Educación para la Paz en Euskadi. Camino recorrido, camino por recorrer

Cualquier sociedad, por el mero hecho de estar formada por un conjunto de personas que interactúan entre sí con sus diferentes puntos de vista, intereses, percepciones y necesidades, necesita aprender a desarrollar competencias básicas que lleven a abordar los conflictos de manera creativa y pacífica. Si esto es así en cualquier sociedad, en una que, como la vasca, ha sufrido tanto la violencia, se antoja indispensable. En este contexto, numerosas personas, asociaciones e instituciones, se han implicado en los últimos 25 años para, desde el prisma de la Educación para la Paz y los derechos humanos, construir un país mejor.

Iñaki Landa.

La declaración del Derecho Humano a la Paz[1] constata la necesidad de impulsar acciones educativas en las que agentes educativos tanto de la educación formal (centros educativos) como no formal (agentes sociales, ONG, grupos de tiempo libre) e informal (medios de comunicación y cultura) se responsabilicen de promocionar y afianzar esta pedagogía para asegurar a la ciudadanía una capacitación mínima en estos vitales asuntos. La Educación para la Paz no se enmarca, por tanto, en el periodo escolar o académico, sino que se extiende a lo largo de todo el proceso vital.

En aquellas sociedades que sufren directa o indirectamente algún tipo de violencia, entendiendo ésta como todo aquello que nos impida desarrollar nuestras potencialidades, la Educación para la Paz es aun más necesaria. Existen, según Galtung, tres tipos de violencia: la directa (la más visible), la cultural y la estructural. La segunda se da cuando la cultura se ve impregnada de guiños recurrentes a la violencia, trivializándola o potenciándola. La tercera hace referencia a las estructuras creadas para perpetuar al poderoso y ningunear al débil, las que impedirían a las capas menos privilegiadas desarrollar sus potencialidades. A menudo son varios los tipos de violencia que se dan de forma paralela, retroalimentándose entre sí.

Cuando una persona está inmersa en una sociedad que convive con la violencia y sus efectos, resulta complicado percibirla, pues forma parte de lo cotidiano, se filtra en nuestros discursos como algo lógico e incuestionable… Acabamos progresivamente legitimando la violencia y su uso sin apenas ser conscientes de ello.

Hacer visibles las consecuencias

La Educación para la Paz en el País Vasco ha tratado durante décadas de hacer visibles las consecuencias del uso de la violencia, potenciando una Cultura de Paz, entendiendo este término como una situación de escasa o nula violencia directa y un alto grado de justicia social.

En una sociedad donde unos seres humanos pasaron a ser vistos como simples objetivos y no como personas, el trabajo pedagógico en torno a la paz se proponía como principal objetivo el devolver a esos seres su condición de personas y, por tanto, la dignidad que como tales se les supone. Se pretendía darles voz y hacer escuchar sus desgarradores testimonios, al entender que sólo así afloraría lo que nos une como seres humanos y se despertaría la empatía dormida.

Durante décadas, cada uno de los colectivos (y las personas de los colectivos) ha visto su sufrimiento como el único y más atroz, negando el sufrimiento del otro. Desde la Educación para la Paz se ha tratado de acercar el sufrimiento de las personas que así lo sentían, sin necesidad de medirlo. Abordar un sufrimiento no significa dejar de ver el otro. Por eso, muchas veces, las personas enroladas en este campo hemos sido acusadas, por unos y otros colectivos, de equidistantes. Este trabajo ha ido humanizando nuestra sociedad, al crear y facilitar espacios y puntos de encuentro en los que personas que en un principio parecían distantes e irreconciliables han acabado reconociéndose en su dolor y a la vez sanando en parte el propio.

La Educación para la Paz en nuestra sociedad ha pasado de ser algo minoritario o mal mirado a ocupar un lugar que se percibe al menos como interesante. Pero aún queda mucho camino y es necesario que impregne el día a día en centros educativos, municipios, medios de comunicación y asociaciones de tiempo libre; así como una formación sistemática y apropiada para todos los agentes educativos.

Educar en el conflicto

Otro de los grandes objetivos que nos marcamos algunas asociaciones fue el de educar en el conflicto. Entendido como algo natural y consustancial al ser humano, así como oportunidad de crecimiento, el conflicto va a permitir a las partes enfrentadas escucharse y buscar o proponer la búsqueda de una solución conjunta que satisfaga a ambas. Todas las sociedades, en general, y las tocadas por algún tipo de violencia, en particular, tienden a negar el conflicto, evitándolo (“por la paz un Ave María”) o huyendo de él.

Durante décadas nuestra sociedad ni siquiera abordó o puso en cuestión la manera de resolver un conflicto de identidad y veía en el uso de la eliminación del adversario algo natural, sintiendo como única salida la vía violenta. El problema no era el conflicto en sí, el verdadero atasco se presentaba cuando la única manera que planteamos para responder es a través de la violencia. Hace unas décadas, en el País Vasco muchas personas apoyaban o legitimaban el uso de la violencia con fines políticos. Otras negaban sistemáticamente la existencia de un conflicto que se planteaba como conflicto de identidad y/o de relación con el Estado.

