Diálogo sobre la lucha y la memoria con Alicia Partnoy

La literatura tiene la posibilidad de generarnos múltiples sensaciones: deleites, ansiedades, deseos, inquietudes, esperanza, incomodidades… Pero uno de los placeres más grandes que solo a veces nos reserva es la oportunidad del encuentro con alguno de nuestros escritores admirados. Entonces puede ocurrir que se produzca una misteriosa alquimia entre la idea que de él o de ella construimos pacientemente en nuestra imaginación a través de las palabras y la persona de carne y hueso que se materializa del otro lado de la conversación. Si esa magia se produce, ya no serán los mismos sus libros, ya no seremos nosotros los mismos lectores.

1411_alicia-partnoyAlgo así me ocurrió allá por mayo de 2013. El afán por la literatura testimonial que relata la experiencia de los centros de detención clandestinos durante la última dictadura argentina y del posterior exilio de muchos hombres y mujeres supervivientes me había llevado a la lectura de La Escuelita. Relatos testimoniales, cuya autora nos acompaña hoy en estas páginas. A decir verdad, me había conducido a The Little School. Tales of Disappearance and Survival, la primera edición del volumen, producida en Estados Unidos en 1986 y publicada en inglés. Se trata de un conjunto de relatos que rezuman todas aquellas sensaciones a las que me refería en las primeras líneas: deleites, ansiedades, deseos, inquietudes, esperanza, incomodidades…

Una mujer, una escritora, una madre y una militante comprometidas palpitan debajo de esos textos cuya belleza estética no impide percibir la violencia y las injusticias que tanto ella como sus compañeros y compañeras vivieron en cautiverio durante los años negros de la dictadura cívico-militar. Miles de hombres y mujeres argentinos no sobrevivieron ni para denunciar las opresiones ni para reivindicar las luchas de su generación. Alicia, parte integrante de ella, hizo de esta memoria el objeto de su escritura y por ese motivo su obra se ha convertido en la actualidad en una cita ineludible para todo aquel que explore los caminos de la literatura testimonial argentina de las últimas décadas.

El hechizo de las redes sociales permitió que Alicia respondiera un correo caótico de preguntas, dudas y certezas que le envié sin previo aviso, sin presentaciones ni intermediarios. Y Alicia respondió con gran generosidad a mis preguntas, entablando conmigo un diálogo que todavía, afortunadamente, no ha terminado. Me acerqué a sus poemas de Venganza de la manzana (1992) y comprobé que en la literatura de Alicia se conjugan la fuerza de un compromiso sostenido con la sensibilidad y el talento literario de una mujer que ha sabido capitalizar sus pérdidas y transformarlas en ganancias, para ella y para las mujeres que la han rodeado en estos años: hijas, madre, compañeras, amigas, lo cual se refleja también en su edición de la antología de textos de mujeres latinoamericanas You can’t Drown the Fire: Latin American Women Writing in Exile (1988) y en su último poemario, Volando bajito (2005).

Alicia Partnoy nació en Bahía Blanca en el año 1955. Militó en la Juventud Peronista y fue detenida por los militares el 12 de enero de 1977. Luego de cinco meses de estar encarcelada de manera clandestina en el campo denominado La Escuelita en esa ciudad, continuó entre rejas bajo la categoría de “presa política” dos años y medio más. En 1979, por intermedio de la Organización de Estados Americanos, se le otorgaron visas y el estatuto de refugiada política para viajar a Estados Unidos. En Seattle comenzó su exilio, que si bien la expulsó físicamente de su país de origen, no le impidió continuar la lucha en defensa de los derechos humanos, tarea que sigue cumpliendo a través de su labor literaria. Junto a otros exiliados, colaboró con el Comité de Solidaridad con el Pueblo Argentino (COSPAR), donde estaba encargada de la prensa. En 1984 regresó al país y testificó ante el juez asignado al caso de La Escuelita y ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). Sin embargo, su vida continuó en Estados Unidos, donde se ha desempeñado como escritora, profesora, crítica, traductora y siempre defensora de los derechos humanos. Actualmente ejerce la docencia en el departamento de Lenguas Modernas de la Universidad Loyola Marymount, en Los Ángeles.

THE LITTLE SCHOOL (1986) Y LA ESCUELITA (2006):
ITINERARIOS DE UNA RESTITUCIÓN

PUENTES: Una de tus obras más conocidas actualmente es La Escuelita, que se publicó recién en 2006 en Argentina, luego de haber circulado por Estados Unidos e Inglaterra desde 1986, donde cosechó críticas muy positivas y mereció numerosas reimpresiones. Hoy, en un contexto político social y cultural muy diferente al de los años ochenta, es un texto de referencia para quien desee adentrarse en la literatura testimonial escrita por supervivientes de la última dictadura. Sin embargo, me gustaría saber cómo viviste el aterrizaje de tu obra en Argentina y qué expectativas tenías en ese momento con respecto a su acogida.

A.P.: En realidad, mi librito tuvo varios “aterrizajes” en nuestro país. Ahora que La Escuelita. Relatos testimoniales ha sido elemento importante en los juicios contra los genocidas en mi ciudad, quienes, cuando no fueron salvados por la impunidad biológica, cumplen condenas por sus crímenes, ahora que la CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares) compró más de 1.100 ejemplares que fueron donados a otras tantas bibliotecas argentinas, ahora que llegan a escucharme leer unos 700 estudiantes secundarios en mi ciudad, obligados, claro, por sus maestr@s y con el apoyo de Cultura de la Municipalidad, siento que su último aterrizaje ha sido espectacular. Creo que ese texto cumplió todas las funciones para las que lo había concebido menos la más obvia, que era concursar en el premio Casa de las Américas, en Cuba. Te cuento: escribí La Escuelita. Relatos testimoniales mientras trabajaba de recepcionista en la Sección de Intereses de Cuba en Washington. Me tomé una semana de vacaciones para terminar el manuscrito y mandarlo al concurso y, aunque gente de mi absoluta confianza lo metió en una valija diplomática, nunca llegó a tiempo y por lo tanto, no concursó. Lo importante es que el plazo para participar me obligó a terminar el libro. Ya te conté, Paula, eso de que necesito plazos para escribir, camino con los textos adentro por mucho tiempo hasta que algo de afuera me empuja a sacarlos, hasta que siento que de verdad a alguien le hacen falta en el mundo.

PUENTES: En el prólogo a la edición de 2011 en Argentina, Osvaldo Bayer se refiere a La Escuelita como un relato que “pertenece ya a nuestra historia como uno de los documentos más reales y descarnados de ese período de la vergüenza nacional”. Sin embargo, también pertenece a nuestra historia más reciente porque ha sido editado y reeditado varias veces desde 1986, primero en el extranjero y luego en Argentina ¿Cómo han acompañado esas sucesivas ediciones los distintos momentos del período democrático argentino y qué ha cambiado en cada una de ellas? ¿Dónde pensás que radica el principal valor de La Escuelita en tanto herramienta para reivindicar a la generación militante de los sesenta y setenta?

A.P.: Antes de ser editado, el manuscrito tipeado a máquina llegó a Argentina de la mano de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y de héroes como Emilio Mignone. Ellos se encargaron de fotocopiarlo y hacerlo llegar a los familiares de los cumpas detenidos desaparecidos en La Escuelita de Bahía Blanca. Cuando fue publicado en inglés en 1986, hubo gente solidaria en Argentina que se tomó el trabajo de retraducirlo al castellano, sin saber que el original existía y circulaba clandestinamente desde la época de la dictadura. Cuando, por iniciativa del visionario fiscal Hugo Cañón empezó el proceso legal en Bahía Blanca, a mediados de los ochenta, el secretario del juez que entendía en la causa contra el general Catuzzi, un tipo bastante nefasto ese secretario, me preguntó indignado que cuántas copias de mi testimonio “le había mandado al señor juez”. Puso la mano sobre una pila de más de un metro de alto a su derecha en el escritorio. “Ninguna”, le respondí. Después supe que los familiares de los desaparecidos bahienses eran los responsables de esa pila de fotocopias.

