Diez años detrás del Muro

“A fines de 2002 me encontré marchando por las calles de A-Ram, un pueblo palestino cerca de Jerusalén. La protesta era contra los planes de construir un muro en el corazón del pueblo; cuando los activistas locales me mostraron el plano del trazado, ingenuamente pensé que debía haber un error. Mirando alrededor veía un pueblo como cualquier otro (…). ¿Cómo podía ser que un muro fuera a construirse en medio de ellas y cortar al pueblo por la mitad? (…) Diez años después, un muro de cemento de ocho metros de altura divide A-Ram en dos. Caminando a lo largo del muro ahora sólo se puede ver la mitad de las casas, de los comercios, de las oficinas y escuelas que se veían antes. El pueblo, al igual que las vidas de sus miles de habitantes, quedó partido en dos.” Haggai Matar.[1]

Es casi tres veces más alto y seis veces más largo que el de Berlín. Sin embargo, para Occidente (tan sensible sobre el alemán) el Muro israelí parece invisible. A diez años de su creación, la indiferencia se refleja en el silencio con que los medios internacionales hacen pasar desapercibido este ignominioso aniversario.

Shirin Al-Arag, dirigente popular de la aldea de Wallajah. Fotografía: Zigor Alkorta.

Objetivo: “La mayor cantidad de territorio palestino posible, con la menor cantidad de población palestina posible”. Hace exactamente diez años Israel comenzó a construir una barrera de separación[2] entre su territorio y los territorios palestinos que ocupa. El argumento esgrimido fue la seguridad. No parecía difícil justificar esa decisión ante el mundo: 2002 fue el año más cruento de la segunda Intifada.

Los datos crudos del Muro permiten inferir cuál era la verdadera intención detrás de la iniciativa: la anexión y fragmentación del territorio palestino, que (al igual que la construcción de colonias judías) busca crear hechos consumados y hacer imposible la existencia de un Estado palestino soberano.

El 85 por ciento del Muro está construido dentro del territorio de Cisjordania, y sólo 15 por ciento sigue la Línea Verde (frontera reconocida desde el armisticio de 1949). Su sinuosa y arbitraria ruta, que tiene más del doble de extensión que la Línea Verde, está trazada para dejar del lado israelí los principales bloques de colonias judías. Cuando esté terminado, no sólo habrá fragmentado aun más el territorio palestino: también habrá partido a Cisjordania en dos mitades a la altura de Jerusalén.

Desde que Ariel Sharon anunció la construcción del Muro, su ruta oficial ha sido cambiada o su construcción detenida en distintos períodos. En ambos casos, debido a la controversia dentro de Israel sobre cuánta porción de territorio palestino se debía anexar, o a que las demandas judiciales de las comunidades afectadas llevaron a la Corte Suprema de Israel a frenar la construcción. En casos excepcionales la Corte ordenó que la ruta fuera cambiada para devolver a las comunidades palestinas una porción de la tierra robada.

Fotografía: Rubén Pascual.

¿Seguridad o anexión?

El Muro y su ruta también fueron motivo de debate entre los distintos grupos de interés en Israel: los colonos más extremistas se oponían a su construcción porque significaba poner un freno a sus ambiciones de expansión ilimitada hacia el territorio palestino. Otros grupos vinculados al estamento militar afirman que, al no construir el Muro sobre la Línea Verde, Israel ha puesto en peligro la seguridad de sus habitantes y de las fuerzas encargadas de custodiarlo, por priorizar los intereses de un grupo específico (los colonos) en detrimento de la seguridad general.

Siguiendo la ruta del Muro uno se encuentra con varios lugares donde la construcción se interrumpe abruptamente y el pasaje hacia el lado israelí es relativamente fácil. Las razones por las que esos tramos no están terminados son variadas y en algunos casos desconocidas: por falta de financiamiento, porque pende una resolución judicial que podría cuestionar su ruta, o porque la resistencia palestina es muy fuerte y ha atraído la atención y condena internacional. Algunos analistas afirman que a Israel no le conviene concluir la construcción del Muro, por la misma razón por la que aún no ha definido sus fronteras definitivas: hacerlo significaría renunciar al territorio al Este de él y entregarlo a los palestinos, cuando todo el mundo sabe que para los gobiernos israelíes “la tierra de Israel” es indivisible entre el Mediterráneo y el Jordán.