Hoy en día y gracias al trabajo de deslegitimación de la violencia al que se llega anteponiendo la dignidad humana a cualquier idea o proyecto, por loable que éste sea, nuestra sociedad parece haber avanzado en el rechazo o al menos en cuestionarse abiertamente el uso de la violencia directa. Además, hemos avanzado en atender a la necesidad de una parte de esta sociedad que no se siente cómoda en un modelo concreto de Estado. Esto último requerirá de dosis de democracia, escucha activa y creatividad: sería nefasto para la convivencia negar la existencia de dicha percepción o necesidad.

Uno de los efectos más perniciosos del uso recurrente de la violencia se manifiesta en la necesidad que se nos crea de buscar y encontrar enemigos (con consignas y estereotipos facilones); mientras que, por contraposición, se nos anima a reconocer a “los nuestros”. Surgen así los bandos y se nos niega, directa o indirectamente, la posibilidad de conocer y reconocer a quien piensa distinto como ser humano. Se acaban entendiendo los derechos humanos no como universales, sino como algo susceptible de ser aplicado “a los míos y no a los otros”. De ahí a considerar cualquier conculcación de derechos humanos como un “daño colateral” hay sólo un pequeño paso. Cuando tenemos una imagen nítida de lo que es un enemigo, todo lo que venga de él es negado de forma sistemática; para proteger nuestro criterio, en lugar de argumentar nos lanzamos a ridiculizar, a demonizar sus ideas o incluso a hacerlo desaparecer.

Grises del blanco al negro

Cualquier sociedad contaminada y polarizada por estos términos, como lo ha sido la nuestra, tiende a ver la realidad en blanco o negro. La vida de una persona, su dignidad, estaba muy por debajo de otros valores colectivos, otros fines. Hoy en día nuestra sociedad va caminando, aunque despacio, hacia una escala de grises y empieza a vislumbrar el sufrimiento y la realidad “del otro” o su verdad, que antes ni se miraba, se negaba o menospreciaba. Empezamos a conocernos y reconocernos como seres humanos dignos, más allá de nuestras creencias e identidades. Hemos comenzado a visualizar lo que nos une y a reconocer lo que nos estimula a través de la diferencia.

La Educación para la Paz es una auténtica carrera de fondo, en la que siempre surgen nuevos retos. Todos los años de violencia y falta de acercamiento necesitan de un trabajo serio y sistemático para sanar espacios y recuperar confianzas. Afortunadamente, cada vez más personas y colectivos son o somos capaces de hacer autocrítica y balance de un tiempo no demasiado afortunado para la convivencia. Esos espacios se crean con personas y grupos sensibles que desde hace muchos años llevan haciendo trabajo “de cocina” para que sean posibles encuentros entre diferentes e incluso entre víctimas y victimarios.

Paso a paso

El trabajo de Educación para la Paz y los derechos humanos en el País Vasco ha sido siempre una tarea de hormiguitas, asumiendo que la labor profunda del día a día y preventiva no iba a ser portada de periódicos, casi ni un pequeño titular en un mundo tan polarizado. Pero tenemos que dar las gracias a las personas que, dentro de las instituciones y gracias a su cargo, se propusieron abordar e impulsar este campo.

Desde la Dirección de Derechos Humanos[2], con José Martínez Leunda se impulsó el estudio del mapa de valores en educación formal y no formal, una necesidad detectada en 1996 en el primer encuentro de grupos y asociaciones que en Euskadi trabajábamos estas cuestiones. Bajo la coordinación de Educación y Derechos Humanos se recurrió a Elkarri, Gernika Gogoratuz, Gesto por la Paz, Unesco Etxea y Bakeola para elaborar entrevistas, realizar un diagnóstico y ver qué se entendía por paz, derechos humanos, violencia, conflicto y convivencia, entre otros términos significativos.

El informe se terminó en 2002, después de un gran trabajo de grupo, pero tuvo que llegar una nueva persona a la Dirección de Derechos Humanos para que esta valiosa información no se quedase en un cajón. Gracias a Txema Urkijo[3], estos informes vieron la luz dos años después. Repartidos por centros educativos y organizaciones de tiempo libre, se empezó a hablar de determinados términos con mayor naturalidad, aun siendo conscientes de que muchos centros los abordaban de manera genérica, sin atreverse, o denunciando carecer de estrategias, a concretar en el tema vasco.

Las subvenciones públicas comenzaron a lograr que desde los ayuntamientos se impulsasen actividades, se realizasen diagnósticos sobre convivencia y después se impulsaran las áreas de trabajo necesarias. Fueron numerosas las exposiciones, charlas, películas y debates que iban haciendo calar la necesidad de crecer en empatía y conocimiento de la Educación para la Paz.

