El velo, la Turquía moderna y yo

La escritora estadounidense de origen turco Elif Batuman hace un retrato sentimental del país y de sus contradicciones.
Mujeres y niños pasan frente a una tienda de electrónica en 2003 en Diyarbakir, una de las principales ciudades del Kurdistán turco. Chris Hondros / Getty.

Mujeres y niños pasan frente a una tienda de electrónica en 2003 en Diyarbakir, una de las principales ciudades del Kurdistán turco. Chris Hondros / Getty.

En 1924, un año después de fundar la República Turca sobre las ruinas del imperio otomano, Mustafá Kemal Atatürk, el nuevo líder del país, abolió el califato otomano, que había sido el último califato islámico suní desde 1517. Después de introducir unaConstitución laica y unos códigos civil y penal de corte occidental, Atatürk cerró las cofradías derviches y las escuelas religiosas, abolió la poligamia e introdujo el matrimonio civil y un concurso nacional de belleza. Concedió a las mujeres el derecho a votar, a tener propiedades, a convertirse en juezas del Tribunal Supremo y a presentarse a elecciones a cargos políticos. Se desalentó el uso del velo. Una ley tristemente célebre de 1925, llamada ley del sombrero, prohibió el fez y el turbán; el único sombrero masculino aceptado era el de ala de estilo occidental. La escritura arábiga otomana fue sustituida por el alfabeto latino y el idioma fue “limpiado” de elementos árabes y persas.

En ese momento, mis abuelos eran muy jóvenes o no habían nacido. Solo el padre de mi madre era suficientemente mayor para recordar haber arrojado al aire su fez el día del cumpleaños del sultán. Mis padres nacieron en un país laico. Se conocieron en la mejor facultad de medicina de Turquía, se trasladaron a Estados Unidos en los años 70 y se convirtieron en investigadores y profesores. Ambos  fueron, y siguen siendo, apasionados partidarios de Atatürk. Crecí oyendo que si no hubiera sido por Atatürk mi abuela habría sido una “persona cubierta” que habría dependido de un hombre para poder vivir. En lugar de eso, fue a un internado, escribió una tesis sobre Balzac y se convirtió en profesora. Yo le agradecía a Atatürk que mis padres tuvieran una formación tan buena, que no estuvieran sometidos a la superstición o la religión, que fueran verdaderos científicos, que me enseñaran a leer cuando tenía 3 años y que nunca dudaran de que me podía convertir en escritora.

Sin pensar en el cielo

Mi padre creció en Adana, no lejos de la frontera Siria. Su familia era aleví —parte de la minoría chií de Turquía— y uno de sus primeros recuerdos era despertarse al oír a su abuelo recitando El Corán en árabe. Mi padre tuvo sus primeras dudas religiosas a los 12 años, cuando descubrió a Bergson y Comte en una librería de Adana y leyó que la religión era parte de un estado de la civilización primitivo y precientífico; ha sido ateo desde que era adolescente. Mi madre creció en Ankara, la capital de Atatürk. Su padre, uno de los ingenieros civiles que contribuyó a modernizar Anatolia, era políticamente un ferviente laico y en privado un devoto musulmán (aunque no partidario del velo, que nadie en la familia llevaba). En la escuela elemental, mi madre leyó lo que El Corán decía de los escépticos —que dios cerraría sus ojos y sus oídos— y se deprimió tanto que no salió de la cama en dos días. Sus padres le dijeron que dios era más misericordioso de lo que creía, y que la gente que hacía el bien iría al cielo el Día del Juicio creyera lo que creyera. Siempre he conocido a mi madre como agnóstica, menos segura que mi padre de que el universo no fuera creado por una gran inteligencia. Pero se irritaba aún más que mi padre cuando creía que la gente invocaba a dios para que hiciera su trabajo por ellos; por ejemplo, cuando veía un autobús con una pegatina que decía “Alá, protégenos”.

Mis padres siempre me decían que para ser buena persona no era necesario ni deseable creer en dios; era más noble y eficiente hacer el bien por razones desinteresadas, sin pensar en el cielo. Nada en el entorno en el que me crié, en la Nueva Jersey de los años 80 y principios de los 90, contradecía la idea que me había hecho de la religión como algo innecesario, acientífico, provinciano; en resumen, que no molaba. Durante mucho tiempo, pensé que había un vínculo inmutable entre molar y el positivismo. Creía que así era el mundo. Después llegaron las políticas de la identidad y, en Turquía, el auge del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), un partido de centro-derecha con raíces islámicas. Su líder carismático, Recep Tayyip Erdogan, ha sido jefe de Estado desde 2003, desde que el AKP logró su primera gran victoria.

