Rafael Puente, ex viceministro de Interior de Bolivia: “Por mucho que haya cosas que no están funcionando como deberían, yo sigo creyendo en Evo”

Rafael Puente es un boliviano de más de 70 años que ha vivido una gran parte de su vida en España y Alemania. Ex jesuita, ha dedicado la mayor parte de su carrera profesional a tareas de educación popular. Esto le ha permitido estar en contacto directo con los pueblos indígenas de Tierras Altas y Tierras Bajas, a los que siempre ha apoyado. En términos políticos, ha sido militante radical, defendiendo en cada momento lo que le convenía a su país y diputado nacional durante cuatro años por el Frente de Izquierda Unida en tiempos neoliberales. Con la llegada de Evo Morales al gobierno, fue nombrado viceministro de Interior el primer año y representante presidencial y prefecto interino de Cochabamba posteriormente. En estos momentos está a cargo de la Escuela Itinerante de Formación Política del MAS, financiada por Naciones Unidas.
Fotografía: María José Comendeiro.

– Con una trayectoria tan dilatada como la tuya y en medio de un proceso tan dinámico como el que está viviendo Bolivia, ¿qué percepción tienes de lo que está pasando desde los últimos gobiernos neoliberales hasta la llegada al gobierno de Evo Morales?

– Mi percepción es que en este proceso hay luces y sombras, aunque hasta el día de hoy predominan las luces. La trayectoria de este gobierno, a pesar de los problemas que estamos padeciendo, ha significado una novedad absoluta en la historia del país, no solo nunca habíamos tenido un presidente indígena, sino que nunca habíamos tenido un proceso político cuyos protagonistas son los pueblos indígenas. Después de 300 años de régimen colonial, vivimos una república que lo único que hizo fue reproducir el régimen colonial pero peor. La historia de la república hasta el año 2001 fue una historia de marginación sistemática de los pueblos indígenas, que son la mayoría del país. No tenían otra opción que la servidumbre en las haciendas o el trabajo semi-esclavo en las minas, aislados de todas las ventajas sociales, modestas, que podría ofrecer el estado.

El actual proceso tiene un protagonismo esencialmente indígena, pero no exclusivamente y esta es la otra novedad de lo que estamos viviendo. En la historia de Bolivia hemos tenido movimientos muy importantes de insurgencia indígena, pero aislados, sin encuentro y capacidad de reforzamiento mutuo con los sectores pobres, obreros, explotados, etc. Por consiguiente, esas eclosiones indígenas estuvieron condenadas a la derrota por aislamiento y esta es la primera vez que confluyen en una sola movilización insurgente lo que yo llamo la dimensión étnico-cultural indígena con la dimensión social clasista de los pobres y explotados y con esa otra que es difícil ponerle un nombre, la antiimperialista, la patriótica, la nacionalista, es decir, la de que aquellos que al margen de ser indígenas o de ser pobres no están dispuestos a seguir siendo un pedazo del patio trasero de los Estados Unidos.

Es un proceso de largo recorrido que comienza en el año 1978, cuando la mayoría campesina indígena acierta en el diagnóstico de lo que era el país en ese momento: había que cambiar el modelo de estado. Así comenzó la insurgencia política de los campesinos de Tierras Bajas que empezaron demandando sus derechos sectoriales y locales. Su primera gran marcha, que subió desde la zona amazónica hasta La Paz, tenía como consigna su territorio y su dignidad. Después de esta primera marcha se dieron otras muchas. Acabamos de vivir la octava, y ya en la cuarta marcha, en el 2002, observamos un proceso de maduración increíble en estos pueblos pequeños minoritarios que ya no plantean una demanda sectorial de ellos, sino una demanda nacional: Asamblea Constituyente, aclarando, además, que no querían hacer reformas en la Constitución, sino volver a fundar un país que el año 1825 se fundó mal. Tradicionalmente despreciados y desconocidos,son los que por primera vez se atreven a formular algo tan drástico y tan real como decir que nació mal y que el resultado de 16 años de guerra por la independencia fue una repetición, no solo barata, sino más mezquina, del estado colonial.

