender que lo contrario a la igualdad es la diferencia, cuando el antónimo de igualdad es desigualdad, y el de diferencia, identidad (lo idéntico). Fruto de un momento histórico en el que el abuso del determinismo biologicista justificó (injustamente) la desigualdad basada en la diferencia, nace el contrapeso discursivo que reivindica la igualdad obviando la diferencia, y ello invisibiliza en algún grado la diversidad sexual existente. Este último proceso discursivo vino alimentado desde el paradigma de género en los años 70.

Escuchaba estos días pasados distintas convocatorias por el reconocimiento y respeto de los derechos de todas las personas sin menoscabo a su orientación sexual o “identidad de género”. Sí, es cierto que no sucede de forma general, dentro de la diversidad existente en el propio movimiento LGTB existen voces críticas y disidentes hacia el paradigma de género y lo que entienden que representa. Fue el propio feminismo lésbico de los años 70 el que comenzó a romper el concepto de género, en desacuerdo con la idea de mujer como sujeto homogéneo, cuestionando la feminidad y la masculinidad desde las diferencias de la orientación sexual, aunque confundiendo identidad con orientación. Ahí está la famosa frase de Monique Witting, precursora queer: “Las lesbianas no somos mujeres”[1].

“Elijo mi sexo y mi género”[2], dice Beatriz Preciado continuando el trabajo desde la diversidad identitaria. Valoro que en ningún momento superan el sistema sexo-género, han dado un salto a un determinismo culturalista. Respeto además el discurso dentro del activismo, pero me resulta parcial para explicar la diversidad sexual. El activismo es una herramienta de ruptura y reflexión, y necesita más la provocación que el rigor. La política institucional se nutre estratégicamente de discursos que tienden a lo políticamente correcto obviando la diferencia. Sin embargo, el conocimiento que alimente un cambio de paradigma integrador sí requiere de ese rigor explicativo que, en mi opinión, el sistema sexo-género no tiene para explicar cuestiones sexológicas.

Quiero aportar mi reflexión en torno a estos conceptos desde un feminismo de los sexos, en especial el de “identidad de género”, un concepto institucionalizado desde la ONU hasta los gobiernos de los distintos estados y que aún permea algunos discursos sociales feministas y LGTB.

Identidad de género

Desde el paradigma de sexo-género, del que bebe especialmente el feminismo de la igualdad y del que fue referente Gayle Rubin en los años 80 en EEUU, se determinó que el sexo era una circunstancia biológica y el género una construcción cultural. Hay que reconocer su reivindicación sobre la “variedad sexual benigna”, pero también hay que criticar que este paradigma ha reforzado la idea genitalizada del sexo. Ese limitado prisma hace que se diga lo que no se quiere decir… y entro en materia recogiendo definiciones expuestas como más o menos consensuadas por las y los teóricos del género.

“Identidad de género: se considera algo que llega a realizarse, dado un tiempo biológico, aproximadamente a los cinco años de edad y una vez adquirida no cambia a menos que haya habido un error de input biológico importante. No se considera una manera temporal de expresar una personalidad de género. Resumiendo, el género es una característica adscrita, no una característica lograda en el esquema de género occidental”[3].

“Género: la construcción cultural de las características biofisiológicas percibidas, es decir, la designación sociocultural de las características comportamentales y psicosociales de los sexos”[4].

Recojo también la definición de “Identidad de género” de Wikipedia, relevante por ser la herramienta de uso popular a la que pueden recurrir aquellas personas no estudiosas en la materia para buscar significados:

“La identidad de género (del inglés gender identity) alude a la percepción subjetiva que un individuo tiene sobre sí mismo en cuanto a sentirse hombre o mujer; éste puede considerarse el “sexo psicológico” o “sexo psíquico”, y se constituye en uno de los tres elementos de la identidad sexual, junto a la orientación sexual y el rol de género. Sus articuladores son los «cánones vigentes de masculinidad y feminidad», y «se relaciona con el esquema ideoafectivo de pertenencia a un sexo», y se trata, por consiguiente, de la expresión individual del género.

Toda sociedad tiene un conjunto de esquemas de género, vale decir, una serie de «normas, prescripciones sociales o estereotipos culturales relacionados con el género» que sirven de base para la formación de una identidad social en relación con otros miembros de esa sociedad y que, en consecuencia, dan origen a la identidad de género”.

