Lenguas africanas para el mundo

Suahili, lengua franca de África del Este. El imaginario sobre África y sus gentes ha esculpido una frase terriblemente ignorante: “en África se habla el africano y algún dialecto del francés o inglés”. Después de la taquicardia de algún turista que cegado por los safaris se ha percatado que hay más de 2.000 lenguas en el continente, la historia cambia de tercio. El caso de la lengua mayoritaria en la costa índica es especialmente revelador de cómo la historia local contrarresta los discursos coloniales.

El suahili o kisuahili, pertenece a la rama más grande de los Benue-Congo, de la familia de las lenguas Níger-Congo. El nombre etimológico proviene del plural de la palaba árabe sawāhil, que significa “costa”. Es por eso que los libros de historia utilizan la palabra suahili para designar a los y las habitantes de la costa índico-africana que comprendería desde las costas de Somalia hasta las de Mozambique. Estas poblaciones comparten un idioma común y, además, una cultura que surgió entre el contacto de las ciudades africanas costeras y la cultura árabe que comerciaba a través del Océano Índico desde Asia.

Mº José Comendeiro.

Mº José Comendeiro.

El contacto entre la costa este de África y Arabia, Persia e incluso China, se remonta mucho antes de que el Islam llegara en el siglo octavo. Los griegos y romanos llamaron a la zona Azania y los árabes hablaban de la tierra de los Zanj. Se podría subrayar que los africanos y africanas que vivían en las zonas costeras estaban más cerca culturalmente de los pueblos arábigos y del golfo Pérsico que de las sociedades africanas que se encontraban en el interior de África central. Es más, el suahili llegó a servir como idioma intermediario entre los pueblos bantúes, del interior del continente, y los comerciantes que llegaban a la costa. El uso de esta lengua se extendió con el aumento de las transacciones de recursos naturales durante el período colonial en los siglos XIX y XX.

El suahili ha sido la base a través de la cual se ha construido el sentido de cohesión nacional en Tanzania. El país cuenta con más de 130 grupos étnicos, cada uno con sus propias lenguas y tradiciones culturales. Sin embargo, para una región como la de África del Este que se ha visto afectada por las luchas étnicas (genocidio de Ruanda en 1994 o la violencia postelectoral de 2007-2008 en Kenia), Tanzania ha escapado a este tipo de problemas en gran parte debido a la fuerza unificadora del suahili. La naturaleza de este idioma, constituido a partir del árabe, las lenguas bantúes, el inglés y el alemán, refleja al mismo tiempo la diversidad del país y su propia historia.

Sin embargo, durante los últimos treinta años, Tanzania ha pasado por algunos cambios profundos. Durante los años 60 y 70, en los que el país y su joven líder Julius Nyerere, conocido como mwalimu (maestro), eran reverenciados por estar a la vanguardia
de las luchas anticoloniales, el país sufrió parte de sus propias luchas. El experimento socialista de Nyerere, (el ujamaa) falló y el país se vio obligado a soportar dolorosas reformas económicas en la década de 1980 defendidas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Ahora, el país se encuentra en el camino de consolidar una economía de libre mercado que aporta números de crecimiento macroeconómicos pero que está perpetuando una brecha de desigualdad cada vez más grande.

¿Se está perdiendo la confianza y el sentido del ser tanzano fundada en el idioma suahili? En una economía globalizada donde el inglés lo domina casi todo (desde el comercio a la política) no queda claro cuál es la dirección que debe tomar Tanzania en las próximas décadas con la decisión de imponer el suahili, de nuevo, como lengua unificadora.

Esta política es todo lo contrario a la tendencia en la región. Algunos países africanos están adoptando la educación en inglés como un camino importante para participar en las inversiones globales. Por ejemplo, Ruanda, ex colonia belga, ha degradado al francés adoptando el inglés como idioma oficial en la educación en 2008. Gabón, otro estado francófono, hizo lo mismo en 2012.

En Tanzania, los inversores extranjeros se han quejado de la falta
de capacidad de la fuerza de trabajo, cuyos conocimientos del inglés son fuente importante de preocupación. Parece que la decisión de mantener al inglés como un idioma extranjero podría exacerbar este problema. Sin embargo, la apuesta por el suahili tiene otros componentes más allá de los económicos y que, sin duda, son ejemplos en esta región del continente. Un idioma unificador que ha consolidado un país de paz. Quizás, sólo quizás, los inversores, los extranjeros, se vean obligados a cambiar sus directrices en vez de hacerlas cambiar al propio Estado tanzano.

El caso del Gikuyu en la literatura universal

El escritor keniano Ngugi wa Thiong’o –uno de los nombres que desde hace varios años se encuentra en las apuestas para el Nobel de literatura– vivió, como muchos de los niños y niñas de su época, con la promesa de la descolonización. Una real que nunca ha terminado de llegar. Su forma de reivindicar un nuevo status quo para su pueblo fue la lengua, la suya: el gikuyu. Wa Thiong’o renunció a escribir en inglés en julio de 1977 durante el lanzamiento en Nairobi de Pétalos de sangre, subrayando que deseaba expresarse en un lenguaje que tanto su madre como la gente común pudiera entender.

La decisión de escribir en gikuyu era al mismo tiempo innovadora y ridículamente valiente y se convirtió en uno de los primeros escritores africanos en tratar de ganarse la vida con sus palabras. Era un suicidio comercial ya que los escritores de su latitud se quejaban de querer llegar a un público más amplio y por eso utilizaban textos en inglés. Pero ahora, casi cuarenta años después, sobrevolando la crisis institucional y financiera mundial, el keniano ha demostrado que volver a lo local puede convertirse en una alternativa cuando se trata de la lengua.

Fue tal la capacidad de infección de sus historias en gikuyu, su accesibilidad al público local y la absorción rápida de las ideas críticas contra el sistema capitalista que lanzaba el escritor, que las autoridades estaban completamente asustadas. Cuando el entonces presidente Daniel Arap Moi oyó que un hombre llamado Matigari andaba por Kenia haciendo preguntas difíciles, lanzó una orden de detención contra él. Lo que no sabía el presidente era que Matigari era de hecho uno de los personajes de ficción de Ngugi, por lo que cuando se destapó la realidad, todas las copias del libro fueron destruidas. Fue el primer caso en la historia del mundo en el que un personaje de ficción se veía obligado a exiliarse.

Es cierto que hay una visibilidad de las culturas africanas cada vez mayor pero las lenguas africanas se enfrentan a tiempos difíciles. De momento, el caso de Ngugi y otros escritores y escritoras africanas con tal fuerza política y comercial son pocos y distantes entre sí. Pero si el comité del Nobel maneja la posibilidad de reconocer al keniano, de repente apoyaría la creencia de la comunidad literaria africana de la posibilidad, y de hecho la necesidad, de un cambio de paradigma. Naguib Mahfuz ganó el Nobel por su trabajo en árabe en 1988. Y fue un punto de inflexión. La fuerza de Ngugi es un recordatorio para todas y todos nosotros de la resistencia a la hegemonía de los idiomas europeos.


Sebastián Ruiz es periodista e investigador especializado en medios de comunicación y cine en el África subsahariana. Doctorando por la Universidad de Sevilla. Coordinador de la sección Cine y Audiovisuales en el portal sobre artes y culturas africanas www.wiriko.org. Analista político sobre actualidad africana en la revista Mundo Negro. Forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº70 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2016.


 

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