Se decía ayer...

La vacía opinión

“De los deseos, unos son físicos y necesarios; otros físicos pero no necesarios, los terceros no son ni físicos ni necesarios, sino que se generan de la vacía opinión” (Epicuro[1], 341 a. C. – 270 a.C.) Desolados rostros serios, somnolientos y crispados, observamos nuestras máscaras en un ritual molesto, temor a ser tocado por lo desconocido[2]. La producción sin fin de nuestra civilización capitalista exige el sacrificio diario de ingentes multitudes, sujetos sin sueños ahormados en códigos de barras a los que un día trocaron deseos de vida por cachivaches tecnológicos, diariamente arrojados al Moloch del progreso.

La tecnología no libera tiempo para cultivar la amistad, el ocio no consumista, el conocimiento, las relaciones personales, los cuidados; arroja a la desesperación a millones de personas etiquetadas de “no sacrificables”. Hay que trabajar más para salir de la crisis.

Así, aquéllos que no hemos sido expulsados del Edén del consumo por la rapiña de los codiciosos, terminado el trabajo podemos atiborrarnos de cosas: ahogar nuestra ansiedad en carros de hipermercado abarrotados de productos, definir nuestra personalidad exhibiendo autos, mostrar nuestra singularidad, modernidad y elegancia a través de caras vestimentas. Se trata de mostrar claramente que somos de los que triunfan en la vida, de exhibir nuestra felicidad. “Los bienes de consumo proporcionan un lenguaje simbólico mediante el que nos comunicamos con los demás, no sólo en un sentido estrictamente material sino sobre lo que realmente nos importa: la familia, la amistad, el sentido de pertenencia, la comunidad, la identidad, el status social, el significado y el propósito de la existencia”[3].

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Ilustración: Paula Cabildo.

 

En los países desarrollados a costa del subdesarrollo de los países en vías de desarrollo, se triplica el ingreso real per cápita en los últimos cincuenta años y, sin embargo, no somos más felices[4]. ¿Por qué?[5] Después de las preocupaciones, uno de los factores más importantes de la desgracia es la envidia…

¿Alguien pone en duda que la felicidad se encuentra en lo más alto de la escala social? ¿Acaso mi descapotable no es mucho más voluptuoso que tu todoterreno, luego soy más viril que tú? ¿Mis viviendas, más espaciosas y lujosas, acaso no dejan claro quién es más poderoso e inteligente? “¡Ah de la vida!… ¿Nadie me responde!”[6] Ocupados en instalar una nueva aplicación en el smartphone, ensimismados en comprender el funcionamiento de un nuevo dispositivo de los extras del coche o de la nueva casa domótica, devenimos mutantes sin rostro definido, y, cual animales ciegos[7], los días y las noches se suceden ante nosotros sin alboradas ni atardeceres.

En cuanto se piensa razonablemente de las desigualdades se comprende que son injustas. Y tan pronto como se comprende que son injustas, no hay solución para la envidia consiguiente, fuera de la supresión de la injusticia. Sólo con igualdad económica y social, la humanidad podrá reciclar las herrumbrosas cadenas de la vacua opinión trocándolas en carcajadas de romero y espliego, para zambullirse en el océano de la felicidad.


Valentín Moreno es colaborador de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Este artículo ha sido publicado en el número 56 de Pueblos – Revista de Información y Debate, abril de 2013.


NOTAS:

  1. Fernández-Daza, C. (1994): Máximas para una vida feliz. Epicuro y textos escogidos en defensa del ideal epicúreo, Temas de hoy, Madrid.
  2. Canetti, Elias (2005): Masa y poder, Editorial Alianza / Muchnik.
  3. Jackson, Tim (2011): Prosperidad sin crecimiento. Economía para un planeta finito, Icaria Editorial.
  4. Ibídem, página 67.
  5. Russell, Bertrand (1930): La conquista de la felicidad, Editorial Espasa-Calpe, 1994.
  6. Quevedo, Francisco de (1981): Poesía original completa, Editorial Planeta.
  7. Saramago, José (1996): Ensayo sobre la ceguera, Editorial Santillana.

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