Más allá de la intención anexionista, el argumento de seguridad es débil en sí mismo: es verdad que los atentados suicidas se redujeron hasta desaparecer, pero fundamentalmente porque hubo una decisión política de la resistencia palestina de ponerles fin y elegir otras estrategias. De hecho todos los días unos 60.000 palestinos entran a trabajar en Israel (sólo la mitad con permiso legal).

Impactos catastróficos

Los datos aportados por la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA oPt)[3] sobre los impactos del Muro son tan elocuentes como dramáticos. La población palestina de Cisjordania no tiene acceso a Jerusalén. Sólo quienes consiguen permisos especiales pueden entrar a través de uno de los cuatro checkpoints que la rodean. Los autos con matrícula de Cisjordania tienen prohibido circular por Jerusalén; esto incluye a las ambulancias palestinas, que deben trasladar al paciente (sin importar su gravedad) a una ambulancia israelí (si el enfermo tiene permiso para entrar). Eso explica por qué muchas personas han muerto y decenas de palestinas han dado a luz en los checkpoints israelíes.

Dentro de Jerusalén Este, el Muro ha dejado “fuera de la ciudad” a muchos barrios, suburbios y aldeas del área metropolitana. Las familias quedaron separadas y la población residente fuera del Muro perdió el acceso a sus hospitales, escuelas, universidades, mezquitas y centros de la vida económica, social y cultural. Estas áreas agonizan en una tierra de nadie, sin servicios municipales ni urbanos, sin seguridad ni autoridades, y a merced de la creciente criminalidad.

En Cisjordania, las 7.500 personas que han quedado “atrapadas” entre el Muro y la Línea Verde (en la zona conocida como “de costura”) necesitan un permiso especial para vivir en sus propios hogares, sólo pueden salir a través de un checkpoint, y no pueden recibir visitas. Esto ha trastornado su acceso a los lugares de trabajo y estudio, su vida social y familiar, así como la provisión de servicios a estas comunidades. Cuando el Muro esté concluido, 23.000 personas más estarán en esa situación. Ciento cincuenta comunidades cuyas tierras han quedado del otro lado del Muro deben obtener permiso “de visitante” para acceder a ellas a través de “portones agrícolas” controlados por soldados, que en su mayoría abren sólo seis semanas al año durante la cosecha de olivo, y por un período limitado de horas al día.

Como resultado, los agricultores han abandonado la producción más rentable por granos de escaso valor que requieren menos cuidados, con las consiguientes pérdidas económicas. Muchos han tenido que abandonar totalmente sus tierras, y el Estado israelí se las ha entregado a las colonias judías, revelando así el verdadero propósito de esta política. Decenas de miles de palestinos han perdido su trabajo en Israel. Con una economía estrangulada, el alto desempleo les obliga aún hoy a buscar esa opción, ya sea esperando horas en un checkpoint o trepando el Muro clandestinamente y arriesgando ser heridos, arrestados o incluso perder la vida a manos de la policía militarizada.[4]

Condena internacional y Resistencia

En 2004 la Corte Internacional de Justicia de La Haya afirmó categóricamente que (si bien Israel tiene derecho a proteger su frontera) la ruta viola el IV Convenio de Ginebra, e Israel debe desmantelar el Muro. La Corte llamó a todos los Estados de las Naciones Unidas a tomar medidas efectivas para obligarle a respetar el derecho internacional. Hasta hoy Israel rechaza este juicio.

La resistencia palestina comenzó al tiempo que la construcción del Muro. Las aldeas que vieron cómo de la noche a la mañana su vida cotidiana iba a ser trastornada se manifestaron pacíficamente para salvar sus olivos y sus tierras, recibiendo el apoyo de activistas israelíes e internacionales. Ahora se articulan en el comité de coordinación de la lucha popular y mantienen la resistencia desarmada pese a la brutal represión del ejército: cientos han sido asesinados, heridos o arrestados, decenas de olivos incendiados y de animales muertos por el gas lacrimógeno y la munición israelí.

Hasta ahora la lucha logró que el territorio anexado por el Muro sea un nueve por ciento (en lugar del 17 por ciento previsto); y llamó la atención internacional sobre la inhumanidad del proyecto israelí. Según los palestinos, uno de sus principales logros ha sido “mostrar al mundo que no somos los terroristas sino las víctimas del terror”. Aun así, Israel y sus poderosos aliados han hecho oídos sordos al clamor palestino, al mandato de la CIJ y a la condena de la sociedad civil internacional.

