Cómo alimentar un consumo transformador

La perspectiva del consumo responsable y transformador, su narrativa y su desarrollo práctico, se cristaliza en los últimos años desde los movimientos ciudadanos como respuesta al contexto de aplastante globalización. Cuando el pico del petróleo es un hecho, en el mundo ya hay más población urbana que rural y el modelo de desarrollo pretende alimentar antes al mercado y la especulación que a las personas, no cabe más que trabajar en el desarrollo de otros modelos, desde una perspectiva que tenga en su centro las necesidades reales, tanto humanas como del planeta.
Acción en contra de la apertura de un McDonald´s en Abadiño, Bizkaia. Fotografía: EHNE -Bizkaia.

 

Los orígenes de esta realidad se remiten a mucho antes. Es después de las dos grandes Guerras Mundiales, previendo una futura época de paz y un aumento de la población mundial, cuando se diseña lo que terminaría siendo la fórmula de producción y consumo validada por el modelo de desarrollo capitalista.

Esta fórmula aplica principios muy claros, especialización en la producción, materia prima abundante, homogeneizada, con precios bajos y una ciudadanía que comienza a tener igual valor como mano de obra en la producción que como consumidora. La herramienta para regular esta fórmula: el MERCADO, pero el mercado con mayúsculas. Esto es, un mercado global controlado por instancias muy alejadas de la ciudadanía de a pie, que prioriza valores como la competitividad o la exportación frente a otras lógicas más cercanas a las personas.

Esta receta capitalista cuenta con algunas características que no se pueden obviar ni despreciar. Una fundamental es que el sostén de este modelo es la desigualdad. Como ya se ha mencionado, los valores imperantes son la competitividad y el negocio, más allá de la equidad o los derechos de la ciudadanía. Así, si para ganar en competitividad se debe producir con mano de obra explotada, no se duda en hacerlo. En ese sentido, los bienes de consumo sustituyen a los derechos y se ha conseguido que buena parte de las personas exija antes derechos como consumidora que como ciudadana. En esta desigualdad, las mujeres son las más afectadas, ya que este sistema, con valores claramente monetarios, ha evidenciado que no es nas, pero aún así, han de sostenerse. Esa labor, de cuidado de las personas para surtir a ese MERCADO es realizada por las mujeres de manera absolutamente invisible. Si este trabajo se valorizara y se visibilizara rompería absolutamente con la matemática del sistema capitalista.

Un sistema que desprecia
el modelo campesino

En el caso de la alimentación, toda esta fórmula se tradujo en sus comienzos en la llamada revolución verde. Ante la previsión mencionada de incremento de la población, se piensa en cómo crear un sistema que pueda alimentar a la población, basado eso sí en los valores del MERCADO. A esto se añade la necesidad de reconversión de las industrias químicas, cuyo negocio hasta ese momento se había basado en la guerra y debían encontrar otros sectores donde poder seguir manteniéndose. De este planteamiento, nace la revolución verde y todos los paquetes tecnológicos en los que se incluyeron los fertilizantes químicos, pesticidas y semillas mejoradas. Todo ello, despreciando el modelo campesino, con sus principios y saberes, que era el que hasta ese momento había estado alimentando al mundo.

De esa forma, la tecnología, las industrias y la especialización, fueron implementadas, la biodiversidad, los saberes campesinos y el conocimiento de la tierra fueron sustituidos por maquinaria pesada, semillas patentadas y agroquímicos. En definitiva, se propone un campo sin campesinado, dirigido por las industrias alimentarias. Todo ello trajo dos consecuencias, el cambio de modelo productivo en el campo y una migración del campo a la ciudad. Esta última provocada por dos motivos, la no posibilidad para muchas personas campesinas de asumir los costes del nuevo modelo y el convencimiento de que la ciudad daba mejores oportunidades que el campo.

Durante todo este proceso fue imprescindible desarrollar un modelo consumista que alimentara ese modelo de producción, lo que implicaba grandes cambios en los hábitos alimentarios. Hemos podido sufrir su desarrollo durante la segunda mitad del siglo XX y el actual siglo XXI. La última consecuencia de este proceso es que, a día de hoy, lo último importante es la nutrición o la calidad de la alimentación, lo importante es tener dinero para consumir cuanto más mejor, comida rápida traída de lugares muy alejados. Esto supone que se concluyan datos como los del estudio elaborado por VSF Justicia alimentaria en el marco de su campaña “Dame veneno”, en el que se dice que “se puede cuantificar el grado de globalización de un país por las enfermedades que se padecen relacionadas con la alimentación”.

Las causas de esto son claras:

  • Un modelo de producción basado en insumos químicos, con alimentos kilométricos producidos y procesados en cualquier lugar del mundo. Esto se traduce en un menor valor nutricional, así como la acumulación paulatina de sustancias nocivas en el organismo humano.
  • Una precariedad generalizada en todas las actividades que hace que las personas consumidoras deban reducir su gasto en alimentación.
  • Un modelo de consumo que prioriza otros bienes sobre una alimentación de calidad.
  • Una mayor accesibilidad a este tipo de alimentos por diferentes motivos: la desaparición de los pequeños establecimientos y mercados debido a la irrupción de estas grandes superficies, desaparición de campesinado que pueda abastecer de producto diversificado y local o políticas públicas que priorizan este modelo poniendo trabas e incluso impiden en muchas ocasiones que las pequeñas producciones puedan ser comercializadas a través de circuitos de proximidad.

La soberanía alimentaria
como alternativa

En este contexto, nace La Vía Campesina como movimiento organizado global para visibilizar y construir alternativas desde el campesinado y definiendo el término de soberanía alimentaria. Así, se construye la soberanía alimentaria como concepto político frente al término de seguridad alimentaria, utilizado por las instituciones, siendo este último un término meramente técnico y cuantitativo que no incluye aspectos como la cultura, la sostenibilidad ambiental o la equidad en el modelo tanto de producción como de acceso a alimentos.

“Mercado transparente”, 2014. Fotografía: EHNE-Bizkaia.

La soberanía alimentaria se define como el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. La Vía Campesina marca como propuesta clave que la alimentación debe gestionarse fuera de la Organización Mundial del Comercio, ya que el derecho a la alimentación y la nutrición de las personas debe estar por encima de los intereses del mercado.

Una vez definida la propuesta, el reto es cómo poner en marcha iniciativas prácticas que puedan conseguir estos objetivos. Cómo conseguir cambiar la inercia ciudadana y construir nuevos valores que la hagan virar, siendo a su vez, adecuados al siglo XXI. Para ello es fundamental trabajar con la ciudadanía y construir una masa crítica con este modelo de consumo. Ese trabajo debe basarse en diferentes ejes:

En primer lugar, visibilizar las opciones: es importante repetir e informar a la ciudadanía de que a nivel global el 70% de la alimentación sigue siendo producida por pequeñas producciones y visibilizar las opciones que puede haber a nivel local, así como las repercusiones positivas que puedan tener. Mientras muchas personas con vocación no pueden acceder a tierra para producir alimentos, se nos hace creer que nadie quiere trabajar en el campo. Es necesario hacer visibles estas realidades y crear espacios donde pueda darse un intercambio entre el medio rural y urbano.

En segundo lugar, empoderar: es necesario hacer ver a la ciudadanía tanto productora como consumidora su poder para cambiar la situación. El sistema capitalista se fundamenta en el consumismo, con lo que incidir en el consumo diario provoca repercusiones y transformaciones reales. Asimismo, es importante dignificar y empoderar al campesinado, dándole su lugar estratégico y fundamental en la sociedad, siendo las personas campesinas quienes la alimentan. Son las agroindustrias quienes no pueden sobrevivir sin el trabajo campesino y no al revés.

