Periodismo especializado: ¿tiene futuro en la televisión?

El periodismo especializado no atiende tanto a criterios de inmediatez, ni responde al gusto de audiencias monolíticas. No aspira a ser estrictamente objetivo, porque la objetividad periodística no es más que un mito; pero sí pone a prueba los procedimientos más rigurosos de búsqueda de información, selección y elaboración. Teniendo en cuenta las relaciones entre los medios y las grandes empresas (tanto a través de la publicidad como de la propiedad), ¿podemos creer que habrá espacio para el periodismo especializado en la televisión?

p63_Periodismo especializado-mass-media_pepaLa profesión periodística ha presumido siempre de guiarse por normas y valores éticos entre los que destaca la “objetividad”. Para cumplir esta regla, los mensajes que describen los hechos deberían ser tan cercanos a la realidad como fuese posible, sin admitir cualquier otra interpretación. Se obvia, entonces, que el simple hecho de elaborar una noticia es, en sí mismo, un acto de interpretación. Un proceso en el que se convierte un hecho en noticia a través de una fase en la cual se comprende la realidad y otra en la que se transmite.

El criterio de la objetividad nos dice que, de todos los significados posibles, las y los periodistas pueden (deben) siempre elegir uno, el objetivo. Para ello, el profesional debería distanciarse de los condicionantes que desvirtúen su tarea interpretativa (ideas, creencias, intereses, experiencias personales, expectativas, condición social) y llegar a una interpretación de aplicación universal. Esto es simplemente imposible. Los seres humanos no podemos evitar el condicionamiento que nos marca nuestra realidad. Una realidad interna que se ha ido formando desde la infancia por el aprendizaje y las vivencias. La objetividad periodística es un mito. En palabras de Sebastià Bernal: “Ningún mensaje informativo puede ser objetivo, apolítico, imparcial, holístico, neutral e independiente, porque su emisor, en el mismo acto de selección de los datos, su elaboración y su transmisión; discrimina, ordena, manipula e incluso interpreta la realidad que pretende comunicar”{1}.

Debemos hacernos conscientes de la imposibilidad de alcanzar la objetividad, entendida en clave profesionalista como mero ritual estratégico, y perseguir el ideal de veracidad, que sugiere un sentido intelectual de verdad moral, aquella a la que el o la periodista aspira en conciencia y por la que pone a prueba los procedimientos estratégicos más rigurosos. Una vez que entendamos que el mensaje es susceptible siempre de interpretación, tenemos que conseguir llegar al máximo nivel de calidad en el relato.

¿Cómo? Periodismo especializado.

La información especializada se puede entender, atendiendo a la definición del profesor Álvarez Pousa[2], y en un primer acercamiento, como aquella estructura que analiza la realidad a través de la aplicación de la especialización, de las reglas de la periodística y otras ciencias sociales al tratamiento informativo, proporcionando a los receptores una visión del mundo lo más completa posible, acomodando el lenguaje utilizado al nivel propio de la audiencia del medio y profundizando en los intereses y necesidades de dicha audiencia. Se basa en el continuo reflejo de los diferentes estados de la opinión pública.

El o la periodista especializada diagnostica los problemas y señala las posibles soluciones, contribuyendo al fomento de una conciencia crítica de la audiencia y al incremento del conocimiento mutuo, requisitos indispensables para que se pueda producir una auténtica participación. Su forma de proceder para lograr estos fines consiste en ofrecer todos los elementos de juicio a su alcance (ya sea en asuntos de actualidad política como social, económica, cultural, etcétera).

Que la información especializada sea más completa o precisa no tiene por qué suponer que sea más extensa, sino que más bien equilibra la cantidad de palabras en relación con la calidad de su tratamiento, ofreciendo datos de mucha utilidad para la reflexión. Cuando la redacción de un medio de comunicación está formada por especialistas, con áreas delimitadas, tiene más capacidad para desechar las informaciones superfluas e innecesarias, ahorrando recursos humanos, temporales y de capital.

