Malvinas, una historia de colonialismo

Las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur son uno de los últimos enclaves colonialistas del mundo, que el Reino Unido se niega a devolver argumentando razones de autodeterminación de un pueblo implantado. Detrás de esas afirmaciones están los intereses por los recursos naturales de ese territorio, de sus mares y el posicionamiento estratégico hacia la Antártida. Para garantizar esa ocupación la OTAN tiene allí una gran base militar. Argentina no está sola en su reclamo, ya que cuenta con el respaldo regional, que ha hecho propia su causa.
Fotografía: Hector Rolando Francia Arambarri, Asociación Civil Combatientes de Malvinas de Avellaneda.
Fotografía: Hector Rolando Francia Arambarri, Asociación Civil Combatientes de Malvinas de Avellaneda.

Esta historia empezó el 3 de enero de 1833, cuando el Reino Unido quebró la integridad territorial argentina y ocupó las Islas. Desalojó a los habitantes que se encontraban allí e impuso un control migratorio que impidió el ingreso de las y los argentinos. Fue la manera de establecer una población colonial. Argentina rechazó siempre lo que considera una usurpación de su territorio.

De los 16 casos de colonialismo del mundo, 10 responden a la ocupación británica. En la cuestión de las Islas Malvinas, Naciones Unidas solicita desde 1965 a las partes que se sienten a negociar, al igual que lo hace el Comité de Descolonización de ONU desde 1989. Y aunque en algún momento Londres accedió a conversar, hoy se resiste a reanudar las negociaciones de soberanía.

Lo que sostiene el Reino Unido es que la población local (unas 3.000 personas) tiene el libre derecho a la autodeterminación. En ese marco, organizó en marzo de 2013 un referendo en las Islas, en el que el 99,3 por ciento expresó el deseo de que los pobladores siguieran siendo británicos. Argentina denunció la ilegalidad de esa consulta y apeló a las palabras usadas por Naciones Unidas en dos aspectos: uno, que la organización reconoce sólo a dos actores en la negociación (Londres y Buenos Aires); otro, que considera que los habitantes de las islas son un pueblo implantado y no originario.

Fotografía: Hector Rolando Francia Arambarri, Asociación Civil Combatientes de Malvinas de Avellaneda.
Fotografía: Hector Rolando Francia Arambarri, Asociación Civil Combatientes de Malvinas de Avellaneda.

No al diálogo

“La negativa al diálogo encubre, además, una injustificada presencia militar británica en el Atlántico Sur, la que ha generado una creciente preocupación en la comunidad internacional, conforme ha sido expresado por diversos foros regionales y birregionales, así como por países de nuestra subregión que han señalado que la presencia de una potencia extra regional en las Islas Malvinas incide negativamente en el Atlántico Sur como zona de paz y cooperación y constituye una amenaza latente”, afirmó la cancillería en un documento emitido el 10 de junio, Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas Malvinas.

La declaración oficial añade que “a esto deben sumarse las ilegítimas actividades de exploración y explotación de recursos naturales desarrolladas por el Reino Unido en el Atlántico Sur, contrarias a la resolución 31/49 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que insta a las partes a abstenerse de introducir modificaciones unilaterales en la situación mientras la controversia esté pendiente de resolución, lo que también ha sido señalado por otros foros de América Latina y otras regiones”.

La postura de Londres volvió a manifestarse el pasado 10 de junio cuando el ministro británico para América Latina, Hugo Swire, dijo: “obviamente nos gustaría tener una relación mutuamente beneficiosa con la Argentina en los años venideros. Si bien no podemos y no vamos a ceder en lo que respecta al principio de autodeterminación, las diferencias que nos separan no deberían impedirnos llevar una relación más productiva, como vecinos del Atlántico Sur”.

Luego insistió en que una relación más productiva “sirve a los intereses de la región y a los nuestros” y convocó a esforzarse para alcanzar un vínculo “de armonía, respeto y cooperación entre las tres partes”.

La guerra de la dictadura y Thatcher

Si bien alguna vez hubo conversaciones entre ambos países, cordiales y diplomáticas, sobre la soberanía de las islas, quedaron enterradas desde que la última dictadura militar argentina resolvió ingresar a las Islas por la fuerza y tomar el territorio el 2 de abril de 1982.

La decisión fue encabezada por el presidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri en momentos en que crecía el descontento de los ciudadanos hacia los militares. Habían hundido al país entre los crímenes de lesa humanidad cometidos desde 1976 y el endeudamiento mortal de la economía.

El gobierno de Margaret Thatcher respondió sin dudar y con todo su poderío a aquella acción de los militares argentinos. Ella también se encontraba en un momento de baja de popularidad y la posterior victoria garantizó su reelección en 1983.

La guerra duró 74 días. Argentina se rindió el 14 de junio y esa derrota significó también el principio del fin del régimen. Tras el conflicto, el gobierno británico resolvió construir la mayor base militar enclavada en el hemisferio sur, la de Mount Pleasant, que no guarda relación con la misión que supuestamente tiene: defender a sus habitantes.

Desde allí se ejerce un control sobre el Atlántico Sur, el estrecho de Magallanes, el canal del Beagle y el pasaje de Draque, además de proyectar poder sobre los territorios de África y América del Sur. Es esta complejidad la que implicó que la región reclamara el retorno de las islas como territorio argentino. Y aunque el Reino Unido siempre lo negó, Argentina y la región afirman que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) tiene en las Islas una base nuclear.

Fotografía: Hector Rolando Francia Arambarri, Asociación Civil Combatientes de Malvinas de Avellaneda.
Fotografía: Hector Rolando Francia Arambarri, Asociación Civil Combatientes de Malvinas de Avellaneda.

La memoria

En el enfrentamiento armado murieron 649 argentinos, 255 británicos y tres civiles isleños. Los miles de soldados conscriptos argentinos que retornaron a territorio continental fueron ocultados por un régimen que quería tapar una derrota y una sociedad que, mayoritariamente, les dio la espalda. Habían pasado, hambre, frío, maltratos y torturas por parte de sus superiores. Medio centenar de ellos se quitó la vida desde el fin de la guerra, aunque en el último período se redujeron los suicidios.

Las relaciones entre Londres y Buenos Aires se reanudaron en 1999, al final del gobierno de Carlos Saúl Menem y a mitad del primer mandato de Tony Blair. Crearon la figura del paraguas, bajo el que se discutía sobre varias cuestiones menos la soberanía. En ese marco los argentinos pudieron empezar a volver a las islas con pasaporte argentino y el entonces canciller Guido Di Tella enviaba regalitos a los isleños (como el libro de Winnie de Pooh), en lo que se llamó política de seducción. “Prefiero que los kelpers” (como se nombra a veces a las y los isleños) “nos consideren boludos a peligrosos”, dijo entonces.

Con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia cambió la relación con el Reino Unido. Se retomó el reclamo contundente de la soberanía sobre las islas. “Somos fervientes partidarios de la solución pacífica de las disputas internacionales, particularmente en un tema tan caro a nuestros intereses como la disputa de la soberanía que mantenemos por las Islas Malvinas, Georgias y Sandwichs y los mares circundantes. Las Naciones Unidas han reconocido que ésta es una situación colonial del Reino Unido”, dijo Kirchner, el 25 de septiembre de 2003, a meses de asumir, en su primer discurso ante la Asamblea de ONU.

Verdad, memoria, justicia

Parte de esta posición de Kirchner también tuvo que ver con advertir que la Guerra de Malvinas no fue una decisión del pueblo argentino, sino de la dictadura. Y, como tal, el gobierno encuadró lo sucedido a los soldados en el conflicto armado en su política de verdad, memoria y justicia.

En esa línea de recuperación de la memoria se inauguró el 10 de junio el Museo de Malvinas en el espacio de la ex Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde funcionó uno de los más sangrientos centros clandestinos de detención de la dictadura (de unas 5.000 personas que fueron secuestradas y llevadas allí sobrevivieron alrededor de 200).

