FESPACO: La historia africana de amor del cine marroquí

Y ya son cuatro las películas marroquíes ganadoras del Festival de Cine y Televisión (FESPACO) más importante de África que se celebra cada dos años en la capital de Burkina Faso, Uagadugú. El pasado sábado se conocían los ganadores, y el largometraje Fièvre, del director Hicham Ayouch, se ha hecho con el máximo galardón.

FESPACO, Marruecos y la edición de 2015

La película del director marroquí Hicham Ayouch ganó el Semental de Oro de la 24ª edición de FESPACO 2015. Con este premio, los cineastas marroquíes dominan las listas de éxitos del premio más prestigioso del Festival Panafricano de Cine y Televisión de Ouagadougou (FESPACO). El primer premio para Marruecos fue en 1973, para el director Souheil Ben Barka, y su película Les mille et une mains. 28 años más tarde, Nabil Ayouch ganaba en 2001 con su trabajo Ali Zaoua. En 2011, Mohamed Mouftakir se erigía como nuevo ganador con Pégasse.

1503_fespacoEl segundo premio de este año ha sido para la película argelina Fadhma N’soumer del realizador Belkacem Hadjadj y el bronce se ha quedado en casa: L’oeil du cyclone, de Sekou Traore. Ha sido el primer FESPACO después de la era Compaoré, lo que ha significado de alguna forma el renacimiento del evento. Cuatro meses después de la revolución, y a pesar de las amenazas de seguridad en la región, Burkina Faso ha celebrado su festival bianual por excelencia. En este sentido, dos películas pretendían, y lo han hecho, poner los puntos sobre las íes respecto a las provocaciones de los terroristas: por un lado, la película nominada a los Oscar 2015 Timbuktú, del mauritano Abderamane Sissako; y por otro lado, Arrebatado en Bamako, del maliense Sheikh Omar Sissoko. Dos nombres unidos a la segunda generación de cineastas en África que ya hicieron historia en ediciones anteriores ganando el máximo galardón en el FESPACO: Guimba (1995) de Sissoko, y Esperando la felicidad (2003) de Sissako.

Por primera vez en su historia, además, dos películas sobre el líder revolucionario asesinado en 1987, Thomas Sankara, han sido proyectadas; el dato es que hasta el momento habían sido prohibidas durante el mandato de Blaise Compaoré. La primera de ellas ha sido el cortometraje Twaaga, del burkinabés Cedric Ido, y la segunda el documental que ya fue rechazado en el FESPACO de 2013, Capitán Thomas Sankara, una producción del director suizo, aunque burkinabés de adopción, Christophe Cupelin.

Fièvre: la película ganadora

Seguramente la película Fièvre podría ser catalogada de un cine de suburbios, con una huella sociológica en los márgenes de la filmografía francesa. El tercer largometraje de Hicham Ayouch, ofrece una variación o una relectura sobre el mito cinematográfico de la ciudad dura y el chico que sobrevive en el gueto. Un mito que no deja de tener sus héroes, personas que viven con la fuerza de su coraje en las tripas de la jungla urbana.

Ayouch, toma la palabra para explicarlo de una manera diferente, lo hace más personal. El marroquí ha realizado una película que no te esperas. Ha remodelado el núcleo de una pequeña familia mezclada (abuelos, hijo, nieto), en una ciudad que es tierra de nadie, al oeste (un territorio a conquistar para el recién llegado) y con la hostilidad de ser un thriller urbano o una película de gánsteres.

El decorado tiene un carácter casi fantástico, un microcosmos con sus propias leyes. En este espacio congelado (el suburbio con una asimetría absurda) y lleno de poesía, el mundo es observado de otra manera; quizás más realista. Por eso, el marroquí ha dibujado con los colores, o en los personajes cuyos rostros a menudo entronizan el centro de gravedad de la pantalla, un pequeño círculo familiar que te atrapa.

La realización golpea por su singularidad y establece rápidamente el tono. El héroe es Didier, o más bien Benjamin. Pre-adolescente de 13 años, fumador, voluntariamente grosero, privado de una madre que ejerce la prostitución y un padre difícil de tratar. Es, más bien, el anti-héroe que todos tenemos guardados en algún rincón. Y todo esto lo explica Benjamin frente a la cámara.

Fièvre no es una película de acción, ni siquiera lo es la trama. De hecho, no hay ninguna. O quizás sí. Ayouch penetra en los sentimientos del espectador consiguiendo que, poco a poco, sientas afecto por un niño que está aparentemente desorientado y que, al mismo tiempo, tengas el impulso de alejarlo para siempre. La historia de la película es la de un joven atormentado que te hace recordar a alguien. Necesariamente. Porque más allá de la vida personal y del destino de Benjamin, lo que está en juego cae dentro de lo colectivo, de lo social.

El director invita a seguir el rumbo de Benjamín, a fumar con él, a comer carne de cerdo, a ser tan insolente… Benjamin es un personaje sorprendente porque es libre y al mismo tiempo es el producto de su entorno. Se las arregla para ser único, para afirmar sus propias leyes… Sin duda, el descubrimiento de Didier Michon, en su primer papel como Benjamin, con su porte tan natural, quizás es parte del premio en el FESPACO.

Frente a la fiebre de un niño imparable también se encuentra la de un padre desorientado y, además, el director ofrece el contrapeso de la poesía a través del graffiti en el personaje de Claude, poeta urbano que vive en su remolque. Todo aderezado en una loca carrera hacia la libertad. Una película alimentada por la experiencia, el conocimiento del campo y la rabia de defender una visión y una voz poco común desde los márgenes de la industria.


Sebastián Ruiz es periodista e investigador especializado en medios de comunicación y cine en el África subsahariana. Doctorando por la Universidad de Sevilla. Coordinador de la sección Cine y Audiovisuales en el portal sobre artes y culturas africanas www.wiriko.org.


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