En el año 1999 se le ocurrió a Hugo Cañón otra idea increíble: usar el manuscrito como evidencia en los Juicios de la Verdad en mi ciudad. Yo primero no lo podía creer. Cuando leí en el juicio los relatos “Graciela: Alrededor de la mesa” y “Natividad,” que elegí porque la única posibilidad de justicia que existía en esos juicios giraba en torno a los niños nacidos en cautiverio, me di cuenta de que Cañón tenía más en claro que yo nuestro rol como testigos en el contexto del país y la importancia de desdemonizarnos (sic) ante los ojos de una Bahía Blanca ahogada aún en el discurso del terrorismo de estado. La primera edición en castellano fue publicada en 2006, gracias a la mano solidaria de Marta Bermúdez, quien había sido la primera académica en publicar en los Estados Unidos un ensayo crítico sobre el libro. Ella se lo acercó a Gabriela País (apellido perfecto, ¿no?), que junto al poeta Daniel Muxica construían cultura con una editorial pequeña, La Bohemia, en Buenos Aires. La presentación del libro en Argentina había sido planeada en el Congreso de la Nación, pero por esas cosas a las que yo a veces llamo marxismo mágico, alguien canceló la reservación de la sala y el libro volvió por primera vez adonde correspondía: al comedor universitario de la Universidad Nacional del Sur, allí donde habíamos comenzado a hacer, en los setenta, la política que nos había llevado a terminar en La Escuelita. Viajaron familiares y sobrevivientes de toda la zona y unas 400 personas se juntaron para esa presentación. Se había dado el secuestro y la desaparición del testigo sobreviviente Julio López y esa presentación del libro nos sirvió para darnos fuerzas para continuar la lucha.

LA POLÉMICA
SOBRE EL TESTIMONIO

PUENTES: Cuando se discute sobre la literatura testimonial, una de las polémicas centrales desde el genocidio nazi gira en torno a lo irrepresentable de la experiencia límite —el paso por un campo de concentración o un centro de detención clandestino, en el caso argentino— y también en torno a la eficacia de la transmisión, o en otras palabras, a la posibilidad de que el testimonio cumpla una función pedagógica en las generaciones posteriores. Jorge Semprún representa uno de los posicionamientos más definidos acerca de este tema cuando en La escritura o la vida expresa que “solo alcanzarán esta sustancia, esta densidad transparente, aquellos que sepan convertir su testimonio en un objeto artístico, en un espacio de creación. O de recreación. Únicamente el artificio de un relato dominado conseguirá transmitir parcialmente la verdad del testimonio”. ¿En qué medida te identificás con esta opinión? ¿Con qué dificultades, condicionamientos o dilemas te topaste allá por los años ochenta cuando decidiste plasmar literariamente tu experiencia en La Escuelita de Bahía Blanca?

A.P.: Entiendo lo de Semprún y admiro sus escritos, pero me preocupa que el pensamiento elitista se abrace a sus palabras para postular que solo los elegidos por saber hacer literatura podrán ejercer la escritura testimonial con alguna expectativa de trascendencia. Tenemos en Argentina dos textos testimoniales producidos colectivamente por sobrevivientes de la dictadura que logran transmitir eficazmente desde distintos géneros el desgarramiento del horror y la fuerza de la resistencia. Me refiero a Del otro lado de la mirilla. Olvidos y Memorias de ex Presos Políticos de Coronda. 1974-1979, inspirado en las palabras de Semprún y a Nosotras presas políticas. 1974-1983 que trabaja con cartas, relatos testimoniales, análisis político, y coordenadas históricas, es decir un texto encarado desde las ciencias sociales. Creo que los postulados que se anclan fuertemente en el valor de verdad, el pacto de verdad o la literalidad o no del testimonio nos han servido para comenzar y profundizar el análisis. Sin embargo, sostengo que los textos testimoniales no generan el pacto autobiográfico que con tanta lucidez identificó Philippe Lejeune, sino un pacto solidario. Entonces, no es que al testigo se le crea portador de la verdad (cosa que desespera al académico, supuestamente el único capacitado para enarbolarla), es que el texto testimonial genera un discurso de la solidaridad. Lejeune marcaba que el lector de la autobiografía se guiaba por un espíritu detectivesco proclive a hurgar en busca de las posibles mentiras elaboradas por el autor. Los textos testimoniales trabajan con una serie de estrategias buscando que el lector se posicione solidariamente y actúe para que aquello no ocurra “Nunca Más”.