Finalmente, movilizar: tomar parte activa en la nueva construcción es fundamental. El capitalismo ha actuado como anestésico social con herramientas como la inmediatez y la “comodidad”. Frente a ello, se deben construir nuevas formas de relación y participación. Todo ello, siendo conscientes de la realidad imperante e intentando conseguir una convivencia con ella que no siempre es sencilla. Por ello serán imprescindibles las alianzas ciudadanas para poder compartir tanto recursos como tareas e intentar rentabilizar al máximo las energías disponibles. Las iniciativas han de conseguir ser duraderas y ello pasa por trabajar tanto la sostenibilidad económica y medioambiental como la sostenibilidad personal de quienes las conforman.

Asimismo, al posicionarnos ante nuevas iniciativas deberíamos cuestionarnos qué estamos transformando, para qué y para quién, buscando esas respuestas para conocer realmente el grado de transformación alcanzado. Cualquier cambio, por pequeño que sea, será bienvenido, pero en demasiadas ocasiones nos encontramos con personas descontentas porque muchas iniciativas no son lo que esperaban o con propuestas que vienen de empresas capitalistas decoradas con palabras que nos agradan pero con objetivos y formas que distan de transformar, más allá de su propia cuota de mercado.

Compartimos algunos de los elementos que, bajo nuestro punto de vista, deben incluirse en iniciativas que se quieran poner en marcha desde una perspectiva de soberanía alimentaria:

  • Visión colectiva: uno de los valores imperantes es el individualismo, y aunque el consumo pueda ser un acto individual, sus repercusiones van más allá de la persona consumidora. Por ello, es necesario recuperar la visión colectiva y recuperar otras formas de relación que la refuercen. Esa visión puede manifestarse de diferentes formas, desde un fuerte compromiso entre personas productoras y consumidoras, como ocurre en las iniciativas de agricultura sostenida por la comunidad, traducidas en grupos de consumo en muchos territorios, hasta otras iniciativas, como asociaciones de consumidoras o cooperativas que asumen un compromiso de otro tipo pero que de igual forma mantienen la visión colectiva y el objetivo transformador.
  • Visibilidad y dignificación del campesinado: las iniciativas que se pongan en marcha, deben ver en el campesinado un sujeto activo, no un mero instrumento para alcanzar ciertos fines. Ello implica una relación y una empatía mutuas. La soberanía alimentaria pasa por poner la actividad campesina a la altura que ésta se merece y ello debe traducirse en fórmulas que vayan más allá de la relación cliente proveedor.
  • Perspectiva de género: a día de hoy, son las mujeres las que alimentan el mundo, bien en su papel como productoras de alimentos, guardianas de semillas y/o cuidadoras. Este papel ha de ser visibilizado y valorado justamente, pero no necesariamente perpetuado. La introducción de la perspectiva de género y el análisis de la división sexual del trabajo, tanto en la producción como el consumo, es imprescindible para poder transformarla y poder caminar hacia modelos más igualitarios.
  • Accesibilidad: Demasiadas veces se piensan iniciativas para nosotras mismas, las personas ya sensibilizadas e incluso se evita analizar cómo salir de nuestras zonas de confort y poder llegar a las no convencidas. Esto debería ser una de las prioridades en cualquier propuesta ya que será lo que pueda diferenciar el alcance de su capacidad de transformación.

A pesar del reto que supone, cada día son más las iniciativas que además de abrir otros caminos para el consumo, sensibilizan sobre la necesidad de un cambio en una acción tan cotidiana como alimentarnos. Mercados campesinos, grupos de consumo, asociaciones de consumidoras, comedores colectivos, pequeños comercios, hostelería implicada con esta perspectiva y muchas otras que responden y se ajustan a realidades locales pero conscientes de que la transformación llega hasta campos hoy demasiado alejados de nuestros platos.


Isa Álvarez es técnica en EHNE-Bizkaia y responsable de Incidencia Política en la Red URGENCI Internacional (Red Internacional de Agricultura Sostenida por la Comunidad). Joseba Koskorrotza es baserritarra y forma parte de la red Nekasarea.

Artículo publicado en el nº72 de Pueblos – Revista de Información y Debate, primer trimestre de 2017.


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