Los recortes en teatro son un robo

¿Por qué relacionamos crisis y recortes si no tienen necesariamente que ver? ¿De qué crisis hablamos cuando hablamos de recortes? ¿Es la crisis o son los recortes los que definen la época que nos ha tocado vivir? ¿O hay vida detrás de los recortes? ¿Vida teatral más allá de la crisis? Cada vez tenemos más preguntas sin respuesta. O cada vez más tenemos una única respuesta, una única excusa, un solo argumento, una gran alfombra para esconder los auténticos problemas. La crisis. Los recortes.
Citizen I. Chévere.
Citizen I. Chévere.

Nosostros no hemos provocado esta crisis, ni los teatreros ni los espectadores de teatro, no es nuestra responsabilidad. Somos víctimas inocentes de la ambición de otros. El teatro y la cultura ocupan casi siempre el último lugar en el gasto público de cualquier ayuntamiento, de cualquier comunidad autónoma, de cualquier gobierno. La cultura siempre fue un sector economicamente generoso con los demás, una máquina de producción de externalidades que benefician a otros sectores que sólo reconocen esa deuda de manera indirecta. Es decir, que buena parte de los beneficios que genera la cultura son capitalizados en otros puntos de las economías urbanas. La producción de valor es capturada fuera de los límites de los agentes culturales. Y aún así la cultura es un sector de futuro. El gasto en cultura no es el problema. Es una de las soluciones.

El mayor problema económico del teatro es la morosidad. Las administraciones públicas no están pagando los servicios culturales que contrataron. Han roto las reglas del juego. Nosotros, los teatreros, hemos cumplido. Nuestras cuentas son transparentes, estamos siendo auditados permanentemente. El sistema de subvenciones nos obliga además a asumir con recursos propios entre el 30 y el 70 por ciento del coste de cada proyecto subvencionado. Tenemos que adelantar todo el dinero necesario para una producción y antes de pagarnos la administración comprueba documentalmente que tenemos todos los pagos realizados. Sólo entonces abona su parte. Pero ahora no lo está haciendo. O lo hace con seis, ocho y hasta quince meses de retraso. Esto es especialmente injusto porque las compañías y las productoras, que conforman en su mayoría un tejido comestán manteniendo el sistema público de teatro en España. Son las que crean empleo y producen diversidad cultural. Aparentemente las administraciones públicas dedicaron sus esfuerzos a adquirir la mayor parte de los espacios escénicos para garantizar el acceso público a la cultura, al teatro. Pero curiosamente la inversión en construcción, rehabilitación y adaptación de espacios se mantuvo estable a lo largo de 30 años y supone diez veces más dinero que el dedicado a generar contenidos para esos contenedores. Porque ahí estaba el negocio. En el ladrillo. Además, el Estado controla las redes de distribución teatral, de manera que los ayuntamientos, las comunidades autónomas y el gobierno central controlan absolutamente el teatro que se puede ver y, por supuesto, el retorno económico que genera en la taquilla. En algunos ayuntamientos incluso pueden haber descubierto el negocio del siglo: contratan espectáculos que no pagan y que les reportan unos ingresos inmediatos para la hambrienta tesorería local. Una manera de que el teatro financie las arcas municipales a interés cero.

Fuera de las grandes unidades de producción públicas, el sector del teatro nunca ha trabajado por encima de sus posibilidades porque siempre ha vivido pegado a la realidad. Tan pegado que ha llegado a desarrollar la capacidad de adaptarse a todo tipo de circunstancias adversas. En otros sectores a esto le llaman precariedad. Nosotros le llamamos resistencia. Recortar es nuestro pan de cada día. Incluso recortamos el texto porque es lo único que nos sobra. Somos especialistas en recortes, en meter tijera, “chapodar”. De hacerlo bien depende nuestra subsistencia. Por eso sabemos que los recortes no son el problema.

