El Salvador: dialéctica de la negociación

Los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra de 20 años en El Salvador son una especie de joya de la corona de las Naciones Unidas, sobre todo por el funcionamiento casi perfecto del alto al fuego. Sin embargo, la reflexión política impone la necesidad de distinguir entre guerra y conflicto, entre negociación y confrontación, entre diálogo y negociación, entre paz y guerra; y ésta es la lógica que seguiremos en las siguientes líneas.
p57_el-salvador_ceicom
Concentración de combatientes del FMLN en el marco del alto al fuego, tras las negociaciones de paz, en 1990. Fotografía facilitada por el autor y por el Centro de Investigación sobre Inversión y Comercio (CEI COM ), organización donde actualmente trabajan varios de sus compañeros de lucha.

En El Salvador (que es un país de 20 mil kilómetros cuadrados y 7 millones de habitantes, y con más de 3 millones en el exterior), el conflicto tiene una naturaleza política, económica, social, cultural e histórica, y la guerra no es sino una expresión del conflicto mismo porque, en el pasado y después de la independencia de 1821, las guerras siempre han sido el punto más encendido de las confrontaciones. Nuestras guerras empezaron en 1832 y pasaron por 1932, hasta llegar a una última guerra de 20 años. Tras todas ellas, el conflicto permaneció e incluso se agravó. De hecho, la última guerra ha expresado cabalmente la situación real de El Salvador, pues se trataba de una guerra campesina, bajo la conducción de clases medias intelectuales concertadas en un acuerdo político (llamado Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN) entre sectores comunistas, anticomunistas y no comunistas, cuyo elemento de unión fundamental era la oposición a la dictadura militar de derecha, jefeada clasistamente por una oligarquía cafetalera y administrada como clase gobernante por sus fuerzas armadas.

Aunque la pre guerra se inició con anterioridad a 1981, es en dicho año cuando la lucha armada del pueblo se transforma en guerra formal, y aunque los planes militares del naciente FMLN no resultaron como los habíamos concebido y planificado, lo cierto es que las fuerzas armadas evidenciaron en su desempeño que sin un respaldo total del gobierno estadounidense serían superadas en un plazo no muy largo por nuestras guerrillas. Esto determinó la intervención masiva, aunque no directa, del gobierno estadounidense en la guerra.

Rápidamente, en 1983, aparecieron las primeras señales de diálogo, auspiciado por Washington, siendo el requisito para el mismo la exigencia de una rendición previa de la guerrilla para que, una vez desarmada, se procediera a negociar. Semejante propuesta era una ofensa a nuestra inteligencia, pero también una señal del imperio estadounidense de cierta voluntad de derrotar a la guerrilla de manera política. Estos acercamientos demuestran la relación entre el diálogo y la negociación.

Durante la larga guerra tuvimos experiencias abundantes de diálogo con distintas fuerzas políticas, tanto del país como de América Latina y Estados Unidos. Sobre la base de estas relaciones montamos una poderosa red de solidaridad con nuestras luchas. Conviene precisar que si bien toda negociación supone un diálogo, no todo diálogo es negociación. Esta última aparece solamente cuando del diálogo se levantan acuerdos, cuyo cumplimiento es verificable por las partes y, además, han surgido de los desacuerdos que siguen en pie.

p57_el-salvador_paula-cabildoClaves de las negociaciones en El Salvador

En nuestra guerra, la negociación comprendía, por un lado, una negociación interna entre las cinco organizaciones que integraban el FMLN, y, por otro, la negociación con el gobierno en la mesa en la que estábamos las dos partes: guerrilla y gobierno. También la parte gubernamental tenía su propia negociación interna, que era no menos complicada.

La negociación no se basa ni en la confianza ni en la buena fe de las partes, porque nadie negocia con un débil. Esto quiere decir que es la correlación de fuerzas alcanzada la que vuelve inevitable sentarse en una mesa para buscar acuerdos. Si una parte no puede vencer a la otra y la guerra amenaza con prolongarse con resultados inciertos, tenemos el escenario para que las partes se miren, cara a cara, en una mesa de negociación.

Todos estos factores fueron apareciendo, uno tras otro, a lo largo de más de 12 años de enfrentamiento militar en El Salvador, aunque fueron tres los elementos determinantes de nuestra negociación con el gobierno:

  • Primero. La ofensiva militar del 11 de noviembre de 1989 demostró que cualquier solución militar a la guerra no podía ser a corto plazo y que los resultados de dicha guerra no estaban seguros. Esto es así porque la guerrilla salvadoreña demostró en esta ofensiva una inmensa capacidad militar que le permitió hacer lo que ninguna gue rrilla ha hecho en el continente latinoamericano: cercar la capital del país. Por otra parte, también debe señalarse, como motivo favorecedor de las negociaciones, la gran torpeza política del gobierno, fruto de su impotencia militar. Como ejemplo, destacamos el asesinato de sacerdotes jesuitas y, entre ellos, de Ignacio Ellacuría y parte de su personal doméstico.
  • Segundo. El derrumbe de la Unión Soviética (URSS), acontecimiento aparentemente lejano e inconexo con nuestra guerra, demostró al imperio estadounidense que, aún sin la URSS, la guerra continuaba y aumentaba en intensidad. Esto remarcaba el error de su tesis, que asignaba a los soviéticos el papel promotor y actor decisivo en la guerra. Por el contrario, eran factores y causas internas las que generaban la energía social para la guerra.
  • Tercero. La decisión de Washington de terminar con una guerra que ellos llamaban de baja intensidad, toda vez que consideraban que en esos momentos el mundo les pertenecía tras el derrumbe soviético y que su atención debía ponerse en otras partes y no en un pequeño país sin recursos estratégicos.

Para la oligarquía salvadoreña, para todas las derechas y las fuerzas armadas, ninguno de estos argumentos era atendible. Se trataba, según ellos, de alcanzar una solución militar, de ahorcar a los rebeldes, fusilarlos y colgarlos de cualquier palo de mango. Sin embargo, fueron obligados por la Casa Blanca a sentarse en la mesa de negociación. Y es comprensible, porque la guerra era financiada, dirigida e inspirada totalmente por el imperio.

No fue la negociación, entonces, un momento de consenso de la sociedad, sino de conflicto. Recordemos que en el seno de la misma guerrilla el tema produjo en su momento inicial acontecimientos sangrientos, aunque fueron mayores en el seno del bando enemigo. Para Washington, el tema fue más sencillo porque se trataba de resolver un conflicto extraño, con una guerrilla que ellos calificaban de comunista, pero que no lo era, con un ejército con apoyo total pero incapaz de vencer a la guerrilla, con una oligarquía que era más de derecha que la misma Casa Blanca, y en un país sin recursos estratégicos que atrajeran a las transnacionales pero con importancia política como laboratorio económico y social de Washington.

Negociación de la guerra, pervivencia del conflicto

La salida negociada significó simplemente el fin de la guerra, pero no el abordaje o la solución al conflicto. Éste es un aspecto clave para entender la dialéctica de la negociación, porque negociamos las partes involucradas, en relativo secreto y con participación del aparato político de los partidos, de personalidades, pero sin la participación de los grandes sectores populares. En todo momento la negociación fue un trabajo de cúpulas que resultaba comprensiblemente atractivo y apoyado por las mayorías, pero, sin embargo, una vez terminada la guerra y celebrado este acontecimiento, se tomó una decisión política delicada que es necesario abordar.

Resulta que toda guerra, al finalizar, no es seguida por la paz, porque ésta, en todo caso, significa mucho más que la ausencia de guerra. La guerra es continuada por un periodo especial llamado “post guerra” en el que la sociedad restaura, repara y reconstruye el tejido social afectado.

Se trata de un periodo político pero también económico, en donde los combatientes de ambas partes dejan de ser tales y se convierten en veteranos de guerra, que es otra figura que comprende el reconocimiento político a los participantes en una guerra que finalmente aporta a la sociedad nuevos momentos y hasta caminos, y merecen y tienen derecho a un trato especial del Estado.

Alianzas y evolución del FMLN

En El Salvador, tanto guerrilla como gobierno renunciaron a esta figura. Según estos actores, era necesario sacrificar lo político en el altar de lo electoral para ganar la mayor cantidad de votos y de cargos públicos en las elecciones que se aproximaban. A esas alturas, el FMLN había muerto porque había desaparecido, en plena guerra y en el curso de las negociaciones, el acuerdo político que lo sustentaba. Hay que recordar que el acuerdo de la guerrilla fue siempre una alianza política que construimos y mantuvimos bien cuidada durante toda la guerra las distintas fuerzas, pero que se extinguió tras esto, es decir, antes de la firma del acuerdo, así como se extingue la vida de un agonizante cuando la enfermedad agota sus fuerzas vitales.

Aparece en el escenario, por tanto, un nuevo actor político llamado a sustituir al anterior FMLN, que era sujeto político. Se trata del partido FMLN, diseñado para participar en las elecciones e incorporarse plenamente al sistema político. Por eso mismo, este nuevo partido era actor político y no sujeto político, parte del sistema y no una fuerza destinada a luchar adentro del sistema pero en contra de él. Se entendió que la palabra guerra no era electoralmente aconsejable porque podía “ahuyentar a los votantes”. Apareció en el escenario la luminosa figura de la paz, que, dentro de un manejo electoral, capturó la subjetividad de las y los ciudadanos, convertidos a estas alturas en votos, y se sepultó a la post guerra como periodo histórico inevitable.

La negociación puso fin a la guerra y ésta fue la fiesta conocida y celebrada, aunque implicase la renuncia a abordar el conflicto y la conversión de antiguos insurgentes en actores políticos. Cuando se renuncia conscientemente a atender el conflicto ocurre una transición que es hasta invisible, consistente en que aquella guerra civil que terminó de manera negociada se transforme lenta pero inexorablemente en guerra social. Es decir, en la guerra que en estos momentos está implantada plenamente en El Salvador.

Nos podemos dar cuenta en estas reflexiones del encuentro y desencuentro, de las contradicciones y de los nudos y desnudos que sustentan la negociación, y sin embargo, para nuestro país, se trata de un momento histórico único, con unos acuerdos de paz que siguen siendo total y absolutamente desconocidos por la sociedad salvadoreña. Aunque periódicamente se celebren, se sepultan a diario.

En el fondo, los sectores dominantes, los antiguos y los nuevos, temen este episodio histórico, porque se trató de un momento excepcional en el que un poder irreductible, sangriento y criminal, se vio obligado a mirar cara a cara a los rebeldes, y nosotros, clases medias e intelectuales, fuimos capaces también de mirarlos a los ojos y sacarles algunos acuerdos. Los desacuerdos fundamentales, como la configuración del poder político, el Estado, la mutación de la sociedad y un nuevo país, siguen pendientes. Hoy necesitamos nuevos acuerdos, nuevas fuerzas y nuevas confrontaciones, convencidos de que sólo de ellas, de las confrontaciones, pueden surgir las negociaciones.


Dagoberto Gutiérrez es ex comandante del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador.

Artículo publicado en el número 57 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2013.


Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *