A fuego lento. Efectos del cambio climático en África

El impacto del cambio climático en el continente africano está afectando a las condiciones ambientales básicas y contribuyendo a desastres naturales cada vez más frecuentes como inundaciones, sequías o periodos de hambruna. A largo plazo, estos factores pueden socavar los medios de subsistencia para una gran mayoría de la población, como pueden ser la agricultura, la ganadería o la pesca. Ya está ocurriendo en algunas partes. Una lucha por la supervivencia que fuerza a miles de personas a migrar fuera de sus países. Y Occidente tiene mucho que decir.

Sobre un pilón de tierra de cuatro  metros cuadrados. Ni cabían los  seis miembros de la familia en la  choza improvisada con plásticos cosidos,  ni tampoco más vulnerabilidad.  El agua había devastado el pueblo de  Chikwawa, en el sur de Malaui, frontera  ya con Mozambique. Febrero de  2015. Los viejos no recordaban algo  igual. Tampoco los informes que se  afanaban para cuantificar situaciones  de emergencia como esta. Algunos  habían huido con el miedo tatutado en  los ojos, justo cuando sabes que naufragar  en una ola de lodo y desperdicios  de dos metros puede acabar con  todo. Hasta con tu vida. Y allí estaban.  Desbordados por el líquido elemento.  Esperando la agonía. Mirando desde  su atalaya lo paradójico que era no tener  agua dulce el resto del año y ahora  pugnar por el equilibrio de su isla  perdida en algún lugar de este país de  África del Sur.

A miles de kilómetros, en la capital  todavía afrancesada de Dakar  (Senegal), la batalla contra la naturaleza  también ha comenzado. 2017.  La erosión costera causa estragos en  esta urbe. El Atlántico se echa encima.  Obliga a la gente a salir de sus casas…  Los informes son implacables:  para 2080, más de 300 edificios de  Dakar (con una población de unos 2,5  millones de personas) y en torno a un  60 por ciento de sus largas playas de  arena podrían haber desaparecido.

La Organización de las Naciones  Unidas para la Agricultura y la  Alimentación (FAO) recientemente  declaró que millones de ciudadanos  y ciudadanas en el Cuerno de África  se enfrentarían a la escasez de alimentos  cara a cara. Debido a la falta  persistente de precipitaciones entre  octubre y diciembre pasados, un total  de 20 millones de personas en Sudán  del Sur, Somalia, Yemen y noreste  de Nigeria se encuentran en extrema  necesidad de asistencia alimentaria.  “Nos enfrentamos a una tragedia,  debemos evitar que se convierta en  una catástrofe”, sentenciaba a mediados  de febrero António Guterres, el  secretario general de la ONU, quien  anunciaba que se necesitaban 4.400  millones de dólares urgentes para  combatir hambrunas. Pero esto no es  nuevo. Un ejemplo de ello es Egipto,  que declaró el estado de emergencia  extrema por falta de agua en mayo de  2016; la región del lago Turkana, en  el norte de Kenia, también se ha visto  afectada; y Ruanda se enfrentó el  año pasado a su peor sequía en seis  décadas.

Casi todos los años, en la misma  época, titulares similares aparecen en  las noticias. Ocurrió en 2014, 2015  y en 2016: la sequía y la hambruna  en el Cuerno de África estaban en las  páginas centrales de muchos periódicos  que habían cubierto los viajes de  periodistas a las zonas afectadas para  documentar los hechos. Es un ciclo  cruel que es probable que se repita  una y otra vez a pesar de que muchos  de estos países están haciendo todo  lo posible para prevenir estos y otros  desastres relacionados con el clima.  No obstante, la inoperancia del ser  humano, a veces, cuando está sentado  en un sillón presidencial, puede llegar  a ser aterradora. Igual que cierta parte  de la arquitectura de la ayuda internacional.

COP 22: sequía, deforestación  e inundaciones
como  principales retos africanos

Pero en noviembre de 2016 algo  cambió, al menos sobre el papel. En  Marrakech (Marruecos) tenía lugar la  COP22, la Cumbre contra el Cambio  Climático; sin duda, una clara estra  tegia diplomática por parte del reino  alauita, que, en febrero de 2017, volvía  a la Unión Africana (UA) 32 años  después del abandono de la institución  (entonces Organización de la Unidad  Africana) debido a que el resto de países  había reconocido a la República  Árabe Saharaui Democrática (RASD)  como Estado miembro.

