Mi gobierno me espía lo normal

Lo que más llama la atención de la revelación del ex colaborador de la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense (NSA) Edward Snowden no es saber que los servicios de inteligencia estadounidenses y británicos espían indiscriminadamente a ciudadanos de todo el mundo. Eso no es ninguna sorpresa, nada que no supiésemos. De la misma forma que los cables de Wikileaks ponían negro sobre blanco las miserias de la diplomacia estadounidense con sus aliados, confirmando lo que muchos ya sospechábamos, lo desvelado por Snowden no hace más que confirmar y mostrar en detalle la extensión y sofisticación del control y vigilancia en la Red.

Ni siquiera la implicación de las grandes empresas tecnológicas es una sorpresa, pues desde hace años circulaban informaciones sobre la presencia de la CIA y la NSA en Silicon Valley, cuya mejor prueba fue el fichaje por la inteligencia norteamericana del ex jefe de seguridad de Facebook. Que la gran red social, o empresas como Apple, faciliten a los servicios secretos acceso al enorme yacimiento de información que tienen sobre nosotros es algo lógico, una vez que han usado esos mismos datos para comerciar con ellos o vendernos todo tipo de productos. Una vez dueños de nuestra privacidad, cómo no iba a interesar a los gobiernos obsesionados por la vigilancia de las y los ciudadanos.

Lo que de verdad llama la atención de todo este asunto es el poco impacto que provoca. Es decir, la forma en que hemos naturalizado, normalizado, estas formas de control que invaden la privacidad y no están sometidas a control democrático alguno. Cada poco tiempo aparecen informaciones sobre la manera en que nuestras conversaciones, correos, navegación y datos personales son controlados bajo la coartada de la seguridad o la lucha contra el terrorismo, y pasados unos días todo se olvida hasta la siguiente revelación.

Hace unos años, cuando todavía la sensibilidad social contra el maltrato a las mujeres era escasa, se decía aquella frase caricaturesca que se atribuía a algunas mujeres incapaces de reconocerse como víctimas y denunciar: “mi marido me pega lo normal”. Salvando las distancias, sin hacer paralelismos ni menoscabar el sufrimiento de las maltratadas, podríamos decir hoy algo parecido a cuenta del poco impacto que causan en los ciudadanos las revelaciones sobre espionaje masivo y sin control: “mi gobierno me espía lo normal”.

Muchos hemos recordado, a cuenta del caso Snowden, otra revelación de hace más de una década: la red Echelon. Recordémoslo: a finales de los noventa era más que un rumor la existencia de una red de vigilancia de las comunicaciones desarrollada por Estados Unidos y varios de sus aliados. Montada en la Guerra Fría con intenciones militares, permitía interceptar llamadas telefónicas, correos y faxes, mediante un sistema de estaciones repartido por varios países.

La red Echelon dejó de ser materia conspiranoide cuando el Parlamento Europeo reconoció su existencia en 2000 y denunció la falta de control y transparencia. Echelon ya no solo servía para propósitos de defensa, sino que tenía también aplicaciones policiales, y mucho más: estaba al servicio de los intereses de grandes empresas, y había servido para espiar a sus competidores e incluso ganar concursos usando información privilegiada.

La red Echelon hizo mucho ruido y pronto nos olvidamos de ella, y no porque se hubiese desmantelado. Al contrario: ha seguido operando y perfeccionando sus métodos, de modo que programas como los ahora conocidos, el Prism estadounidense o el Tempora británico, no son sino desarrollos posteriores de la misma Echelon.

Pero no nos engañemos: Estados Unidos y Reino Unido no son los únicos que espían en Internet. Ellos lo hacen más y mejor, con medios más sofisticados y más recursos, pero la vigilancia y el espionaje online son una práctica común en la mayoría, sino todos, los países del mundo. Desde formas de censura en tiempo real como las que practica China, hasta la interceptación de opositores que hacen todas las dictaduras, y la infiltración en colectivos activistas que es común incluso a estados democráticos.

En el caso de España, recientemente conocimos la propuesta de reforma la legislación para que la policía y los jueces pudiesen apoyar sus investigaciones en técnicas de hackeo, recurriendo incluso al uso de troyanos (virus que infectan un equipo y facilitan el control del mismo). Hubo algo de revuelo, pero no fue más allá, pues la mayoría acabó concluyendo lo mismo: “mi gobierno me espía lo normal”.


Isaac Rosa es escritor. Forma parte del consejo editorial de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el número 57 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2013.


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