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Miguel Romero y la cooperación solidaria

Con Miguel Romero aprendimos que “la solidaridad es una compañera incómoda del trabajo de cooperación”. Pero también que mientras “la tecnocracia compasiva está vaciando de contenido solidario la cooperación al desarrollo, hay que oponerle alternativas en el discurso y en la práctica"[1]. Justamente, Miguel se dedicó los últimos veinte años a esa tarea: analizar y repensar la situación de la cooperación internacional en el marco de la evolución del capitalismo global, construir y fortalecer pensamiento crítico dentro del sector de las organizaciones no gubernamentales de desarrollo (ONGD), oponerse a la cada vez más extendida visión de la cooperación como una “industria de la caridad” basada en los principios de la “solidaridad de mercado” y defender, en fin, la cooperación solidaria como una relación social y política igualitaria, articulada con las luchas y los movimientos sociales.

Transgénicos, cáncer y corrupción en la ciencia

Gran parte del maíz transgénico que Monsanto y otras empresas presionan para plantar en millones de hectáreas en México, es el tipo que provocó cáncer y otros daños a la salud (hígado y riñones, infertilidad, muerte prematura) en ratas de laboratorio, según un reciente estudio científico en Francia. El estudio ha sido objeto de muchos reconocimientos científicos y también cuestionamientos. Pese a que las críticas vienen de científicos ligados a la industria transgénica, es muy saludable que se discuta este y cualquier otro experimento científico. Lo que es enfermo y no se justifica en ningún escenario es que mientras tanto, se autorice la siembra y consumo de maíz transgénico, sometiendo a la población a esos riesgos.

El periodismo necesita corazón

En los últimos tiempos el debate sobre el periodismo se limita a discutir sobre el formato y la presentación. “Sustituyen el problema del contenido por la cuestión de la forma, colocan la técnica en lugar de la filosofía. Sólo hablan de cómo redactar, cómo almacenar, cómo transmitir algo. Pero qué redactar, qué almacenar y qué transmitir, de eso ni una palabra. El punto débil de estas manifestaciones radica en que a través de ellas, en lugar de discusiones sobre el contenido, el espíritu y el sentido de las cosas, no nos enteramos más que de los nuevos y deslumbrantes avances técnicos conseguidos en el terreno de la comunicación”.[1] Así lo percibía Ryzard Kapuściński hace casi diez años y ahora esa sensación es mucho más evidente.