En el caso particular de La Escuelita, cuando escribí ese librito lo hice desde la desesperación por difundir lo que había pasado. Quería escribir algo que la gente leyera sin el miedo y el instinto de autoprotección que generaban los relatos de torturas que circulaban en testimonios recolectados por organizaciones políticas y de derechos humanos a nivel nacional e internacional. También lo hice desde una inocencia algo relativa, es verdad, ya que yo había estudiado literatura en la Universidad Nacional del Sur. Podría decir que lo escribí desde una ignorancia sobre lo que concernía a textos testimoniales. Lo cierto es que no había leído ni a Rigoberta Menchú, ni a Domitila Barrios, ni a Rodolfo Walsh, ni a Luisa Valenzuela, ni a Claribel Alegría, ni a Primo Levi, ni siquiera a Elie Wiesel. Aunque parezca extraño, mi modelo era más cercano al de los relatos de Antón Chejov, que había leído y releído desde chica, y al de ciertos cuentos de Julio Cortázar.

Uno de los problemas que tuve fue una gran dificultad para hacer hablar a los represores, ya que para protegerme siempre evito meterme en sus cabezas podridas. Es así que lo peor escrito de ese libro son los intentos de diálogo entre ellos y sus víctimas, aparecen caricaturizados. Cuando el manuscrito estaba siendo traducido para su publicación en inglés, el problema más grande tuvo que ver con mi intención de no convertirme en el personaje principal. Era originalmente una elegía a los cumpas que no sobrevivieron. La editora de Estados Unidos me pidió que construyera mejor mi figura ya que este lector no podía conectarse con la tragedia colectiva. En ese proceso aparecieron los relatos que hablan más de mi experiencia en La Escuelita. Esto produjo un fenómeno que me costó años entender, donde yo me convertía en una especie de heroína, en un ser especial. Me harté de explicar que mi resistencia se daba en el marco de una resistencia colectiva. Eso sí pienso que se entiende en Argentina.

PUENTES: Los poemas que componen Venganza de la manzana recorren el itinerario de tu vida desde los momentos del secuestro, el centro de detención clandestino y la cárcel, hasta los años del exilio ¿Qué tiene de particular la poesía como género, como herramienta o como lenguaje para hablar de la experiencia propia?

A.P: Me asusta un poco tu pregunta, la verdad es que creo que no es cuestión de géneros literarios sino de la elección del testimoniante. Escribo poesía desde chiquita, nunca mucho, pero lo necesario. Tengo con la poesía lo que se llamaría una relación abierta, o sea, a veces nos buscamos, a veces nos dejamos por un tiempo, a veces nos compartimos con otros géneros, otras herramientas, otros lenguajes.

EL EXILIO
Y LA LUCHA POR LOS DERECHOS DE LAS MUJERES

PUENTES: En el prefacio a la edición argentina de tu poemario Venganza de la manzana te referís a tus años de exilio y a los posteriores, cuando decidiste quedarte a vivir en Estados Unidos. De todas esas experiencias, subrayás tus encuentros con otras mujeres latinoamericanas que, como vos, atravesaron experiencias de represión, violencia y sufrimiento (Verónica De Negri, Claribel Alegría, Adriana Ángel, Rigoberta Menchú, Julia Esquivel, René Epelbaum, María Isabel de Mariani, Estela de Carlotto, entre otras) ¿Qué sentís que te une hoy con esa generación de mujeres luchadoras? ¿Cuál creés que ha sido desde los años setenta y hasta la actualidad el papel de las mujeres latinoamericanas en los procesos de recuperación de las memorias sociales de sus países?

