Irlanda en el orden mundial. Una historia de desarrollo desigual

"La conquista de la tierra, que básicamente significa quitársela a aquellos que tienen una tez diferente o la nariz ligeramente más chata que nosotros, no es un buen asunto cuando lo analizas con detalle", admite el monstruo imperialista Kurtz de la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas (Heart of darkness).

En el libro Ireland in the World Order. A History of Uneven Development, Maurice Coakley comenta que “Lo que distinguió claramente a Irlanda de otras islas atlánticas, en la transición desde el final de la era medieval al comienzo de la era moderna, es la forma en la que Irlanda fue incorporada al nuevo orden político centralizado: la fuerza bruta de la conquista… implicando devastación humana y material”. Es oportuno recordar los brutales hechos de la conquista, en estos tiempos en los que algunos historiadores y políticos se empeñan en la romántica rehabilitación del imperialismo. El secretario de exteriores británico William Hague declaró recientemente que “Tenemos que escapar de esta culpabilidad post-colonial”, haciéndose eco de la siguiente afirmación de Gordon Brown, en 2005: “Los días de los británicos teniendo que disculparse por su pasado colonial han terminado”. Quizás me he perdido algo. ¿Cuándo empezaron a pedir disculpas?

La razón por la que la fuerza bruta fue necesaria en Irlanda se debió a que el orden social gaélico (con las limitaciones inherentes a la cantidad de excedente social, que se basaba, especialmente, en la propiedad individual de la tierra) fue tal que la mayoría de sus líderes no pudieron ser sometidos por el emergente estado moderno centralizado. El orden gaélico en sí mismo tuvo que ser exterminado.

Como Maurice explica, “no fue solamente un asunto de desapoderar a una pendenciera elite local, sino la erradicación de un orden social en su totalidad, una forma de vida. (…) Las nuevas estructuras sociales establecidas se basaron en altos niveles de coacción y en la exclusión sistemática de la población indígena de las instituciones del poder”. Factores entrelazados de religión y alfabetización (o la falta de ello) agravaron esta separación entre el grupo dominante y la masa del pueblo. Una de las características de este modelo de desarrollo, o subdesarrollo, fue la ausencia de una amplia base de capitalismo agrario en Irlanda, y esto mismo ocurrió en otras partes del mundo, como Maurice documenta, aprovechando la experiencia de Mike Davis.

“En regiones donde el sistema agrario pre-capitalista estaba presente, y donde el poder colonial dominó en la era de la industrialización, las consecuencias fueron más o menos catastróficas. El intento por parte de los gobernantes coloniales europeos de llevar a marchas forzadas estas sociedades hacia un sistema comercial de agricultura creó una gran masa de exceso de mano de obra y dejó una estela de caos ecológico. Simultáneamente, aquellas industrias de fabricación que esas sociedades poseían fueron primero limitadas por las restricciones mercantilistas del poder colonial y después estuvieron sujetas a la guerra relámpago del libre comercio por las recientes industrias mecanizadas de Gran Bretaña y otras potencias coloniales”. De este modo fueron destruidas las industrias textiles de Inglaterra e India y las de muchos otros países, como han argumentado en los últimos años escritores tales como Ha-Joon Chang en sus historias revisadas del “libre” comercio.

Mike Davis habla de cómo el empobrecimiento fue de este modo la otra cara de la modernización, o de cómo lo que nosotros ahora llamamos el “tercer mundo” fue creado a través de lo que Davis memorablemente describe como “el tardío holocausto Victoriano” a lo largo de Africa, Asia y Lationameérica. Como Mauricio explica, “el subdesarrollo es el daño colateral de la expansión del capitalismo”. Y así sigue.

El empobrecimiento de países como Irlanda e India alentó el camino para la independencia política, en cuanto a que fue visto como un prerrequisito para el desarrollo económico o al menos como la única vía de escape del deterioro económico. Tal como el nacionalista pan-africano Kwane Nkrumah expuso, “buscad primero el reino de la política y todo lo demás vendrá después”.

Aquel mensaje todavía resuena en los actuales movimientos políticos en contra del neoliberalismo en Latinoamérica y otros lugares. ¿Qué es el “nacionalismo de recursos”, la reclamación del derecho de las personas sobre el agua y el gas que su tierra contiene de los movimientos sociales en Bolivia, si no el deseo de utilizar medios pacíficos para garantizar el bienestar económico o simplemente la supervivencia? Por supuesto que hoy se plantean retos de sostenibilidad ambiental, pero el paralelismo con la historia que Maurice documenta es evidente. Asimismo, ¿qué es la auditoría de la deuda, seguida del rechazo de la deuda considera ilegítima en Ecuador a finales del 2000, si no una afirmación de la voluntad política y de la capacidad para promover el bienestar de su propia gente en contra, en este caso ,de instituciones financieras globales?