Una primera contradicción entre estas definiciones la encontramos en la explicación de la identidad de género como identidad permanente que trascendería esquemas de género occidentales, que trascendería, pues, la construcción cultural. Si el género, a su vez, es definido como esa construcción cultural atribuida a las diferencias biofisológicas adquiridas, obviamente lo que explica la identidad no es el género, si no el hecho de que la identidad es sexuada. Y en esa sexuación participan agentes sexuantes, biológicos y culturales. Ambos. Somos lo uno y lo otro.

Está demostrada la participación y relevancia de los agentes sexuantes biológicos en la configuración tanto de nuestra identidad sexual, como de la orientación sexual, siendo esta última prenatal. La sexuación es un proceso donde nos vamos andrizando o ginizando en distintos niveles: identitario (egogínico, egoándrico), orientación del deseo sexual (andrerasta o ginerasta), patrón de conducta, gonadotrópico y cognitivo. En cada uno de ellos nos feminizamos y masculinizamos. La sexuación es conjuntiva y cada uno tiene una mezcla diferente en su original paleta. Todas y todos somos intersexuales. Lo que explica que la identidad individual no es el género, es el sexo sentido que también tiene una correlación cerebral. Por ejemplo, las personas “trans” no están en tránsito; lo peculiar de estas personas no es el cambio (de un sexo al otro), sino la disonancia entre el sexo que tienen entre las piernas y el sexo que tienen entre las orejas. De este modo, es diferente el sexo con el que se identifican (desde dentro) y el sexo con el que han sido clasificadas (desde fuera). No es un “error de input” como dice la primera definición, es intersexual, visiblemente intersexual, pero tan intersexual como el resto de individuos.

Ampliemos también el concepto intersexual asociado exclusivamente al viejo concepto de “hermafroditismo”. La intersexualidad sucede en todos los niveles descritos anteriormente, no es sólo una cuestión de genitales (que a veces, también). Quiero visibilizar la confusión y la limitación para explicar estas cuestiones del sistema sexo-género. Judith Butler, en Deshacer el género[5], afirma desde un prisma culturalista que habría que ampliar el género integrando butch, femmes, drags, transexuales, transgénero… Un lío donde mezcla identidades, orientaciones y roles en un ejercicio de trascender la idea de masculinidad y feminidad. Por otra parte, en Cuerpos sexuados[6], la bióloga feminista Anne Fausto Sterling habla de reconocer otros cinco sexos limitándose a cinco hechos de intersexualidad fisiológica: hiperplasia andrenocortical congénita, síndrome de insensibilidad androgénica, disgénesis gonadal, hipospadias y composiciones cromosónicas inusuales. La diversidad está planteada, pero… ¿qué correlación tendría esos sexos y esos géneros? ¿Es el sistema sexo-género capaz de articular estas realidades? Mi respuesta es no.

Referido a la identidad, en concreto al término “trans”, esa mal llamada disforia de género del DSM-V es social, no personal. El género habla de lo culturalmente construido, no de lo sentido personal e individualmente. El género puede explicar cuestiones de identidad social (incluso política), pero no explica la subjetiva identidad individual, que es personal, íntima, privativa y subjetiva. El diagnóstico de la disforia de género es aplicable a las normatividades y construcciones sociales, pero no a la identidad particular y personal. El sexo que esperan que tú seas, en sexología sustantiva lo llamamos alosexación: el sexo que te atribuyen los demás por los caracteres visibles. Un sexo, pensemos, que el médico (como el sexador de pollos) ha genitalizado, y que el género, de nuevo, ha replicado en su categorización. Nos ponen pendientes o no según tengamos pene o vulva, cuando la sexuación identitaria también sucede a nivel cerebral. Y no es “alo”, es “endo”, no viene determinada por la norma, viene construyéndose en un proceso biográfico. El género entendido desde el concepto inglés “gender” nos conduce a lo genérico, a lo general. Etimológicamente el género comparte raíz griega con conceptos como génesis, generar o genital. Así que desde la primera concepción no se transciende lo macro, y desde la segunda el género no es buen marco para salir de lo reproductivo, de la genitalización del sexo y la sexualidad.

La identidad de género, desde mi perspectiva, se acercaría más conceptualmente a sentir que eres del sexo que se corresponde con aquello que determinan los roles culturalmente construidos con los que te identificas. Y ésta se corresponde con una definición descriptiva de un “objeto” observado desde fuera, con enorme limitación para vincular lo cultural y lo íntimo, lo observado y lo vivido. La identidad sexual sentida es más fuerte que las construcciones culturales, aunque la vivencia se vea fuertemente condicionada por ellas. Si la identidad es sexual y la orientación es sexual, la explicará el sexo, no el género. Y el continente de esa identidad y esa orientación es el “yo”, el ego peculiar y particular, no el género genérico y general. El género sirve para explicar las cuestiones ideológicas, políticas y estructurales, pero no es un marco aplicable al análisis de las relaciones concretas ni a las sexualidades individuales.