A.P.: Me siguen dando fuerza sus luchas, sus palabras. De hecho, en estos momentos estoy trabajando en la traducción al inglés con intento de publicación de un poemario de Evangelina Arce, una madre de Ciudad Juárez. Evangelina, cuya hija fue desaparecida y cuya lucha por la justicia y contra la impunidad son un ejemplo de vida, comenzó a escribir poemas después del secuestro de Silvia Arce. Es una mujer de pueblo con tercer grado de escolaridad y no veo la hora de que el mundo entero vea cómo escribe esta madre ese dolor, con cuánta altura, con qué desgarradora profundidad.

PUENTES: Siguiendo la línea de tu trabajo con mujeres latinoamericanas, ¿cómo fue el proceso de compilar los textos de tantas mujeres diferentes en un solo volumen, You Can’t Drown the Fire: Latin American Women Writing?

A.P.: Se dieron dos cosas, por una parte, me sentía muy sola viajando y leyendo de mi texto y hablando de esa experiencia, sabiendo que no era solamente la mía ni sucedía solo en Argentina. Por otro lado, la editorial que publicó mi primer libro en inglés, una editorial feminista, al ver su repercusión me propuso que compilara la antología. El contrato era a un año y todavía no sé cómo hice en aquella época sin internet, con los teléfonos carísimos y un correo tortuguita en toda América Latina, para juntar la obra y recibir las autorizaciones para publicar de las 34 autoras. Era divertido porque algunas me preguntaban sorprendidas cómo era eso de que tenían que darme permiso por escrito, si ellas en realidad lo que querían era agradecerme por difundir los textos. Fue maravilloso conocerlas a todas de alguna manera. Fue la primera antología de esa naturaleza en los Estados Unidos y se difundió bastante. Acabo de subirla a Academia.edu (www.academia.edu), para quienes leen en inglés. Se trata de textos testimoniales de todo tipo, poemas, cartas, relatos, ensayos. Lo que siempre lamenté, sin embargo, es la ausencia de algunos países y de la importantísima zona caribeña. Creo que primó la urgencia de publicar lo que tenía en aquel momento.

EL LUGAR DEL TESTIGO
EN LA SOCIEDAD ACTUAL

PUENTES: Una de las ideas recurrentes en la literatura testimonial es que el testigo, por definición, transcurre su vida cargando con la responsabilidad de dar testimonio. En tu caso, ¿cómo te vinculás con este mandato? ¿Sentís que sigue siendo necesario dar testimonio de lo ocurrido durante los años de la Guerra Sucia? ¿Por qué?

A.P.: Pusiste el dedo en una llaga grande al llamar Guerra Sucia al genocidio. Mi pequeña batalla por resignificar, recuperar, resistir, incluye una especie de cruzada para que se deje de utilizar la nomenclatura que los milicos y sus cómplices le dieron al genocidio. Me suena igual a llamar hoy “Locas” a las Madres de la Plaza. Pero para responder tu pregunta, siempre digo que no hay recetas para sobrevivir. Cada quien se posiciona de acuerdo a su circunstancia personal frente al decir. En mi caso personal, testificar fue mi elección y lo que me mantuvo entera. Te cuento que estoy en un año de silencio en cuanto al testimonio oral frente a un público. Se trata de marcar el hecho de que se hizo justicia en el caso de La Escuelita de Bahía Blanca, de que mi relato sirvió para eso, de que ahora la voz de tantos testigos es validada y de que mi propia historia se escucha y se respeta en el país. Ya no siento que sea imprescindible que yo hable. El discurso de la solidaridad ha cobrado fuerza.

PUENTES: Observo en el caso de los exiliados argentinos un fenómeno particular. En tu tesis doctoral te dedicaste al estudio de poemarios testimoniales en Argentina, Chile y Uruguay, escritos a partir de los procesos dictatoriales vividos en esos países. Asimismo, en estos años has escrito muchos artículos sobre la literatura argentina y latinoamericana que da cuenta de la violencia y la represión dictatorial. Al mismo tiempo, pienso en otra autora de tu generación, Nora Strejilevich, que también plasmó literariamente su experiencia concentracionaria en Una sola muerte numerosa y analizó la literatura testimonial del Cono Sur en el ensayo El arte de no olvidar. ¿A qué atribuís el hecho de que muchos intelectuales supervivientes y exiliados que continuaron su carrera académica en otros países, principalmente en los Estados Unidos, no solamente hayan hecho de su experiencia uno de los temas principales de su escritura literaria, sino también un objeto de investigación?

