Palestina

Comunidad versus individuo: El otro nombre de la tribu

En mi experiencia rica y especialmente desafiante como coreógrafo y preparador de danza durante más de dos decenios, la mayor parte de ellos en la Palestina ocupada, he conseguido una comprensión de la interrelación intrincada, compleja, a menudo edificante y a veces frustrante, entre el artista individual y el grupo al que él o ella pertenece que me ha ayudado a comprender la necesidad crucial de un equilibrio entre lo que es remitirse al saber histórico del grupo y las aspiraciones actuales, y afirmar la creatividad y visión individuales. Sin esto último, un artista individual puede quedar subsumido en una mentalidad dominante, de rebaño.

Toda tribu desarrolla mecanismos eficaces para interiorizar y mantener la lealtad, la cohesión y la conformidad entre sus miembros, sobre todo en el terreno de la cultura. Estos mecanismos adoptan diversas formas y varían en su influencia, dependiendo del contexto sociocultural. A pesar de las pretensiones del etnocentrismo, la tribu ha evolucionado durante siglos de desarrollo humano, cambiando su forma y colores, pero¡ manteniendo esencialmente su control de conjunto sobre la expresión e iniciativa individuales.

En un país europeo occidental típico, en el que un rápido desarrollo económico y tecnológico haya conducido a la desintegración o un grave debilitamiento de las instituciones comunitarias, forzándolas a dejar vía libre a procesos más centrados en el individuo, éste puede tener la impresión de sentirse libre de influencias tribales, por así decir, sobre todo en el terreno artístico, en el que la creatividad personal se ve restringida por medidas de control colectivas. Casi nunca existe un intento directo por parte del Estado, la iglesia o las instituciones del sistema para imponer límites a la expresión artística. Prospera, por tanto, el arte abstracto introspectivo y enormemente individualizado, que se percibe como señal de esta libertad celebrada. O eso parece.

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Imagen: María José Comendeiro.

La súper tribu occidental

Los artistas europeos, puesto que sus Estados se vuelven menos tendentes a hacerse responsables ante los auténticos factores y procesos democráticos de base, están cada vez más controlado, o al menos intensamente influidos, por una súper tribu, las grandes corporaciones, muchas de las cuales son multinacionales que practican el neocolonialismo a escala global y reducen la sociedad humana a un agregado de consumidores individuales a escala local. Considerando esta realidad y el hecho de que los artistas europeos dependen de modo predominante de financiación o subvenciones del Estado, sólo puede asumirse que su trabajo no debe permitirse propugnar o inspirar pensamientos o conceptos contrarios al sistema que ofendan a la comunidad o tribu empresarial. Además, esos mismos conglomerados de negocios son también los principales financiadores de importantes festivales y escenarios de actuaciones, un hecho que les da muy directamente voz a la hora de decidir lo que resulta “apropiado” mostrar al público en general y lo que no.

Mientras que los principales artistas europeos pueden, es decir, se les permite mostrar la desnudez o la sexualidad en escena, presentar los temas personales más extravagantes o incurrir en ataques a la religión y a toda figura sagrada, es posible que encuentren que supone todo un reto explorar las cuestiones sociales y políticas que ponen en tela de juicio el saber establecido, las líneas rojas tácitas trazadas por los verdaderos poderes, los auténticos líderes tribales. Esas limitaciones, de acuerdo con la mejor tradición europea, nunca las dicta alguna autoridad que prohíba o permita esto, son mucho más sutiles, indirectas, pero terriblemente efectivas.

Los artistas disidentes que no son lo bastante destacados o ingeniosos para proteger su margen de libertad pueden verse desprovistos de fondos, perder oportunidades de actuar, carecer de cobertura mediática u otro tipo de mecanismos de control sofisticados por medio de los cuales la tribu les mantiene a raya, a ellos y a sus ideas desafiantes. Así pues, la tribu proyecta y perpetúa de manera indirecta pero bastante totalizadora su hegemonía cultural, como la denomina Gramsci, sobre sus miembros a través de los medios de comunicación, el sistema educativo, el poder empresarial y el aparato de Estado, entre otros instrumentos.

La tribu en países árabes

Por contraposición, en la mayoría de los países árabes, gobernados por regímenes autocráticos no elegidos y, por tanto, ilegítimos, prevalece todavía la comunidad en el sentido tradicional, por encima de la toma de decisiones individual y hasta de la elección de carrera y toda forma de expresión. Los artistas árabes tienen con frecuencia que vérselas con autoridades políticas, religiosas, culturales, hasta legislativas, que tienden a entrometerse en todos los aspectos de la vida, que de manera descarada vigilan el pensamiento y regulan todas las libertades, y especialmente la de expresión, para que se ajusten a las normas y valores que juzgan “aceptables” esos guardianes de los portones del sistema. En esas circunstancias, en las que la lealtad a una tribu se refuerza y a menudo se venera, la innovación y la creación se ven restringidas y algunos artistas, con el tiempo, se sienten inclinados a desarrollar estratagemas de autocensura, evitando todo desafío a las reglas establecidas por temor a incurrir en la ira del todopoderoso Estado o el ostracismo de la sociedad, esa tribu más grande. O eso parece.