El problema es la irresponsabilidad de quien hace los recortes. La falta de visión y previsión. La ineficacia. La pasividad. La ausencia de planificación. De alternativas. De planes complementarios que acompañen las medidas. Si el argumento para recortar en cultura es la necesidad de reducir el gasto público, no hace falta ser un experto en economía para afirmar que el déficit español no se va a controlar con recortes en teatro. Una consejería de cultura tiene un presupuesto 10 o 15 veces menor que una de fomento, pero los recortes son 10 veces mayores. Un proyecto como “a Cidade da Cultura” de Galicia consume más dinero público que todo el destinado al teatro, la música y el audiovisual. Un único concurso publicitario para la suma de todas las subvenciones concedidas a empresas teatrales durante un año. Lo que se consigue con recortes de hasta el 70 por ciento en las ayudas públicas al teatro es empobrecer la oferta cultural, destruir gran número de empleos, abocar al cierre a muchas pequeñas empresas y ponérselo un poco más difícil a las personas y a las familias que viven de esto, no sólo actores y actrices, por supuesto. Las políticas de austeridad impuestas son la mejor manera de ocultar una mala gestión o la incapacidad de gestionar con solvencia y profesionalidad el dinero público.

Por otro lado, la crisis y las políticas de recorte del gasto público tienen dos efectos inmediatos y preocupantes sobre el teatro: la concentración de la produción escénica en pocas manos y la estandarización de la oferta. Los primeros en caer son los más débiles, los más pequeños. Los márgenes son los que se estrechan y la centralidad es la que se agranda. La respuesta de las unidades de produción públicas y de las principales empresas productoras es hacer producciones cada vez más grandes en busca de un público masivo. La necesidad de incrementar la rentabilidad en la taquilla implica que el teatro que vamos a poder ver será aquel que ofrezca mayores garantías de éxito a priori. El que dé las respuestas más eficaces desde el punto de vista económico. El que pueda incrementar la demanda y los ingresos, no aquel que pretenda mejorar la oferta y optimizar los recursos.

Pero eso es sólo una fachada porque donde se está jugando el futuro es en los márgenes, en las creaciones más frágiles, en las compañías más pequeñas, en las producciones más modestas. El teatro del futuro irremediablemente está ahí, en los creadores comprometidos con la innovación y el riesgo, en las salas alternativas, en los espacios menos convencionales, en los barrios, en los pueblos y en las aldeas donde parece que no pasa nada, y no en las grandes avenidas de las grandes ciudades donde parece que se cuece todo. La crisis prolonga las inercias del pasado, le permite invadir un presente incierto, pero no por eso dejan de ser ruinas. La mayoría de nosotros vivimos entre esas espectaculares ruinas del sistema. El teatro debe ofrecernos la posibilidad de imaginar otros paisajes. Un teatro que tendrá otra arquitectura, que habitará espacios distintos sin perder la natureza que le ha permitido llegar hasta aquí.


Este artículo ha sido publicado en el nº 51 de Pueblos – Revista de Información y Debate – Segundo Trimestre de 2012


p51_chevere_02Los Chévere llevamos 25 años tratando de encontrar nuestro mejor perfil, pero al final siempre acabamos dando la cara. Cuando tocaba subirse al carro de las grandes celebraciones socialistas abrimos una sala alternativa que llamamos la Nasa. Cuando hubiese correspondido acceder al contemporáneo tiramos por lo cómico y los géneros e hicimos una de vaqueros. Cuando aún no estaban de moda los musicales nos pusimos las pilas, conectamos los amplis e incluso montamos una opereta pop. Cuando ya sólo funcionaban las comedias con famosos nos empezamos a poner serios. Cuando jubilamos a Don Manuel no nos acomodamos a las circunstancias bipartitas y diversificamos nuestro teatro. Cuando no había otra manera de atacarnos unos nos acusaron de terroristas. Y cuando tuvimos que cerrar la Nasa los otros vinieron para llamarnos explotadores. Ahora tendríamos que celebrar 25 años de trabajo cultural con el reconocimiento de nuestra ciudad y tenemos que emigrar para reinventarnos. No son lamentaciones, es una manera de resistir haciendo lo que más nos gusta.



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