Colonialidad y violencia en la construcción de paz en Colombia

En Colombia en el momento de escribir estas líneas se piensa ya en la fecha, no sin dificultades, para la posible firma de un Acuerdo entre el Gobierno y la principal guerrilla de este país, las FARC-EP[1]. En estos días se abordan en La Habana los últimos puntos de las negociaciones centrados en el Fin del Conflicto y Verificación, Refrendación e Implementación del Acuerdo de Paz que garantice una paz duradera. No obstante, ante este acontecimiento histórico en un país que lleva cerca de 60 años en guerra, no hay que olvidar que aún hay insurgencias levantadas en armas, entre las que destaca el ELN[2]. Este grupo insurgente y el Gobierno se han embarcado en un pulso, tanto dialéctico como militar, que aleja de momento la posibilidad de establecer una mesa de diálogo para superar el conflicto armado en el país definitivamente. A esta situación, se suma la preocupación desde diversos sectores por el aumento del paramilitarismo en no pocas regiones del país que amenaza la implementación de los Acuerdos en territorios muy castigados por la guerra. Ante este panorama, se hace necesario distinguir entre un simple cese de hostilidades y la firme voluntad de superar las causas profundas de este conflicto armado para conseguir una paz duradera.

Preguntas sobre qué es la violencia, cómo surge o cuáles son sus dinámicas han estado en el centro de los estudios sobre la paz y conflictos armados. Detenerse en la violencia física a través de la agresión puntual no da respuesta suficiente a estos interrogantes. Cuando nos preguntamos por qué el ser humano actúa de manera violenta, si el camino hacia una respuesta clara está lleno de obstáculos, muy a menudo se tiende a buscar soluciones simplistas. Se asume que el acto violento es parte de la esencia del ser humano, como si fuera inevitable que fuera violento por naturaleza. Esta postura, a menudo situada desde espacios de pensamiento eurocéntrico, no le presta atención a las miradas de pueblos y saberes que defienden que el equilibrio en la vida y en el comportamiento determina la verdadera dimensión natural de la existencia de las personas. Por tanto, podemos inferir desde esta perspectiva que si se da una verdadera situación de equilibrio, como característica de la plenitud de la vida (tal y como se argumenta en diversas cosmovisiones de los pueblos originarios de América, en el ubuntu africano o en la tradición taoísta asiática, por citar algunos), la violencia tendría dificultades para manifestarse. O dicho de otro modo, serán los desequilibrios y las relaciones asimétricas de poder entre los seres humanos las que caracterizarían al fenómeno violento y, por extensión, a las sociedades violentas.

Iñaki Landa.

Iñaki Landa.

Colonialismo y violencia

Es interesante observar estos desequilibrios en la construcción social en América derivada de la conquistas de potencias europeas, siendo el caso de Colombia tal y cómo ha constituido su modelo de Estado un ejemplo especialmente relevante, donde la retroalimentación entre relaciones asimétricas de poder y violencia serán una de las características de este proceso. De alguna manera, será la violencia en todas sus dimensiones la que haga de hilo conductor de este suceso, enraizándose en todos los tipos de relaciones entre personas e instituciones. El hecho violento no será una pulsión natural, ni mucho menos una respuesta puntual a una situación concreta, sino que la dimensión social, desde lo individual a lo colectivo (persona- familiacomunidad- nación), y la dimensión política, desde lo local a lo estatal (autoridad-institución-Estado), está armada y cohesionada por y desde la violencia. Va a ser la jerarquización de la sociedad en términos de clase, raza, género y sexualidad las que definan cualquier dimensión de convivencia, siendo la desigualdad y la violencia las que determinen la existencia del ser humano, sus relaciones con otras personas y el entorno que les rodea. A menudo el análisis de la violencia se queda en lo superficial, sin querer desenmarañar la compleja naturaleza de la misma. En otras ocasiones, como ya apuntaba Hanna Arendt, se confunde violencia, con autoridad, conflicto o poder[3]. Es vital que seamos capaces de llegar hasta la naturaleza de cómo se construye esta dimensión en una sociedad para poder entender los  mecanismos que la hacen posible. Por tanto, seguir insistiendo en mirar al hecho violento como algo irracional y temporal es un absoluto fracaso en su estudio y tratamiento.

En no pocas ocasiones la violencia suele ser adjudicada a la conducta de una persona en concreto o de un colectivo relativamente reducido. Sería, como mencionábamos, un hecho puntual o con cierto margen temporal que permite determinar un inicio y una finalización. Una manifestación de personas, un grupo armado en un momento histórico claramente definido en el tiempo, una agresión de una persona a otra o, incluso, un acto violento de un país hacia otro enmarcado en un vector temporal medible en el tiempo. Apreciamos con frecuencia que el Estado moderno externaliza la responsabilidad sobre el hecho violento. No serán los actos de éste y de sus instituciones quienes tengan que responder por la violencia. Al contrario, se proclama que el Estado vela por la seguridad del individuo. Sin él y su razón de ser sólo hay barbarie, muerte y desolación. Esto funciona como un mantra en la justificación de su existencia y se repite una y otra vez aunque históricamente el principal motor de la violencia en la modernidad ha sido, tanto hacia dentro (control-jerarquizacióndominación-reproducción), como hacia fuera (invasión-colonizaciónasimilación), el propio Estado.

Violencia institucional disfrazada de seguridad

Sin embargo, va a ser la reacción, en términos pacíficos o no, hacía esta suerte de relación de poder asimétrica la que se lleve toda la atención sobre el hecho violento. De gran importancia en este punto es visibilizar su responsabilidad en esta construcción de identidad colectiva que es la base de su existencia y que llega a justificar la opresión en todas sus vertientes. El Estado no solo demuestra que gana en el campo de batalla de la tensión opresor-oprimido usando la fuerza legal (que no legítima, en muchos casos) si fuera necesario, la gana sobre todo cuando oculta o no hace visible esta jerarquización de la que hablábamos, ya que lo natural, la verdad incuestionable, es su existencia misma. Cuando el Estado usa la violencia, se dificulta automáticamente cualquier posibilidad de analizar las dimensiones estructurales y culturales que justifican y legitiman la aplicación de distintos niveles de la misma, tal y como ocurre en el caso de Colombia. Suele legitimar sus actos por la necesidad de protegerse y por la supervivencia de sus instituciones. Más aún, se justificará porque la sociedad misma y su garantía identitaria de supervivencia no será posible si no se garantizan las instituciones. Por tanto, no hay posibilidad de existencia de la identidad nacional fuera de las dimensiones estatales. A su vez, el Estado asume que es la propia fuente que asegura la supervivencia del individuo perteneciente a la comunidad nacional, de ahí que deba garantizar su seguridad a cualquier precio, el que sea necesario. Si percibe cualquier tipo de amenaza hacia las instituciones que lo articulan actuará por todos los medios a su alcance. Nos encontramos ante la acepción de “seguridad” como uno de los pilares del discurso estatal. No es extraño escuchar al Gobierno colombiano (aunque siendo honestos cada vez más a gobiernos de distintas latitudes) esgrimir el término seguridad en el momento de establecer normas jurídicas y medidas de carácter  represivo hacia sectores de la población que se movilizan denunciando los sistemas de opresión en términos de clase, raza o género o en defensa de los derechos ambientales, entre otros. De ahí se acuñan, y se le da garantía jurídica, a términos como “seguridad democrática”.

Iñaki Landa.

Iñaki Landa.