La otra gran novedad es que a esta insurgencia se suma el descontento de las poblaciones que viven alrededor de la producción de hoja de coca. Esto confiere un doble componente, por un lado cultural (porque la coca es parte de la cultura milenaria del país), pero también de lucha antiimperialista (porque debido a la hipocresía mundial que hay sobre las drogas, los Estados Unidos hicieron presencia militar en la principal zona de producción de coca, en el Chapare de Cochabamba, donde se formó políticamente Evo Morales.

Así, llegamos al año 2000 en condiciones de quebrar el modelo neoliberal. Y efectivamente se quiebra, en gran parte por agotamiento propio, en 15 años de funcionamiento ya había demostrado su absoluta inutilidad para el país. Ya que la única consecuencia que tuvo fue acabar de empobrecer al propio estado, sin fortalecer ni a la casta dominante, en un sometimiento absoluto a las fuerzas extranjeras, a las empresas estratégicas a las que se les regalaron, textualmente, las empresas estratégicas de hidrocarburos, de comunicaciones, de electricidad, de ferrocarriles y de aeronavegación y el estado llegó al colapso.

– ¿Y en qué punto crees que se encuentra el proceso?

– Ahora sigue habiendo gente que está enojada con los errores que está cometiendo nuestro gobierno y también la sociedad civil. Hay quienes dicen que no ha cambiado nada, pero no se acuerdan de cuál era la verdadera situación. Me sorprende cómo nos hemos olvidado de lo que sucedía en aquellos tiempos, era un momento de tragedia nacional, donde el gobierno no era capaz de controlar su propia economía.

En el año 2000 arrancó un proceso que Evo Morales ha llamado revolución democrática y cultural y que a mí me parece buena denominación, pero que es dos veces lenta y tenemos que tener paciencia. Desembocó en la llegada al gobierno de Evo Morales y, con él, las organizaciones sociales, fundamentalmente indígenas, campesinas que son la base principal del gobierno. A partir de ese momento hemos vivido cambios sustanciales, en gran medida irreversibles. Nuestros pueblos indígenas nunca más van a aceptar ser ciudadanos y ciudadanas de segunda clase. Esto es un cambio sustancial, profundo, que podemos situar en el plano de lo ideológico, de lo cultural, de lo organizativo. Pero también está el cambio económico, la nacionalización de los hidrocarburos, con la que después el gobierno no está siendo suficientemente consecuente, esto también hay que decirlo. La nueva empresa estatal, Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, no está a la altura de su responsabilidad y nos está llevando a momentos muy duros, pero esto no quita que la nacionalización de los hidrocarburos haya supuesto un cambio en el nivel macroeconómico del país que ha sido sustancial y difícilmente reversible.

Además, hemos recuperado la dignidad como estado en la medida que nuestro presidente, más que el gobierno en su conjunto y que el MAS como partido, ha tenido una actitud de dignidad soberana frente a la embajada de Estados Unidos y el gobierno yanqui.

Y el otro punto, el cuarto cambio, por nombrar solo los sustanciales, se da cuando Evo, al día siguiente de asumir la presidencia, promulga un decreto de austeridad por el cual limita su sueldo, lo rebaja a 15.000 bolivianos, unos 1.600 euros.

Además de ser un proceso largo, otra de las dificultades que estamos encontrando es que está siendo protagonizado por un pueblo, por unas organizaciones sociales, que no estaban preparadas para liderarlo, nos agarró de sorpresa. Cuando llegamos al gobierno era evidente para todos que no estábamos preparados y eso lo estamos pagando ahora y la peor falta de preparación es la ideológica, es decir, nuestras organizaciones sociales, la mayor parte de nuestros dirigentes, no han tenido la oportunidad de madurar y formarse ideológica y políticamente.

