Algunas consideraciones en cuanto a la percepción femenina de la violencia intrafamiliar

Es evidente que las mujeres afrontamos variadas y múltiples manifestaciones de violencia en los diferentes espacios donde nos desempeñamos. Sin embargo, estas manifestaciones de violencia suelen ser percibidas, por unas, como violencia como tal y, por otras, como hechos naturales que no van en detrimento de nuestra verdadera emancipación. Una de las formas de violencia que más se presenta es precisamente la violencia intrafamiliar (VIF). La naturalizamos a grado tal que es para las mujeres una cuestión que “otras” mujeres sufren, no ellas mismas. Pasamos a explicar mejor la idea.

La violencia intrafamiliar entraña diversas maneras de expresarse: física, patrimonial, sexual y psicológica. En el ámbito de lo privado, es decir, en el ámbito de la vida familiar, esta clase de violencia es muy común y es, además, considerada como un hecho normal y natural. No resulta por tanto extraño escuchar a las mujeres decir por ejemplo “mi esposo me ayuda”, “en mi casa no pasa nada”, “las mujeres que sufren violencia no quieren denunciar” o “a esa mujer le gusta estar así”. Como puede observarse, quien habla no incorpora nunca en esas frases elemento “yo” como sujeta histórica, es decir como un ser humano capaz de reconocerse en ese sistema de relaciones dialécticas en el plano (en este caso) de lo privado.

Ahora bien, resulta mucho más fácil para las mujeres (nos reservaremos el término “nosotras” por tratarse de un artículo pero nos encontramos subsumidas per se en el término “mujeres”) reconocer y saberse víctimas de violencia física y sexual debido a que son tipos de violencia que han sido más visibilizadas por las organizaciones feministas, por medios de comunicación, etc.  Sin embargo, la visibilización de este tipo de violencia, a pesar de posicionar el tema en el plano de lo formal, parece no coadyuvar a la verdadera erradicación o disminución de la problemática y las mujeres son envueltas por el ya conocido y trillado “ciclo de la violencia”.

El envolvimiento en esa serie de actos y hechos repetitivos tiene dos repercusiones: por un lado, las mujeres no se reconocen víctimas de esta clase de violencia, asumiéndola cómo normal porque vienen de familias o entornos igualmente violentos; o se reconocen como víctimas de violencia pero, debido a su  “disminución” como sujetas, no son capaces de liberarse de ese yugo violento y cíclico. En cualquiera de los dos casos, quien ejerce la violencia contra la mujer [1] busca disminuirla a tal punto de cosificarla, de enajenarla por completo de su conciencia, de su voluntad y de su ser; busca degradarla, denigrarla, aplastarla, anularla, invisibilizarla.

Esta invisibilización y esa enajenación producen que la mujer sea más propensa a ser víctima de las otras dos clases de violencia: la psicológica y la patrimonial. Decirlo de esa forma puede resultar atrevido, ya que, al disminuirla por la fuerza física, las demás clases de violencia pueden agregarse de facto sin necesidad de especificar y delimitar cada una de las otras formas.

La verdad es que no importa qué clase de violencia sea ejercida primero. Como ya se advirtió lo que la persona agresora busca es ir quitándole a la mujer todo carácter de individualidad, de empoderamiento y reconocimiento cómo agente transformadora y sujeta activa dentro de la sociedad.

Aunado a ello se tiene la condena y además el silencio social. ¿Por qué y cómo se condena si además se calla? La respuesta es fácil: a nivel masivo y público se condena a las mujeres porque continúan estando en esa situación; la violencia vista desde afuera resulta un hecho un tanto incomprensible, incluso para aquellas mujeres que son víctimas de violencia intrafamiliar pero a menor escala de la que condenan. Sin embargo, a pesar de poder condenar,  culpabilizar y además criminalizar a la mujer por concebirla como la única culpable de estar siendo sometida a la violencia, el tema de la violencia resulta ser tabú: nadie se entromete en temas al parecer privados, nadie habla del tema abiertamente, nadie se atreve a denunciar al agresor ni a cuidar a la víctima ni a los que puedan resultar también afectados por esa clase de violencia, es decir, los niños y las niñas.

La visibilizacion de los niños y las niñas como víctimas indirectas de la violencia ejercida directamente hacia las mujeres es un tema central y de suma importancia. ¿La razón? Fácil: son ellos y ellas que aprenderán a vivir tanto en el ejercicio de la violencia o sometidas a ella. Se creará a través del modelaje naturalizado la relación opresor-oprimida, en donde obviamente siempre existirá una relación de poder vertical que permeará a nivel individual, a nivel familiar y a nivel comunitario y social.

Pero entonces, ¿cómo romper con este ciclo de violencia tanto a nivel intrafamiliar como social? El trabajo con mujeres víctimas de violencia supone varios retos.

Para el caso de las mujeres que no se reconocen como víctimas de violencia se tiene el más grande de los retos: hacer que se reconozca como víctima. Puede ser que se le haya dicho que es víctima de violencia y que acepte que lo es, pero eso no deja de ser una aceptación para salir del compromiso, pues está dispuesta a seguir jugando su rol tal y cómo se lo enseñaron y transmitieron: una mujer que está al lado de su pareja, el cual puede hacer y deshacer a su antojo sin importar nada la voluntad, deseos, necesidades ni derechos que como mujer tiene.

Éste es un reto mayor, porque debe batallarse con la construcción de esa inferioridad que se fue formando desde la niñez y que se asumió cómo tal como parte esencial del ser mujer. Debe trabajarse en la aceptación y reconocimiento como víctima y empoderarla hasta lograr su verdadera emancipación, demostrándole que la vida continúa; más libre, más sana, más feliz, más unida con su familia y, por tanto, más dignificada como mujer, más importante en la familia y mucho más valiosa para la sociedad. Una mujer emancipada y empoderada es una mujer que alcanzará en el plano de lo formal esa igualdad con el hombre y coadyuvará a que las nuevas generaciones establezcan relaciones horizontales, sin esa relación de opresor-oprimida. Se rompen así, en teoría, los dos ciclos de violencia: el intrafamiliar y el social.

Para las mujeres que ya se reconocen como víctimas de violencia pero que no se atreven a dar el salto cualitativo hacia su verdadera emancipación la tarea resulta más fácil: el temor es a afrontar los embates económicos de la sociedad moderna, el temor a fracasar como madre soltera (si es el caso) y de posiblemente no saberse capaz de restablecer el tejido familiar ya debilitado por la invalidación e invisibilización que por mucho tiempo ha sufrido. En este caso es necesario reforzar la seguridad que ha ganado, demostrar que en realidad es posible hacerle frente a la vida y enseñarle que el camino que ya ha recorrido es ya largo, que cada vez está más cerca de su verdadera libertad.


Tatiana Sibrián (El Salvador) es abogada.


NOTAS:

  1. Se reconoce que la violencia intrafamiliar puede ser ejercida por cualquier persona que se encuentre vinculado, ya sea por afinidad, por consanguinidad o por cualquier otra relación que conlleve relaciones desiguales de poder. Para el presente artículo sin embargo, nos centraremos en la violencia ejercida hacia la mujer por parte de su pareja hombre.

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