En este contexto del pasado noviembre,  más de 20 jefes de Estado  africanos firmaron una declaración  conjunta en la que se definía una  hoja de ruta para combatir el cambio  climático. En primer lugar, los líderes  identificaron tres problemas que  afectan seriamente a sus poblaciones:  la sequía, la deforestación y las  inundaciones. Y, en segundo lugar, se  establecieron comisiones para tres regiones  prioritarias: el Sahel, la cuenca  del Congo y los estados insulares.  La advertencia de la ONU tiene poca  réplica: 36 de los 50 países más afectados  por el calentamiento global son  africanos.

Las mujeres,
clave en la seguridad alimentaria

A pesar del papel fundamental que  las mujeres agricultoras desempeñan  en la seguridad alimentaria, aún tienen  grandes limitaciones cuando se  trata de acceder a los recursos productivos  como la tierra, el crédito,  tecnologías e información. En el caso  sudafricano, GenderCC (colectivo  que pertenece a una red global de mujeres  activistas que trabajan por una  justicia climática) movilizó a más de  3.000 mujeres del país para registrar  sus preocupaciones y demandas en la  COP21 de París, en 2015. En el marco  de la COP22, en Marrakech, volvió a  centrar el debate en las cuestiones de  igualdad de género y en la necesidad  de empoderar a las mujeres en los programas  de adaptación agrícola y en el  acceso a la financiación. Los estudios  indican que el éxito del aumento de  la producción agrícola y la seguridad  alimentaria en el continente está en  gran medida en manos de las mujeres  agricultoras.

Mecanismos de adaptación básicos al entorno:
la migración

Las decisiones migratorias son complejas,  por supuesto, y nadie podría  argumentar que el cambio climático  es el único factor que las impulsa; no  obstante, no puede ser ignorado. Imagine  que es un agricultor. Sus cultivos  se están marchitando a medida que los  patrones climáticos se vuelven más volátiles.  El agua del pozo es demasiado  salada para beber. El arroz es demasiado  caro para comprar en el mercado.  ¿Una vía? La de salir de casa en busca  de una vida mejor. La mayoría de las y  los migrantes climáticos se reubicarán  dentro de sus propias fronteras, pero  otros no tendrán más remedio que buscar  refugio en el extranjero.

Varios ejemplos: el lago Chad,  que soporta a unos 25 millones de  personas, se está secando y ahora  tiene una vigésima parte del tamaño  que registraba en 1960; en el norte de  Argelia, donde se concentra la mayor  parte de la población y de los campos  agrícolas del país, las precipitaciones  pueden reducirse de un diez por  ciento a un veinte por ciento en 2025;  Nigeria está perdiendo más de 2.100  kilómetros cuadrados de tierra por la  desertificación cada año. ¡Cada año!  Con el 70 por ciento de la población  de Nigeria dependiendo de la agricultura  de subsistencia, el problema tiene  dimensiones alarmantes. Estas no son  las quejas abstractas de científicos que  trabajan investigando los patrones del  clima. Y es evidente que, con el deterioro  de las condiciones ambientales,  los seres humanos empleen mecanismos  de adaptación básicos como la  migración.

Estas tendencias, en combinación  con el rápido crecimiento de  la población proyectada en toda la  región del Sahel y de África Occidental,  están aumentando la presión  sobre los países a lo largo de la ruta  migratoria que pasa por Níger, hasta  llegar a la cornisa mediterránea,  y sobre los ya escasos recursos naturales  como el agua, la tierra y los  alimentos. En concreto, Níger tiene  la segunda tasa de fertilidad más alta  del mundo, con una media de edad  de tan solo quince años, y se espera  que su población se cuadruplique  en el próximo siglo. La población  de Nigeria, por su parte, el país más  poblado del continente, con casi 180  millones de personas, se espera que  se duplique para 2040.

Cualquier esfuerzo para hacer  frente a la tragedia migratoria forzada,  que se topa de bruces en el sur  de Europa con dispositivos de seguridad  de los países que más contaminan,  debe abordar e incorporar  estas causas más profundas de base.  A pesar de las señales de advertencia,  los políticos, todavía, tienden a  centrarse en los síntomas en lugar  de las causas. El cambio climático  será uno de los muchos factores  que alimentan las olas migratorias  futuras. A pesar de que será cada  vez más difícil distinguir entre las  personas que huyen de los factores  ambientales y las que lo hacen por  otras razones, sabemos que el clima  jugará un papel más importante en  la migración.

Un ejemplo de  frontera
soluble en agua

Las fronteras en África fueron determinadas  según un mapa de coordinadas  cincelado por los colonos en  la conferencia de Berlín a finales del  siglo XIX. Ahora, la situación puede  variar. El cambio climático ha causado  la primera modificación importante  fronteriza, pero no la última, concretamente  en la colina Sabanegwa,  situada entre las lindes comunes de  Ruanda y Burundi. La disputa, según  los informes de ambos gobiernos, se  originó a partir de que el río Akanyaru,  que hasta el momento ejercía de  frontera natural entre los dos países,  cambió de rumbo. Ahora, la colina,  del tamaño de un estadio de fútbol,  ha pasado al lado ruandés. Observando  alrededor del continente serán  muchas las porciones de tierra que se  muevan y varios los ríos y lagos que  desaparezcan o emerjan; historias que  evidenciarán nuevas disputas por la  propiedad de la tierra.

A la espera de Trump
y su ¿redención? con la Pachamama

El presidente de los Estados Unidos,  Donald Trump, ha cuestionado públicamente  la existencia del cambio  climático. Ya durante su campaña lo  describió como un “engaño” ideado  por China para asegurar ventajas  comerciales y amenazó con retirarse  del Acuerdo de París sobre el cambio  climático, al que se había comprometido  Barack Obama. Cundió el pánico.  Pero esto fue antes del 20 de enero,  día en el que Trump asumió su nuevo  cargo; entonces, el miedo se institucionalizó.  La página sobre cambio  climático del portal web de la Casa  Blanca desapareció y fue reemplazada  por el America First Energy Plan,  que afirma que la eliminación de políticas  dañinas e innecesarias como el  Climate Action Plan de Obama es una  prioridad.

Estados Unidos es actualmente el  segundo mayor emisor del mundo, es  el responsable del 16 por ciento del  CO2 mundial y representa el 27 por  ciento del total de emisiones de los  últimos 150 años. Si Donald Trump  continúa con sus planes para eliminar  los ambiciosos objetivos de reducción  de la contaminación de carbono establecidos  en la última etapa de la política  de Obama, es probable que tenga  un efecto perjudicial sobre los objetivos  del cambio climático mundial,  especialmente en África. También es  muy posible que los recortes de la  ayuda estadounidense puedan tener  impactos negativos, aunque moderados,  en los desafíos relacionados con  el cambio climático.

Como continente, África sólo  representa el 3,8 por ciento de las  emisiones mundiales de CO2. Sin  embargo, los países africanos (especialmente  los que se encuentran  en la región de África al sur del Sahara)  soportan la principal carga del  calentamiento global, ya que son los  principalmente afectados por sus consecuencias.  Al comparar África con  emisores como China, Estados Unidos  o la Unión Europea (23, 19 y 13  por ciento de las emisiones mundiales,  respectivamente) es evidente que  la responsabilidad del calentamiento  global está en juego. Entre el 7 y el  8 de julio tendrá lugar en Hamburgo  (Alemania) la próxima reunión del  G20. En esta fecha se despejarán algunas  de las incógnitas con respecto  al nuevo liderazgo sobre el cambio  climático.

Por cierto, el secretario de Estado  norteamericano nombrado por Trump,  Rex Tillerson, viene de estar 41 años  en Exxon Mobil, una de las multinacionales  del petróleo y gas más importantes  del mundo. Tillerson será  el responsable de las renegociaciones  de los Acuerdos de París. Alguien que  llegó a afirmar que no estaba claro  hasta qué punto el ser humano estaba  relacionado con el cambio climático,  y que tampoco estaba claro qué se  podía hacer al respecto. Pueden hacer  apuestas sobre quién ganará en un primer  proyecto de ley: si la Pachamama  o los bolsillos de los magnates de  Exxon.


Sebastián Ruiz-Cabrera es periodista e investigador  especializado en medios de comunicación y cine en  el África subsahariana. Doctorando por la Universidad  de Sevilla, coordina la sección Cine y Audiovisuales  en el portal sobre artes y culturas africanas  www.wiriko.org. Es analista político sobre  actualidad africana en la revista Mundo Negro y  forma parte del consejo de redacción de  Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº73 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2017.


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