Por otra parte, reitero que el empeño de la perspectiva de género de relegar el sexo a lo biológico lleva a encontrarnos definiciones disparatadas sobre el concepto de identidad sexual tales como:

“Identidad sexual: se considera como un logro precario y no una entidad estable y consistente en la diferenciación de una persona basada en sus preferencias y prácticas sexuales”[7].

He venido explicando que precisamente la identidad sexual es firme y estable (no así necesariamente la de género, porque los roles pueden ser intercambiables). El poco rigor científico, la genitalización del sexo, el concebir el sexo como aquello que hacemos (la conducta), y no como lo que somos, lleva a generar esta serie de definiciones confusas. Lo que aquí se ha denominado erróneamente como identidad sexual, es orientación sexual. Nos sentimos hombres y mujeres con todas nuestras diversidades y peculiaridades. Eso es identidad. Tenemos una orientación del deseo erótico andrerasta o ginerasta, nos tienden a gustar más los hombres o las mujeres dentro de un continuo sexual. Eso es orientación. No somos homosexuales o heterosexuales, homo o hetero son cualidades del encuentro. De hecho, se dan encuentros homos entre personas que no son gays y lesbianas, y viceversa.

Pensando en denominaciones que nos evoquen diversidad, siento que están mejor denominados los nuevos movimientos de masculinidades en plural, que lo que hemos venido tratando como cuestión de la mujer, y posteriormente de género, en singular y abstracto.

Por eso, también pediría reflexión y cierto rigor a la hora de nombrar las cosas para poder ser serias trazando el camino con conocimiento. Un conocimiento que no genere confusiones, orientado a que cada individuo viva lo mejor posible su sexo y su sexualidad. Y eso comienza por la responsabilidad de querer conocer y comprender. Evitemos confusiones conceptuales: homosexual o heterosexual no es lo mismo que ser andrerasta o ginerasta; sentirte hombre o mujer y ser gay o lesbiana responde a diferentes órdenes de sexuación. Identifico un necesario diálogo entre la sexología, los movimientos LGTB y el feminismo para seguir avanzando. Trabajemos en no caer en determinismos, ni biologicistas ni culturalistas. Nos construimos biográficamente, luego somos naturaleza y cultura. Somos intersexuales, distintos grados de masculinidad y feminidad conviven dentro de nosotros y nosotras, y también en nuestras relaciones. Rompamos dicotomías disyuntivas para construir un nuevo orden sexual donde todo el mundo quepa.


María Arnáiz Rodríguez


NOTAS:

  1.   Wittig, Monique (1981): No se nace mujer, incluído en El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Editorial Egales, Barcelona. http://www.caladona.org/grups/uploads/2014/03/el-pensamiento-heterosexual-y-otros-ensayos-m-wittig.pdf
    Preciado, Beatriz (2008): Testo Yonki, Espasa Calpe, Madrid.
  2. Preciado, Beatriz (2008): Testo Yonki, Espasa Calpe, Madrid.
  3. Bolin, Anne (2003): La transversalidad de género. Contexto cultural y prácticas de género. Artículo completo en http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=831827.
  4. Contemplada como definición consensuada en el marco de género, recogida por Jacobs y Roberts (1989). Maquieira, Virginia: Género, diferencia y desigualdad, artículo incluido en Feminismos. Debates teóricos contemporáneos, Alianza Editorial, 2001.
  5. Butler, Judith (2006): Deshacer el género, Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona.
  6. Fausto Sterling, Anne (2006): Cuerpos sexuados, Melusina.
  7. Contemplada como definición consensuada en el marco de género, recogida por Jacobs y Roberts (1989). Maquieira, Virginia: Género, diferencia y desigualdad, artículo incluido en Feminismos. Debates teóricos contemporáneos, Alianza Editorial, 2001.

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Un pensamiento en “Limitaciones del sistema sexo-género para explicar la diversidad sexual”

  1. Muy buena reflexión, en un mundo en el que se tiene tan claro la interrelación entre la biología y la cultura me parece obsoleto que se siga hablando de sexo y género tan a la ligera. Desde otras ciencias se tiene muy claro que lo correcto es un modelo bio-psico-social, que los reducciomismos no son beneficiosos ya que limitan las explicaciones, sinembargo poca gente cuestiona la dicotomía sexo-género, propia de otras épocas.

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