“Las historias son cosas revolucionarios y rebeldes” Ben Okri, Nigeria.

Las literaturas africanas en clave continental

El debate continua vivo. El movimiento #RodhesMustFall (Rhodes debe caer) comenzó el marzo pasado en Sudáfrica donde un colectivo de estudiantes y personal no docente se movilizaron por una acción directa contra la realidad del racismo institucional en la Universidad de Ciudad del Cabo que mantenía una estatua de Cecil Rhodes en el campus del edificio. Pero la protesta no era exclusivamente simbólica. Rhodes fue un empresario imperialista y político británico que desempeñó un papel dominante en el sur de África a finales del siglo XIX.

En esa misma universidad sudafricana de Ciudad del Cabo, el filósofo camerunés Achille Mbembe insistía meses después de la protesta en que la descolonización de las mentes también requiere la desprivatización de lo que deberían ser los espacios públicos. Esto significa que las universidades no deben estar dominadas por un orden epistemológico patriarcal y, además, ser espacios de transformación donde las ideas sean impugnadas por el alumnado y la academia por igual. Sin embargo, y en el caso africano, los espacios de creación de conocimiento más importantes permanecen privatizados por los mismos pocos privilegiados que se beneficiaron del pasado colonial. Efectivamente, Ciudad del Cabo es una urbe que todavía permanece dividida a lo largo de las líneas raciales dibujadas por el colonialismo y el apartheid como una roca oculta en las profundidades del pasado que continúa moviéndose hacia la superficie del presente.

Paula Cabildo.

Paula Cabildo.

¿Y es necesario para hablar de literaturas negras toda esta historia de Rhodes? Pues sí. Sin ir más lejos, este debate llegó a uno de los festivales más importantes sobre el género celebrado anualmente en la Biblioteca Británica de Londres, el Africa Writes. La caída de Rhodes significa también modificar las listas de lecturas obligatorias por el estudiantado y transformar las estructuras institucionales. Sobre todo teniendo en cuenta que la Biblioteca Británica tiene su historia en el bastión del colonialismo: el Museo Británico. La misma institución que mantiene a buen recaudo buena parte de las historias del continente en su sótano.

La influencia del sistema literario occidental

Las literaturas africanas a pesar de su corta vida, si entendemos su nacimiento después de las independencias en la década de los sesenta, han conseguido conquistar el panorama mundial con cinco premios Nobel como el nigeriano Wole Soyinka (1986), el egipcio Naguib Mahfoud (1988), los sudafricanos Nadine Gordimer y J.M. Coetzee (1991 y 2003, respectivamente) y Jean Marie Gustave Le Clézio (2008). No llega a un 3 por ciento de galardonados para un continente que alberga al 15 por ciento de la población mundial. Evidentemente no es una cuestión de proporcionalidad la decisión de otorgar un Nobel pero sí sintomática del panorama.

En 1921 René Maran, nacido en la isla de Martinica aunque criado en Gabón, publicaba quizás la primera obra escrita por un negro y fuertemente atacada; se trataba de Batuala. En ella, Maran explicaba la realidad colonial francesa y la metrópolis no pudo tolerar que un negro pudiera cuestionar el papel de Europa en la invasión del continente africano y, menos aún, de poner en duda su “misión civilizadora”. Pero quizás, la unión del movimiento de la negritud encabezado por Aimé Césaire y otros intelectuales como el primer presidente del Senegal independiente, Léopold Sédar Senghor, unidos a la efervescencia de los cafetines de París iniciaron el recorrido de las letras africanas.

El contexto era el de la emancipación, el de los sueños por romper las cadenas opresoras con las antiguas metrópolis, y el de buscar una identidad robada durante décadas por los europeos. Aquí hubo dos grandes vertientes: la de la negritud, como hemos mencionado, y que alentaba a las autoras y autores, sobre todo de los países colonizados por Francia, a buscar su estilo desde la proclamación del ser negro como oposición al hombre blanco, colono e imperialista; y la corriente del African personality desde los países anglófonos africanos. En esta segunda vía había una especie de recelo con los anteriores resumido en la célebre frase del Nobel nigeriano Wole Soyinka: “El tigre no proclama su tigritud, salta sobre la presa y se la come”, en una clara alusión a la “no necesidad” desde la negritud de subrayar su procedencia y color de piel.