Pero no es eso lo peor, sino que entre las grandes metas que se ha planteado este gobierno, que nos hemos planteado, como conjunto de población mayoritaria que apoyamos al gobierno y que hemos votado por Evo, está la llamada descolonización. Cuando decimos descolonización no estamos queriendo decir “desespañolización”, sino superación de la mentalidad colonial, entendida como aquella mentalidad que da por hecho que hay unos pueblos que son superiores a otros. Tratar de superar esta mentalidad, que ahora no tiene nada que ver con España ni con los españoles, sino con la casta dominante boliviana, más o menos señorial, criollomestiza que piensa que los indios son de segunda y que han nacido para servirnos y que nosotros, los no indígenas, tenemos que dirigirlos, aprovecharnos de ellos y, de alguna manera, salvarlos, civilizarlos. Esto es lo que tenemos que superar.

Nos hemos encontrado con que estamos todavía inmaduros para construir el estado que nos hemos propuesto. Que ya no es colonial, lo cual se expresa en la Constitución de manera muy precisa y profunda en la definición del estado boliviano como plurinacional; y que, además, rechaza al modelo occidental de desarrollo que nos han impuesto los yanquis desde hace 62 años, cuando el presidente Truman nos dio el discurso del desarrollo y del subdesarrollo y a partir de ese momento todos los pueblos de Latinoamérica, no solo nosotros, hemos estado obsesionados con desarrollarnos siguiendo el modelo occidental del Norte y hemos fracasado porque por ahí la cosa no va, no puede ir. Es imposible, la brecha cada vez es mayor, pero además no es deseable, pues estamos viendo a dónde van las sociedades del Norte con ese modelo de desarrollo y en nuestros documentos oficiales e incluso nuestra Constitución se habla del Vivir Bien como un paradigma alternativo al del desarrollo occidental.

Por suerte, después de dos años de desorientación y de decepciones y de incertidumbres, el 12 de octubre el presidente en su discurso, aparte de reconocer errores y de pedir disculpas, nos convocó a todos y a todas a un amplio debate nacional en el cual el tema central de debate va a ser a dónde vamos en términos económicos. Cómo entendemos el término de desarrollo, en qué consiste para nosotros el famoso Vivir Bien.

A estas alturas tengo la esperanza de que estemos encontrando un camino que se nos había nublado en este último año y medio, reencontrando un camino de debate que nos permita, sobre la base de lo ya avanzado y de los cambios irreversibles, superar este bache que estamos pasando y que hemos vivido dramáticamente y entrar en un diálogo nacional constructivo que nos permita volver a recuperar la brújula y el ritmo del cambio.

– ¿Cómo valoras las contradicciones que han surgido últimamente, como la VIII Marcha Indígena del Tipnis o el “gasolinazo”? ¿Crees que son unas piedras en el camino o un elemento que pueda llevar a la desestabilización del gobierno o a que en unas próximas elecciones haya una opción de derechas que capitalice un cierto descontento?

– Yo no lo descartaría, va a depender de la serenidad y clarividencia de que el cambio no es Evo Morales, sino algo que nos corresponde a todos, pero que el papel que de hecho está jugando Evo es hoy por hoy insustituible. No hay otro dirigente ni de izquierdas ni de derechas, ni indígena ni criollo, que pueda convocar a la población como la ha podido convocar él. En ese sentido, gran parte del destino inmediato va a depender de que Evo mantenga esa posición preocupada y autocrítica que ha mostrado el 12 de octubre.

De todas formas, contamos a nuestro favor, primero, con que en la base social confluye la dimensión étnicocultural de la insurgencia con la dimensión progresista y con la que clásicamente se llamaba antiimperialista. Y esta base da una especie de corcho energético que hace que no sea fácil echarse a atrás. En segundo lugar, contamos con algo que puede parecer a simple vista ridículo: la gran ventaja que tenemos es que las fuerzas de derecha están políticamente marginadas, no solamente no tienen un partido fuerte y no tienen un líder que pueda convocar al país, además no tienen proyecto.

Otra dificultad con la que nos hemos encontrado es que nuestra Constitución habla de la empresa social comunitaria que debe ser promovida por el estado y hasta ahora no ha encontrado cómo hacerlo y lo que apoyan son empresas estatales en el más clásico sentido de la palabra y que pueden estar condenadas al fracaso y, al final, el capital privado, la banca, sigue siendo la gran beneficiada del proceso de mejoría económica que hay en Bolivia ahora.

Está difícil, pero de todas maneras yo no creo que sea todavía muy fácil o muy verosímil una quiebra del proceso, una caída de Evo y una recuperación del gobierno por parte de la derecha. Por mucho que haya cosas que no están funcionando como deberían, yo sigo creyendo en Evo, porque yo le conozco desde hace 23 años y me atrevo a afirmar que es un hombre muy inteligente, honesto y valiente, tres cualidades que, así juntas, no se han dado en los presidentes anteriores en la historia del país. Lo que necesita es dejar de rodearse de adulones incondicionales que solo le dicen lo que saben que a él le gusta oír y abrirse a la crítica y a la autocrítica. Yo personalmente todavía sigo apostando por este proceso y no sólo por un acto de voluntad, sino porque, analizándolo, veo que hay todavía una solidez adquirida por los cambios irreversibles que no van a permitir que se dé marcha atrás.

– Vista la influencia del capital brasileño y del propio Lula da Silva en Bolivia y en Evo Morales, ¿se puede hablar de lo que pasa en el país en estos momentos sin hablar de Brasil?

– Esta influencia es uno de los mayores riesgos que corremos, siempre ha habido lo que hemos llamado el subimperialismo brasileño. En este último tiempo en el que Brasil se está convirtiendo en una potencia, que es uno de los llamados países ascendientes, la política de Lula, que además es un hombre relativamente de izquierdas dentro de su país, y de su sucesora Dilma Rousseff pueden ser ganchos potencialmente peligrosos para atraer a Bolivia. Nuestra política hidrocarburífera, que es la parte principal de la economía boliviana, en este momento está muy sometida a Petrobras (Empresa estatal brasileña) y la empresa estatal del petróleo no está actuando con la independencia que Evo le encargó.

A esto se suma la habilidad con la que el gobierno brasileño siempre le ha ofrecido préstamos al gobierno boliviano para la construcción, sobre todo, de carreteras con la condición de que estos préstamos sirvieran para contratar empresas de su país. Aquí tenemos en conflicto con la OAS, que es la empresa que tiene que construir la carretera del Tipnis, pero con otras empresas también.

– ¿Esta “revolución” que se ha iniciado en Bolivia en los últimos años y que ha impactado en la población boliviana también ha incidido favorablemente en la mujer o podemos decir que sus derechos han quedado descolgados?

– La nueva Constitución boliviana supone grandes avances cualitativamente positivos respecto de los derechos de las mujeres y de la igualdad en el nuevo estado plurinacional. De hecho, en los últimos años hemos asistido a una mayor presencia cuantitativa y cualitativa de mujeres en la nueva Asamblea Legislativa, en los departamentos y en los consejos municipales (aunque en estos dos últimos un poco menor). Y en las últimas elecciones a magistrados y magistradas en los órganos judiciales y del Tribunal Constitucional que se produjo en octubre llamó la atención, junto a la presencia novedosa e inesperada de tribunos indígenas, que hubiera también una notable presencia de mujeres.

Evo, adicionalmente, compuso su gabinete con un 50 por ciento de mujeres, superando la presencia de féminas en los gobiernos anteriores. También se valora el avance en la equiparación de derechos de hombres y mujeres en temas que en Bolivia eran impensables, como el derecho a la tierra y la herencia en el área agrícola y rural, por ejemplo.

Otra cuestión es que no se resuelven las cosas con leyes y decretos, ahora hay que conseguir que las mujeres, la mitad de la población, se implique en compromisos políticos y tengamos un país mucho más equilibradamente masculino y femenino, cosa que necesitamos, porque el aporte de las mujeres a la política esperamos que sea el de la humanización del estado.


Luis Nieto es coordinador de Paz con Dignidad y de Pueblos-Revista de Información y Debate.

Este artículo ha sido publicado en el nº 50 de Pueblos – Revista de Información y Debate, primer trimestre de 2012.


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