Lo bueno de los mecanismos de control abiertos o explícitos, como los adoptados por regímenes represivos o instituciones clericales, es que quienes caen bajo su dominio son siempre bastante conscientes de ellos y constantemente se les recuerda su presencia. Son casi como los puestos militares de control en carretera de algún camino de una ciudad típica de la Cisjordania ocupada. Su apabullante función se reconoce de sobra e inspira formas creativas de sortearlos, como hacen a menudo los seres humanos en peligro. No hay sentido de permanencia, no hay una sensación “natural” respecto a esas limitaciones. Siendo externas, casi artificiales, nunca forman parte de nosotros o de cómo nos reconocemos. Por opresivo que pueda resultar, ocupar tierras es, a la luz de esto, menos peligroso que ocupar mentes. En el segundo caso, uno se ve adoctrinado por la cultura establecida, que nos hace interiorizar sus límites como si fuesen propios. Se mezclan con la identidad y se convierten en parte de la propia autoidentificación.

Si bien puede que Palestina sea única en el hecho de que se encuentra bajo un régimen de dominio colonial y apartheid, como parte de la nación árabe comparte rasgos y valores culturales significativos con sus vecinos. Debido, acaso, a la avasalladora presencia de la ocupación militar, los mecanismos de control social no son tan rigurosos como en algunas sociedades árabes, más conservadoras. Con todo, no puede subestimarse el control tribal, ni siquiera en instituciones ostensiblemente modernas, progresistas. La libertad para investigar temas políticos, hasta los más heterodoxos, ha sido algo que daban por hecho muchos artistas palestinos acostumbrados a resistir cualquier intento de las autoridades israelíes de declarar el arte “subversivo” fuera de la ley. Con los temas sociales y culturales, no obstante, la tribu establece límites de hierro y lo hace de forma directa e indirecta. Desafiarlos constituye una tarea abrumadora que pocos se atreven a abordar.

Dentro incluso de algunas organizaciones artísticas que son “progresistas” y “democráticas” pervive una peculiar forma de tribalismo, mediante la cual los dirigentes imponen sus propios valores como expresión del “consenso”, utilizándolos para recortar la creatividad personal que sobrepase sus límites o se advierta como amenazadora para su poder. Se trata de un individualismo camuflado como colectivismo.

Pero en una situación de ocupación o aguda opresión, las comunidades, independientemente de cualquier característica tribal que puedan albergar, tienen también algo positivo que ofrecer.

El peso de la comunidad en Palestina

Como coreógrafo palestino, a menudo recibo una lección de humildad de la capacidad y resistencia de mi comunidad a la hora de hacer frente a los incalificables crímenes que ha cometido Israel contra nosotros durante seis decenios: la limpieza étnica gradual, lenta, las leyes y prácticas de apartheid, el castigo colectivo, el asedio, el muro colonial, los asfixiantes asentamientos que cubren el paisaje, la muerte deliberada de inocentes, la demolición de viviendas y el tratamiento en conjunto de los palestinos meramente como seres humanos relativos. Cualquier sociedad puede llegar a desfondarse en semejantes condiciones. Pese a verse gravemente fragmentada y convertida en gueto, la sociedad palestina ha perseverado y conseguido resistir la arremetida sin perder su identidad ni el sentido de su objetivo. En los lazos tribales que han impregnado siempre la sociedad es donde reside, en parte, el mérito de nuestra supervivencia. La mayoría de los conflictos internos los resuelve la comunidad, que también otorga a los individuos su anclaje y un sentido indispensable de pertenencia cuando todo lo demás se derrumba a su alrededor.

El precio que paga a menudo el individuo por recibir esa “protección” o bendición de la comunidad se cifra en respetar los límites de la tribu, aun cuando pone a prueba su propia creatividad y autoexpresión. Y cuando la visión creativa de un individuo le fuerza a transcender o incluso poner en cuestión los límites de la tribu, el castigo no se hace esperar demasiado.

Si muchos artistas europeos buscan hoy una comunidad de pertenencia para dar más sentido a su existencia, por lo demás materialista en buena medida, muchos artistas árabes se esfuerzan por romper el “consenso” a menudo asfixiante a fin de explorar nuevos horizontes. Es hora, acaso, de que ambas formas de tribu evolucionen y concilien la necesidad crucial de una comunidad afectuosa y acogedora con el derecho inalienable del individuo a pensar y expresarse libre y creativamente.


Omar Barghouti es coreógrafo palestino y analista cultural.

Este artículo ha sido publicado en el nº 52 de Pueblos – Revista de Información y Debate – Especial junio 2012: Palestina


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