No obstante, existen ciertos problemas en la adaptación del mensaje especializado en el panorama mediático actual, que suele responder más a criterios de inmediatez que de profundización en la información. El conocimiento es supeditado por el desarrollo de formatos simplistas y, en ocasiones, confusos. Los mayores problemas que en la actualidad se derivan de una mala adaptación del mensaje especializado a los medios de comunicación audiovisuales son principalmente tres, sobre los que nos detenemos a continuación.

Más información no significa más conocimiento

Es importante precisar que la televisión, a pesar de tener una audiencia mucho más amplia que cualquier otro medio, es la que aporta menos información. Todo esto se debe a un proceso de selección basado en la relevancia social del acontecimiento, por un lado, y en la posesión de imágenes que lo ilustren, por otro. La exigencia de mostrar la noticia con referentes visuales da lugar a lo que se suele denominar pseudoacontecimiento. La televisión parte de las imágenes de las que dispone sobre algo para prefabricar y cocinar las noticias que se difundirán en los programas informativos. Esta práctica, realizada constantemente, contribuye a la aparición de contenidos desinformativos.

La tiranía de la actualidad

Uno de los mayores problemas que ha derivado en la decadencia del discurso informativo es el régimen de actualidad como plusvalía inicial y principal de cualquier material susceptible de tener interés comunicativo para las masas. En estos casos, la actualidad (el presente) desplaza otros temas por el simple hecho de ser una novedad, sin tener en cuenta el verdadero interés objetivo. El afán de novedad, con perspectiva cortoplacista, guarda una relación consecuente con las rutinas de consumo conseguidas en el siglo XX por los medios masivos. La brevedad de estos formatos impide la profundización, algo que afecta notablemente al acercamiento de consecuencias potenciales.

De todas formas, la profusión noticiosa no resulta estrictamente informativa, ya que no proporciona datos asimilables que contribuyan a la creación de conocimientos y comprensión de la realidad. En el mejor de los casos, funciona como material para el enciclopedismo estéril de las y los usuarios más adictos.

Mercantilización

La televisión generalista empeora, pero el remedio jamás puede ser la privatización, porque si la medida para cualquier programa es sólo su audiencia indiferenciada, entonces está claro que el imperativo de todo programa es “hacer masa”. El argumento que defienden grandes empresas como Auditel, con su slogan “Competition is Competition”[3].

Dicha argumentación es errónea, no existe ninguna analogía entre la competición entre televisiones, que es distorsionada, y la genuina competición de mercado. Esta última se fundamenta en las relaciones coste-precio y precio-calidad. La interacción entre estos dos elementos se traduce (o debiera hacerlo) en beneficios para la persona consumidora. De hecho, la competencia ocasiona que, a igualdad de productos, el precio sea el menor posible. De la llamada competencia televisiva no sale ningún beneficio para “el televidente”, no hay “un consumidor” que escoja y pague los productos relacionando calidad y precio. En la televisión, los productos por los cuales se establece un verdadero precio de mercado no son los programas, son los espacios publicitarios. Los programas sirven a la televisión para formar paquetes de espectadores que, a su vez, son potenciales clientes que se venden a las empresas. Son procesos competitivos perversos, que no ofrecen ventajas para las personas consumidoras y además rebajan la calidad de la oferta televisiva.

A todo esto se suma el hecho de que la publicidad, que nació como una forma de complementar la financiación de los medios en la Gran Bretaña del siglo XIX (y así reducir el precio de publicación), se convirtió paulatinamente en un nuevo contendiente en la batalla por el espacio informativo. Noam Chomsky alega que “con la publicidad, el mercado libre no ofrece un sistema neutral en el que finalmente es el comprador quien decide. Las elecciones de los anunciantes son las que influyen en la prosperidad y en la supervivencia de los medios de comunicación”[4].

