Compañeros transculturales, con los transgénicos no se juega

Nuestro presidente ha dicho públicamente que las comunidades transculturales de Santa Cruz lo han convencido de que el cultivo y el consumo de productos transgénicos son nomás necesarios para poder tener seguridad alimentaria, y que por tanto va a haber que revisar la recientemente aprobada Ley de la Madre Tierra, añadiendo que parece que alguien introdujo de contrabando su prohibición en dicha ley.

El tema es sumamente grave. Para empezar ya resulta preocupante que los compañeros transculturales tengan cada vez más coincidencias con los empresarios cruceños, y peor aún que acaben convenciendo de esas coincidencias al presidente del Estado. Porque cabe sospechar de que se trata precisamente de coincidencias empresariales (ánimo de lucro) que no tienen nada que ver con la seguridad alimentaria, y mucho menos con algo que pueda parecerse a defensa de la Madre Tierra (pobre madre, cada vez más huérfana).

Si los compañeros transculturales quisieran, podrían asesorarse. Ahí mismo en Santa Cruz está PROBIOMA, una institución seria que lleva muchos años in-vestigando y experimentando y que tienen criterios muy fundamentados para afirmar que los transgénicos son indeseables desde todo punto de vista, ya sea el ambiental, ya sea el de la salud humana, ¡ya sea el de la seguridad alimentaria! Y éste es precisamente el menos discutible.

Porque en términos ambientales, es decir, del daño que los transgénicos pue-den causar a la Pachamama, entiendo que los argumentos puedan parecer sofisticados, e incluso que se los pueda calificar de hipótesis todavía no sufi-cientemente comprobadas. En términos de sus efectos nocivos sobre la salud humana pasa algo parecido. Aunque sólo fuera por la falta de seguridad res-pecto de su inocuidad para la salud de la madre y de los hijos, ya habría motivo suficiente para no arriesgar un lento suicidio colectivo. Pero asumamos que esto sería mucho pedir para compañeros que se están jugando la sobreviven-cia diaria.

Pero lo totalmente inadmisible es que dichos compañeros argumenten con la seguridad alimentaria, ya que si algo está comprobado (y de manera asequible a cualquier mente poco estudiosa) es que los transgénicos son el mayor ene-migo de la soberanía alimentaria (y, por tanto, de nosotros, que a pesar de to-dos los buenos deseos no somos Suiza, y acaban siendo el mayor enemigo ¡de la seguridad alimentaria!). Contra esta afirmación no se puede presentar una sola objeción, simplemente porque las semillas transgénicas no son, ni nunca fueron, parte de un bien común. Las semillas transgénicas son propie-dad de las grandes transnacionales del agro-negocio. A los productores de este pequeño país les venden sus semillas con promesas de grandes beneficios (relacionados con la productividad, con la inmunidad a determinadas plagas o enfermedades, con regular la uniformidad del producto), y es probable que el resultado de la cosecha responda a esas promesas.

Pero a la hora de repetir el exitoso cultivo, las semillas generadas en el primero no sirven, y por tanto hay que volver a comprarle la semilla a la transnacional. Éste es el truco fundamental de los transgénicos, que el productor nunca más será el dueño de su semilla, como ha ocurrido siempre con los cultivos convencionales, sino que se vuelve un eterno dependiente de empresas extranjeras y poderosas sobre las que no puede tener ningún control. Por tanto, de entrada se ha perdido la soberanía alimentaria. Cualquier día los precios de esas semillas podrán volverse inasequibles para el productorcito boliviano. No hay ninguna garantía de que se pueda seguir produciendo y, entonces ¿dónde queda la cacareada seguridad alimentaria?

No puede ser que en este país y en este proceso caigamos en una trampa tan simple. No olvidemos que el programa de gobierno del MAS, el año 2005, fue el primero en plantear como tema estratégico el de la soberanía alimentaria, precisamente como condición de posibilidad de la seguridad alimentaria. No puede ser que los compañeros transculturales vengan a ser los portavoces en Bolivia de los intereses de las grandes transnacionales del agro-negocio, y menos aún que lleguen a convencer de ellos a nuestro presidente. ¡Con los transgénicos no se juega!


Rafael Puente Calvo es ex viceministro de Bolivia.


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