Contra la élite laica

De repente, eran los laicos quienes parecían pesados: racistas, autoritarios, elitistas y servilmente prooccidentales. El Times empezó a referirse a ellos como “la élite laica”. En 2007, el Times informó de que una protesta contra el AKP de cientos de miles de laicos turcos estaba motivada en parte por “miedo” a las formas de vida de sus compatriotas más religiosos; por quejas “un poco esnobs” de que “los turcos religiosos no tenían educación y eran pobres” y que “uno se tropezaba con sus incómodas alfombrillas de rezar en los pasillos de los hospitales”. Es difícil imaginar al Times informando de un modo igual de condescendiente sobre el elitismo de los estadounidenses que se oponen a la derecha cristiana. La percepción occidental de Erdogan al final empeoró, especialmente después de las protestas de Gezi de 2013; fue criticado por supuesta corrupción y por utilizar tácticas cada vez más autoritarias con periodistas y partidos de la oposición. Pero durante muchos años todos mis amigos estadounidenses progresistas que tenían una opinión sobre Turquía eran pro-Erdogan. Creían que era insostenible que Turquía hubiera reprimido y negado su religión durante tanto tiempo, que la gente por fin había alzado la voz.

Muchos hablaban en buenos términos de la antropóloga Jenny White, una importante estudiosa de la Turquía moderna cuyo libro Muslim Nationalism and the New Turks [El nacionalismo musulmán y los nuevos turcos] caracteriza la cultura kemalista pro Atatürk en términos de “militarismo, hostilidad, sospecha y autoritarismo” enraizados en “la etnicidad basada en la sangre de los turcos”. El nacionalismo musulmán, por el contrario, había tratado de sustituir “fronteras republicanas cuestionadas históricamente” por “límites imperiales otomanos más flexibles” y “privilegiar la identidad y la cultura musulmanas por encima de la raza”. Según la percepción comprensiva con el AKP, los otomanos, a los que los kemalistas habían culpado de vender Turquía a los ingleses, estaban en boga como modelos de multiculturalismo musulmán ilustrado.

Me daba cuenta de que cada desprecio al kemalismo era una cuchillada en el corazón para mis padres. Por lo que a mí respecta, no sabía muy bien qué pensar. A diferencia de ellos, yo me había educado en Estados Unidos. Para mí, como para la mayoría de estadounidenses, era un poco raro que casi todos los edificios públicos en Turquía tuvieran en las paredes retratos de Atatürk. También sabía que, para que la República Turca prosperara, millones de personas habían sido obligadas a cambiar de idioma, de ropa y de forma de vida, todo al mismo tiempo, porque Atatürk lo ordenaba. Sabía que gente que había sido percibida como enemigos del Estado —líderes religiosos, marxistas, kurdos, griegos, armenios— había sido deportada, exiliada, encarcelada, torturada o asesinada. Sabía que, incluso al principio del siglo XXI, todavía no había suficientes controles sobre los militares, y que las mujeres que llevaban velo eran objeto de discriminación y se les vetaba para ciertos trabajos y universidades.

Además, cuando pensaba en mi familia, algo de la crítica de White al kemalismo me resultaba conocido: la sensación de asedio y paranoia. El kemalismo, de una manera no muy distinta del sionismo, extraía mucha de su energía del hecho de que el Estado turco podría perfectamente no haber existido. Al final de la Primera Guerra Mundial, los victoriosos poderes aliados asumieron el control de casi toda Anatolia; dividieron una parte de ella en mandatos británico y francés y parcelaron mucho del resto para los griegos, los armenios y los kurdos. Antes de que Atatürk fuera diputado, era comandante militar, líder de la guerra de independencia turca; y, desde una perspectiva militar, todos esos pueblos y naciones eran antiturcos (como lo eran los árabes, que apoyaron a Gran Bretaña durante la Primera Guerra Mundial). Mis padres siempre soñaron con un mundo posnacionalista; de niña, mi madre rezaba todas las noches a Alá para que se formaran las Naciones Unidas y no hubiera más países ni guerras. Al mismo tiempo, recuerdo que siendo yo niña me advirtieron de que en el mundo había gente antiturca, gente que tenía viejos resentimientos y podía causar problemas. Durante un tiempo, Erdogan pareció estar tratando de oponerse a esta forma de pensamiento antagonista: abrir los negocios y las relaciones diplomáticas con los vecinos de Turquía, acabar con los tabús de mencionar la “cuestión kurda” y el genocidio armenio. Bajo el AKP, se estrenó en la televisión nacional turca un canal en lengua kurda; en 2009, Erdogan salió en directo y expresó sus buenos deseos en kurdo. Esto habría sido imposible poco tiempo antes.