A.P.: Creo que lo que señalás no se da solamente en los argentinos. Sin embargo, es difícil responder por otros y las situaciones son muy distintas para cada sobreviviente, cada exiliado. En el mundo académico se suele sobrestimar algo que se pretende sea la verdad objetiva que solamente obtienen quienes están alejados a nivel de experiencia personal del objeto de estudio. Entonces, a veces para ser respetad@s en ese mundo, l@s sobrevivientes han optado por ocultar su experiencia personal. Sin embargo para much@s, entre quienes me cuento, dedicarse a la reflexión y análisis intelectual de la experiencia de represión es una forma de darle sentido a lo que nos tocó vivir y una excusa más para difundir lo que se quiso callar desde el poder genocida. Hubo casos, como el de María del Carmen Sillato, quien comenzó su carrera académica trabajando sobre la obra de Juan Gelman. Mucho más tarde sintió que su propia experiencia era validada en el mundo académico canadiense y publicó el texto testimonial Diálogos de amor contra el silencio y la antología Huellas: Memorias de resistencia (Argentina 1974-1983). Mi tesis doctoral aún habita una especie de limbo donde residen las tesis doctorales de esa época, fines de los ochenta, en los Estados Unidos: lejos de los lectores. Ese manuscrito, decía, se concentra en los poemarios testimoniales y allí analizo desde la Sociosemiótica los juegos de relaciones solidarias alrededor del poema testimonial. Todavía pienso que la poesía testimonial es una especie de Cenicienta entre los textos, despreciada por los estudiosos del testimonio por eludir el supuesto pacto de verdad, despreciada por los estudiosos de la poesía por considerarla de escaso valor estético. Como me tira mucho eso de defender a los marginados, me dediqué a ella en esa tesis que no era del todo “católica” como decíamos en Argentina y que paradójicamente fue aprobada por la Universidad Católica de Washington. Tengo que agradecer inmensamente las enseñanzas de mi mentor, el profesor Mario Rojas, exiliado chileno que supo darme las herramientas para el análisis.

PUENTES: ¿Con qué frecuencia visitás la Argentina y qué te trae de regreso hoy, luego de treinta años de haberte establecido en Estados Unidos?

A.P.: Con mis padres radicados en los Estados Unidos desde hace casi veinte años ya no regreso tan frecuentemente, aunque tengo una gran familia postiza, compuesta por sobrevivientes y familiares de mis compañeros asesinados por la dictadura y me siento muy feliz cada vez que puedo volver a verlos. En realidad, volviendo a tu pregunta, yo diría: después de treinta y cinco años de que “me establecieran” en los Estados Unidos, ¿verdad? Porque si bien es cierto que de algún modo elegí quedarme, tampoco era fácil volver a desarraigar a una hija chiquita que ya estaba cicatrizando de alguna manera su exilio, o separarme de un compañero que no se sentía listo para el regreso. Tené en cuenta que a mí, como a much@s exiliad@s, me expulsaron del país, con este destino obligado en aquel momento debido a las presiones internacionales sobre la dictadura. Pero siempre digo que nuestros cuerpos regresan a nuestros países más rápido que nuestra obra. Ya viste que llevó veinte años hasta que regresó mi libro de relatos testimoniales y quince para que volviera mi primer poemario al país. Ahora estoy muy ilusionada porque hay interés en que dicte un seminario de postgrado en mi ciudad. Mi quehacer académico será entonces lo último en repatriarse. Espero seguir construyendo puentes.


Paula Simón es codirectora de Puentes, una revista cuatrimestral de critica literaria y cultural que se publica en Barcelona, Buenos Aires y Madrid.

Artículo publicado en el número 3 de la revista Puentes de Crítica Literaria y Cultural (octubre de 2014).


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