Durante las primeras décadas después de las independencias, en la literatura estaban muy marcadas las temáticas (novela y teatro social, epopeyas como recuperación de las tradiciones, y la poesía como elemento sanador y filosófico de la propia existencia) así como su identificación ideológica. El desengaño político y económico que vendría después de la ruptura con las colonias, la guerra de bloques vivida en el continente, los golpes de Estados y sucesivas crisis económicas, los Planes de Ajustes Estructurales promovidos por las instituciones internacionales como únicas recetas para “salvar” al continente, o la crisis de la ayuda al desarrollo potenciaron un universo literario definido muy al gusto de los cánones occidentales.

¿Por qué las letras africanas se leen en clave de miseria y destrucción?

Hoy por hoy sobrevuelan otra clase de cuestiones como ¿cuál es el origen de las escritoras y escritores africanos? ¿Qué leen? ¿Dónde se dan cita? ¿Quién los publica? ¿Quién los apoya? Desde los circuitos internacionales las respuestas a estas preguntas no importan.

Hay una lección interesante aquí. Cervantes conocía la esclavitud, la expulsión de los judíos y musulmanes, perdió su brazo en la batalla de Lepanto, no ignoraba la historia brutal de España y, sin embargo, no podría haber dejado un legado más duradero que El Quijote, una novela sobre un hombre que decide vivir las aventuras que ha leído en sus libros. Homero hablaba de la caída de Troya a través del mal humor de un hombre. Sófocles narraba la culpabilidad de un rey, no de los horrores de la historia griega. Tolstoi tenía un gran tema en Guerra y Paz, pero su visión y escritura le daban nobleza al tema hablando del amor. Pushkin estaba empapado de la historia sombría y extraordinaria de Rusia, con la violencia de Iván el Terrible, conocía el exilio. No obstante, su Eugenio Onegin, una fuente de inspiración para la literatura rusa, trata de un aristócrata aburrido.

Esta dinámica del sistema literario occidental y casi imperceptible se observa de sobremanera en Sudáfrica: solamente un millón de sudafricanos y sudafricanas, de una población de 53 millones, compra libros; cuando lo hacen suelen ser obras de ficción, la poesía no se vende; de los 88 mejores libros en el país, sólo uno, en el número 87, está escrito por un escritor negro, Khaya Dlanga. Además, teniendo en cuenta que Sudáfrica tiene 11 idiomas oficiales, el sistema literario está dominado por los textos en inglés y afrikaans, y por autores occidentales y blancos. El punto y final lo ponen muchas bibliotecas financiadas por ONG en las que es prácticamente imposible encontrar libros en idiomas locales. Esto tiene un impacto obvio y excluyente. Y por eso, Rhodes debe caer.

Paula Cabildo.

Paula Cabildo.

La hora de la perspectiva africana

Sin embargo, la fotografía no está completa. Sin mencionar a los grandes grupos editoriales con base en el continente, tienen cabida varias editoriales y proyectos que se dedican a producir literatura para las masas africanas. Esto no quiere decir que no haya retos a los que se enfrenta el negocio de la publicación en el continente. Pero hay muchas razones para pensar que el estado de la literatura en África está empezando a cambiar más le pese a algunos empeñados en vender la narrativa de la desesperanza, las guerras y la corrupción. En la actualidad hay varias opciones para una persona que desea que su manuscrito sea publicado. Y las posibilidades para la edición de ficción en el continente se han abierto.

  1. Femrite (Uganda)
    Coordinada actualmente por Hilda Twongyeirwe, se trata de una editorial feminista fundada en la década de 1990 como una plataforma para guiar y publicar a las escritoras en Uganda.
  2. Jalada (continental)
    El colectivo JALADA, coordinado por Moses Kilolo reúne a 22 jóvenes de cinco países diferentes de África. Se formó en 2013 en un taller realizado en Kenia y desde entonces han publicado varias antologías de poesía y cuentos sobre temas muy provocadores como la demencia y el sexo.
  3. Modjaji (Sudáfrica)
    Detrás de Modjaji Books se encuentra Colleen Higgs, quien describe a la empresa como una editorial independiente con sede en Ciudad del Cabo. Publican trabajos de mujeres africanas fieles al espíritu de Modjaji que significa lluvia, una fuerza poderosa para el bien femenino, el crecimiento, la nueva vida y la regeneración.
  4. Storymoja (Kenia y otros)
    El festival Storymoja es uno de los actos literarios más destacados del año en el continente. Además del encuentro, una de sus fundadoras Muthoni Garland se dedica desde el paraguas de la organización a publicar y producir libros para las masas. Seis años después, la compañía ha publicado más de 120 títulos.
  5. Parrésia (continental)
    Su fundador, Richard Ali, trata de publicar voces potentes africanas como Abubakar Adam Ibrahim, cuyo trabajo The Whispering Trees fue todo un éxito, o la escritora Chika Unigwe que con su obra NightDancer, desde la diáspora europea, rompe estereotipos sobre su país de origen, Nigeria.
  6. SHORT STORY DAY AFRICA (Pequeña historia del día africano – continental)
    Fundada por Rachel Sadoc Short Story Day Africa es una plataforma global para las historias de África.
  7. Storytime
    Se trata del abanderado de los editores independientes de ciencia ficción. Nacido en Zimbabue, Ivor Hartmann ha elevado el género a lo más alto en el continente. Desde hace varios años se está diversificando su trabajo hacia las novelas breves.
  8. Kwani (Kenia)
    Fundada en 2003 por Binyawanga Wainaina, Kwani es una red literaria establecida en Kenia y dedicada al desarrollo de la escritura creativa así como comprometida con el crecimiento de la industria.
  9. Chimurenga
    Chimurenga es una publicación panafricana sobre la escritura, el arte y la política que desde marzo de 2002 mantiene una visión satírica sobre las realidades africanas. Fundada por Ntone Edjabe mantiene diferentes proyectos en los que prioriza a diferentes escritores y escritoras del continente para analizar la actualidad desde diferentes ópticas.

El África literaria hoy por hoy, en su conjunto, hace caso omiso de las barreras lingüísticas heredadas de la colonización que han separado artificialmente a los pueblos anglófonos, sus homólogos de habla francesa, los árabes o portugueses. Así, el egipcio Alaa al-Aswani cohabita con la camerunesa Leonora Miano; Abdurahman Waberi, de Yibuti, con el keniano Binyavanga Wainaina; o el mozambiqueño Mia Couto con el nigeriano Teju Cole. Otra característica general actual es que han nacido sobre todo después de las independencias por lo que no han experimentado la colonización. Sus obras reflejan este deslizamiento histórico a través de la afirmación de nuevas sensibilidades y nuevos temas.

El nuevo espacio de ficción africano ya no está exclusivamente allí, en el pueblo, en la repetición del discurso anticolonial, en el mito del encuentro de la “verdadera” África, sino en la tradición reconfigurada en el exilio, en las grandes ciudades, monstruosas, híbridas, en expansión, en la mezcla, en el multiculturalismo. Autores y autoras como Chimamanda Adichie, Helon Habila, NoViolet Bulawayo, Brian Chikwava, Noo Saro-Wiwa, Kopano Matlwa o Niq Mhlongo son la semilla que plantaron los Nobel Gordimer, Soyinka, Coetze y Soyinka y, a través de sus historias, perpetúan el espíritu, rico en talento y sarcástico en las preguntas, del continente. Las literaturas africanas están firmemente arraigadas en los desafíos del mundo globalizado. Y también la del África que viene, sorprendente, inquietante, fascinante con nuevos y nuevas protagonistas tratando de dar luz sobre tanta oscuridad premeditada.


Sebastián Ruiz es periodista e investigador especializado en medios de comunicación y cine en el África subsahariana. Doctorando por la Universidad de Sevilla. Coordinador de la sección Cine y Audiovisuales en el portal sobre artes y culturas africanas www.wiriko.org. Analista político sobre actualidad africana en la revista Mundo Negro. Forma parte del consejo de redacción de Pueblos – Revista de Información y Debate.

Artículo publicado en el nº69 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2016.


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