Desde Estambul

En 2010 me mudé a Estambul, donde di clases en una universidad y escribí para el New Yorker durante tres años. Me pareció que, como Estados Unidos, Turquía estaba polarizada en dos bandos que eran cada vez más incapaces de comunicarse entre sí. Había una nueva dicotomía de la que no había oído hablar nunca: los “turcos blancos”(élites laicas occidentalizadas en Estambul y Ankara) frente a “turcos negros” (las pías clases media y media baja musulmanas de Anatolia). Los turcos negros eran los pobres, mientras que los turcos blancos eran los racistas que les despreciaban. Jenny White escribe: “El término ‘turco negro’ es utilizado por los kemalistas para menospreciar a los turcos de clase inferior o de origen campesino, que son considerados incivilizados, patriarcales, no modernos y atrapados por el islam, aunque hayan ascendido a la clase media”. Erdogan declaró con orgullo que él era un turco negro.

La ruptura entre blancos y negros me resultó difícil de entender. La familia de mi madre —profesionales de piel clara de Ankara que en el pasado tuvieron chófer y jardinero— encajaba claramente en al perfil de los “blancos”. Los parientes de mi padre en Adana tenían por lo general menos formación y eran de piel más oscura. Su padre tenía una tienda que vendía tinte textil a pastores. Durante un tiempo, mi padre llevó bigote. Pero mi padre había escrito el ensayo en honor de Atatürk en el anuario de su instituto, sus hermanas eran partidarias del aborto, ninguna de las mujeres de su familia llevaba velo y yo nunca había oído a ninguno de ellos expresar el más remoto destello de nostalgia por el pasado otomano. Había oído a parientes de ambos lados de la familia mostrar preocupación porque si se revertían las reformas de Atatürk, Turquía podía acabar “como Irán”. Así que, ¿qué era la familia de mi padre? ¿Turcos blancos?

En Estambul, iba con cuidado con cómo hablaba, con cuidado de no parecer —de no ser— orientalista o islamófoba. Una noche, mientras estaba en mi piso con un amigo turco, nuestra conversación se vio interrumpida por la llamada a la oración, que sonaba por altavoces. En mi piso, como en la mayor parte de lugares de la ciudad, se oían las llamadas en competencia de distintas mezquitas estallando al mismo tiempo, cinco veces al día. Con frecuencia, cuando paseaba por la ciudad, me gustaba oír la llamada a la oración. Alguna gente era muy buena en ello. (Mi madre me había dicho con frecuencia que cuando su padre era niño tenía una voz tan bonita y se sabía la oración tan bien que cuando el muecín habitual se ponía enfermo, él le sustituía.) Con todo, cuando estaba en casa con la ventana cerrada, trabajando o tratando de mantener una conversación, el sonido de voces masculinas amplificadas ensalzando el islam siempre me parecían un poco invasivas. “Sé que pareceré una idiota, pero a veces me cabreo de veras”, le confesé a mi amigo. “Oh, ¿no serás islamófoba?”, dijo bromeando. Me recomendó que pensara en el imán como “un cantante, como Michael Jackson”.

Como hablaba turco con imperfecciones, sonreía mucho y con frecuencia viajaba sola, recibía muchas lecciones de hombres, especialmente de taxistas. Algunos eran laicos; otros, con la parafernalia más religiosa en sus coches, no intentaban charlar. Eso todavía dejaba a muchos taxistas extrovertidos, vagamente musulmanes, que se tomaban la molestia de explicarme lo maravilloso que era el velo, cómo era “de veras una cosa preciosa”. Que una mujer se cubriera la cabeza, decían, era en realidad ungesto feminista, porque dejaba claro que exigía respeto. No se producían los mismos malentendidos que con una mujer con la cabeza descubierta.

Normalmente no contestaba, especialmente si el taxista parecía un poco excitable, porque cuando los taxistas se ponían a discutir dejaban de mirar la carretera y muchos de los taxis no tenían cinturones de seguridad. Pero una vez un taxista me presionó con una particular jovialidad para que le diera mi opinión y yo dije algo así como: “Todas las mujeres deben ser respetadas. Eso no debería depender de su pelo”.

El taxista dijo que tenía toda la razón, que por supuesto las mujeres debían ser respetadas y que el velo era la mejor manera de recordarles a los hombres esa necesidad de respeto. Los hombres, a fin de cuentas, eran peores que las mujeres: a veces se perdían y podían suceder cosas desagradables, “incluso —dijo con una voz apagada, añadiendo que no le gustaba mencionar algo así delante de mí— la violación”.

Respondí, en mi simple turco, que eso había sonado como una amenaza: o te cubres la cabeza o te pueden violar. El taxista protestó con frases floridas que nadie estaba amenazando a nadie, que hablar de amenazas en esa situación era impropio, que él se daba cuenta por mi cara sonriente de que era una persona buena y confiable, pero que el mundo era un lugar imperfecto, que algunos hombres eran menos como humanos que como animales, y que era mejor emitir señales claras de lo que una andaba o no andaba buscando. Después me dejó en el restaurante de pescado en el que iba a reunirme con algunos profesores de literatura.

Si hubiéramos sido solo nosotros dos en el taxi en un vacío político, no le habría reprochado sus opiniones al taxista. Eran su coche y su país y me llevaba adonde yo quería ir. Yo sabía que mi limitado dominio del turco, que me parecía una carencia, era a sus ojos una señal de privilegio, una señal de que me podía permitir viajar y vivir en el extranjero. Con frecuencia, la segunda pregunta que me hacían los taxistas después de la invariable “¿de dónde eres?” era “¿cuánto te ha costado el billete de avión?”.

Pero el taxi no estaba en un vacío; era un país en el que el jefe de Estado, cuya mujer llevaba velo, instaba repetidamente a todas las mujeres a tener por lo menos tres hijos, a poder ser cuatro o cinco. Erdogan se oponía al aborto, al control de la natalidad y a la cesárea. Decía que el islam había establecido una clara posición para las mujeres, pero que no podías explicársela a las feministas, porque “no aceptan el concepto dematernidad”. Cuanto más tiempo llevaba en el cargo, más franco era. En 2014 llegó a describir el control de la natalidad como una “traición” diseñada “para secar nuestro linaje”. Por mucho que tratara de ser tolerante —por mucha comprensión que sintiera por las feministas musulmanas que no querían ser “liberadas” del velo, y que se sentían tan juzgadas por la élite laica como lo hacían las mujeres laicas por el patriarcado musulmán—, nunca pude perdonar a Erdogan por decir esas cosas sobre las mujeres. Y, como las decía en nombre del islam, tampoco podía perdonar al islam.

Viajar sola

En otoño de 2011 viajé al sudeste de Anatolia para escribir sobre unos restos neolíticos recién descubiertos que los arqueólogos pensaban que podrían ser el primer templo del mundo. El lugar, Göbekli Tepe, estaba cerca de la ciudad de Urfa, un destino sagrado para los musulmanes, considerada el lugar de nacimiento de Abraham. (La ciudad, cerca de la frontera con Siria, es ahora uno de los lugares por los que cruzan los combatientes extranjeros para unirse a ISIS.) Me pareció ser la única mujer no acompañada del hotel. Cuando le dije al recepcionista que me iba a quedar seis días, casi le da un ataque al corazón. “¿Seis días?”, repitió. “¿A solas?” Cuando le pregunté por los horarios del baño de vapor me dijo que era solo para hombres, no solo en ese momento sino siempre. Cogí el ascensor para subir a mi habitación, plenamente consciente de que no habría alcohol en el minibar. Durante todo el tiempo que estuve en Urfa, cada vez que veía a cualquier miembro del personal del hotel en el pasillo o la recepción, siempre recibía el mismo saludo: “Oh, ¿sigues aquí?”.

Me costó encontrar un taxi que me llevara al yacimiento arqueológico. Al final, el recepcionista del hotel llamó a un conductor al que conocía, un tipo gruñón sin taxímetro que me cobró la exorbitante suma de 55 dólares por ir y volver y estuvo suspirando y murmurando entre dientes todo el camino. No respondió al teléfono cuando le llamé para que me recogiera y acabé teniendo que hacer autoestop. Pensando en que la vida sería más fácil si tuviera mi propio coche, establecí una cita a las seis el día siguiente en un local de Europcar que debía estar en la calle 749 de Urfa. Me perdí hasta tal punto que a las siete todavía estaba dando vueltas arriba y abajo por una misteriosa parte de carretera que parecía empezar como calle 771 y después convertirse, sin ningún cambio visible, en la calle 764. Había pasado varias veces por delante de la misma tienda de alimentación y le llamé la atención a un repartidor de pan.

“¿Buscas algo?”, me preguntó el repartidor. Le enseñé la dirección. Se la enseñó a otro tipo. Debatieron un buen rato sobre si la calle 749 existía o no. Salió un tercer tipo de la tienda y se sumó a la conversación. Esperé varios minutos, pero estaba claro que no se iban a poner de acuerdo y, de todos modos, el Europcar estaría cerrado. Les di las gracias por su ayuda y volví andando al centro de la ciudad para comer algo.

La mayor parte de los restaurantes de Urfa tenía un rótulo que decía “restaurante familiar”, lo que significaba que había una sala solo para hombres y una “sala familiar” donde se aceptaba a las mujeres. El que escogí yo tenía la sala familiar en la terraza. Había dos o tres familias sentadas allí, con niños. El resto de mesas estaban vacías. Me senté en una mesa para cuatro personas en un rincón. Las familias pedían muchas cosas y yo era incapaz de llamar la atención del camarero. Llevaba allí sentada varios minutos cuando recibí la llamada de un amigo en Estambul. Cuando empecé a hablar en inglés, dos de las mujeres en una mesa cercana se dieron la vuelta y se me quedaron mirando boquiabiertas. Pensé que quizá pensaban que era maleducada por hablar por el móvil.

-Te llamo luego —le dije a mi amigo.

Ni siquiera después de colgar las mujeres dejaron de mirarme fijamente. Traté de sonreír y saludar con la mano, pero ellas no me respondieron ni apartaron la mirada. El camarero, que todavía no me había tomado nota, estaba en un rincón mirando una televisión colgada del techo. Me di por vencida y volví a la habitación del hotel, donde comí pastelitos tahini mientras leía sobre la revolución neolítica.

La vida con velo

Los principales atractivos turísticos y religiosos de Urfa —un castillo, numerosas mezquitas, una cueva donde es posible que naciera Abraham y fuera amamantado por una cierva durante 10 años, y un lago de carpas sagradas que se considera que señala el lugar en el que Nimrod trató de quemar vivo a Abraham (dios convirtió las cenizas en peces)— se encuentran en un sombrío parque verde o en sus alrededores, con fuentes y rosaledas. Fui allí todos los días para escapar del calor. Las mujeres tenían que llevar velo en los lugares sagrados, así que me compré uno en el mercado y lo llevaba siempre en el bolso. Era suave, ligero, verde primaveral, con dibujos de pequeñas e intrincadas parras y hojas.

Un día, después de visitar la cueva de Abraham, me olvidé de quitarme el velo. Volviendo por el parque, casi inmediatamente me di cuenta de que algo era distinto. Pasé junto a dos hermosas jóvenes con velo, caminando cogidas del brazo y riéndose por algo. Cuando las miré, me miraron fijamente a la cara, a los ojos, aún sonriendo, como si todas estuviéramos ante un gran chiste. Me di cuenta de que ninguna joven me había mirado a los ojos o me había sonreído en Urfa hasta entonces. Mientras caminaba, sentí una creciente sensación de libertad, como si por primera vez pudiera mirar donde quisiera sin arriesgarme a recibir a cambio una mirada hostil. Así que me dejé el velo puesto. Y después regresé a la ciudad.

No se trata de un estudio científico. No repetí la experiencia varias veces ni medí nada. Lo único que tengo es mi impresión subjetiva, que es esta: caminar por la ciudad con velo fue una experiencia completamente distinta. La gente era mucho más amable. Nadie apartaba la mirada cuando me acercaba. Me sentía menos atropellada, los hombres parecían dar un paso al lado para dejarme más espacio. Cuando entré en una tienda, un hombre me sostuvo la puerta y me di cuenta de que era la primera vez que alguien sostenía la puerta ante mí y me dejaba pasar en lugar de pasar el primero y dejar que se cerrar en mis narices. Lo más increíble fue que cuando llegué a una parada de autobús poco después de que este saliera, el vehículo que se alejaba se paró en mitad de la calle, la puerta se abrió y un hombre sacó la mano para ayudarme a subir llamándome “hermana”. Me sentí de una manera increíble. Sentirse tan bienvenida y segura, poder mirar a alguien a la cara y sonreír y que te devuelvan la sonrisa. Fue un regalo maravilloso.

“¿Cuánto tiempo puedo seguir con él puesto?”, me pregunté mientras el autobús se ponía en marcha y los coches hacían sonar las bocinas. ¿El resto del día? ¿Para siempre?

Me pregunté por qué no se me había ocurrido antes llevar velo, por qué nadie me había dicho nunca que era algo que podía hacer. No era difícil ni caro. ¿Por qué no cubrirme la cabeza si eso hacía que la gente que vivía allí se sintiera mucho mejor? ¿Por qué iba a provocarles una incomodidad innecesaria, a ellos y a mí misma? ¿Por principios? ¿El principio de que las mujeres eran iguales que los hombres? ¿A quién le estaba transmitiendo ese principio? ¿Con qué éxito? ¿Y si yo pensaba que estaba transmitiendo una cosa pero la gente entendía otra? ¿Y si entendían que les desaprobaba y pensaba que su forma de vida era atrasada? ¿Contaba eso como “transmitir”?

Me sorprendí pensando en los tacones altos. Los tacones altos eran dolorosos y, al menos para mí, caros, porque hacían que caminar fuera más difícil y acababa cogiendo más taxis. Pero había ocasiones en las que me ponía tacones para actos relacionados con el trabajo en Nueva York, especialmente porque me hacía sentir que la gente me trataba con más consideración. ¿Por qué, entonces, iba a negarme a llevar velo, que me daba la similar ventaja de aceptación social sin la desventaja de disminuir mi capacidad para estar de pie o caminar?

Sin embargo, cuando pensé en dejarme el velo durante el resto de mi estancia, me pareció que ahí había algo deshonesto, casi vergonzoso, como si estuviera engañando a la gente para que fuera amable conmigo. Esas chicas que me sonreían mirándome a los ojos creían que yo era como ellas. El chico que me ayudó en el autobús creía que yo era su hermana.

En ese momento me vino otra idea, una especia de fantasía, tan ajena a mí que a duras penas pude ordenarla mentalmente: ¿Y si lo hacía? ¿Y si llevaba el velo no como disfraz sino de verdad? Tenía 34 años y había tenido muchas dudas sobre la dirección que estaba tomando mi vida. Había abortado el año anterior, con cierta renuencia, y todo —cada pequeña derrota, cada señal de hostilidad— aún me dolía un poco más. Nunca me había sentido tan sola, y en cierto sentido eso parecía repentinamente haber sido culpa mía, como si hubiera escogido esta vida sin darme cuenta, años antes, cuando me propuse convertirme en escritora. Y ahora un destello aparecía ante mí, un destello de una manera de ser completamente distinto de cualquiera que yo hubiera imaginado, una vida con reglas y obligaciones claras que seguías, a cambio de lo cual eras respetada y honrada y estabas a salvo. Tenías hijos; no quizá, sino sin duda. No tenías que preocuparte por que tu valor social estuviera irremediablemente vinculado a tu valor sexual. Tenías menos libertad, cierto. ¿Pero qué era tan maravilloso de la libertad? ¿Qué era tan maravilloso de ser una periodista e ir por ahí siendo una pelmaza para los demás, haciendo que la gente sospechara y fuera cruel contigo o tratara de utilizarte para su estrategia de relaciones públicas? Viajar sola, especialmente siendo una mujer, especialmente en una cultura patriarcal, puede ser muy estresante. Puede hacer que te cuestiones las prioridades más básicas alrededor de las cuales dispones de tu vida. Como: ¿por qué tengo un trabajo que me hace viajar a solas?, ¿por la literatura?, ¿qué es la literatura?

La epifanía Houellebecq

Estas ideas regresaron a mí hace poco, cuando leí Sumisión, la última novela de Michel Houellebecq, una sátira situada en Francia en 2022 gobernada por moderados islamistas democráticamente elegidos. El islam en Sumisión es básicamente una fantasía diseñada por Houellebecq para atraer a alguien precisamente como Houellebecq, con universidades generosamente financiadas, meze fantásticos, vinos franceses y libaneses que manan libremente y múltiples esposas adolescentes para todo intelectual que se convierta al islam. Pero la retórica política del líder del movimiento, Mohammed Ben Abbes, está bien razonada y es coherente, y tiene cierta semejanza con la plataforma real de Erdogan, y está presentada con una franqueza y lucidez que me hicieron comprender la lógica del AKP de una manera en que no lo había hecho nunca.

En el plano internacional, Ben Abbes pretende transformar Europa en una unión de estados musulmanes del Mediterráneo y del norte de África: un programa similar al “neoislamismo” de Ahmet Davutoglu, el primer ministro de la AKP hasta mayo de 2016. En el plano doméstico, Ben Abbes apoya el emprendedurismo, los negocios familiares y el libre mercado. Socialmente, trata de reforzar la educación musulmana y alentar a las mujeres a ser madres que se quedan en casa mientras sigue dando la lata con el valor supremo del mandato democrático. Nunca había comprendido cómo estaban relacionados esos objetivos, o siquiera si eran compatibles. ¿Cómo puede alguien que se opone al feminismo —al que le parece bien que la mitad de la población esté menos formada que la otra mitad— estar a favor de la democracia? ¿Cómo puede una constitución democrática no ser laica? ¿Cómo puede ser compatible con cualquiera de las religiones abrahámicas, con cualquier cosa que saliera de esa cueva en Urfa? Siempre había dado por hecho que Erdogan era hipócrita en algo: o solo simulaba preocuparse por la democracia o solo simulaba preocuparse por los valores familiares musulmanes. O, como decían mis parientes, simulaba tanto lo relacionado con la democracia como lo relacionado con el islam y la única cosa que le preocupaba de verdad era construir más centros comerciales con dinero del Golfo.

Leyendo Sumisión me di cuenta de que, de hecho, existe una coherencia lógica en la plataforma islamista moderada partidaria del libre mercado. La democracia, como el capitalismo, es un juego de cifras, y “valores familiares” es una máquina que estimula a la población. Como dice uno de los personajes de Houellebecq: “Las parejas que se reconocen en una de las tres religiones del Libro, las que mantienen valores patriarcales, tienen más hijos que las parejas ateas o agnósticas; las mujeres tienen menos educación, y el hedonismo y el individualismo tienen menor peso. Además, la trascendencia es en buena medida un carácter genéticamente transmisible y las conversiones o el rechazo de los valores familiares solo tienen una importancia marginal: en la inmensa mayoría de los casos, las personas permanecen fieles al sistema metafísico en el que han sido educadas. El humanismo ateo, sobre el que reposa el ‘vivir juntos’ laico, está por lo tanto condenado a corto plazo”.

Los humanistas ateos del 2022 de Houellebecq están condenados, no solo a la extinción, sino también a no molar. El movimiento de 1968 en Europa, de manera semejante a la revolución kemalista en Turquía, fue en algún momento juvenil y contracultural, y después ganó y se convirtió en el viejo establishment en decadencia. Ben Abbes, escribe Houellebecq, no siente ninguna inquietud por “el último de los soixante-huitards, esos progresistas cadáveres momificados —extintos en el mundo en general— que lograron resistir en la ciudadela de los medios de comunicación”. Los minoritarios, irrelevantes zombis, que ingenuamente aún se creen los defensores de los oprimidos, están tan “paralizados” por el “pasado multicultural” de los musulmanes que ni siquiera se enfrentan a ellos.

El narrador de Houellebecq, François, es un profesor de literatura francesa de mediana edad, un especialista en las novelas de Joris-Karl Huysmans. Contranatura (1894), considerada por lo general como una obra maestra del movimiento decadente, cuenta la historia de un aristócrata disoluto que dedica su vida a objetivos estéticos, como comer comidas por entero negras o ir por ahí con una tortuga gigante con el caparazón cubierto de joyas. Estas actividades no logran darle la felicidad, a pesar de que parecen acabar con las posibilidades de la novela decadente. Huysmans se convirtió al catolicismo después de escribir Contranatura. Los paralelismos entre François y el protagonista de Huysmans están claros. François también ha dedicado la vida a objetivos estéticos: leer, ver la televisión, fumar empedernidamente, beber vino de supermercado y salir con estudiantes. También él considera estas indulgencias vacías y extenuantes: la literatura deja de parecer interesante y el sexo es cada año más difícil. De una manera muy parecida a como Huysmans se convirtió al catolicismo, François se convierte al islam.

Cuando el gobierno musulmán subvenciona una edición en La Pléiade de Huysmans y le encarga a François que escriba una introducción, se pone a releer y se da cuenta, por primera vez, de que “el verdadero tema de Huysmans es la felicidad burguesa, una felicidad dolorosamente fuera del alcance de un soltero”. Eso era lo único que quería Huysmans: no las comidas negras ni la tortuga con joyas incrustadas, sino simplemente “recibir a sus amigos artistas para un pot-au-feu con salsa de rábano picante, acompañado por un vino ‘sencillo’ seguido de un brandy de ciruelas y tabaco, con todo el mundo sentado alrededor de la estufa mientras los vientos invernales batían las torres de Saint-Sulpice”. Esa felicidad “está dolorosamente fuera del alcance de un soltero”, incluso de uno rico con criados; depende en realidad de una esposa que sepa cocinar y recibir, que pueda convertir una casa en un hogar.

Este es el precio de la felicidad burguesa en la utopía islámica de Houellebecq: la independencia de las mujeres. Es fascinante ver cómo Houellebecq se enfrenta al reto de hacer que la esclavización doméstica de la mujer parezca aceptable en la novela, no solo para quien como François siente curiosidad por el islam, sino, hasta cierto punto, para las mujeres francesas. Por ejemplo, al principio de la novela François busca a dos de sus exnovias, mujeres solteras de éxito en la cuarentena; esas escenas le sugieren, de una manera no inverosímil, que las penalidades de la edad y los estragos psicológicos de salir con hombres y estar soltera son aún más duros para las mujeres que para los hombres, y que no están realmente equilibrados por las alegrías de una carrera en, pongamos por caso, el sector de la distribución de vinos o las farmacéuticas. François visita después a una excolega que se ha retirado a la vida doméstica tras la islamización de la universidad. “Viéndola ajetreada en la cocina con un delantal con la frase humorística: ‘No riñan a al cocinera, aquí manda el jefe’, costaba imaginar que unos días atrás impartía unos cursos de doctorado sobre las circunstancias tan particulares en las que Balzac corrigió las pruebas de Béatrix”, observa. “Nos había hecho tartaletas rellenas de cuellos de pato y cebollitas, y estaban deliciosas.” En un pasaje posterior, situado en un tren, François contrasta el visible estrés de un hombre de negocios musulmán, que está manteniendo una conversación telefónica claramente desgarradora, con la alegría de sus dos esposas adolescentes, que están resolviendo pasatiempos del periódico. Bajo el “régimen islámico”, se da cuenta François, las mujeres —o “al menos las suficientemente guapas para atraer a un marido rico”— viven en una infancia eterna, primero como niñas, después como madres, con solo unos pocos años de “ropa interior sexi” entre ambas: “Obviamente no tenían autonomía, pero como dicen en inglés, fuck autonomy”.

La visión de Houellebecq de un estado islámico, a pesar de su carácter caricaturesco, tiene una cierta generosidad imaginativa. Retrata el islam no como una amenaza insidiosa y despersonalizada, o como un último recurso ideológico al que los excluidos de Occidente pueden ser “vulnerables”, sino como un sistema de creencias que es enormemente atractivo para mucha gente, mucha de la cual tiene otras opciones. Es la misma idea que comprendí en Urfa. Nadie lo tiene todo, todo el mundo intercambia determinadas cosas por otras.

“¿Todavía sigues aquí?”

Después de esa tarde no me volví a poner el velo. No podía explicarlo racionalmente, pero no me parecía lo correcto. Me aferré a mi estrategia original de sonreír e ignorar las señales sociales, a la estadounidense. “En la gran mayoría de casos —como dijo un intelectual francés— la gente se aferra al sistema metafísico en el que ha crecido.”

En el transcurso de varios viajes al yacimiento, el taxista gruñón se fue abriendo gradualmente, especialmente después de que le felicitara por la habilidad con que evitaba atropellar transeúntes en el último segundo. “Eso no ha sido nada”, dijo el taxista, y me habló de la vez en la que había logrado no embestir a un anciano que caminaba por el medio de la carretera como si fuera la acera y que, en respuesta a los bocinazos del taxista, se quedó donde estaba y gritó: “¡Haz como si fuera un árbol!”.

“¿Cómo puedes razonar con alguien así?”, me preguntó el taxista. Y añadió que cuando conducía por Urfa lo hacía de acuerdo con la lógica y no con las leyes de tráfico, porque la tasa de supervivencia para alguien que respetara las reglas de tráfico era del cero por ciento.

Paramos frente al hotel.

-Aún sigues aquí —dijo el recepcionista, no sin cierto humor, cuando entré.

-Por supuesto —respondí—. ¿Quién que haya venido a Urfa ha querido alguna vez marcharse?


Elif Batuman es un escritora estadounidense, académica y periodista.


Este texto se publicó originalmente en The New Yorker en febrero de 2016.
Traducción del inglés de Luisa Bonilla.

 


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