“El Gobierno buscó reconstituir el tejido de esa herida recuperando el discurso patriótico, separándolo del discurso de la dictadura. Lo asumió como propio, como hizo con el de los derechos humanos. Un discurso patriótico que repudia a la dictadura y la pone en lo antipatriótico; que reivindica la soberanía argentina en Malvinas pero rechaza a la dictadura; que recuerda a sus combatientes, soldados, suboficiales y oficiales, pero que también denuncia a sus represores, incluidos los que estuvieron en Malvinas como Astiz o Giachino. Mientras el discurso de Malvinas se asocie con la dictadura y los represores, no será confiable y mantendrá alejado al pueblo”, explica en un artículo de opinión el periodista Luis Buschtein. “El lugar hace la diferencia también. La complejidad de la ex ESMA como centro de la memoria que reivindica los derechos humanos en el lugar donde fueron avasallados impregna también al Museo de Malvinas. La memoria tiene esa fuerza sanadora y reparadora que permite una síntesis entre lo patriótico y lo humanista”, expresa.

Durante la inauguración del museo, la presidenta Cristina Fernández precisó que “la historia es una sola y no se puede separar, no se puede tomar como beneficio de inventario. Por eso hemos decidido que este museo tenga lugar en este sitio de la memoria. Y nosotros, que tenemos en la memoria unos de los pilares fundamentales de nuestras políticas, hemos querido hacerlo aquí”. “Hay un compromiso definitivo de la Argentina de que la soberanía se construye sólo sobre las ideas de la paz, la memoria y la democracia”, dijo la mandataria.

El apoyo latinoamericano a Argentina

Al comienzo de esta década, la política argentina de obtener respaldos y de plantear en todos los foros la demanda a negociar la soberanía fue más fuerte. La Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Alianza Bolivariana (Alba), la Comunidad de Estados de Latinoamérica y El Caribe (Celac), la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Cumbre Iberoamericana realizaron pronunciamientos que exhortan a que las partes se sienten a negociar y reiteraron en diversos encuentros el apoyo a la postura argentina.

Cada uno de estos países demostró que cumpliría con las declaraciones firmadas en esas organizaciones, incluso pese a la presión de Londres. Esto reforzó la tensión creciente entre el Reino Unido y Argentina.

El último de esos respaldos fue el surgido de la cumbre del G77 más China, realizada en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, a mediados de junio. “Reafirmamos la necesidad de que los gobiernos de la Argentina y del Reino Unido reanuden sus negociaciones de conformidad con los principios y objetivos de la Carta de las Naciones Unidas y las resoluciones pertinentes de la Asamblea General, a fin de encontrar, a la mayor brevedad posible, una solución pacífica a la disputa de soberanía relacionada con ‘la cuestión de las Islas Malvinas’, que perjudica gravemente la capacidad económica de la República Argentina, y la necesidad de que ambas partes se abstengan de tomar decisiones que entrañarían la introducción de modificaciones unilaterales de la situación mientras las Islas se encuentran en medio del proceso recomendado por la Asamblea General”.

Como expresó la brasileña Socorro Gomes, presidenta del Consejo Mundial de la Paz a la revista Caras y Caretas de junio, existe en la región una preocupación por la presencia militar en las Malvinas y la Antártida: “Por un lado porque aquí existe una concentración de agua dulce muy grande y de biodiversidad. Pero, si a Malvinas le sumamos la Antártida y la cuestión de los microorganismos, el interés en esa zona es enorme. Malvinas es patrimonio de Argentina, que fue saqueado hace 130 años por el imperio británico. Y la OTAN está aquí, con una base, y amenaza la paz y la seguridad, además de violar la soberanía del pueblo argentino sobre su territorio, sobre sus recursos naturales. Y al mismo tiempo amenaza a todo nuestro continente, toda nuestra región, especialmente al sur de América. Todas las bases estadounidenses del continente, en paralelo a las de la OTAN, son una red de enorme de amenaza, de presión y de peligro real”.


Rosaura Audi forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº62 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2014.


 

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