Se decía ayer...

Mujeres de verso en pecho

Helmer: "Ante todo eres esposa y madre". Nora: "Lo que creo es que ante todo soy un ser humano, exactamente como tú… O, en todo caso, que debo luchar por serlo… Debo pensar por mí misma y ver con claridad las cosas". Helmer: "Trabajaría con gusto noche y día por ti, Nora… Aguantaría penas y privaciones por ti. Pero nadie sacrifica su honor por el ser que ama". Nora: "Millares de mujeres lo han hecho”. Henrik Ibsen. Casa de muñecas, 1879.
p55_amapolas_paula
Ilustración: Paula Cabildo

¿Es el código genético[1] del mono desnudo, su pertenencia a una especie animal, lo que determina el comportamiento del ser humano? ¿Es un fenómeno zoológico, biológico, el que rige las relaciones entre los especímenes humanos de ambos sexos?

Sí y no. Somos un animal cultural[2]. Y actualmente el peso de las construcciones culturales, la artificiosidad levantada por la humanidad sobre los hombros de nuestros antepasados los primates, en un sentido concreto y no en otro u otros posibles, es la que determina fundamentalmente los comportamientos y las relaciones entre los sexos, la principal culpable del diálogo de sordos que se produce en muchas ocasiones entre hombres y mujeres. Así, “si la condición biológica de nuestra especie como miembro del grupo de los mamíferos carga sobre la hembra el esfuerzo reproductor, en la historia cultural humana esta situación, muy lejos de ser transcendida, ha sido aprovechada por la fuerza del varón para instaurar su patriarcado histórico”[3].

Los seres humanos estamos condicionados genéticamente por nuestra animalidad, pero no atados a las cadenas de lo irracional. Es en el uso de nuestra libertad donde nos distinguimos del resto del mundo animal y “…ni está el mañana (ni el ayer) escrito”[4]. Ahogados de prejuicios infantiles, arregostados en comodidades insanas, aherrojados por grilletes de ridículos honores, la comunicación se hace imposible, “el peor dolor es no poder compartir el dolor”[5]. El drama, con las mujeres como víctimas, es el colofón sangriento de tanta desesperación y locura.

“Esta historia de historias e historia es la auténtica, vivida por mí, su protagonista. En ella se pretende plasmar una suma de pequeñas y grandes batallas, libradas en la dura lucha por defender mi condición de mujer”[6]. Y esa lucha, todas las luchas, han de desembocar en que nuestra historia por escribir sea común y libre, convivencia entre los seres humanos donde los sexos no sean nada más que impresionistas campos de amapolas. “Me dijeron:/ – O te subes al carro o tendrás que empujarlo./ Ni me subí ni lo empujé./ Me senté en la cuneta/ y alrededor de mí,/ a su debido tiempo,/ brotaron las amapolas”[7].


Valentín Moreno es colaborador de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Este artículo ha sido publicado en el nº 55 de Pueblos – Revista de Información y Debate – Primer trimestre de 2013.


NOTAS:

  1. Morris, Desmond (1987): El mono desnudo, Plaza & Janés.
  2. Paris, Carlos (1994): El animal cultural, Editorial Crítica.
  3. Ibídem; pág. 330.
  4. Antonio Machado, citado por Agustín García Calvo en Contra la Pareja, Editorial Lucina, edición de julio de 1995; pág. 128.
  5. Chacón, Dulce (2002): La voz dormida, Editorial Alfaguara; pág. 191.
  6. Artés, Matilde (Sacha) (1997): Crónica de una desaparición. La lucha de una abuela de Plaza de Mayo, Editorial Espasa; pág. 21.
  7. Fuertes, Gloria (1995): Mujer de verso en pecho, Editorial Cátedra; pág. 96.

Print Friendly, PDF & Email

Un pensamiento en “Mujeres de verso en pecho”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *