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Gobiernos progresistas en América Latina, notas sobre el fin de un ciclo

América Latina está viviendo un cambio de ciclo. En los últimos años, los gobiernos progresistas —que no son un bloque homogéneo: la relación de fuerzas y el grado en el que se han producido cambios sociales, políticos y culturales han sido muy distintos en Brasil y Argentina, por un lado, y en Venezuela, Bolivia y Ecuador, por otro— se han enfrentado a toda una serie de dificultades que finalmente han puesto en entredicho su hegemonía en la región. Veamos algunos de los elementos clave de lo que ya podemos caracterizar como el fin de un ciclo.

Entrevista a la economista Magdalena León, participante en el movimiento feminista en América Latina y miembro de la Red Latinoamericana Mujeres Transformando la Economía (REMTE) y de la Fundación de Estudios, Acción y Participación Social (FEDAEPS).

Ecuador, ¿fin de ciclo o punto de inflexión?

América Latina se encuentra en convulsión. El debate teórico, cada vez más presente en el último tiempo, sobre la existencia o no de un “fin de ciclo” que marcaría una quiebra en el ascenso y hegemonía de los gobiernos progresistas de la región, se ha visto agudizado por el jarro de agua fría, nada teórico y dramáticamente real, de las recientes derrotas electorales en Argentina y Venezuela. Al mismo tiempo, gobiernos como el ecuatoriano o el boliviano mantienen todavía altos índices de aceptación popular, si bien es cierto que con un notable grado de confrontación con parte del movimiento social de ambos países. Aprovechando su presencia en Bilbao, conversamos sobre toda esta coyuntura con Magdalena León: economista, destacada participante en el movimiento feminista en América Latina, forma parte de la Red Latinoamericana Mujeres Transformando la Economía (REMTE) y de la Fundación de Estudios, Acción y Participación Social (FEDAEPS).

Pasando a la práctica la radicalidad crítica de los movimientos sociales

En la actual crisis ecológica, social y de cuidados, el papel de los movimientos sociales es fundamental en el despliegue de estrategias de resistencia ante los impactos y en el señalamiento de responsables, como también son un agente clave en la configuración y puesta en práctica de paradigmas alternativos a la globalización capitalista. Algunos de estos paradigmas, como el decrecimiento y el ecofeminismo, albergan líneas de acción que abren espacios fuera del dominio de las empresas transnacionales. En este ámbito se encuentran la soberanía alimentaria, la lucha feminista y la economía social y solidaria.

Alternativas para disputar el poder, el ser y el saber a las transnacionales

Quienes asistieron al nacimiento de las primeras compañías comerciales en Holanda en el siglo XVII, quienes vivieron la aparición de las fábricas textiles en Manchester en el siglo XIX, e incluso quienes contemplaron la configuración de las grandes empresas fordistas y de los incipientes conglomerados corporativos estadounidenses a lo largo de los primeros dos tercios del siglo XX, no dejarían de mostrar su asombro ante el poder acumulado hoy en día por las empresas transnacionales. Es más, podríamos llegar a afirmar que el mismísimo Karl Marx (que no fue ni mucho menos ajeno a las dinámicas de centralización y concentración del capital) se quedaría perplejo si pudiera visualizar la dimensión global y el peso que las grandes corporaciones han alcanzado en múltiples aspectos de nuestras vidas, de todas y cada una de las personas y pueblos que vivimos en este mundo globalizado.

Acerca de los nuevos planes y estrategias sobre empresas, derechos humanos y RSC ¿Para qué sirve hoy la “responsabilidad social”?

“La responsabilidad social puede servir como herramienta para contribuir a mejorar la capacidad de recuperación de la economía española”. Así comienza la 'Estrategia española de Responsabilidad Social de las Empresas 2014-2020', en lo que representa una evolución a la hora de repensar la función de la responsabilidad social corporativa (RSC); pero no, como sería lo deseable, en términos de evaluación y seguimiento, de regulación y control de las prácticas de las grandes corporaciones. Al contrario: en línea con la estrategia de 'marca España', esta “renovada” visión de la RSC apuesta por la “competitividad responsable” como estrategia central para impulsar el crecimiento económico y “salir de la crisis”.

De las “malas prácticas” de las multinacionales a los mecanismos de control

A finales del pasado mes de junio, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU aprobaba una resolución para “crear un grupo de trabajo intergubernamental con el mandato de elaborar un instrumento internacional legalmente vinculante para regular, de acuerdo con el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, las actividades de las empresas transnacionales”. Meses después, la II Conferencia ministerial de Estados afectados por intereses transnacionales acordaba crear el Observatorio del Sur sobre Inversiones y Transnacionales. Y, hace unas semanas, la Cumbre de los Pueblos frente al Cambio Climático declaraba que las multinacionales son responsables de “la captura del agua, el saqueo de los territorios y el patrimonio natural, la depredación y la producción de combustibles fósiles”. Son tres ejemplos de procesos diferentes que, sin embargo, responden a una misma realidad: los impactos producidos por la expansión global de las empresas transnacionales están llevando a muchas organizaciones, países e instituciones internacionales a exigir una mayor regulación de sus actividades.