Colombia

Los saboteadores de la paz

Nadie se opone a la paz. La palabra paz llena los anaqueles de la opinión pública con soterrada abundancia. Como horizonte, la paz parece unir tanto a las fuerzas del Estado, de la insurgencia y de la sociedad. Parece ser imposible que alguien no quiera la paz, hasta el punto que incluso los señores de la guerra la buscan indefectiblemente. Pero esta evidencia resulta ser limitada y contradictoria en Colombia: si bien todos queremos la paz, varios sectores dominantes de la opinión pública no quieren o no creen en el actual proceso de paz. Sin duda, el expresidente Uribe Vélez es quien recoge con más fuerza este tipo de ideas, pero no se puede negar que hay un clima de opinión más o menos generalizado de escepticismo hacia el proceso.

Es curioso y paradójico que este tipo de discursos de los saboteadores se basen en un deseo y anhelo profundo de paz para, no obstante, negar la paz. Esta contradicción se da, sin embargo, en el marco de la opinión pública de una sociedad que quiere terminar un conflicto sin aceptar que existe ese mismo conflicto y negando, por ende, los mecanismos y procesos más o menos establecidos para su resolución.

Las razones del escepticismo resultan obvias: el fracaso de las conversaciones en el Caguán y la correspondiente idea de que solamente una victoria militar acabaría con la insurgencia están todavía a la base de las concepciones políticas de la mayoría de personas en Colombia. Los actuales diálogos en la Habana están atravesados por un problema fundamental: todo el mundo quiere la paz pero la mayoría odia a la guerrilla. Pero se trata de un tipo muy especial de odio que tiene una consecuencia clara: la deshumanización de los miembros de los grupos insurgentes. Ni siquiera algunos personajes que han causado el mismo o mayor daño con atentados terroristas de mucha más magnitud–como Pablo Escobar- reciben de parte de las mayorías de la sociedad un odio tan fuerte y tan generalizado.

El odio tiene toda su fuerza en la conjunción de dos cosas. La primera, la permanente asociación mediática de cualquier situación de conflicto con las personas de las Farc. Esto consiste no sólo en que cada acto brutal y atroz del conflicto que aparece en los noticieros es siempre adjudicado a la guerrilla, sino que los medios propician la ausencia de una mirada al conflicto en sí mismo. Con sus periodistas, cámaras, imágenes inmediatas y espectaculares, nunca puede decirse que los medios hagan un cubrimiento del conflicto; cubren, en cambio, las acciones del Estado que busca combatir al terrorismo. Se trata de dos cosas totalmente distintas.

La segunda cosa que se conjuga, totalmente mezclada con la primera, es que se piensa que la insurgencia está totalmente excluida de la comunidad política, es decir, de los grupos, personas, procesos y mecanismos que permiten hablar sobre los asuntos comunes y problemas del país. Sin este cóctel político y mediático, la actitud reacia de buena parte de la sociedad colombiana frente a los diálogos sería incomprensible. En consecuencia, más que un pesimismo, lo que está a la base del rechazo del actual proceso es una fuerte resistencia a aceptar que en el fondo las Farc hacen parte de la comunidad política porque pueden hablar y opinar de los problemas nacionales al igual que el gobierno, los medios y los expertos.

Esta tensión entre un innegable deseo de paz y la exclusión de la guerrilla de la comunidad política y, por ende, de la posibilidad de dialogar, es aprovechada por los saboteadores del proceso de paz. Es fácil darse cuenta de que el discurso del Centro Democrático trata de apostar por la imposición del deseo de paz sobre la aceptación de que la guerrilla es un interlocutor válido. Es curioso y paradójico que este tipo de discursos de los saboteadores se basen en un deseo y anhelo profundo de paz para, no obstante, negar la paz. Esta contradicción se da, sin embargo, en el marco de la opinión pública de una sociedad que quiere terminar un conflicto sin aceptar que existe ese mismo conflicto y negando, por ende, los mecanismos y procesos más o menos establecidos para su resolución.

Los saboteadores del proceso intentan posicionar la imagen de que si son las Farc los enemigos principales de la paz, es totalmente incoherente buscar la paz con ellos. No tiene sentido hacer la paz con quienes se oponen a ella. Sería una paz a medias, con pésimos cimientos. Los saboteadores no se cansan de repetir este tipo de ideas, intentando denunciar que el proceso de paz actual es una contradicción insostenible. Pero en verdad son los saboteadores, en este caso, quienes posicionan sus denuncias y su discurso en una verdadera contradicción: el deseo profundo de paz al que apelan sólo puede existir en el seno de la guerra. Por eso, los saboteadores tienen miedo del proceso de paz: la fuente de sus apuestas políticas es el conflicto armado y si éste termina, su discurso se mostrará como lo que realmente es: un discurso de paz que imposibilita la misma paz.

Que las apuestas políticas de los saboteadores y de Uribe tengan su fuente en el conflicto armado, implica también otra cosa: Uribe no puede sostener su figura ni su proyecto político, sin la existencia de las Farc. En consecuencia, el patrón, plagado de verraquera y vestido con el poncho de la lucha antiterrorista y la seguridad democrática, no puede subsistir políticamente sin la guerrilla. El trampolín de ascenso de Uribe es también la trampa de su propia muerte política. Uribe, que posicionó su figura política a través de la deshumanización de la guerrilla, paradójicamente, ahora muestra desesperadamente que si esa guerrilla acaba entrando a la vida civil, él mismo estará derrotado.

Así no lo quieran, y absolutamente a pesar suyo, son los saboteadores quienes reconocen implícitamente, con sus propios actos, a la insurgencia como actor político. El proyecto político de Uribe y la extrema derecha colombiana no depende ya de ellos mismos sino de las actuaciones políticas de la insurgencia dentro del diálogo. Siempre ha sido así: el proyecto uribista encuentra su sustento y su verdad en las acciones de la guerrilla. Pero ahora, hay una posibilidad muy grande de que las acciones de la insurgencia dentro de los diálogos de paz dejen de ser el soporte del proyecto uribista. Porque si Uribe y su proyecto político dependen de la guerrilla, no sucede lo contrario: la insurgencia no depende de Uribe.


Fuente: Palabras al Margen, 01/04/2013.


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