Siria: dictadura, intervención, yihadismo

El pasado 25 de febrero cuatro diputados franceses, entre ellos el socialista Gérard Bapt, visitaron Damasco y se entrevistaron con Bashar al-Asad. Esta entrevista suscitó polémica, protestas y hasta una amenaza de sanciones contra su representante por parte de la dirección del PSF, pero lo cierto es que revela la naturalización pública de un reposicionamiento francés, europeo y estadounidense ya asumido sobre el terreno: “¿hay que reanudar relaciones con el régimen de Damasco?”, propone a debate el periódico Le Monde. La postura oficial expresada por Hollande y Cameron sigue siendo la de rechazar “un futuro para Siria que incluya a Bashar al-Asad”, pero ese “futuro”, como ironiza el analista Faysal Al-Qassem, puede esperar aún diez o quince años.
Mohammad Sabaaneh.
Mohammad Sabaaneh.

El malestar de Hollande ante la visita de los diputados franceses a Damasco refleja la realidad en menor medida que la justificación de Claude Guéant, del partido de Sarkozy, responsable en 2012 de la ruptura de relaciones diplomáticas entre Francia y Siria: “si Bashar no es la solución, hay que reconocer que la solución pasa por Bashar”. El dictador sirio, de hecho, se jacta de recibir información de EEUU sobre las operaciones que la “alianza internacional” desarrolla desde el cielo de Siria mientras que, al amparo de las mismas, su ejército recupera terreno con la ayuda militar de Hizbullah e Irán.

¿Qué es lo que ha cambiado? No, desde luego, la naturaleza del régimen, cuya ferocidad represiva no ha hecho sino aumentar, desde ejecuciones y torturas (unas 11.000 personas habrían “desaparecido” en las cárceles sirias) hasta los constantes bombardeos aéreos de población civil con barriles de dinamita. Si Bashar al-Asad, combatido de manera más que vacilante hasta ahora por las potencias occidentales, se ha convertido en “parte de la solución”, es porque ha triunfado en su propósito de enterrar la revolución comenzada en 2011 bajo los escombros de una guerra multinacional en la que el Estado Islámico (o Daesh, en árabe), que controla ya la tercera parte del territorio, no es más que el colofón de la destrucción del país: 200.000 muertos, 4 millones de refugiados, 8 millones de desplazados, sin olvidar la sectarización inducida del conflicto.

En 2011, en la estela de las revueltas de la región árabe, una buena parte del pueblo sirio se rebeló contra 40 años de dictadura, pero también contra la mordaza geoestratégica impuesta por el régimen, que había justificado su existencia, y el terror de sus súbditos, en la “resistencia” frente a Israel. La población siria reclamaba dignidad, justicia social y democracia al margen de esas relaciones de poder regionales en cuyo centro Siria funcionaba, en palabras del intelectual opositor Yassin Al-Hajj Saleh, como “una sociedad bomba” fabricada de tal modo que nada pudiera cambiarse sin una enorme explosión que ligase la suerte del régimen al de toda la región. Eso es lo que ha ocurrido. Con la complicidad activa o pasiva, y a menudo contradictoria, de todas las potencias y supbotencias de la zona, la dimensión geoestratégica ha acabado por asfixiar toda posibilidad de emancipación. El primer responsable es sin duda el régimen, pero otros actores han jugado un papel decisivo en esta deriva.

