Entrevista al inmigrante salvadoreño Mauricio Islas

Un año sin “La vida loca”

Mauricio Islas, de 32 años, inmigrante salvadoreño y residente en Navaluenga (Ávila) fue vecino del barrio de La Campanera en Soyapango, la tercera ciudad más poblada de El Salvador. “Extorsión, asesinato, miedo, granadas, son palabras que han acompañado la cobertura mediática durante la última década” me dice como quien da la hora.

La Campanera son más de 2.100 casas y su población se sitúa en torno a los 10.000 habitantes. Me cuenta que la estructura de la colonia es simple, algo así como una espina de pescado sin cola ni cabeza, en la que “una carretera recta y amplia cercena por la mitad el cantón y a la que se adhieren decenas de paseos peatonales que se entrelazan entre sí”.

Mauricio ejerció de mecánico durante los 20 años que pasó en La Campanera. Conoce bien el exhaustivo control que la Mara 18 (que domina este barrio desde mediados de los años 90) ejerce sobre los comerciantes. “Allí la gente paga para poder pasear por la calle tranquila. Para poder vender es igual, pagan una parte de los beneficios del local a la Mara 18”.

Me habla del Centro Escolar de este barrio. Dice que en sus muros se pueden leer letreros tales como Deporte sí, Violencia no, o Por Una Sociedad Diferente, pero nadie los mira, afirma desconsolado.

Le comento el asesinato del fotógrafo franco-hispano Christian Poveda acontecido el 2 de septiembre de 2008 en este mismo barrio a manos de 10 pandilleros de la Mara 18, afirma estar al corriente del caso pero no sabe nada más allá de la anécdota. Seguramente sea cierto, pero el miedo en sus palabras es latente.

Antes de despedirnos le pregunto por el motivo que lo trajo a España y su opinión respecto al futuro de la tregua. “Vine aquí huyendo de la violencia. Allí te quiebran (matan) por poquito”. “La violencia y la pobreza están muy relacionadas allá. Sólo la fe en Dios lo mantiene a uno fuera del ruido de los disparos. Yo necesitaba algo más. Por eso me vine”. En un tono muy comedido -como si alguien nos estuviera escuchando- se muestra partidario de acercar el proceso de tregua a la sociedad civil y el sector privado. “Ellos ponen los cheles (dinero) y nosotros los muertos, es justo que se nos pregunte. Yo tengo allá a mi mamá y creo que ella debe decir tanto o más que los demás. La paz es cosa de todos ¿no?”


Héctor Gil estudia Trabajo Social en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Ha colaborado con varios medios digitales, de prensa escrita y radios libres.


 

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