Drones para jugar, drones para matar

Estamos sin duda en la década del dron. Los vehículos aéreos no tripulados (UAV en sus siglas en inglés, más conocidos como drones) son en los últimos años la gran estrella en todas las ferias internacionales de aeronáutica y electrónica. En el Consumer Electronics Show (CES, la feria de tecnología más grande del mundo) de este año se mostraron desde el pequeño dron de la empresa francesa Parrot para filmar vídeos y tirar fotografías panorámicas de máxima calidad desde gran altura, controlado desde una 'tablet' o 'Smartphone', o el dron de Amazon para hacer reparto de sus productos a domicilio, hasta aparatos para cartografía, control medioambiental, control del tráfico en una ciudad o carretera, para coberturas periodísticas y un sinfín de usos más.

“Hay drones para todos los bolsillos”, ése es el mensaje. La expansión de esta industria, en la que el Gobierno español tiene depositadas muchas expectativas, ha hecho que la imagen que la opinión pública tenga sobre los drones sea buena. Aparatos simpáticos que sirven para el ocio y que también son extremadamente útiles para un amplio espectro de actividades. Sin embargo, mucho menos se conoce sobre la existencia de los drones letales, los grandes drones militares dotados de misiles de alto poder destructivo que vienen siendo utilizados especialmente por países como EEUU, Reino Unido o Israel para abatir enemigos por control remoto.

Israel, uno de los principales fabricantes y exportadores de drones militares del mundo (las fuerzas armadas españolas le compraron varios) los viene utilizando desde hace años tanto para sus invasiones en Líbano como para sus asesinatos selectivos de activistas palestinos en Gaza y Cisjordania, o durante el reciente genocidio cometido en la Franja. Los numerosos ojos del dron buscan y focalizan desde gran altura a su objetivo, y un piloto lo visualiza todo en varios monitores desde cientos o miles de kilómetros de distancia. Una vez que se hacen los ajustes necesarios y se tiene luz verde de los mandos militares para atacar, el operador pulsa su joystick e inmediatamente el dron dispara el o los misiles.

Obama ha adoptado el dron como su arma favorita y en los cinco años y medio que lleva en la Casa Blanca ya ha ordenado más de 400 ataques, provocando la muerte de cerca de 5.000 personas. Los observatorios estadounidenses y británicos que hacen un seguimiento exhaustivo de esos ataques estiman que sólo entre el uno y medio y el dos dos por ciento de las víctimas eran “enemigos de alto valor” (el mayor número eran milicianos de “escaso o nulo valor”, según los parámetros del Pentágono), muchos reclutados a la fuerza. Y unos 1.000 muertos eran civiles, personas que se encontraban en el edificio, carretera o lugar donde estaba el objetivo y que fueron alcanzados por el impacto del misil.

Supervivientes de estos ataques, que se registran en Pakistán, Afganistán, Irak, Somalia, Malí y muchos otros países, conocen bien la técnica que siguen los pilotos de drones: se dispara un primer misil Hellfire y se espera unos segundos o minutos a que se acerquen “cómplices” en ayuda de las víctimas. En ese momento se dispara un segundo misil o más. En muchos de los casos, las palas de los agricultores son confundidas con fusiles, y los “cómplices” son simplemente civiles que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Los testimonios de algunos de los pocos operadores estadounidenses de drones que por problemas de conciencia han dejado las fuerzas armadas, traumatizados, aseguran que las imágenes que transmiten los ojos de los drones aparecen demasiado pixeladas como para que el piloto tenga certeza del objetivo contra el que lanza la carga mortífera.

Los drones serán más protagonistas que nunca en esta nueva etapa de la cruzada que EEUU empieza ahora en Irak y Siria contra los yihadistas a los que tanto ayudó a desarrollarse. Obama se resiste a arriesgar de nuevo tropas propias y confía en que los pilotos de los drones, sentados en cómodos sillones a 10.000 kilómetros de distancia, puedan eliminar en su jornada de trabajo de ocho de la mañana a dos de la tarde un buen número de enemigos con su Play Station, antes de abandonar su puesto y pasar a recoger a los niños del cole para llevarlos a una hamburguesería.


Roberto Montoya es periodista especializado en política internacional. Su último libro es Drones: la muerte por control remoto (Akal, 2014).

Artículo publicado en el nº63 de Pueblos – Revista de Información y Debate, cuarto trimestre de 2014.


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