Teatro

José K. Torturado. Un viaje al dolor y la contradicción

“Mi nombre es José. Mi apellido no importa. Me llaman José K. Soy José K. y he sido torturado”. Con esta expectativa tan poco halagüeña comienza la obra de teatro escrita por Javier Ortiz, dirigida por Carles Alfaro y magistralmente protagonizada por Pedro Casablanc.
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Imagen promocional de José K. Torturado.

El escenario aparece absolutamente desierto, salvo una caja de cristal de un metro cuadrado de superficie y no más de metro y medio de altura. Dentro está el actor, completamente desnudo, con las manos amordazadas a la espalda, los pies encadenados, sentado sobre un cilindro metálico y dando la espalda al público. El cubo tiene un acertado juego de luces pequeñas que nos va ofreciendo los claroscuros del personaje y nos ilustra sobre la tortura de vivir con o sin luz. El espacio se completa con una pantalla trasera sobre la que se proyecta la imagen en primer plano del actor, una imagen que invade el patio de butacas y nos hace partícipes sin remedio no sólo de su angustia y dolor físico psicológico y moral, sino también del nuestro: a partir de sus primeras palabras de cruda presentación, la hora y cuarto de espectáculo convierte el teatro en un espacio de confesiones y reproches del que es imposible salir indemne.

Rápidamente y sin tregua, el personaje se confi esa terrorista, pero no uno “cualquiera” arrastrado por las circunstancias, sino un terrorista con origen y argumento basado en la contradicción y la pérdida de la moralidad y la ética de la sociedad actual. José K. decide abandonar su carrera de arquitecto y constructor de casas por la carrera de ingeniero en explosivos y destructor de vidas, sin posibilidad de retorno y sin más referente motor y fi liación para sus acciones que la de la injusticia social que requiere que dos terceras partes del mundo vivan humilladas y cercenadas para que el otro tercio disponga de un estatus y un sistema social. La voz de José K. suena metálica y a sótano hueco, pero las palabras brotan claras y diáfanas. Nos va guiando por un viaje vital con un discurso crudo, sin circunloquios ni metáforas, que nos acerca cada vez más a un ser humano humillado, con una necesidad agónica de ser escuchado y compadecido, aunque le repugne generar el más mínimo sentimiento de cariño o cercanía.

Para plantearnos la licitud, eficacia y validez de la tortura, la obra nos presenta a José K, un terrorista con más de treinta años de experiencia que, en el momento de ser apresado, acaba de colocar una bomba en la alcantarilla de una plaza pública abarrotada de gente que acude a un supuesto acto político. ¿Es lícita la tortura a un ser humano con el fin de obtener la información necesaria para evitar la masacre? ¿Existen razones morales para practicar la tortura en situaciones excepcionales? ¿Los fines justifican los medios? ¿Qué es una situación excepcional?

Saber que José K. ha colocado una bomba con el objetivo de matar a “cuantos más mejor”, según dice, nos agarrota, nos deja tambaleando como sonámbulos. A la vez, nos espolea el hecho de comprobar que no ha perdido su condición humana, que con muchos trazos de su discurso y de sus razones de base no nos cuesta nada empatizar. Tenemos ganas de escucharle: estamos encontrando en su agónico monólogo aquella razón última que ofi cialmente amparaba ciénagas tales como la Escuela Mecánica de la Armada argentina, Abu Ghraib, Guantánamo y tantos y tantos pozos de horror a lo largo y ancho del mundo.

¿Dónde se encuentra realmente la seguridad de la sociedad? ¿Quién es el maltratador y el terrorista? ¿Quién es el hipócrita, quién mata más y quién es más despiadado? José K ha cruzado conscientemente la frontera de la moralidad, ha decidido que para construir de nuevo antes hay que destruir… Pero él sólo vale para esto último. Nos mira inquisitivamente recordándonos que ese mismo sitio en el que ahora vive está lleno de gente tan despiadada y sanguinaria como él, entre los que no sólo están sus torturadores, sino que también incluye a quienes miran para otro lado. Por eso, el rostro sudado, los ojos encendidos del personaje y el vaho corporal, que poco a poco va ocupando esa caja-cárcel de la vergüenza, invaden nuestro terreno vital de espectadores, de ciudadanos y ciudadanas y, también, sobre todo, de cómplices de lo que allí está ocurriendo.

Pero cuando nos sentimos más cerca a su causa y persona, José K. nos vuelve a lancear con una brutal decisión, tan descarnada como la animalidad de quienes le torturan y que supone dejar fallecer delante de sus ojos a su ser más querido, ahogando su desesperación, su negación y sus lágrimas, que a la postre se convierten en el mismo veneno que lo acaba dejando morir. Algún crítico ha dicho que la trama gira sobre asuntos muy manidos, fácilmente asumibles a propósito de las “maldades del capitalismo”, la historia y los que la escriben (dice el personaje: “si matas poco a poco te llaman criminal, si matas por miles te llaman general”).

Más allá de esta cuestión, José K. tiene el mérito de ponernos en el fi lo de tener que elegir, de hacernos dudar, de tener que tomar una decisión y meternos en un viaje que en ocasiones parece de no retorno. Parece que cuando acabe la función no nos vamos a poder liberar de esa duda y que, cuando la repensemos, la voz metálica y el rostro de este reo nos van a acompañar. El autor de la obra, el periodista ya fallecido Javier Ortiz, explicaba: “La tortura es un viaje moral sin retorno. No cabe atravesar esa frontera con pretensiones de excepcionalidad. Avalar la tortura en algún caso equivale a avalarla en cualquiera”. Los hechos, presencia y artículos de Javier Ortiz dan fe de su actitud, su modestia y su sentido de la ética, de su compromiso y su ofi cio literario. Generosa y valientemente, y con la ayuda de la sabia productora Sandra Toral, explicó estas cuestiones en forma de obra de teatro, la única que por desgracia escribió en su vida.

El director, Carles Alfaro, se ha enfrentado a un reto de una enorme complejidad. Lejos de llevar este texto por un camino más lineal, con más artifi cio escenográfi co, amplifi cando el discurso con un personaje de réplica que de más holgura al actor principal y más cobertura al propio público, opta por la vía más recóndita. Una vía, que como el texto, deja muy pocos resquicios para esconderse y sobre la que sólo cabe o resultar seriamente trasquilado o salir airoso y haciendo más grande si cabe el hecho teatral. Carles sale abriendo la puerta grande porque, efectivamente, el texto requiere de un riesgo que él y su actor entienden a la primera.

El derroche físico y la entrega de Pedro Casablanc nos hacen jadear casi al mismo tiempo que su torso y su gesto se contraen en cada punzada que lanza el texto. Su esfuerzo es encomiable y su trabajo actoral se encuentra al alcance de muy pocos intérpretes. Pedro aparece desde el principio como un pez agonizante fuera del agua que lanza sus últimos coletazos de dignidad, dando secas bocanadas a un aire que lo va matando poco a poco y que nos arrastra a todos sin remedio en su ferocidad, en su causa, en su desgracia, en su brutalidad y en su reivindicación como ser humano.

Desde el programa de mano, José Saramago, desaparecido ya como Javier Ortiz, nos advierte antes de que se abra el telón: “Que la misma razón humana capaz de ascender a lo sublime sea también instrumento de crueldad y tortura, que esto haya ocurrido en todos los tiempos y lugares, que siga ocurriendo hoy como algo tan rutinario que ya no escandaliza ni indigna, eso es lo que ha empujado a Javier Ortiz a mirar y hacernos mirar los monstruos que se mueven bajo las apariencias de los individuos y de las masas”.

Hay que pensárselo dos veces para entrar al teatro a escuchar y compartir angustia, dolor y contradicción con el monólogo de José K. Torturado. El regreso a la “vida normal” no es fácil pero, desde mi punto de vista, este viaje es imprescindible.


José Alberto Andrés Lacasta es colaborador de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Este artículo ha sido publicado en el número 53 de Pueblos – Revista de Información y Debate – Tercer trimestre de 2012.


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