El tiempo del trabajo en red

En este entorno surgió el germen de un Foro de Asociaciones. Integrado por diferentes ONG y fundaciones, esta iniciativa culminó con la creación y sistematización de dicho Foro en 2007 bajo la supervisión y acompañamiento de un nuevo Director de Derechos Humanos, Jon Landa. Bajo su mandato también se creó el primer Plan de Educación para la Paz y los Derechos Humanos (2007-2011), que contemplaba medidas en educación formal, no formal e informal. El campo más novedoso era el de la educación informal, que hasta entonces permanecía casi ajeno a esta pedagogía. Con Txema Urkijo ya se había iniciado una colaboración en el área, a través de unas pequeñas píldoras en el programa infantil Betizu mediante las que las y los peques aprendían a resolver conflictos. Con el plan citado, fueron numerosos y muy novedosos los materiales que vieron la luz [4].

También primeros ediles como Odon Elorza e Iñaki Azkuna se implicaron en este movimiento, llevando a sus ciudades la importancia de la Educación para la Paz. En Donostia fueron muchos los encuentros en esta línea, mientras que en Bilbao se creó, también bajo la asesoría directa de personas implicadas en este campo, la Semana por la Paz en torno al aniversario de la muerte de Gandhi.

Fue una época dorada donde trabajamos en red, donde nos sentimos escuchados y valorados y donde nuestros escritos llegaron incluso a Naciones Unidas, después de que un equipo internacional validase en Arantzazu dicho Plan como global y encaminado a una Educación para la Paz permanente y de calidad.

Como bien decía Galeano, son muchos años dando pasitos hacia la Utopía. Pretender lograrla o atraparla en una imagen fija es falta de humildad, pero todos esos pasos dados habrán servido para hacernos mejores como sociedad y, especialmente, como personas.


Susana Harillo es enseñante y asesora en temas de Educación para la Paz.

Artículo publicado en el nº63 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2014.

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NOTAS:

  1. “El Derecho Humano a la Paz”, declaración del Director General de la UNESCO; París, Francia, enero de 1997. Ver en: www.unesco.org.
  2. Departamento de Justicia de Gobierno Vasco.
  3. La Dirección de Derechos Humanos, con Txema Urkijo a la cabeza, puso en valor en las instituciones el trabajo de Educación para la Paz que se llevaba años haciendo desde las organizaciones sociales, totalmente silenciado hasta entonces por los medios de comunicación y los discursos políticos. Por primera vez, varios departamentos (Juventud, Educación y Justicia) se plantearon trabajar en red un tema tan necesario y urgente.
  4. Unos programas de animación trataban de que la población infantil viese como un superhéroe a un personaje que impulsaba la escucha activa, herramienta indispensable en la resolución de conflictos. Se calcula que un 75 por ciento de los conflictos no son tales, sino que son pseudoconflictos, que se dan sólo por la falta de una escucha de calidad y por malentendidos.

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Un pensamiento en “Educación para la Paz en Euskadi. Camino recorrido, camino por recorrer”

  1. DIÁLOGO EN LA ETERNIDAD

    TERRORISTA:
    Se espanta mi alma lo que ahora ella ve.
    ¿Por qué lo hice…? ¡Sí, lo sé!

    Maldad instigada endemonió mi alma intoxicada;
    la corrupción del poder me hizo dejar de temer todo castigo penal,
    y ello me instigó a tomar ese oficio criminal,
    el cruel oficio vil de asesinar y destruir
    para al imperialismo totalitario globalizador servir.

    Y así, entonces, al tan indefensos veros
    y para, gozoso yo, mis desprecios patentes haceros,
    burlonamente reí y os condené ¡a morir!

    VÍCTIMAS:
    ¡Oh! Hermano tan tarde arrepentido
    y de ánimo ahora tan afligido;
    tu pesaroso y perenne penitenciario dolor
    es también para nosotros un solidario dolor,
    que de todos es sabido, con carácter proverbial,
    que el rencor está excluido en la Gloria celestial;
    pues de modo universal, el Amor de Dios, paterno,
    aquí a todos llega a colmarnos del más puro Amor fraterno.

    TERRORISTA:
    ¡Aah! A mi atormentado espíritu endemoniado
    le abrasa ahora un fuego nunca antes imaginado.

    Si yo pudiese volver a la vida terrenal,
    gritaría en voz alzada a toda alma descarriada:

    “Una mente intoxicada y una maldad instigada,
    me llevaron a acabar en perverso criminal”.

    Dejé muertos, mutilados y hogares arrasados,
    madres desconsoladas, viudas, huérfanos niños,
    gentes desamparadas y sin su mayor cariño

    Y, toda aquella locura de mi alma pervertida,
    tan sólo fue para adular la vesania genocida
    del superpoder totalitario que, con engaño falsario,
    llega a intoxicar la mente de quien peca de inocente.

    ¡Lágrimas, duelo y desolación,
    satisfacían entonces
    las ansias de mi satánica ambición!

    ¡Lágrimas, duelo y desolación,
    que al rememorar yo ahora,
    hacen que sea infernal mi eterna condenación!

    ¡IMPLORO EL PERDÓN DE DIOS!
    – – – –
    José Antonio Chamorro Manzano

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