¿Reivindicando el control de los recursos naturales? ¿Rechazando deuda ilegítima? ¿Alguna posibilidad de que esto ocurra aquí en un futuro cercano? La a la vez hilarante y trágica introducción del libro de Maurice cita a funcionarios del Fondo Monetario Internacional (FMI) desconcertados con el hecho de que las autoridades irlandesas estaban a finales del 2010 del lado del Banco Central Europeo (BCE), en contra de cualquier “quita” para los acreedores de la deuda irlandesa. Desde el FMI se concluyó que el equipo irlandés estaba sufriendo el “síndrome de Estocolmo”, que eran rehenes de quienes habían llegado a identificarse con sus secuestradores. Pero Maurice establece las razones estructurales de esta postura. Si en anteriores periodos de la historia se vio el triunfo de la independencia local como vital para el progreso económico de Irlanda, en las décadas más recientes se ha experimentado un cambio dramático, como Maurice explica:

“La cercana integración del capitalismo Noratlántico en la segunda mitad del siglo veinte pareció ofrecer a la elite irlandesa una vía de escape a la trampa del subdesarrollo. Donde anteriores estrategias de progreso fueron establecidas en la reafirmación de mayor independencia nacional, como Maurice nos lleva a observar, “las altas esferas de la elite irlandesa han llegado a ser fabulosamente ricas, estableciéndose ellas mismas como intermediarios en estos circuitos; muchos más han llegado a ser moderadamente ricos durante este proceso”. Para estas personas, la persecución de la “política británica” había llegado a ser un anacronismo, o incluso una amenaza, y reservaron su particular odio para aquellos republicanos que todavía veían la búsqueda de la independencia nacional como el problema más acuciante que resolver. Para las elites el romper ahora con la estrategia de subordinación es casi impensable, incluso si, una vez más, significa el empobrecimiento de la sociedad irlandesa, es el momento de mantener las fortunas de los especuladores financieros a través del repago de la deuda ilegitima.

Pero la subordinación no parece tan atractiva a la mayoría de la población. Entonces, argumenta Maurice, la situación actual una vez más saca la “pregunta nacional” a la palestra: “Una de las ironías de la situación actual es que soberanía y democracia nacional, los temas claves de los movimientos nacionales de independencia que durante largo tiempo han sido considerados como anticuados y completamente irrelevantes, han resurgido como la demanda de derechos en el discurso popular. Decir que la cuestión nacional ha sido impuesta forzosamente por la crisis financiera no es para afirmar que hay una respuesta nacional a la crisis. La difícil situación irlandesa de servidumbre por deudas es parte de una amplia pauta: La resistencia solamente puede tener éxito si es parte de una amplia unión”.

Si la historia irlandesa nos ofrece lecciones en conquista y opresión, afortunadamente también nos muestra lecciones en la organización con éxito de tal resistencia. Maurice, en uno de sus pasajes más optimista del libro, señala, “un activo que la cultura política irlandesa posee es una larga tradición de rebelión contra la injusticia”. La sociedad de la tierra, la campaña anti-aislamiento y los movimientos de derechos civiles, todos ellos, ofrecen valiosos ejemplos de movimientos populares de insubordinación. Los desafíos de la organización de equivalentes coaliciones modernas de resistencia preocupan a muchos de nosotros en nuestra vida diaria ahora mismo. Pero siempre vale la pena que nos detengamos para reflexionar sobre qué nos enseña la historia y qué deberíamos aprender del resto del mundo. Dar la vuelta al viejo cliché, “¡No hagas nada! Siéntate aquí”. Haced ambas cosas: sentaos aquí y leed un buen libro. Si estás interesado en la lectura del mejor libro disponible sobre cómo hemos llegado a dónde estamos y en cómo aún sería posible ir a otro lugar, entonces lee Ireland in the World Order. A History of Uneven Development, de Maurice Coakley.


Presentación realizada por Andy Storey del libro Ireland in the World Order: a History of Uneven Development, de Maurice Coakley. 20 de septiembre de 2012, Irlanda.


Artículo traducido para Pueblos – Revista de Información y Debate por Ana Pernichi.


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