La tesis sobre el factor distorsionador de la publicidad trata de neutralizarse argumentando que los anunciantes no condicionan el contenido si el medio tiene mucha audiencia. Es una argumentación falaz, porque para la publicidad no todos los ciudadanos somos iguales: quien tiene más poder de consumo es más valioso (no es lo mismo un programa visto por 400 altos cargos de multinacionales que por 400 personas en paro). Según esto, el sistema publicitario actual podría compararse, en términos de democracia, con un sistema electoral de voto ponderado.

La falta de implicación ideológica de la publicidad es otra falacia. No tenemos más que recordar lo que sucedió en 2008 con la campaña hazteoir.org, que implicó la retirada de publicidad de La Sexta por parte de Seguros Ocaso, Heineken y El Corte Inglés por una serie de comentarios y críticas dirigidas hacia la Iglesia católica[5]. Otro ejemplo: cuando en 2006 el presidente boliviano Evo Morales anuncia la nacionalización de los hidrocarburos, los editoriales de los medios españoles aplicaron una importante presión ideológica sobre la opinión pública (y, cada domingo, coincidían en regalar coleccionables patrocinados por Repsol).

Esta mercantilización está provocando que el periodismo especializado dentro del campo televisivo sea una especie en vías de extinción. La paulatina desaparición de los documentales e informativos especializados de las parrillas televisivas tendría que haber sido entendida como una primera alarma para atajar la previsible desaparición de la metodología especializada en la televisión.

En la actualidad, la televisión está cada vez más alejada de su función de servicio público, para acercarse peligrosamente al paradigma de negocio especulativo económico e ideológico. Si a esto añadimos otras cuestiones inherentes a la propia naturaleza del medio, como la importancia de las imágenes, el uso apropiado de la palabra, el montaje o los recursos precisos para desarrollar unos contenidos de calidad, el futuro del periodismo especializado en la televisión es incierto. En la radio nos encontramos con una situación semejante, si cabe más compleja aún, ya que el soporte radiofónico exige una inmediatez y un dinamismo que, en muchas ocasiones, impide el desarrollo de relatos con calidad periodística suficiente como para ser considerados especializados[6].

En la intemporal obra maestra de Aldous Huxley Un mundo feliz (publicada en 1932) se nos presenta una antiutopía reflejo del temor del propio autor por la trivialización de nuestra cultura mediática a través de unos medios audiovisuales sólo preocupados por la espectacularidad, el amarillismo y el morbo, dejando de lado el verdadero conocimiento a través de la información especializada y documentada en profundidad. Esta situación se ve propiciada hoy en día por el ritmo que se le imprime a los mensajes audiovisuales a través de clichés que asientan el conformismo del consumidor mediático prototípico propuesto por Huxley. Tal y como nos lo advirtió el autor, “una verdad sin interés, puede ser eclipsada por una falsedad emocionante”


Ángel Castro Silva es periodista.  Sergio Casal, periodista también, está especializado en comunicación política y actualmente cursa el Máster en Estudios de Comunicación Política en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

Artículo publicado en el nº63 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2014.


NOTAS:

  1. Bernal, S; y Chillón, L. (1985): Periodismo informativo de creación, Valencia, Ed. Mitre.
  2. Álvarez Pousa, Luís (2004): “La especialización en el tiempo de la globalización”, en Fernández del Moral, J. (Coord.): Periodismo Especializado, Barcelona, Ariel.
  3. Sartori, G.(1998): Homo Videns, Madrid, Ed. Taurus.
  4. Chomsky, N. y Herman, E. (1990): Los Guardianes de la Libertad, Barcelona: Grijallbo Mondadori.
  5. Campaña HazteOir.org, junio de 2008, para retirar los anuncios de determinadas empresas de la cadena por los mensajes del programa Salvados por la Iglesia.
  6. En la información a través de internet convergen tantos aspectos diferentes que hemos preferido no incluir una reflexión en este artículo.
Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *