Cómo la educación emocional puede ayudar a la transformación social

Como personas y organizaciones que desarrollamos propuestas educativas, ¿trabajamos teniendo en cuenta cómo influye el capitalismo y el heteropatriarcado en la forma que tenemos de satisfacer nuestras necesidades afectivas y emocionales?, ¿cómo nos preparamos y apoyamos para que las personas y grupos que quieran irse desconectando del capitalismo aborden los conflictos que surjan de forma noviolenta?

Que levante la mano quien no se sienta insatisfecha en este sistema, quien no quiera cambiarlo, aunque solo sea un poco. Que la levante quien no se haya planteado cambios personales y/o grupales que después no ha sido capaz o no ha querido llevar a cabo. Que lo haga quien no se sepa incoherente.

Desde diferentes colectivos y organizaciones sociales, que llevamos años luchando por otro tipo de educación y por otro mundo posible, tenemos razones más que suficientes para no creer en este sistema y querer cambiarlo. Pero, si en muchos casos creemos saber lo que tenemos que hacer, ¿por qué nos cuesta tanto hacerlo? Y cuando comenzamos a hacerlo, ¿qué nos hace que en muchos casos no sean cambios duraderos? Mirando desde el prisma de la educación emocional  podemos cosechar algunos ingredientes que nos gustaría compartir.

Para comenzar vamos a hacerlo centrándonos en las necesidades emotivoafectivas básicas: ¿qué necesitamos y cómo lo encontramos dentro de este sistema? Tenemos en un primer escalón la necesidad de atención básica, es decir, la necesidad de existir para otras personas, de ser visibles, ser vistas. En el siguiente escalón encontramos la necesidad de interacción; ya no solo necesitamos ser vistas, sino compartir gestos, palabras, acciones… cualquier forma de comunicación. En el tercer escalón encontramos la necesidad de valoración y estima, que va unida a un reconocimiento positivo y que se encuentra en estrecha conexión con la propia autoestima. Por último estarían todas las necesidades relacionadas con la aceptación y pertenencia, con sentir que formamos parte de los grupos en los que nos integramos.

En una sociedad tóxica, como es el sistema en el que vivimos, estas necesidades se satisfacen de una forma en algunos casos artificial, pero se satisfacen: nos sentimos más comunicadas cuando recibimos muchos whatsapp (o telegram si somos “alternativas”), más informadas cuando escuchamos más noticias, más apreciadas mientras más “me gusta” tengamos en nuestras entradas en redes sociales, valoradas cuando poseemos cosas que otras personas desean, aceptadas si cumplimos con los estereotipos y roles que se esperan de nosotras, cuando no nos salimos del sistema normativo y somos “normales”, normales y especiales a la vez.

Si solo nos centramos en buscar cambios individuales, si no ponemos encima de la mesa cómo poder satisfacer esas necesidades de otra forma en esta sociedad del consumo y del cansancio, es difícil iniciar y sostener un proceso de cambio. Y si a las adultas nos resulta complicado, ¿cómo no va a serlo para una persona adolescente? En la medida que las propuestas educativas que se ofrecen desde diferentes colectivos y organizaciones no incluyan un trabajo que incida en el desarrollo grupal unido al desarrollo personal, en la que le demos importancia a los vínculos y al trabajo sobre los cuidados, va a ser muy difícil apoyar una educación emancipadora y transformadora.

Pero imaginemos o recordemos aquellos momentos en los que hemos dado el paso, nos hemos lanzado a la piscina y hemos querido romper con el camino impuesto, con lo normativo. Este cambio pudo venir en muchos aspectos, en tu forma de vivir o no la maternidad o paternidad, en tu identidad, en tu sexualidad, en tu relación con el mundo laboral, o por ejemplo, en el consumo: coche destartalado, móvil del siglo pasado, ropa desfasada, en fin… “eres cutre”. ¿Realmente habíamos creído que la piscina siempre iba a tener agua calentita, que no íbamos a tener conflictos?

Estamos convencidas y convencidos del “consumir menos para vivir mejor”, pero no podemos obviar el poder que tiene el control social para que el sistema funcione. No solamente tenemos que preguntarnos: ¿a cuánto estamos dispuestas a renunciar, qué elijo para no explotar a otras personas y al planeta? También tenemos que plantearnos: ¿cuánta presión podemos gestionar con las herramientas que tenemos y sin amargarnos la vida?

Para poder ir saliéndose del camino y cogiendo otras veredas, uno de los cimientos fundamentales es la autoestima. Una autoestima bien fundamentada, ajustada, o cercana al menos a la realidad, sólida, anclada en la dignidad, es la base para la transformación. Pero por muy asentados que estén los cimientos, somos (y nos parece un aspecto positivo) vulnerables y permeables a nuestro entorno y a las valoraciones que hacen de nuestras decisiones. Por eso, otro de los pilares es el entorno que elegimos y construimos, la importancia de tener grupos de afinidad con los que poder ir creciendo, reflexionando, accionando y disfrutando. Pero ni podemos pretender una afinidad sin conflicto en todos los aspectos de la vida, ni nos parece que el cambio deba estar acompañado del aislamiento.

Dotarnos de herramientas para gestionar los conflictos, herramientas para una comunicación no violenta, creemos que debe ser parte de la estructura que nos permita no desanimarnos y querer seguir cambiando. Aprender a comunicarnos sin caer en juicios moralistas sobre otras opciones; saber expresarle a tu familia, tus amistades, tu entorno, cómo te afecta emocionalmente cuando se posicionan sobre tus decisiones, sin evaluarles ni juzgarles; asumir la responsabilidad de nuestros sentimientos sin culparnos ni culpar a las demás personas; indagar en las necesidades que están en la raíz de nuestros sentimientos, poder pedir cambios para mejorar nuestras relaciones, son parte de las herramientas que creemos que se pueden aportar a una educación emancipadora para la transformación social.


Cala, Colectivo Alternativo de Aprendizajes.

Artículo elaborado para Pueblos en el marco del proyecto “Tendiendo Puentes desde Extremadura para la construcción de una ciudadanía global en defensa de los DDHH y de las mujeres”, financiado por la Agencia Extremeña de Cooperación para el Desarrollo (AEXCID).


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