De este modo, podemos apreciar, tal y como ya señalaba Arendt, que esta pérdida en la legitimidad por la forma de actuar de ciertos gobiernos es un síntoma de la carencia de poder estatal ante grandes sectores de la ciudadanía. Esto se aprecia cuando el Estado, al perder el poder, entiende que la única forma que tiene para mantener la autoridad será a través del uso de la violencia. ¿Cabe pensar en una victoria mayor?, desafortunadamente sí, cuando ya ni tan siquiera el acto de rebeldía es necesario. Cuando la institución o la persona al frente de ella suelta las cadenas del ser oprimido teniendo la absoluta certeza de que el acto mayor de victoria recae en el hecho de que ya no son necesarias para mantener la relación de subyugación. La persona oprimida ya no tiene cadenas y, sin embargo, sigue actuando desde la subordinación. Gran victoria del Estado, el ser esclavizado, al que el amo le quita los grilletes le suplica que se los vuelva a poner o, al llevar tanto tiempo durmiendo en el suelo, ya no acepta otra situación que yacer sobre la fría piedra. Esta situación la podemos observar con claridad al mirar los procesos de colonizacióndescolonización. Las declaraciones de independencia de las colonias hacia la metrópoli entre los siglos XIX y XX fueron una expresión de emancipación que escondía la realidad más cruel, esto es, los mecanismos de control por parte de las metrópolis siguen intactos. Ya no hay presencia de las instituciones estatales coloniales pero sigue existiendo ese manto invisible de relación asimétrica, no horizontal, entre el Estado conquistador y la sociedad que se define como emancipada, siendo el intercambio desigual el lenguaje que haga posible este fatal modo de comunicación. Estamos ante lo que Aníbal Quijano define como colonialidad[4].

Tenemos que enfatizar que cuando hablamos de colonialidad, desafortunadamente, no podemos hablar de sociedades libres des-jerarquizadas hacia dentro aunque sometidas desde fuera. Las propias sociedades plegadas a intercambios desiguales por la nación extranjera, por la metrópoli, van a establecer hacia dentro de sus fronteras, tal y como se aprecia en Colombia, el patriarcado, el racismo y la desigualdad de clase de la manera más feroz posible, ya que sin estas expresiones es probable que esté el pánico a perder la identidad como pueblo, el cuál ha sido gestado a sangre y fuego, ha sido concebido por la violencia y pocas veces sabe cómo gestionar el conflicto, inherente a la propia existencia de las sociedades humanas[5], si no es a través de la violencia misma.

Si posamos nuestra mirada hacia Colombia y entendemos la construcción nacional de este país como un proceso cronológico donde la violencia fuera el único modo de interrumpir la inexorable reproducción de la jerarquización social y la desigualdad ya señaladas, estaríamos reforzando los argumentos de los que predican con la misma. Esta reflexión es de extrema importancia cuando nos acercamos a los estudios sobre la paz. ¿Qué le queda a la persona, o al colectivo, que siente la opresión y percibe o cree que el proceso histórico de desarrollo de su sociedad le muestra un futuro en el que su situación no cambiará porque va a ser el gran damnificado del orden social que da sentido a la propia existencia del Estado? La respuesta lógica nos lleva a justificar que la única forma posible de romper con el cerco de la opresión sería la ruptura del orden establecido siendo muy probable que ésta no fuera por medios pacíficos. No obstante, recordando a Albert Camus, aunque concluyamos que el único tiempo posible para la persona oprimida no sea el futuro, sino el presente, y su único acto posible ante la realidad que se le ofrece sea la rebeldía, el mayor acto de rebeldía no será el uso de la violencia, sino desenmascarar al verdadero sujeto de la misma, esto es, quien ejerce la opresión, y el mayor acto de rebeldía de la persona oprimida sería, por tanto, la desobediencia en todas sus dimensiones[6].

Construcción de la paz

Pero, ¿cómo se aproximan las teorías de construcción de paz hacia la violencia? La mayor parte de los estudios sobre la paz, con Johan Galtung al frente, sitúan a “la vida” en el centro de cualquier debate, entendiendo que la violencia es un acto de herir o dañar. Es decir, parte de la premisa de la existencia de algo que puede ser dañado o herido, este algo, sería la vida. Desde esta perspectiva urge una reflexión que vaya más allá de concluir que la violencia dirigida hacia el cuerpo o la mente, es decir violencia física o mental, sea el único vector donde debamos detenernos. Por tanto, si queremos conseguir una paz duradera en escenarios severamente golpeados por este tipo de violencia deberíamos huir de la tendencia habitual que pretende centrarse exclusivamente en el cese de esta forma de dañar y que es lo que llamaríamos la dimensión negativa de la paz[7]. Desde estas teorías se defenderá que la búsqueda de la felicidad y el equilibrio que se presupone que es inherente a la vida, superaría este cese de violencia yendo mucho más allá, situándonos en lo que sería la dimensión positiva de la paz.

Los estudios en construcción de paz a menudo subrayan que para que exista violencia tiene que haber un emisor y un receptor. Quién daña y quien es dañado. Cuando se produce esta dinámica estaríamos ante un ejercicio de violencia directa, y si no fuera así, pero existiera un contexto y dinámicas que la propiciaran, estaríamos en presencia de violencia estructural, en la que su dimensión tanto política como económica serán las que determinen escenarios de represión y explotación. Pero esto no sería suficiente. Toda aquella dimensión simbólica y del lenguaje imprescindible en el proceso de construcción identitario del Estado hace necesario establecer un nivel diferente a los ya mencionados. Nos estamos refiriendo a la violencia cultural que va a ser la que logre legitimar las otras dos formas de violencia.

En conclusión, en el caso de Colombia, al igual que en otros escenarios internacionales de negociaciones de paz que le preceden, existe el riesgo de que los Acuerdos de Paz se sitúen en la esfera de la paz en negativo y no tengan consecuencias efectivas en la deconstrucción de los anclajes patriarcarles, racistas o de clase que son características culturales legitimadoras en gran medida de las desigualdades y relaciones asimétricas de poder que, a su vez, son causas estructurales del conflicto armado en este país. Por tanto, para alcanzar en Colombia una paz positiva tenemos que identificar quiénes ejercen realmente la violencia en términos directos y estructurales y cómo se legitima culturalmente. Ante esta situación, el continuo ejercicio político por parte del Estado colombiano basado en la seguridad democrática, que desplaza a la ciudadanía del epicentro de la acción de las políticas estatales, pareciera estar alejado de cualquier iniciativa encaminada a una paz positiva, generando gran desconfianza hacia el proceso de implementación de los Acuerdos que se vayan a firmar. Frente a esto, tomando como referente el enfoque de los derechos humanos, será la garantía y protección de la vida de las personas, de sus comunidades y del territorio en el que están arraigadas espiritual e históricamente lo que daría sentido real a la construcción de paz en este país.


Emilio Polo Garrón es delegado de la Asociación Paz con Dignidad en Colombia y docente ocasional en la Universidad Nacional de Colombia.

Artículo publicado en el nº69 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2016.


NOTAS:

  1. Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo.
  2. Ejército de Liberación Nacional.
  3. Arendt, H. (2005): Sobre la violencia. Alianza. Madrid.
  4. Quijano, A. “Don Quijote y los molinos de viento en América Latina”. En revista Pasos, no. 127. DEI, Departamento Ecuménico de Investigaciones, San José, Costa Rica. Septiembre-Octubre 2006.
  5. Los estudios de paz abordan la dimensión no necesariamente negativa del conflicto. De este modo, el conflicto pasa a ser una parte más de la convivencia del ser humano y la oportunidad de producir cambios positivos en las sociedades. Por tanto, el conflicto no necesariamente debería desembocar en violencia.
  6. Camus, A. (2013): El hombre rebelde. Alianza. Madrid.
  7. Galtung, J. (2003): Paz por medios pacíficos. Paz y conflicto, desarrollo y civilización. Bakeaz. Bilbao.

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