Cuatro años después, en toda la región las contrarrevoluciones parecen haber impuesto el retorno de las tres fuerzas siamesas contra las que se levantaron los pueblos de la zona: dictaduras locales, intervenciones extranjeras e islamismos radicales (con Israel, al fondo, parasitando todas las miserias). En Siria, la revolución se vio atrapada desde el principio entre estas mismas paredes: una dictadura feroz interesada en internacionalizar el conflicto y en radicalizar e islamizar la rebelión para inhabilitarla desde dentro y desde fuera. Para demostrar la complejidad fluidísima del “nuevo desorden mundial”, hay que añadir que aquí, como en Iraq, las fracturas son especialmente enrevesadas: al conflicto entre Arabia Saudí y Turquía se añade el conflicto entre Arabia Saudí e Irán, que acercan ahora sus posiciones frente a ese Estado Islámico que, de una manera u otra, han contribuido todos a fortalecer. No se pueden olvidar ni las facilidades de Bashar al-Asad (que liberó a los dirigentes islamistas que estaban en sus cárceles y que durante meses ha evitado bombardear los cuarteles del EI en Raqqa) ni la financiación saudí indirecta de los grupos yihadistas, ni la instrumentalización del radicalismo sunni de Al-Qaeda por parte de Irán para deslegitimar la oposición en Iraq al corrupto y sectario gobierno chií de Al-Maliki, ni el pacto de no agresión en virtud del cual Turquía, preocupada por su “problema kurdo”, permite el contrabando del EI en sus fronteras. El EI es un “comodín” que utilizan todos, incluidos los EEUU, para defender intereses contrapuestos, siempre (desde luego) en contra de los pueblos y su soberanía.

Pero el EI existe y tiene su propia agenda. Es el resultado de la derrota de las revoluciones y del caos violento generalizado, pero también, como indica provocativamente Olivier Roy, de una crisis nihilista global. Así lo demuestra el hecho de que el 25 por ciento de sus componentes “internacionalistas” son conversos (procedentes de Australia, Francia e Inglaterra) y el insólito apoyo de jóvenes ingleses no musulmanes. La fuerza con la que parece volver el islamismo radical (junto a las dictaduras y las intervenciones imperialistas) no debe hacer olvidar, en todo caso, las diferencias respecto del pasado.

En medio del fracaso revolucionario, en dos países destrozados por la violencia de los “ocupantes” (interiores y exteriores), provisto de muchas armas y mucho dinero, “independiente” del juego de las potencias regionales y convertido en la única fuerza “soberana” de la región (junto con Israel), el EI, que en realidad cuenta con pocos hombres, ha sabido intuir el error de Al-Qaeda e, invirtiendo su dinámica postmoderna, reterritorializar la lucha. Todas los indicios apuntan a un retroceso militar, pero es necesario señalar que su rápido avance es inseparable del definitivo fracaso del nacionalismo árabe, incapaz ya de sobrevivir a las fallidas revoluciones. Como bien explicaba el escritor sirio Ibrahim Hamidi en el periódico Al-Hayat, no deja de ser paradójico y revelador el hecho de que esos nacionalismos acabaran aceptando y defendiendo las fronteras establecidas por los acuerdos coloniales Sykes-Picot de 1916 mientras que el EI las ha disuelto de hecho, al menos las que separan Siria de Iraq. La “descentralización” del poder es un peligro, por lo demás, que justificaría a su vez el acuerdo frente al EI entre potencias occidentales y regionales enfrentadas en otras peleas territoriales y que, mientras combaten unidas el yihadismo sunní, tratan de zaparse recíprocamente el suelo bajo los pies.

En todo caso, la alianza internacional contra el EI encabezada por EEUU sólo puede empeorar las cosas. Como bien recordaba un reciente comunicado de las Bases de Apoyo a la Revolución Siria, contrario a los bombardeos “aliados” y a cualquier otra intervención extranjera, “de nada sirve acabar con el EI si no se acaba también con Bashar al-Asad”, dos tareas que, en cualquier caso, sólo pueden acometer con éxito las “propias fuerzas populares” de la región. En esta dirección, derrotadas las ambiciones democráticas de los sirios en favor del cepo geoestratégico, es imperativo aliviar el sufrimiento de la población y ello exige que los países que hasta ahora han impedido una solución, apoyando al régimen o alimentando respuestas sectarias (Arabia Saudí, Irán, Hizbullah, Rusia, Qatar, Turquía, EEUU) busquen una salida política a partir de la conciencia de que ni bombardear al EI ni legitimar a Bashar al-Asad ayudan en el camino de la paz y la estabilidad.


Santiago Alba Rico es arabista y escritor.

Artículo publicado en el nº65 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2015.


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