Más allá del Muro

El símbolo más fuerte de la ocupación de Palestina no puede ser analizado sin el sistema de permisos y sin los 500 checkpoints y otras formas de encierro y fragmentación (sin olvidar el bloqueo a Gaza); todo constituye un proyecto perverso destinado a impedir el movimiento de los palestinos y palestinas dentro de su territorio, a desconectarles de sus centros urbanos (sobre todo de su capital, Jerusalén Este) y a despojarles de más y más tierras para construir colonias judías, con el fin de hacer inviable un Estado palestino. En resumen, son las formas modernas de la limpieza étnica de Palestina.

Cada vez más intelectuales, dirigentes políticos y activistas sociales coinciden en que la “solución” de dos Estados ha dejado de ser una opción válida y es necesario moverse hacia otro paradigma: el de un solo Estado democrático y secular no sionista en toda la Palestina histórica, con igualdad plena de derechos para todos sus habitantes.[5] En los hechos lo que existe hoy es un solo estado que gobierna desde el Mediterráneo al Jordán imponiendo dos sistemas legales, jurídicos y políticos diferentes sobre dos grupos distintos de población: Israel es una democracia para quienes tienen nacionalidad judía y un régimen de apartheid para la población árabe.

Ésta es la trampa en la que el Estado sionista se encuentra actualmente: como dicen sus críticos, ha sido el mismo Israel, con sus políticas de ocupación y colonización, el que ha matado el proyecto de dos Estados separados, y ahora se enfrenta a un dilema crítico: democratizarse realmente (terminando con los privilegios excluyentes del estado judío) o profundizar el régimen de apartheid que hoy impone a la población palestina a ambos lados de la Línea Verde.[6]

Los más pesimistas consideran que para Israel el dilema se resuelve con la opción más cómoda: mantener el estatu quo (acompañado de la retórica hueca sobre su voluntad de “negociar la paz”), en la medida que (al menos hasta ahora) ni la resistencia palestina ni la presión internacional han sido suficientemente fuertes para hacerle pagar un costo político por sus acciones. Los optimistas, en cambio, afirman que el régimen actual es insostenible, y que se equivoca quien crea que en el siglo XXI un Estado puede gobernar indefinidamente un territorio sometiendo a la mitad de su población a un régimen de discriminación institucionalizada, opresión brutal y total negación de derechos; más temprano que tarde el estallido será incontrolable.

Es posible que los primeros tengan razón en el corto plazo, y los segundos en el largo. La conciencia mundial sobre la ilegitimidad del apartheid israelí crece día a día, junto con los éxitos impresionantes del también creciente movimiento de boicot, desinversión y sanciones para acabar con él. El fantasma de Sudáfrica está siempre presente, y en una perspectiva histórica no es difícil imaginar el desenlace. Es cuestión de tiempo; y el palestino ha probado ser el pueblo más paciente y resiliente del mundo.


María M. Delgado es activista de derechos humanos y colaboradora de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Este artículo ha sido publicado en el nº 54 de Pueblos – Revista de Información y Debate,  Cuarto trimestre de 2012.


1. Haggai Matar (activista israelí): “The Wall Project”, en +972 Magazine http://972mag.com/special/the-wall-2/
2. La barrera de separación es un muro de cemento alrededor de las ciudades y pueblos palestinos, y una cerca (con monitoreo electrónico, zanjas a ambos lados del camino, alambrado de púas, cámaras de vigilancia, patrullaje militar y con perros) en las zonas no urbanas. Para simplificar, aquí llamaremos ‘Muro’ a ambas.
3. OCHA oPt, The Humanitarian Impact of the Barrier, July 2012: http://www.ochaopt.org/documents/ocha_opt_barrier_factsheet_july_2012_english.pdf
4. El documental Nine to five (2009), del director israelí Daniel Gal, describe las mil penurias que enfrentan los trabajadores palestinos que cruzan el Muro clandestinamente para trabajar en Israel.
5. Las críticas al paradigma de ‘dos Estados’ no se basan únicamente en un argumento de tipo pragmático (la inviabilidad), el cual implicaría admitir que Israel ganó con su política de hechos consumados; el argumento de fondo es que admitir un Estado palestino con las fronteras de 1967 implicaría dejar a este pueblo sólo un 22 por ciento de su territorio original; no resolvería la situación del millón y medio que vive dentro de Israel y, sobre todo, haría imposible el retorno de los 5-6 millones de refugiados (la gran mayoría del pueblo palestino).
6. Ver Haciendo visible el apartheid israelí en http://mariaenpalestina.wordpress.com/2012/03/09/haciendo-visible-el-apartheid-israeli/).


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